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lunes, 4 de junio de 2012

LA TRINIDAD Y NOSOTROS



LA SANTISIMA TRINIDAD

EVANGELIO
Mt 28, 16-20
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.
Después de la Resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo".
Palabra del Señor.

LA TRINIDAD Y NOSOTROS
El domingo pasado con pentecostés termino el tiempo de pascua. Antes  de retomar el ciclo de los domingos durante el año, en la solemnidad del domingo pasado se celebró el misterio de la Santísima Trinidad. Los miembros de todas las iglesias cristianas nos encontramos unidos en esta profesión de nuestra fe en un dios uno que es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El texto del evangelio Jesús nos revela el misterio de la Santísima Trinidad cuando ordena a los apóstoles, después de la resurrección, y que vayan y hagan discípulos a todos los pueblos de la tierra, bautizándolos en el nombre del Padre, Hijo y del Espíritu Santo.
Se trata este pasaje de la conclusión del evangelio de san Mateo y se nos da una revelación, el misterio de la Trinidad, pero en un contexto de misión. Para comprender mejor el sentido de esta revelación debemos prestar atención al marco que le da el evangelista: la gloria de Cristo resucitado y la misión de la Iglesia centrada en el hecho de bautizar.
VAYAN Y BAUTICEN
 Con toda la autoridad de Jesús, este envía a sus discípulos para que vayan a bautizar a todas las naciones. Bautizar significa “sumergir” . San Juan Bautista bautizaba sumergiendo a la gente en las aguas del Jordán, pero anunció que Jesús los sumergiría en el Espíritu Santo. Hasta ese momento el único bautizado en el Espíritu Santo era  Jesús,  recordemos cuando el Señor salió de las aguas  y el espíritu Santo descendió sobre él. Al mismo tiempo se oyó la voz de Dios que decía  “este es mi Hijo, el Amado en el que yo tengo complacencia “
A partir de entonces se inaugura una nueva forma de bautizar. Deja de ser un gesto simbólico de limpieza mientras se espera la venida del Reino. Es un símbolo de que nos sumergimos en el Espíritu Santo, Dios Padre  une realmente a cada hombre con su Hijo Jesucristo, le comunica su Espíritu Santo  y pronuncia sobre él  “Este es mi hijo”.
Bautizar “en el nombre” significa “sumergir dentro del nombre”. Esto es algo sorprendente, que los seres humanos podamos sumergirnos dentro del nombre de la Trinidad. Por el bautismo somos incorporados en cierta forma dentro de la misma divinidad : nos asociamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Al revelarnos este misterio de la Trinidad en este contexto bautismal, la Palabra de Dios nos advierte que el misterio no nos es dado  para alimentar la curiosidad ni detenernos en elucubraciones. El que podamos conocer la intimidad de Dios es signo de su amor y de su predilección por nosotros. Este acontecimiento tiene que hacernos sentir más obligados a responder con amor a este gesto del amor de Dios.
Pero también tiene que hacernos sentir más responsables con respecto a nuestro compromiso bautismal. Si todos somos hijos y tenemos un único Padre, al mismo tiempo que nos sabemos obligados para con Dios, nos debemos sentir obligados para con todos nuestros hermanos, hijos también del mismo Padre.

martes, 29 de mayo de 2012

PENTECOSTÉS




PENTECOSTÉS
Jn 20, 19-23
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
Palabra del Señor.


Pentecostés es el nombre de una antigua fiesta judía. Se celebra cincuenta días después de Pascua, para recordar el día en que los israelitas liberados de la esclavitud del Faraón de Egipto llegaron al monte Sinaí. Allí se manifestó Dios sobre la montaña en medio del fuego y de la nube, con relámpagos y fuertes truenos que llenaban de terror a todos los presentes. Dios habló a Moisés y luego hizo un pacto, una alianza con los israelitas. A partir de ese día Israel comenzaba a ser un pueblo: el pueblo de Dios, y Dios, a su vez era el Dios de Israel. El antiguo pueblo de Dios se formó con los esclavos fugitivos que pertenecían a las doce tribus que venían de la cautividad. En lo alto de la montaña, con gran ruido y manifestación de fuego se realizó la alianza y se entregaron los mandamientos. Este nuevo pueblo, el pueblo de Israel, se distinguiría de los demás pueblos porque tendría una Ley que le había dado el mismo Dios. San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos cuenta que la primera comunidad cristiana formada por los Apóstoles y los discípulos reunidos en torno a María, la Madre de Jesús, estaban celebrando alegremente la fiesta de Pentecostés. Era la primera después de la resurrección del Señor. De pronto se oyó, un fuerte ruido y aparecieron llamas de fuego que se posaron sobre todos los que estaban reunidos. El Espíritu Santo se mostraba de esta forma como derramándose sobre todos aquellos que creían en Jesús, el Hijo de Dios.

EL SOPLO QUE DA LA VIDA
Tratemos de imaginar cómo se encontraban los discípulos de Jesús después de la crucifixión del Señor. El Evangelio de San Juan nos dice que estaban "con las puertas cerradas por temor". Tristeza, miedo, desorientación y duda serían algunas de las características más sobresalientes de ese primer domingo de Pascua. La escena se transforma en un instante cuando aparece Jesús resucitado: El les da la paz y ellos se llenan de alegría. Para que no quede lugar a dudas les muestra las heridas de los claves en sus manos y la abertura que ha dejado la lanza en su costado. La paz la alegría y la seguridad son las primeras consecuencias de la presencia de Jesús. Todo podía haber terminado ahí: una vez recuperada la tranquilidad, quedarse todos juntos como buenos amigos celebrando la resurrección de Jesucristo y gozando de su compañía. Pero Jesús añade unas palabras que abren una nueva perspectiva a la vida de sus discípulos: "Como el Padre me envió así los envió yo a ustedes". Los apóstoles no tienen que quedarse encerrados, sino que tienen que salir al mundo: para eso son enviados como el mismo Jesús fue enviado por el Padre. Como ya se ha dicho en otro momento, la palabra “como” que aparece en la frase de Jesús ("corno el Padre me envió, yo los envío a ustedes"), tiene el sentido de una comparación y al mismo tiempo de una fundamentación: el acto por el que Jesús envía a los discípulos se produce porque el Padre lo ha enviado a El. El Padre ha enviado a Jesús, y la fuerza de ese envío llega a todos los discípulos por medio de Jesús.

EL ESPÍRITU SANTO
A estos discípulos débiles y frágiles como el barro, Jesús los transforma soplando sobre ellos la Vida de Dios. El Espíritu Santo que ellos reciben en ese momento es uno solo con el Padre y con el Hijo: es una persona de la Trinidad y representa la Vida, la Fuerza, el Amor de Dios. Así como el Padre nos dio a su Hijo como Redentor,  ahora entrega al Espíritu Santo para que dé vida fuerza y amor a los creyentes. El Espíritu Santo es dado para que actúen. Por eso, de todas las obras que tienen que realizar los discípulos enviados por Jesús en el Evangelio se menciona una sola que parece ser la que de ninguna manera puede ser llevada a cabo por un simple hombre, la de perdonar los pecados. "¿Quién puede perdonar los pecados sino solamente Dios?", dijeron una vez aquellos hombres que oyeron a Jesús perdonando los pecados. Ahora Jesús les concede este poder a los hombres, lo que equivale a decir que les esta otorgando el poder de hacer cosas que solamente pueden ser hechas por Dios. Y si algunos hombres pueden perdonar los pecados es porque han recibido este Espíritu Santo que es el mismo Dios. El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo que da vida al barro, es el único capaz de envolver a un pecador y convertirlo en un Santo. Cuando los hombres perdonamos a nuestros hermanos lo hacemos olvidando las ofensas o los delitos que los otros han cometido. En cambio cuando Dios perdona hace mucho más que olvidar: transforma al delincuente en un hombre justo, es un nuevo acto de creación. Esos discípulos que unos momentos antes estaban encerrados, llenos de miedo, quedaron transformados al recibir el Espíritu Santo. Olvidaron el temor y la tristeza, y con valor y alegría salieron a cambiar el mundo anunciando el Evangelio por todas partes. Ni las amenazas, ni las cárceles ni las torturas y el martirio fueron suficientes para hacerlos callar porque hablaban y actuaban impulsados por el Espíritu Santo que es fuerza, vida y amor de Dios.
ENVIADOS COMO JESUS
El Espíritu Santo provoca en nosotros un nuevo nacimiento haciéndonos nacer como hijos de Dios; se pude decir que recibir el Espíritu Santo es como ser creados de nuevo. El Espíritu Santo nos hace hijos de Dios y al mismo tiempo nos hace tomar conciencia de nuestra condición de hijos. Es el mismo Espíritu el que en nuestro interior nos mueve para que recemos y podamos invocar a Dios como Padre. El Espíritu Santo enriquece nuestra vida nos hace valorar nuestro trabajo, nos hace tomar en consideración la vida de los demás. Al recibir al Espíritu nos comprometemos en la misma misión de Cristo: así como el Padre lo envió a El, ahora somos enviados nosotros. El amor de Dios nos impulsa por medio del Espíritu para que salgamos a transformar el mundo.
 
