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sábado, 9 de junio de 2012

CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, INVITADOS A LA CENA DE JESÚS

 
 
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14, 12-16. 22-26
El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»
Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: "¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?" Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.»
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»
Cada año el pueblo judío celebra la fiesta de Pascua, así como está mandado en la Biblia. En la primera noche de esta fiesta las familias se reúnen en una cena en la que antiguamente se comía un cordero que debía haber sido sacrificado esa mis­ma tarde en el Templo de Jerusalén. Como la Biblia prohíbe ofrecer sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, después que éste fue destruido por los romanos en el año 70, ya no se puede contar con el cordero sacrificado para la cena. No obstante, los judíos continúan celebrando la cena pascual en el día correspon­diente, pero ya sin el cordero pascual.

Durante esa cena se revive lo que sucedió cuando los israe­litas fueron liberados por Dios de la esclavitud de Egipto. Antes de partir habían sacrificado un cordero, y con su sangre habían marcado las puertas de sus casas para evitar el castigo que Dios enviaría a los egipcios. Tomando elementos de antiguos ritos de las tribus semíticas nómades, se instituyó entonces esta cena de celebración, en la que anualmente se debía revivir la experiencia de la salvación y de la liberación del pueblo.

Para celebrar esta cena que conmemora este acontecimien­to, toda la familia se recostaba sobre almohadones. Este detalle era importante porque era el signo de la liberación: comían recostados como los señores y no sentados en el suelo como los esclavos. Ubicados de esa manera, en torno a la mesa adornada con velas encendidas, cantaban Salmos, recitaban oraciones, leían los textos de la Biblia y sus explicaciones. El padre de familia tenía un papel muy importante porque presidía, recitaba la ac­ción de gracias sobre el pan y el vino que se iban a consumir, y explicaba los textos bíblicos propios de esta celebración. En la actualidad, la forma de celebrar la cena de Pascua que tienen los judíos ha variado muy poco. Esta cena no es una simple comida familiar, como la de cualquier fiesta, sino que todo está previsto: lo que cada uno debe decir, qué se debe cantar, a quién le corresponde intervenir y en qué orden se deben servir las comidas y las copas de vino.

Al llegar la fiesta de Pascua, los discípulos de Jesús interro­garon al Maestro. Indudablemente Jesús también celebraría la cena como todos los hombres piadosos. Con un relato que tiene gran semejanza con el de la preparación de la entrada en Jeru­salén, el Evangelio describe la forma en que los discípulos llega­ron a la casa donde se debía celebrar la cena de Pascua. Llega­da la hora, Jesús y los Doce se reunieron en la sala preparada con los almohadones sobre los que se recostarían para celebrar la cena, según estaba previsto.

Pero los discípulos no sabían que Jesús, al celebrar la fiesta de Pascua, le daría un nuevo sentido: la liberación de la esclavi­tud de Egipto y el cordero sacrificado pasarían a ser figuras de la realidad que es él mismo Jesús. Él es el que con el derrama­miento de su sangre arranca al hombre de la esclavitud del pe­cado y de la muerte. En la nueva Pascua se experimenta y se gusta la verdadera salvación y la verdadera liberación.

EL CORDERO SACRIFICADO

Ocupando el lugar del padre de familia, Jesús está en medio de sus discípulos y preside la cena de Pascua. Llega el momen­to en que le corresponde pronunciar la acción de gracias por el pan. Según está establecido, toma un pan y recita la oración correspondiente, luego va rompiendo el pan y coloca un trozo en la mano de cada discípulo. Al hacerlo, dice estas novedosas palabras: «Esto es mi Cuerpo».

Un Cordero debió ser sacrificado en la noche de la primera Pascua para marcar con su sangre a los miembros del pueblo de Dios y salvarlos de los castigos que estaban por caer sobre los egipcios. Ahora Jesús se entrega como víctima para salvar a todos los hijos de Dios. Su cuerpo será destrozado de la misma forma que se rompe el pan para poder servir de alimento. Este es el nuevo cordero de la Pascua: sin mancha y sin defecto, como corresponde en una ofenda que se hace a Dios.