EL ESPÍRITU Y NUESTRA MISIÓN
La donación del Espíritu Santo no se limita al momento en que lo recibieron los apóstoles en la tarde del primer domingo de resurrección. Jesús sigue entregando el Espíritu a su Iglesia, y este Espíritu hace que los cristianos lleguen a ser testigos. Finalmente, la presencia del Espíritu que une con Cristo y con el Padre es la que mantiene unidos a los cristianos en una sola Iglesia y la que da impulsos a los que están separados para que busquen la unidad. La fiesta de Pentecostés nos llama a reunirnos en torno a Jesús para que le pidamos insistentemente el Espíritu Santo. Pidamos el Espíritu Santo que nos capacite para ser evangelizadores, viviendo la vida de hijos de Dios y acompañando a los demás hombres para que lleguen a ser participantes de esa misma vida. Esto es lo que hizo Jesús y nos dejó corno tarea a los cristianos. "Harán las mismas obras que yo he hecho, y las harán también mayores" dijo el Señor. Pidamos el Espíritu Santo que nos una con Dios y también entre nosotros. Pidamos el Espíritu que haga cesar todas las divisiones entre los hijos de Dios. El Espíritu es el que da la unidad, y tenemos que disponernos para recibirla. Pidamos al Espíritu que reavive cada día más el ímpetu misionero de la Iglesia, para que todos los hombres puedan llegar a ser hijos de Dios. Que el Espíritu Santo descienda abundantemente sobre toda la Iglesia para que no desfallezca en su misión de llevar una nueva vida al mundo entero.

martes, 22 de mayo de 2012

NO HACERSE DAÑO A UNO MISMO

 
LA LIBERTAD INTERIOR DEL HOMBRE

El tema de la libertad ocupó un lugar central en la filosofía griega. El concepto griego de la existencia se caracterizaba por su sentido de la libertad humana. Y cuando los escritos del Nuevo Testamento hablan de la libertad para la que Cristo nos ha liberado, responden también al anhelo griego de la libertad.
Al estudiar la filosofía estoica me encontré con la siguiente frase de Epicteto: nadie puede ser herido sino por sí mismo. Que con gran asombro he visto citada repetidas veces por los padres de la Iglesia.
Juan Crisóstomo redactó sobre esto un escrito cuyo título es Nadie puede herir a quien no se hiere a sí mismo. Cuando leí este escrito me maravillé de la forma como trata a la Biblia este padre de la iglesia y qué lugares utiliza para reforzar su tesis, tomada de Epicteto.

EL ESCRITO PROVOCADOR DE JUAN CRISÓSTOMO
Siempre resulta peligroso dar a una frase un valor absoluto. Por lo tanto, no es mi intención demostrar que la provocadora frase de san Juan Crisóstomo haya de tener un valor general.
Cuando se nos hiere de niños, no podemos impedirlo, no hay posibilidad de defendernos y evitar las heridas. Pero, tanto si hurgo una y otra vez en las viejas heridas sin dejar de enconarlas, como si me reconcilio con ellas y las olvido, siempre es asunto mío, yo soy el responsable. Naturalmente, cada hombre tarda más o menos tiempo en desprenderse de sus viejas heridas.
Hoy se tiende a cultivar las heridas, el filosofo Bruckner lo describe en su libro Sufro, luego existo. En él habla de la victimación, de la inclinación a sentirse víctima.
Crisóstomo sostiene la tesis radicalmente opuesta de que ninguna victima es victima de alguien, sino que sufre la suerte que ella misma se impone.
Sentirse victima significa declararse siempre libre de culpa, echarles la culpa a los demás. Un estudio detenido de la tesis estoica de que somos nosotros los que nos herimos, puede poner en tela de juicio la ideología del sufrimiento, según la cual uno tiene que sentirse siempre mal y todo ha de estar siempre mal, y con ello obligarnos a preguntarnos sobre nuestro planteamiento. Esta tesis no puede legar el sufrimiento real o restarle importancia.
En esta tesis es decisivo que el obispo de Constantinopla  y los padres de la Iglesia en general, haya entendido también el camino espiritual como un camino terapéutico , como un camino para afrontar con madurez las heridas y la historia de la propia  vida. La meta del camino espiritual es salvar y liberar al hombre. Cristo es el hombre libre que no depende del mundo, sino que únicamente depende de Dios.

El que lleva la huella de Dios, es el que ha nacido de Dios, ese es el verdaderamente libre. Tal es el mensaje básico de la Biblia. Para mí el camino místico es el camino que conduce a la libertad. Es en este camino donde por primera vez encontramos nuestra verdad y sólo nuestra verdad nos hará libres. En él nos damos cuenta de los modelos de vida a los que nos mantenemos asidos, nuestros ilusorios puntos de vista que nos desfiguran las cosas y con los que nos herimos. Cuanto más cerca de Dios, más claramente vemos nuestra verdad. Y cuanto más uno somos con Dios, más libres somos.
La experiencia de Dios y la experiencia de la libertad interior son sustancialmente lo mismo.

sábado, 19 de mayo de 2012

LA ASCENCIÓN, FIESTA NUESTRA




EVANGELIO DEL DOMINGO 20 DE MAYO DEL 2012

Mc 16, 15-20

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán". Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor.
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El texto escogido para que este año se proclame en el Evangelio de este día es parte de lo que se conoce como "final del Evangelio de Marcos". Es un fragmento que no pertenece a la forma original de ese Evangelio, sino un añadido posterior que proviene de otra mano. Esto se sabe por algunos indicios literarios y porque no figura en muchos de los manuscritos más antiguos. Sin embargo, es un trozo que tiene una venerable antigüedad, y la Iglesia lo reconoce como inspirado y como perteneciente a la Sagrada Escritura. Se lo enuncia como "Evangelio de san Marcos", aunque se sabe que originalmente no pertenecía a ese Evangelio.
COMPARTIMOS SU DIGNIDAD
Cristo se humilló hasta la muerte. Padeció una muerte vergonzosa, indigna hasta de los peores criminales. Y no fue porque lo mereciera, ya que en Él nadie podrá encontrar el más mínimo pecado. Si debió subir a la cruz fue por un acto de obediencia total a su Padre, que para salvar a todos los hombres quiso que su Hijo Único compartiera la vida de los seres humanos y fuera solidario con ellos hasta en sus últimas consecuencias. Pero Jesús. resucitado de entre los muertos, "subió a los cielos y esta sentado a la derecha de Dios Padre". Cuando subió a la cruz, estuvo unido con todos nosotros y asumió misteriosamente todas nuestras culpas para redimirnos. Al estar sentado a la derecha del Padre continúa unido a nosotros y nos comunica algo de lo que Él es y tiene en esta situación gloriosa. Se hizo uno con nosotros para poder cargar con nuestros pecados y continúa siendo uno con nosotros para poder darnos su gloria y su vida. Todos nosotros, los bautizados, formamos un gran cuerpo. Este cuerpo tiene una Cabeza, y esa Cabeza es Cristo. Nosotros estamos todavía en la tierra, pero nuestra Cabeza ya esta en el cielo.. Algunos podrán pensar que unas personas son mas importantes que otras. Es verdad que algunos desempeñan funciones de mayor responsabilidad, pero si tenemos en cuenta que todos formamos este Cuerpo de Cristo, entonces debemos admitir que aun el que parece más pequeño, más insignificante, tiene gran importancia. En el cuerpo humano, aun los órganos más pequeños, los miembros más olvidados, son también parte del cuerpo y reciben su importancia de la persona a la que pertenecen. También los cristianos reciben su importancia de la Cabeza: todo cristiano es miembro del cuerpo de Cristo. Nuestra Cabeza ya está en el cielo, sentado junto al Padre. Hay algo nuestro que ya ha alcanzado el cielo y reina junto a Dios. Esto tiene su repercusión en lo que cada cristiano trabaja o sufre.  Si trabajamos, trabajamos con Cristo; si sufrimos, sufrimos con Cristo; si rezamos, rezamos con Cristo; si hacemos el bien, lo hacemos con Cristo, y san Pablo se atreve a decir que si pecamos, lo estamos manchando a Cristo...
COMPARTIMOS SU MISIÓN
Cuando Jesús resucitó y desapareció de nuestra vista, el Espíritu comenzó a actuar a través de la comunidad cristiana para extender por todo el mundo la obra salvadora realizada por el Señor. El Evangelio que hoy se proclama describe esta tarea por medio de las instrucciones y mandatos que Jesús da a sus discípulos antes de ser llevado al cielo. Ante todo les ordenó salir por todo el mundo a llevar la Buena Noticia a toda la creación. Llevar la Buena Noticia significa llevar el mensaje y también la salvación. La comunidad que Jesús deja en el mundo tiene que continuar a través de todos los tiempos y por todo el mundo la acción que Él vino a realizar: anunciar el mensaje del Padre y reconciliar a los hombres con Dios, debe poner al alcance de todos, los medios que Cristo ha traído para nuestra salvación Los hombres que aceptan este mensaje y esta salvación no son hombres que solamente rezan en el secreto de su corazón, sino que son hombres que viven de una manera distinta, saben usar de otra forma las cosas que Dios ha creado, organizan sus familias y la sociedad humana de una forma diferente. En resumen: los hombres que viven el Evangelio transforman el mundo y la sociedad, y de esta forma el Evangelio llega también hasta las cosas creadas. Cristo no es solamente Cabeza de la humanidad salvada por su sangre, sino que es el punto en el que se apoya toda la creación. Si en un mundo dominado por el pecado las cosas sirven para la injusticia, para el vicio, para el placer deshonesto, en un mundo que es redimido y vive intensamente la Palabra de la Buena Noticia todas estas cosas se orientan hacia Dios y según la voluntad de Dios.

COMPARTIMOS SU PODER
Los discípulos de Cristo, al salir a proclamar la Buena Noticia de la salvación, irán acompañados por algunos prodigios que confirmarán la fuerza del mensaje: expulsarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, no se dañaran con los venenos, curarán milagrosamente a los enfermos... Ahora queda a disposición de los evangelizadores el mismo poder con que actuaba Cristo mientras realizaba su misión entre nosotros. El poder que Él les otorga está en proporción con la obra tan grande y difícil que les confía. Ningún cristiano puede sentirse solo y falto de fuerzas cuando se entrega generosamente a la obra de llevar la salvación a los hermanos porque sabe que Cristo esta con él acompañándolo y dándole fortaleza. El Señor prometió a los discípulos que estos milagros acompañarían la obra de evangelización. Los milagros se entienden solamente cuando están en relación con el anuncio del Evangelio. Cumplen la función de signos de que la buena noticia de la salvación ya esta obrando en el mundo, y sirven para suscitar y fortalecer la fe en la palabra del evangelio. Es algo muy diferente de lo que se lee que sucedía con los antiguos taumaturgos, que realizaban obras portentosas solamente para atraer la atención de la gente sobre su propia persona. Por esa razón se ve que en todo tiempo hay cristianos que han realizado y realizan milagros cuando tratan de llevar la salvación a otros hombres. No son sólo los casos extraordinarios y espectaculares, porque todos somos testigos de otros milagros que se producen diariamente cuando la Iglesia, a través de sus ministros, y sobre todo en la administración de los sacramentos, realiza la reconciliación de los hombres pecadores con Dios, o cura los corazones enfermos y endurecidos por el pecado. En toda la acción de la Iglesia se ve el poder de Cristo que sigue realizando su obra, aun cuando los hombres que actúan en su nombre sean débiles y limitados. Así como ningún cristiano puede pretender que él solo, individualmente, ha recibido el mandato de llevar la Buena Noticia a toda la creación, de la misma forma, ninguno puede arrogarse el poder de realizar todos estos milagros que se mencionan en el texto del Evangelio que estamos comentando. El Señor no mandó realizar milagros, sino que prometió que los milagros acompañarían a los evangelizadores.

LA ASCENSIÓN, FIESTA NUESTRA
La fiesta de la Ascensión del Señor nos llena de alegría porque Cristo, que es nuestro Salvador y nuestro amigo, es elevado a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios y ocupa su lugar a la derecha del Padre. Es una fiesta que nos llena de alegría porque sabemos que Cristo al ascender al ciclo no nos abandona sino que sigue unido con nosotros: todos recibimos algo de su gloria y comenzamos a subir al cielo junto con Él. Debemos felicitarnos a nosotros mismos y también felicitarnos unos a otros porque la fiesta de la Ascensión no es solamente fiesta de Cristo sino también de todos aquellos que formamos un solo Cuerpo con El. Y también es una fiesta que nos recuerda la responsabilidad de la evangelización.

sábado, 12 de mayo de 2012

NO HAY AMOR MÁS GRANDE


EVANGELIO DEL DOMINGO 13 DE MAYO DEL 2012

Jn 15, 9-17
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: "Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros".
Palabra del Señor.


EL MANDAMIENTO DEL PADRE
El domingo pasado oímos la primera parte del discurso de Jesús sobre la vid verdadera, en el que se apelaba a la imagen de una planta para explicar la relación que existe, después de la Pascua, entre Jesús y los creyentes Jesús es la vid de la que nosotros somos los sarmientos. En la segunda parte del discurso que se proclama en la Misa de hoy, se saca una consecuencia referida al amor. 

En primer lugar se habla sobre el amor de Cristo con los discípulos. Como en otras partes del sermón se establece una comparación entre el amor del Padre a Jesús y el amor de Jesús a los discípulos. Y también sobre la obediencia de Cristo al mandamiento que le ha dado el Padre, y la obediencia de los discípulos al mandamiento que les da Cristo. 
Sorprende desde el primer momento que Jesús hable de su amor a los discípulos diciendo que los ama así corno Él es amado por el Padre. No dudamos del amor que nos tiene Cristo, pero quedamos admirados al oír que la intensidad de este amor es como la del amor que le tiene el Padre. Nuestra sorpresa va en aumento si advertimos que estas palabras se encuentran en el contexto de la alegoría de la vid, en la que Jesús se compara con una planta en la que Él es la planta entera y nosotros somos los sarmientos. De esta manera podernos llegar a comprender que el amor del Padre que se vuelca sobre su Hijo Jesucristo tiene que descender necesariamente sobre todos nosotros porque ahora estamos unidos a Jesús como las ramas están en un árbol.
Nosotros entendemos esta palabra "como" con su significado en castellano: una comparación. Pero en la lengua griega, y particularmente como la usa el autor de este evangelio. la palabra que se utiliza para decir "como" tiene además el significado de una fundamentación. Puede traducirse por "porque''. Jesús nos ama, no solamente 'como' es amado por el Padre, sino 'porque' es amado por el Padre.
 Nosotros debemos amarnos solamente 'como' nos ama Cristo, sino 'porque' somos amados por Cristo. La fuerza del amor del Padre a Cristo es la que se derrama en el amor de Cristo hacia nosotros, la fuerza del amor de Cristo hacia nosotros es la que nos capacita para amar a los hermanos. La alegoría de la vid nos ayuda a comprender este texto del amor a los discípulos y nos lleva mucho mas alto todavía porque nos dice que nosotros -las ramas- vivimos porque estarnos unidos a Cristo, y Cristo vive porque siempre permanece unido al Padre. Es una sola vida y es un solo amor que viniendo del Padre se encuentra en Cristo, y de Cristo llega a todos los que nos encontrarnos unidos a Él. 