Cada vez que los cristianos nos reunimos para la celebración de la Misa, el que preside repite las palabras de Jesús: «Esto es mi Cuerpo», y luego nos da el pan partido. Jesús se hace pre­sente en el pan de la Eucaristía para ser nuestro Cordero, el que nos alimenta y nos libera de la condenación.

LA SANGRE DE LA ALIANZA

Hemos escuchado en la primera lectura del día de hoy que cuando los israelitas salieron de la esclavitud de Egipto, Moisés los llevó hasta el Monte Sinaí. Allí Dios se manifestó e hizo la alianza con los israelitas. Los que hasta ese momento habían sido esclavos, ahora obtenían la libertad y comenzaban a ser un pueblo: el pueblo de Dios. El Señor los gobernaba y les daba su ley. Esto se hizo en forma de Alianza, es decir de un compromi­so entre Dios y los hombres. Dios se comprometía a protegerlos y gobernarlos, y ellos se comprometían a ser el pueblo de Dios y a cumplir sus mandamientos: «Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios».

Moisés mandó sacrificar algunos animales, luego tomó la sangre y derramó una parte sobre el altar, y con la otra parte roció a todo el pueblo diciéndoles: «Esta es la sangre de la Alian­za que Dios ha hecho con ustedes». De esta forma, Moisés unía definitivamente al altar (que representaba a Dios) y al pueblo, rociándolos con la misma sangre. La firmeza del contrato que­daba asegurada porque Dios y los hombres se habían unido con una misma sangre.

Durante la cena de Pascua, Jesús recordó este momento de la historia del pueblo cuando tuvo que pronunciar la acción de gracias sobre la copa con el vino. Pronunció la bendición y luego la entregó a sus discípulos con palabras que eran como un eco de las de Moisés: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alian­za...». Ahora hay una nueva víctima: Jesús se sacrifica y derrama su sangre, y con esta sangre se unen todos los cristianos para formar el nuevo pueblo de Dios. Pero ya no es la sangre de los animales, sino la misma sangre de Cristo, como nos ha enseñado el autor de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura del día de hoy. Esta sangre está presente en la Eucaristía para ase­gurar cada día la unión de Dios con los hombres, y de todos los hombres entre sí.

HASTA QUE ÉL VUELVA

Jesús termina diciendo: «Ya no volveré a beber... hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios». La cena con Jesús ha comenzado, pero todavía queda una copa que se servirá en el último día cuando celebremos la fiesta del Cielo, el Banquete con Dios. No sabemos cómo será el Cielo, no tenemos forma de imaginarlo. En todo caso siempre usamos la palabra "fiesta", o "banquete", u otra que nos dé la idea de una gran alegría. Jesús también nos habla de ese Banquete, pero nos dice que ya ha comenzado. Cada vez que nos reunimos como hermanos para partir el mismo Pan que es Cristo, escuchamos su Palabra y participamos alegremente en la celebración de la Misa, ya esta­mos empezando a vivir las alegrías del cielo. Ya Jesús está cenando con nosotros, y Él mismo se nos da como alimento. La Misa no es una ceremonia lúgubre u oscura, sino que es el ale­gre comienzo del banquete celestial.

EL SACRAMENTO DE NUESTRA FE

En la Misa repetimos lo que Cristo ha ordenado a sus discí­pulos, se revive e1 Sacrificio de Jesús que se entrega como víc­tima y derrama su sangre por nosotros en la Cruz. Se revive el banquete de Pascua en el que Cristo preside la cena y nos ali­menta con la carne y la sangre del cordero que nos salva de la condenación y asegura nuestra Alianza con Dios. Se comienza a festejar la alegría del Cielo sentándonos en la Mesa de Dios.

Pero todo esto está oculto: solamente vemos las apariencias del pan y del vino, mientras que la fe nos asegura todo lo demás. Creemos firmemente en la palabra de Cristo que nos dice que detrás de esas apariencias está su presencia y su sacrificio. Por eso el sacerdote dice: «¡Este es el Sacramento de nuestra fe!»