En segundo lugar Jesús nos dice que para permanecer en esa corriente de vida y amor debemos cumplir su mandamiento, así sorno Él ha cumplido el mandamiento que le ha dado el Padre. ¿Cuál es ese mandamiento? Jesús lo dice en otra parte del mismo evangelio de san Juan que hemos oído en uno de los domingos precedentes. Cuando habla del pastor y las ovejas, Jesús nos dice que Él da su vida por las ovejas para recuperarla en la resurrección. Y añade que ese es el mandamiento que ha recibido de su Padre.
Lo que Jesús llama mandamiento es la fuerza del amor del Padre que se manifiesta como una voluntad de que todos los hombres participen de la vida divina y sean salvados de la muerte eterna. Para realizarlo, Dios entregó a su Hijo único. Jesucristo asumió ese imperativo del amor como un "mandamiento" y lo cumplió entregando su vida en la cruz. Dicho con otras palabras: la fuerza del amor de Dios Salvador, que se encuentra en Jesús y que lo lleva a la cruz por la salvación de todos, es derramada en los discípulos por Cristo resucitado y les permite amar corno Él. No es un mandamiento que nos viene desde afuera y que nos obliga, sino que es una fuerza que desde lo interior nos impulsa a amar y a entregar nuestra vida por los demás.


EL EJEMPLO DEL AMOR
Para decir cómo tiene que ser ese amor de los cristianos, Jesús muestra la medida de su amor a los hombres: ha dado la vida por ellos, y esa es la mayor prueba de amor. Esto se ilustra con una frase famosa de la antigüedad: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a quienes ama. Muchos sabios y filósofos lo habían dicho. Se trata de algo indiscutible. Jesús ha dado esa medida de amor. Ahora comprendemos la dignidad que tenemos ante Dios. Es cierto que siempre somos servidores del Señor, pero por el modo en que nos trata, Él nos pone en la categoría de amigos. Al sentirnos amados de esa manera, y al saber que no se trata solamente de un ejemplo que debemos imitar sino de una fuerza que ya actúa en nosotros y que nos impulsa para que vivamos y muramos como Cristo, tenemos El Señor ha puesto de manifiesto el nivel de su amor para que sus discípulos sepan hasta dónde tienen que amar. 

En la primera carta de san Juan se dice: "En esto hemos conocido el amor: en que El entregó su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos" Prestemos atención a lo que vemos en la alegoría de la vid: si somos ramas no podemos ser diferentes ni dar otros frutos que los que da el árbol. Por nosotros corre la misma savia: una misma vida y un mismo amor que viene desde el Padre. Saquemos la conclusión: no podemos mirar a los demás hombres de otra manera distinta a la forma en que los mira el Padre; no podemos hacer por ellos otra cosa que lo que hizo Jesús, que vivió y murió por todos, también por sus enemigos. Ya no podemos mirar a ningún hombre como a un enemigo, porque si tenernos que dar la vida por ellos, ellos también son nuestros amigos.

LA ORACIÓN
Corno consecuencia de todo lo que se ha dicho sobre el amor con que Dios nos mira, Jesús dice que seremos siempre escuchados cuando pidamos algo al Padre. No puede ser de otra manera. Formamos un solo cuerpo con Cristo, siendo Él la vid y nosotros los sarmientos. De ahí se sigue que hay una sola oración al Padre, hecha por Cristo y todos sus discípulos. San Agustín nos ha enseñado que Cristo reza en nosotros y nosotros rezamos por medio de Él.

El Padre no puede dejar de escuchar las oraciones de su Hijo, y por esa razón tenernos la certeza de que nuestras oraciones son siempre escuchadas. Lamentablemente en algunos lugares se ha difundido la errónea creencia de que las oraciones son como las palabras mágicas de los cuentos infantiles: se pronuncian y automáticamente producen su efecto ("Usted dice tantas veces esta oración, y al cabo de tantos días recibirá..."). Ante todo, la oración debe surgir desde la fe. El que reza, lo hace porque reconoce que todo precede de Dios, y todo se debe esperar de El. 

De allí se sigue que el que pide debe estar en una actitud de humildad, tratando de que su voluntad esté de acuerdo con la de Dios. El modelo del orante es el mismo Jesucristo: "¡Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya!". Y por eso, la oración debe conservar siempre la forma de súplica: Dios es el que sabe lo que conviene, y Él tiene el poder de darlo. Nosotros solamente podemos suplicar. 
El Padre, que nos mira con amor porque somos las ramas de la vid que es su Hijo amado Jesucristo, siempre escucha nuestras oraciones y no concede lo que es conveniente para nosotros.

domingo, 6 de mayo de 2012

EL VIÑADOR, LA VID Y LOS SARMIENTOS


LA VID VERDADERA



EVANGELIO DEL DOMINGO 6 DE MAYO DEL 2012
Jn 15, 1-8
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.
Palabra del Señor.
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EL SERMÓN DE LA CENA
El evangelio de san Juan tiene diferencias muy marcadas con respecto a los otros evangelios. Una de ellas es que el autor no se contenta con reproducir más o menos literalmente las palabras pronunciadas por Jesús y conservadas por la tradición de la comunidad primitiva, sino que a partir de esas palabras y de esas tradiciones ofrece a los lectores largos desarrollos que permiten contemplar las profundidades que se ocultaban en esos dichos.
 El autor del evangelio, guiado e iluminado por el Espíritu Santo, alcanza con su mirada hasta donde ninguno de los otros evangelistas había llegado. Por esa razón, desde muy antiguo, se ha elegido el águila como el signo con el que se representa el evangelio de san Juan, por la altura y la majestuosidad de su vuelo. En este evangelio se narra una cena de Jesús celebrada antes de la fiesta de la Pascua, en la que el Señor se extiende en un largo discurso. Para componer este discurso, el autor del Evangelio ha desarrollado y profundizado expresiones de Jesús que daban a entender de manera velada cual es la relación que hay entre El y el Padre, y entre El y los discípulos.

La comunidad llegó a comprender el sentido de esas expresiones sino después de la venida del Espíritu Santo. Con esta mayor comprensión, el autor del evangelio ha compuesto este discurso. Este hermoso texto que se proclama en la misa de este domingo pertenece a ese largo discurso que sigue a la Última Cena en el evangelio de san Juan. Se trata de una comparación o alegoría, semejante a otras igualmente encabezadas por la expresión "Yo soy" que se encuentran en el mismo evangelio. Y en las que Jesús se presenta como el pan, la luz, la puerta, el pastor, la resurrección y la vida, el camino, verdad y la vida. La vid. Estas metáforas expresan cual es la relación que existe entre Cristo y los hombres redimidos por Él.
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sábado, 7 de abril de 2012

LOS SIGNOS DE LA PASCUA- explicación

PARA ÉSTA PASCUA, DIVIDIMOS LA REFLEXIÓN EN DOS MOMENTOS, EL RELATO DE LA PASIÓN Y EL DE LOS SIGNOS DE LA RESURRECCIÓN. 
EN EL PRIMERO TRATEMOS DE IDENTIFICARNOS CON ALGUNO DE LOS PERSONAJES  DE LA PASIÓN, ESTO NOS AYUDARÁ A HACER UNA COMPOSICIÓN DE LUGAR, NO SOLAMENTE PARA ADENTRARNOS EN LO HISTÓRICO SI NO TAMBIÉN EN LA HISTORIA DE VIDA QUE LLEVA A CADA UNO A SER PARTE EN ESTA CRUCIFIXIÓN. ¿DONDE ESTABAMOS AL MOMENTO DE LA MUERTE DEL SEÑOR?
EN SEGUNDO LUGAR SE TRATA DE VER LOS SIGNOS DE LA RESURRECCIÓN Y DE LA FE QUE NOS HACEN SEGUIR A CRISTO RESUCITADO.
FELIZ PASCUA PARA TODOS LOS AMIGOS, AGRADEZCO A TODOS LOS QUE REZAN Y SE INTERESAN POR MI SALUD, GRACIAS POR ACOMPAÑAR EN ESTE MOMENTO, QUE TENGAMOS TODOS UNA MUY FELIZ PASCUA!
P. RAÚL BRADLEY S.J
PERSONAJES DE LA PASIÓN 
Los relatos de la pasión del Señor que leemos en las celebraciones litúrgicas de estos días nos hacen conocer las actitudes de muchos hombres y mujeres que queriéndolo o no tuvieron que participar en los dramáticos momentos del juicio, condena y ejecución del Salvador. Algunos asumieron el momento y actuaron admirablemente, otros dejaron un recuerdo lamentable a todos los cristianos.
 
PONCIO PILATO
Es el primer personaje en el que pensamos cuando recordamos la Pasión. El Credo también ha conservado su nombre: "...padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Poncio Pilato pertenecía a la nobleza romana, aunque no era de un rango muy elevado. Gobernaba la provincia de Judea en nombre del Emperador. Tanto los historiadores de la época como el mismo Evangelio (Lc 13,1) nos hablan de las atrocidades cometidas durante su gobierno. Por su sensación de omnipotencia a tantos kilómetros del poder de Roma, y con un gran desprecio por los judíos, no perdía oportunidad de ensañarse con sus gobernados y de burlarse de ellos. Los judíos se quejaron repetidas veces al César, hasta que seis años después de la muerte de Jesús fue depuesto de su cargo. Lo que sucedió después nos es desconocido. La leyenda se ha ocupado de llenar la laguna: algunos hablan de un suicidio, otros de que fue ejecutado, no faltan los que dicen que se hizo cristiano, y hasta alguna Iglesia de Oriente lo cuenta entre los Santos. Durante su gobierno de la provincia de Judea, Poncio Pilato residía en la ciudad de Cesarea. Pero en las grandes fiestas religiosas de los judíos se trasladaba a Jerusalén para poder actuar más rápidamente en caso de cualquier intento de sublevación. Las ansias de libertad del pueblo judío no se adormecían, y las concentraciones religiosas eran una buena oportunidad para mostrar públicamente su descontento por la opresión del gobierno romano. En la Pascua del año 30, Poncio Pilato estaba en Jerusalén. De pronto irrumpen ante él los sacerdotes judíos trayendo a un acusado: Jesús de Nazaret. Decían que alborotaba al pueblo que quería hacerse Rey, que negaba la obediencia al César... Pilato no era ningún tonto. Descubrió rápidamente que detrás de estas acusaciones había otros motivos: eran las discusiones religiosas de los judíos que él no entendía ni tenía interés en comprender. Pero era necesario actuar con urgencia, antes de provocar algún problema que diera lugar a otra sublevación de los judíos. Comenzó por interrogar al detenido, pero se encontró con el más absoluto silencio. Ante un caso así encontró otra solución más cómoda: ¡que juzgue un judío!
Entonces lo envió a Herodes, que era gobernante del territorio vecino de Galilea, pero que por ser fiesta había venido a Jerusalén. Pilato se decepcionó: poco rato después Jesús era traído nuevamente a su Tribunal: Herodes no había encontrado ninguna causa de condena. Era necesario sacarse este problema de encima. La solución más rápida era la de declarar inocente al acusado. Pero podía provocar el descontento de los sacerdotes, quienes irían inmediatamente a llevar las quejas al César. La solución llegó por otro camino. Por ser la fiesta de Pascua entraron al Tribunal de Pilato unos cuantos judíos que venían a pedir la libertad de un sedicioso que estaba en la prisión esperando su ejecución. Pilato encontró la forma fácil de liberarse de Jesús y de los sacerdotes, burlándose de uno y de otros: ¡qué decidan los amigos de Barrabás! Y como era de esperar, el público pidió la libertad de Barrabas, y que Jesús fuera ejecutado en su lugar. Fue otro acto de crueldad de Pilato, que para no poner en peligro su puesto se rió de la justicia y desprecio a sus subordinados.
 
HERODES ANTIPAS
Era uno de los hijos del viejo Rey Herodes, que reinó en la época del nacimiento de Jesús. A la muerte de su padre, le tocó gobernar una parte del antiguo reino: la Galilea. El Emperador Romano no le dio el título de Rey, sino solamente de tetrarca que era una especie de subordinado. No tenía escrúpulos religiosos, y gobernaba con mucha astucia tratando de no crearse enemistades. Con todo, por secundar las protestas de los sacerdotes contra Pilato, se ganó la enemistad de éste. Y más tarde, cuando se unió con la esposa de su hermano, mereció ser reprendido por San Juan Bautista. A instancias de la mujer, silenció la predicación austera de Juan enviándolo a la muerte. Su conciencia no quedó tranquila, porque al enterarse de la predicación de Jesús, se alarmó creyendo que Juan Bautista había resucitado También Herodes Antipas había venido a Jerusalén en la Pascua del año 30. Su sorpresa fue tan grande cuando debió recibir a un grupo de sacerdotes que venían de parte de Pilato trayéndole a un acusado para que lo juzgase. Esta señal de deferencia por parte de Pilato fue el signo de reconciliación después de algunos años de enemistad. Herodes Antipas se alegró, al ver a Jesús. Hacia tiempo que quería verlo. Pero no quería oír mas predicaciones. Reunió a toda la corte y pidió a Jesús que hiciera algunos milagros para entretenerlos. También aquí Jesús permaneció, en silencio sin dar una sola respuesta: Herodes Antipas se había equivocado, la religión no es un espectáculo de circo. Herodes reaccionó, cruelmente: vistió a Jesús de loco y lo envió de nuevo a Pilato.
 
BARRABAS
San Mateo dice que se llamaba Jesús Barrabas, y san Juan explica que era "ladrón". Pero la palabra que se usa para decir "ladrón" es la que en aquellos tiempos se usaba para designar a los sediciosos que cansados de la opresión de los romanos habían elegido el camino de la violencia para liberarse de ellos. Se reunían en los lugares desiertos, formaban pequeños ejércitos, y se lanzaban sobre las poblaciones haciendo actos de vandalismo, asesinando a los romanos o a todos los que colaboraban o simpatizaban con ellos. Querían reconquistar la tierra de Israel derramando sangre, y Jesús les respondió que "solamente los mansos poseerán la tierra". Para estos sediciosos, los romanos habían establecido la pena más terrible: la crucifixión. Y Barrabas esperaba la hora de ser llevado a este suplicio porque también el había sido detenido durante una sublevación y era culpable de la muerte de un hombre. En la mañana de Pascua asomó para el la esperanza de la salvación: sus amigos vinieron a pedir al Gobernador Romano que según la costumbre, Barrabás fuera amnistiado. y Barrabás fue testigo de un espectáculo muy extraño: el Gobernador Romano lo hizo traer, lo colocó junto a Jesús, y luego preguntó a los que estaban allí reunidos: "¿A quién quieren que suelte, a Jesús Barrabás, o a Jesús llamado el Mesías?". Y sus amigos respondieron como era de esperar: "¡A Barrabas!" Y así fue como Barrabás salió en libertad, mientras Jesús – que había predicado contra la violencia - era condenado a la pena de la crucifixión.
 
JUDAS ISCARIOTE
No sabemos cuando lo llamó el Señor para que formara parte del grupo de los Apóstoles. Tampoco han quedado recuerdos de su actuación como discípulo si no es por el triste episodio de la traición. Los eruditos discuten sobre el sentido del titulo "Iscariote"¿Significa que era de la ciudad de Karioth? ¿o que pertenecía a un grupo subversivo? Todo queda en el terreno de lo hipotético. Los Evangelios sólo recuerdan que tenía una sórdida atracci0n por el dinero: se guardaba lo que se ponía en la bolsa común del grupo de Jesús y los apóstoles; protestó cuando se usó dinero para honrar a Jesús; y recibió dinero - tal vez lo pidió ~ por traicionar a Jesús. Nunca sabremos qué sucedi6 en el corazón de Judas. ¿Por qué traicionó al Señor? Quizá él esperaba otra cosa: un Reino en este mundo donde pudiera palpar con sus manes la riqueza y el poder. Pero se sintió decepcionado con la predicación y la actuación de Jesús. Entonces, para qué seguir jugándose al lado de este Maestro que era buscado por las autoridades. Judas habrá pensado sacar el mejor partido: abandonarlo, pero no sin obtener alguna ganancia. La siniestra figura del amigo traidor aparece de relieve en la escena de la entrega: se aprovecha del conocimiento que tiene de las costumbres de Jesús para acercarse de noche seguido por los guardias; se adelanta, y para que no se confundan en la oscuridad y detengan a otro, saluda a Jesús besándolo: es él deténganlo y llévenlo con cuidado!". Ya en tiempos en que se escribieron los Evangelios circulaban diversas versiones sobre su fin, de modo que hoy no podemos decir con certeza qué sucedió con él después de la Pasión: Mateo nos dice que se suicidó, el libro de los Hechos que murió en un accidente en un campo que se compró con el dinero de la traición, un antiguo escritor del siglo II recoge una tradición según la cual murió en medio de horribles dolores producidos por una penosa enfermedad.
 