Hasta hace algunos años comulgábamos de rodillas porque queríamos hacer más visible nuestra adoración ante la presen­cia de Cristo. Actualmente hemos vuelto a una costumbre mu­cho más antigua, que es la que tenían los primeros cristianos y durante varios siglos se mantuvo en la Iglesia: nos ponemos de rodillas en la consagración para expresar nuestra adoración, y comulgamos de pie para expresar nuestra fe. De la misma for­ma que nos ponemos de pie para la proclamación del Evangelio y la recitación del Credo, así también expresamos nuestra fe en la Eucaristía comulgando de pie, y cuando el sacerdote o minis­tro nos dicen: «Esto es el Cuerpo de Cristo», hacemos nuestro acto de fe respondiendo en voz alta: «Amén», que traducido en castellano significa: «¡Así es, efectivamente!»

TOMEN Y COMAN TODOS...

En cada Misa oímos que se repite esta invitación de Jesús. El se ofreció al Padre por todos, y quiere que todos participen de este acto salvador, por eso entrega todos los días su Cuerpo y su Sangre en todos los altares del mundo. Algunos cristianos pasan mucho tiempo sin acercarse a comulgar. Tal vez lo hagan por­que no están suficientemente preparados, o porque hace mucho que no van a confesar sus pecados para recibir el sacramento de la reconciliación. A los cristianos que obran así podríamos preguntarles: ¿No vale la pena hacer un esfuerzo y acercarse a un confesor? La invitación de Jesús, ¿tiene tan poca importancia que la podemos dejar pasar? ¿Cómo juzgaríamos nosotros la actitud de una persona a la que invitamos a comer a nuestra casa, si se pusiera a mirar cómo comemos y no quisiera servirse nada de lo que le ofrecemos?

Tal vez lo hacen porque consideran que no son lo suficiente­mente puros o santos como para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. Esto es verdad, no hay ninguna persona humana que sea digna de la comunión si Dios no la purifica antes. Pero re­cordemos que Cristo ha querido quedarse entre nosotros bajo la apariencia del pan para que lo busquemos cuando nos sentimos débiles, cuando necesitamos alimento. Antes de la comunión decimos: «Señor, yo no soy digno...». Si ponemos de nuestra parte lo que nos exige la Iglesia (por ejemplo, nos confesamos si nos hace falta), Dios hará todo lo demás: «... ¡una palabra tuya bastará para salvarme!». San Ambrosio instruía a los fieles de Milán sobre la frecuencia con que debían recibir este sacramento, y les decía: "¿Qué te dice el Apóstol cada vez que lo recibes? Cada vez que lo recibimos "anunciamos la muerte del Señor" (1Cor 11, 26). Si anunciamos su muerte, anunciamos el perdón de los pecados. Si la sangre siempre se derrama para perdón de los pecados, debo recibirla siempre, para que siempre se me perdonen los pecados. Yo, que peco siempre, debo tener siempre la medicina".

Cuando estamos en la Casa de Dios, no seamos hijos rebel­des que se niegan a comer lo que les ofrece el Padre.

UNA COMIDA QUE NOS COMPROMETE

San Pablo nos enseña que por recibir la Eucaristía formamos todos un solo Cuerpo con Cristo: «Todos nosotros formamos un solo cuerpo, porque participarnos de ese único pan». El Cuerpo y la Sangre del Señor nos unen para que formemos este nuevo Pueblo de Dios, nos unimos con Cristo pero también con todos los demás cristianos. Somos todos como una sola persona. Cada comunión que recibimos nos tiene que hacer sentir más unidos a nuestros hermanos, nos tiene que hacer más sensibles a las ale­grías y a las tristezas, a las necesidades y a los problemas de los demás. La Eucaristía hace que Cristo y los demás ya no sean "otros", sino "nosotros mismos". Debemos reavivar el sentido de la palabra «comunión». La Eucaristía no es una comida que nos aísla, sino por el contrario, nos introduce en una «común unión», una unión con todos los demás.