SIMÓN DE CIRENE
Era el padre de dos cristianos conocidos en la comunidad de Roma: Alejandro y Rufo. De el sabemos muy poco; solamente que volvía del campo cuando acertó a cruzar por donde iban los que llevaban a Jesús a crucificar. Los soldados romanos, viendo el estado de agotamiento de Jesús, llamaron a Simón y lo obligaron a que llevara la cruz detrás de Jesús. Este era uno de los “derechos" que tenían los romanos: podían detener a un judío y obligarlo a hacer cualquier trabajo. Simón se encontró en una situación muy extraña: sin saber de qué se trataba ¡Tener que llevar la cruz de un condenado a muerte! El Señor le retribuyó muy bien: su familia se hizo cristiana. Y los Evangelios, al contar el episodio de Simón, lo hacen usando palabras que a los cristianos les hablan de algo mucho más profundo que de la prepotencia de los soldados romanos: "Simón de Cirene cargó la cruz y la llevó detrás de Jesús". ¿No es esto lo que Jesús pide a todos los cristianos? Por encima de este penoso incidente, se nos da una lección.
 
PEDRO
Es el principal de los Apóstoles. Uno de los primeros que siguieron a Jesús, y el que estaba llamado a ser piedra fundamental de la Iglesia. Era muy vehemente. Pero así también se apagaba en cuanto se encontraba ante una dificultad. Lo demostró, la noche del juicio de Jesús. Poco antes había prometido morir si era necesario, para acompañar al Señor. Pero en cuanto se encontró con una mujer que le preguntó si era uno de los discípulos, lo negó, y hasta juró que no conocía a Jesús. Pero fue capaz de reconocer su error: lloró amargamente cuando Jesús lo miró. Y así como había sumado sus negaciones a las falsas acusaciones de los sacerdotes, sus lágrimas de arrepentimiento acompañaron la condena y la ejecución de Jesús.
 
LOS SACERDOTES JUDÍOS
Entre los partidos políticos/religiosos del tiempo de Jesús, los fariseos se caracterizaban por su oposición al gobierno romano. Los sacerdotes judíos, en cambio, trataban de mantener su situación de privilegio mediante la condescendencia para con las autoridades. Por ese motive Jesús les parecía un elemento peligroso: en los últimos anos habían surgido muchos pretendidos Mesías - es decir "salvadores" - que habían provocado sediciones. Todas ellas habían sido ahogadas en sangre por parte del poder romano, que con su aparato represivo iba reduciendo cada vez más el ámbito de las libertades y privilegios judíos. Si Jesús era otro de estos Mesías, los privilegios sacerdotales estaban en peligro. El juicio de Jesús ante los sacerdotes judíos trató sobre sus pretensiones mesiánicas. Y Jesús no solo se proclamó Mesías, sino que afirmó que Él estaba a la derecha de Dios. Esto era ya demasiado: no sólo Mesías sino por encima de los sacerdotes. Lo llevaron ante Pilato, pero con acusaciones de carácter menos religioso: oposición al César. Hubo que convencer al Gobernador y mover al pueblo para obtener la ejecución de Jesús. Así las autoridades romanas podían estar contentas porque se habían librado de un sedicioso. Y los sacerdotes judíos mantenían sus privilegios felices de no tener que enfrentarse con Jesús que los juzgaba. Por eso expresaron su alegría burlándose de Cristo en la cruz.
 
EL PUEBLO
En la Pascua del año 30 había varios millones de judíos. Muchos de ellos habían ido a Jerusalén, pero esa mañana en la casa de Pilato había solamente unos pocos. Algunos amigos de Jesús que se habían enterado de la detención del Maestro; tal vez apóstoles, o beneficiados por sus milagros, o gente impresionada por su predicación. .. Junto a ellos, algunos judíos nacionalistas simpatizantes de un sedicioso llamado Barrabas, para quien pedían la libertad. Todos asisten en silencio, hasta que Pilato se dirige a ellos para preguntarles: "¿A quién quieren que ponga en libertad?". Los amigos de Barrabás ya tienen la respuesta. Los amigos de Jesús también, pero se sentirían avergonzados y llenos de temor. Además están los sacerdotes judíos, que con su prestigio y su autoridad les indican cuál es la respuesta correcta. Y así todos responden a una sola voz: "¡A Barrabás!" Los amigos de Jesús acompañan el cortejo hasta el lugar de la ejecución. Muchos otros se habrán agregado en el camino. Todos asisten al espantoso espectáculo: ¡La muerte del Señor que ellos han negado delante de Pilato! Pero el Evangelio termina su relato con estas consoladoras palabras: "Y todo el pueblo que se había reunido..., volvió a su casa golpeándose el pecho" (Lc 23, 48). En ese atardecer del primer viernes santo, hay un gesto de penitencia y de perdón para todo ese pueblo que en el momento crítico, por temor o por ignorancia, o por maldad de sus dirigentes, negó al Señor.
 
LAS MUJERES
Se habla de muchas de ellas en los relates de la Pasión. Algunas son individualizadas: María Magdalena, María la hermana de Lázaro, Juana, Salomé, la esposa de Pilato... Otras son recordadas como formando grupos: las que habían venido con Jesús desde Galilea, las que lloraban al ver a Jesús camino del Calvario, las que contemplaban la muerte del Señor... En todos los cases representan la actitud de valentía. Ellas son las únicas que se atreven a confesarse y a manifestarse como discípulas de Jesús cuando los otros discípulos lo callan por temor. En vísperas de la Pasión, cuando Judas está tramando la traición, María -la hermana de Lázaro- rinde homenaje a Jesús rompiendo un frasco de perfume muy caro y derramando su contenido sobre el cuerpo del Señor. Por eso merece los reproches de Judas y de los demás Apóstoles. El Señor en cambio la elogia. Mientras Jesús es llevado a la crucifixi0n, y todos sus enemigos se ensañan con él, un grupo de mujeres piadosas manifiesta su dolor llorando amargamente en la calle. Jesús tiene palabras de consuelo para ellas. Los crueles mementos de la crucifixión, la agonía y la muerte del Señor, tuvieron como mudos testigos a las mujeres que desde lejos "contemplaban" lo que estaba sucediendo. Si ponemos entre comillas el verbo "contemplar" es porque se trata de la palabra elegida por San Lucas para describir la actitud de estas mujeres: una actitud de recogimiento, de oración. No es la simple curiosidad de ver lo que pasa, sino de observar religiosamente, tratando de asimilar en el corazón. Dejamos el último lugar para la esposa de Poncio Pilato. Una sola vez es mencionada en toda la Biblia, pero impacta al lector porque tratándose de una pagana interviene en favor de Jesús fundándose en algún extraño sueno que ha tenido: "No te metas con ese hombre justo, porque anoche he tenido un sueno horrible...". Contrasta su actitud con la de los conciudadanos y amigos de Jesús, que en ese memento lo atacan o lo abandonan.
 
JOSE DE ARIMATEA
Era un hombre rico, del partido de los fariseos. Vivía cerca de Jerusalén y era miembro del Supremo Tribunal de los judíos: el Sanedrín. Como fariseo, era celoso de la Ley y de las tradiciones judías; no toleraba a los romanos que aplastaban al Pueblo Santo, así como tampoco podía permitir ninguna doctrina que fuera en detrimento de la religión de Israel. Cuando le tocó votar en el juicio de Jesús, él no dio su voto para la condena. Conocía a Jesús y simpatizaba con su doctrina,
 
LA FE EN LA RESURRECCIÓN
Evangelio del día de Pacua- SAN JUAN 20, 1-9
 
El evangelio que se lee en este domingo de Pascua no se refiere directamente a Jesús sino a sus discípulos, Y a la impresión que ellos tuvieron cuando descubrieron el sepulcro vacío. En primer lugar aparece María Magdalena. Esta discípula del Señor había estado al pie de la cruz, había sido testigo del descendimiento del cadáver, y también había visto como se realizaba la sepultura de Jesús. Movida por el profundo amor que sentía por el Señor se dirige al lugar del sepulcro antes que ningún otro, y descubrió con sorpresa que la pesada piedra que cubría la entrada de la gruta había sido quitada. Lo único que pudo imaginar en ese momento era que alguien había retirado el cadáver para llevarlo a otro lugar. Así fue como lo relató a Pedro y al discípulo anónimo, a quien el evangelio llama con el nombre de "amado por Jesús" Pedro y el otro discípulo fueron rápidamente al sepulcro. El evangelio dice que corrían. Ellos sabían que ninguno de los apóstoles y de los amigos de Jesús había retirado el cuerpo. ¿Qué habría sucedido? ¿Los ladrones? ¿Los enemigos? Cualquier explicación era posible. Lo único que no entraba en sus cálculos era la posibilidad de la resurrección. Al llegar observaron que en el lugar quedaban las vendas con las que había sido envuelto el cuerpo, como se hacia con las momias. En un lugar aparte estaba el sudario, que era una especie de pañuelo con el que se envolvía la cabeza y se ajustaba con un nudo en el cuello. Pero al contemplar esto, el evangelio dice que el discípulo amado del Señor vio y creyó. Al leer esta afirmación recordamos inmediatamente que en el mismo evangelio, pocos renglones más abajo, se encuentra el relato de Tomas, que exigió ver para creer. No se puede entender un texto sin tener presente al otro.
 