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«Pablo dijo ‘La comunión del Cuerpo’ (1Cor 10, 16), pero como lo que es comunicado es diferente de aquél que recibe esta co­municación, él quitó esta diferencia que parece pequeña. Cuando dijo ‘La comunión del Cuerpo’ (1Cor 10, 16) quiso indicar una proximidad mayor, por eso añadió: ‘Porque siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo’. ¿Por qué digo comunión? Dice: Porque somos ese mismo Cuerpo ¿Qué es el pan'? El cuerpo de Cristo. ¿En qué se convierten los que lo reciben? En cuerpo de Cristo. No son muchos cuerpos, sino un solo cuerpo, como el pan, que está hecho de muchos granos de trigo, pero unidos de tal modo que de ninguna manera se percibe la multitud de los granos. Ellos están, pero la diferencia entre ellos desaparece por la unión. De la misma manera nos unimos entre nosotros y con Cristo. Porque tú no te alimentas de un cuerpo mientras aquél se alimenta de otro, sino que todos nos alimentamos del mismo cuer­po. Por eso añade Pablo: ‘Todos participamos del mismo pan’ (1Cor 10, 17).

Si todos participamos del mismo pan y todos nos convertimos en lo mismo ¿por qué no manifestamos el mismo amor y de esta forma nos convertimos en la misma cosa? Esto sucedía antigua­mente, en tiempos de nuestros antepasados, porque ‘la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma’ (Hch 4, 32). Pero ahora no es así, sino todo lo contrario, porque hay muchas y diferentes guerras de unos contra otros, y contra los miembros del propio cuerpo somos más crueles que las fieras.

Pero a ti, que estabas alejado, Cristo te unió a Él mismo. Y tú, que has gozado de este amor y de esta vida del Señor, no te dignas poner el debido cuidado de unirte a tu hermano, sino que por el contrario, te alejas de él».
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1Cor, 24, 2).

martes, 5 de junio de 2012

LIBERTAD Y PASIÓN DEL HOMBRE



 Continuamos compartiendo algunos puntos claves sobre NO HACERSE DAÑO A UNO MISMO, esta vez centrandonos en la el amor como fin de la libertad, y sus diferencias entre lo estoico y lo cristiano.

Hay un aspecto de nuestra existencia al que Epicteto no le presta la suficiente atención. Porque aunque hable de la preocupación por los hombres, porque en todos y cada uno de ellos se puede encontrar una chispa de Dios, en el aspecto del amor que debemos dar a los demás insiste mucho menos que lo que Jesús nos ha enseñado. De ahí  que los primeros cristianos hayan asumido ciertamente la idea estoica de libertad, pero le han dado al mismo tiempo una nueva interpretación. Cristo nos ha liberado para la libertad. Si nos fijamos en la entrega que Jesús hizo de sí mismo en la cruz, nos veremos libres de seguir misioneros de nosotros mismos, seremos libres para entregarnos a los demás a través del amor.
El que ama es sobre todo alguien que se ha liberado de sí mismo. Peo no se ve libre de las pasiones ni del dolor que le puede causar alguna persona que le ama.
Sí, la verdad es que el mor nos hace vulnerables. No hay amor sin sufrimiento. Pero las heridas que me produce el verdadero amor, no tiene nada que ver con las heridas que yo mismo me hago. En todo caso, lo que a menudo hace el amor es que afloren viejas enfermedades. Algo que duele de verdad. Sin embargo, el amor  puede también curarlas.
La libertad cristiana es una libertad para el amor, una libertad de toda autocrispación, de todo apasionamiento en uno mismo y en sus propios deseos. Pero la libertad del amor tiene como condición la libertad de la que habla Epicteto, la liberación de falsas ideas que nos hacemos sobre el mundo, y la libertad de pathos, es decir, de la esclavitud de las pasiones como la ira, la tristeza, el miedo y los celos. Todavía hoy como cristianos podemos aprender de Epicteto la manera de liberarnos de las falsas ideas que s hacemos sobre el mundo y de la dependencia del mundo tal como se manifiesta en las pasiones. Pero la meta de nuestra libertad es algo radicalmente distinto.
En Epicteto la meta de la libertad es la paz interior y la imperturbable paz del alma. Si esto se toma absolutamente, puede llevar a un circulo narcisista en torno a uno mismo. Para los cristianos, la meta de la libertad es el amor que puede entregarse pero que también puede ser herido por los hombres. Por el contrario, el amor que nos estresa no tiene nada de amor; y tampoco lo es el amor que nos exige demasiado o nos crea mala conciencia cuando alguna vez decimos no. Aquí se habla de un amor que es libre de entregarse a una persona o a un grupo y comprometerse totalmente, pero que también es libre incluso para ponerse limites y decir que no, si se cree que debe hacerlo.
Jesús nunca se sintió obligado a cumplir los deseos de todas las personas. Nuestro amor procede a menudo no de nuestra libertad interior, sino de la presión de tener que contener a todos. A veces esta presión se traduce en dolor de cabeza. Pero cuando nuestro amor es fruto de nuestra libertad interior, entonces no hay normalmente dolor de cabeza que valga. El cuerpo es un gran indicador que nos dice si somos libres de verdad o si nuestro compromiso está determinado por nuestra necesidad de ser reconocidos y aceptados. Si nuestro amor depende de nuestras propias necesidades y de la presión de las expectativas de los demás, entonces ese amor nos hace daño.