EL DISCÍPULO AMADO Y TOMÁS
El autor del evangelio intenta darnos una catequesis utilizando la figura de estos dos personajes. Uno es el discípulo incrédulo, que quiere ver y tocar para aceptar que Jesús ha resucitado. El otro es el discípulo al que Jesús ama, que cree después de haber visto, pero que no ha visto a Jesús sino otra cosa. Los dos discípulos llegan a la fe después de haber visto, pero ven realidades diferentes. Tomás cree una vez que vio al Señor. Y merece escuchar de Jesús que "son felices los que creen sin haber visto". En cambio el discípulo amado no exigió nada, tampoco vio al Señor resucitado, y sin embargo creyó. Él sólo vio el sepulcro vacío y las vendas caídas. El autor del evangelio se encuentra en la Iglesia con personas como Tomás, que exigen pruebas para creer, o que piensan que los cristianos de la primera generación, que tuvieron la oportunidad de ver al Señor con los ojos de su cuerpo, fueron más felices que nosotros que no lo vemos de esa manera. A ellos les responde que están equivocados: es más perfecto conocer a Jesús como lo conocemos nosotros, por medio de la iluminación que nos da el Espíritu Santo. Por eso el discípulo amado, que es como la figura del cristiano perfecto, no necesita pruebas para creer en el Señor resucitado. Le basta con ver las vendas y la tumba vacía: un signo, una señal que le confirma la palabra de la Sagrada Escritura que anuncia la resurrección.
 
NUESTRA FE EN LA RESURRECCIÓN DE JESÚS
Ante el anuncio feliz de la resurrección del Señor, se nos propone como ejemplo la actitud del discípulo amado. Su repuesta es la del cristiano que actúa según el modelo que enseña el evangelio de san Juan. Nosotros no hemos tenido oportunidad de ver a Jesús resucitado con los ojos de nuestro cuerpo. Solamente nos encontramos con una palabra de la Sagrada Escritura que nos anuncia que Cristo murió por nuestros pecados y que resucitó, para no morir nunca mas; esa palabra nos enseña que por la muerte y la resurrección del Señor hemos quedado liberados del pecado para vivir la vida nueva de los hijos de Dios. Ante estos anuncios debemos responder con la fe, y nuestra fe debe ser un acto libre. Por eso no hay pruebas en el sentido estricto de la palabra. Solamente hay signos, señales: una tumba vacía... En todas partes se muestran las tumbas que contienen los restos de grandes héroes y personajes de la antigüedad. También los fundadores de religiones tienen sus sepulcros. Pero de Jesús solamente ha quedado en Jerusalén una tumba vacía que se encuentra en la basílica del Santo Sepulcro. Aunque no vayamos a Jerusalén para ver esa tumba, también nosotros podemos ver y creer como el discípulo amado. No vemos a Jesús resucitado, pero vemos que la muerte ha sido vencida. Podemos contemplar que la muerte pierde su eficacia porque triunfa la vida. Es verdad que por todas partes hay guerras y dolor, que parece que el mal se hace cada día más evidente, que cada día son más las personas que están en la pobreza y en la miseria... Pero así como el discípulo amado vio las vendas, nosotros podemos ver que hay personas que no se dejan dominar por el pecado. Tenemos ejemplos de pecadores que sin que sepamos explicar las razones, de un día para el otro abandonan su antiguo proceder para comenzar una vida de virtud.
Aquí será un joven que abandona la droga, allá un avaro y egoísta que comienza a compartir sus bienes, en otra parte un rencoroso que se decide a perdonar, y muchos otros ejemplos más. Pero también están los que diariamente se sacrifican cumpliendo por amor a su familia las exigencias del trabajo penoso y rutinario, los que en medio de la pobreza no pierden el ánimo y trabajan hasta extenuarse para alimentar a sus hijos, Los que con heroísmo sobrehumano pasan en medio de todas las tentaciones y atracciones del pecado y sin embargo mantienen su fidelidad a Cristo. Están los que en silencio y con paciencia soportan el dolor. Están también los que sin ninguna obligación y solamente por amor están trabajando voluntariamente para atender a enfermos, huérfanos o desposeídos... o los que siguiendo su vocación sacerdotal o religiosa se dedican a vivir para Dios y para los hermanos. Esta finalmente el signo que es la misma Iglesia, que a pesar de la debilidad y de los defectos de sus miembros, permanece siempre estable, a través de los siglos, para dar testimonio de la palabra del Señor y para llevar a todos los hombres la buena noticia de la salvación. Todos estos signos son como las vendas: no nos muestran a Jesús resucitado, pero nos indican que está vivo, porque de lo contrario estas cosas no podrían suceder. Estos hechos confirman la palabra de la Escritura que dice que Jesucristo salió del sepulcro vencedor de la muerte. Si analizarnos nuestra propia vida encontraremos sin duda muchos signos de la vida que nos da Cristo resucitado. Y viéndoles, también creemos. Como el discípulo amado, junto a Pedro, que representa en este relate a los pastores de la Iglesia, reafirmemos nuestra fe en la resurrección del Señor. De esta manera tendremos un apoyo sólido v un aumento de fortaleza en nuestro camino hacia la vida definitiva. Profesando la fe en Cristo resucitado renovemos nuestro compromiso de luchar cada día para que triunfe la vida sobre la muerte, el amor sobre el odio, la verdad sobre la mentira, la alegría sobre el dolor.

LOS SIGNOS DE LA PASCUA

domingo, 1 de abril de 2012

DOMINGO DE RAMOS 2012

DOMINGO DE RAMOS 2012

 Evangelio según san Marcos 11, 1-10

Cuando Jesús y los suyos se aproximaban a Jerusalén, estando ya al pie del monte de los Olivos, cerca de Betfagé y de Betania, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: "¿Qué están haciendo?", respondan: "El Señor lo necesita y lo va a devolver en seguida". Ellos fueron y encontraron un asno atado cerca de una puerta, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les preguntaron: "¿Qué hacen? ¿Por qué desatan ese asno??. Ellos respondieron como Jesús les había dicho y nadie los molestó. Entonces le llevaron el asno, pusieron sus mantos sobre él y Jesús se montó. Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!".

Las palabras "Bendito el que viene en nombre del Señor”, con las que la gente aclama a Jesús en el trayecto están tomadas de uno de los Salmos que se cantaban durante las peregrinaciones hacia Jerusalén, y son las palabras con las que se recibía y bendecía a los peregrinos que llegaban al templo para las festividades más solemnes. Los que acompañan a Jesús las pronuncian en ese momento, pero no las refieren a cualquier peregrino, sino que las aplican al Reino que llega en la persona de Jesús. Pero es una característica del evangelio de san Marcos que los discípulos y la gente nunca alcanza a comprender lo que Jesús hace y dice. Aquí tenemos un caso doloroso: con sus palabras y sus gestos, la gente aclama a Jesús como Rey, pero lo asocia con Salomón y dice que "llega el Reino de nuestro padre David". Los discípulos han quedado encerrados dentro de los estrechos límites de su nacionalismo y piensan que ha llegado el momento de restaurar el reino terrenal de David. No han reconocido que el Reino que llega es el Reino de Dios.
 
JESÚS ANTE LA PASIÓN
Todos sabemos, como también lo sabían los primeros lectores del Evangelio, que esta festiva entrada de Jesús en Jerusalén marcaba el comienzo de una sucesión de actos sumamente dolorosos que conocemos con el nombre de Pasión del Señor. Algunos podrían pensar que Jesús llegó ingenuamente a Jerusalén, sin saber lo que le esperaba. Por eso el autor del Evangelio pone deliberadamente en el comienzo del relato esa breve escena donde queda bien claro que Jesús sabe todo, también lo oculto y lo futuro. Jesús sabía que lo esperaba la pasión y por eso Él mismo organiza, esta entrada triunfal. Tocamos aquí el punto desconcertante de la escena de la entrada de Jesús en Jerusalén. Jesús entra solemne al lugar de la pasión, con los gestos de quien entra en un temple para realizar una celebración litúrgica. A pesar de que viene rodeado de una multitud bulliciosa, Jesús viene completamente solo, porque la gente sigue esperando el reino terrenal de David y no comprende que con Jesús comienza el Reino de Dios. Lejos de huir ante la vista de sus futuros sufrimientos, o de ser traído a la rastra como quien es condenado a muerte, toma la iniciativa y organiza los pasos de su entrada, porque sabe que después de la sucesión de dolores y muerte viene el triunfo de la resurrección. La verdad en entronización de Jesús como Rey se dará en el momento de su resurrección, pero para poder llegar a la resurrección debe pasar antes por los dolorosos momentos de la pasión y la muerte.
 
EL DOMINGO DE RAMOS
Como introducción solemne a la semana de la pasión y resurrección del Señor, toda la Iglesia - representada por los celebrantes y los fieles - sale alegremente al encuentro de Cristo imitando los gestos y las palabras del Evangelio. Con estas muestras de alegría todos se dirigen hacia el templo donde se celebrará la Misa en la que se proclamará el Evangelio de los sufrimientos, muerte y sepultura del Señor. Los que tomamos parte en esa marcha festiva no vamos como los discípulos y la gente que nos describe el evangelio de san Marcos, porque sabemos, como sabía Jesús, hacia donde nos dirigimos. Ya hemos sido instruidos por la Iglesia sobre la verdadera naturaleza del Reino de Dios, y no lo confundimos con mezquinas perspectivas terrenales. Tampoco vamos como incautos ni somos arrastrados contra nuestra voluntad. Vamos hacia la pasión, es decir a morir y a resucitar con Jesús. Por eso es necesario prestar atención a que lo verdaderamente importante en la procesión no es el ramo de olivo, que eventualmente podremos llevar en nuestras manos, sino en el mismo hecho de la marcha. Y no en la marcha hacia tal o cual Iglesia, sino hacia la Pasión. Caminamos alegremente hacia nuestra muerte y resurrección con Cristo, que vamos a celebrar durante los días de la semana santa y que tendrá su culminación en el domingo de la Pascua. Participar en esta procesión implica un grave compromiso. Caminar alegremente en la procesión es entrar con entusiasmo en ese momento en el que haremos morir nuestro "hombre viejo". El hombre viejo somos nosotros mismos en cuanto somos pecadores, inclinados al mal, adheridos a cualquier cosa que es contraria al querer de Dios. Ese hombre tiene que entregarse a Cristo de tal manera que junto con El pueda recibir la justa condena muriendo en la cruz y junto con El pueda también resucitar como un hombre nuevo en la noche de Pascua. El hombre nuevo es aquel que está unido a Cristo y junto con Él es libre, y vive solamente por amor y para amar a Dios y a los hermanos.
 
EL RELATO DE SAN MARCOS
El lector del relato de la pasión según san Marcos debe prestar cuidadosa atención a los contrastes que va presentando el evangelista. Por una parte nos muestra la grandeza de Jesucristo, que va voluntariamente a la pasión, y lo manifiesta con sus palabras y sus gestos. A su alrededor se mueven los hombres que no entienden (como ya se ha visto en el relato de la entrada en Jerusalén) y los que pretenden llevarlo a la muerte, poniendo en evidencia su propio pecado a través de acciones mezquinas, crueles y perversas. Señalemos los rasgos más sobresalientes: el relato de la Pasión según san Marcos se inicia con la decisión tomada por los sacerdotes de matar a Jesús. Atendamos que esta decisión – la sentencia de muerte - ya esta tomada antes del juicio. En contraste con esta decisión injusta, aparece el gesto valiente de una mujer anónima que derrama un perfume muy caro sobre la cabeza del Señor, y esto en medio de las críticas y protestas de los presentes. En la escena siguiente se vuelve al tono negativo cuando, sin mediar ninguna razón, uno de los doce se presenta a los sumos sacerdotes con el ofrecimiento de entregar a Jesús. Debemos advertir que en esta narración no existe tampoco la motivación del dinero, como es el caso en el evangelio de san Mateo. Según san Marcos, la promesa de dar dinero viene a continuación del ofrecimiento de entregar a Jesús. El relato continúa con la preparación de la cena pascual, en la que de una manera muy semejante a la preparación de la entrada en Jerusalén, el Señor envía a sus dos discípulos a la ciudad con un encargo que sirve para que quede de manifiesto el conocimiento que tiene Jesús de las cosas futuras y la autoridad con la que se dirige al dueño de la casa donde se celebrara la cena de la fiesta de Pascua. En la narración de lo acontecido durante la comida, el evangelista coloca en el centro la institución de la Eucaristía, precedida por el anuncio de la traición de Judas y seguida del anuncio de las negaciones de Pedro. En los hechos del Getsemaní también se alternan los tonos claros y oscuros: Jesús se abate como un verdadero hombre, sufriendo por la pasión que se avecina, ante la indiferencia de los discípulos que duermen. Pero cuando llega el momento de ser tomado preso, él mismo se adelanta y pone en claro que se entrega con libertad ya que antes podían haberlo apresado cuando estaba enseñando en el templo. Es claro el contraste que se presenta en el juicio ante el Sanedrín: los jueces no buscan esclarecer la verdad con respecto a Jesús, sino un argumento para poder condenarlo a muerte. Los falsos testigos no aciertan con su testimonio. Entonces es el mismo Jesús el que hace la declaración que sirve para los fines de ellos, y al mismo tiempo nos revela, por primera vez con claridad en todo el evangelio, quién es Él. Ante la proclamación de que Jesús es el Hijo del hombre que estará sentado a la derecha del Padre y vendrá glorioso sobre las nubes del cielo, los hombres lo escupen y lo golpean, mientras Pedro lo niega frente a los sirvientes. Se encuentra la misma oposición en el juicio ante Pilato: Jesús proclama que es Rey, y entonces lo condenan a muerte dando libertad a un sedicioso asesino. También en esta parte de la narración, ante la proclamación del titulo de Rey, la reacción de los hombres es golpearlo y coronarlo de espinas para burlarse de él. Cuando esta crucificado, recibe las burlas de los que le exigen que baje de la cruz para creer en Él, pero finalmente el centurión, sin necesidad de ningún milagro, confiesa que Jesús es el Hijo de Dios cuando ve que muere dando un fuerte grito.
 
EL HIJO DE DIOS SUFRIENTE
La lectura del evangelio nos coloca ante el Hijo de Dios que se manifiesta como tal en los dolores de su pasión y no en el esplendor de los milagros. Los hombres muestran ante Él todas sus miserias. La figura del centurión, el primer pagano que llega a la fe, es un modelo para todos los cristianos. Según el relato de Marcos, él llegó a la fe cuando vio la forma en que Cristo expiró, mientras que los sacerdotes, que al pie de la cruz exigían ver un milagro para creer, no llegaron a la fe. Jesús proclamó que es el Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre, el Mesías Rey de los judíos. Pero esta proclamación la realizó mostrando al mismo tiempo que es verdadero hombre, como se ve en la oración de Getsemaní y en el grito de la cruz. Él se negó a probarlo con milagros espectaculares: no descendió de la cruz. Para confesarlo como Hijo de Dios, tenemos ante nosotros la fuerza de su palabra, a la que nos debemos someter, y el gesto de su entrega en la cruz, que debe ser nuestro mayor argumento. La meditación atenta de su pasión, propia de estos días de Semana Santa, nos debe llevar a descubrir en su actitud silen
ciosa ante el dolor, que Él es el Hijo de Dios, el Mesías anunciado en las páginas del Antiguo Testamento.