lunes, 4 de junio de 2012

LA TRINIDAD Y NOSOTROS



LA SANTISIMA TRINIDAD

EVANGELIO
Mt 28, 16-20
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.
Después de la Resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo".
Palabra del Señor.

LA TRINIDAD Y NOSOTROS
El domingo pasado con pentecostés termino el tiempo de pascua. Antes  de retomar el ciclo de los domingos durante el año, en la solemnidad del domingo pasado se celebró el misterio de la Santísima Trinidad. Los miembros de todas las iglesias cristianas nos encontramos unidos en esta profesión de nuestra fe en un dios uno que es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El texto del evangelio Jesús nos revela el misterio de la Santísima Trinidad cuando ordena a los apóstoles, después de la resurrección, y que vayan y hagan discípulos a todos los pueblos de la tierra, bautizándolos en el nombre del Padre, Hijo y del Espíritu Santo.
Se trata este pasaje de la conclusión del evangelio de san Mateo y se nos da una revelación, el misterio de la Trinidad, pero en un contexto de misión. Para comprender mejor el sentido de esta revelación debemos prestar atención al marco que le da el evangelista: la gloria de Cristo resucitado y la misión de la Iglesia centrada en el hecho de bautizar.
VAYAN Y BAUTICEN
 Con toda la autoridad de Jesús, este envía a sus discípulos para que vayan a bautizar a todas las naciones. Bautizar significa “sumergir” . San Juan Bautista bautizaba sumergiendo a la gente en las aguas del Jordán, pero anunció que Jesús los sumergiría en el Espíritu Santo. Hasta ese momento el único bautizado en el Espíritu Santo era  Jesús,  recordemos cuando el Señor salió de las aguas  y el espíritu Santo descendió sobre él. Al mismo tiempo se oyó la voz de Dios que decía  “este es mi Hijo, el Amado en el que yo tengo complacencia “
A partir de entonces se inaugura una nueva forma de bautizar. Deja de ser un gesto simbólico de limpieza mientras se espera la venida del Reino. Es un símbolo de que nos sumergimos en el Espíritu Santo, Dios Padre  une realmente a cada hombre con su Hijo Jesucristo, le comunica su Espíritu Santo  y pronuncia sobre él  “Este es mi hijo”.
Bautizar “en el nombre” significa “sumergir dentro del nombre”. Esto es algo sorprendente, que los seres humanos podamos sumergirnos dentro del nombre de la Trinidad. Por el bautismo somos incorporados en cierta forma dentro de la misma divinidad : nos asociamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Al revelarnos este misterio de la Trinidad en este contexto bautismal, la Palabra de Dios nos advierte que el misterio no nos es dado  para alimentar la curiosidad ni detenernos en elucubraciones. El que podamos conocer la intimidad de Dios es signo de su amor y de su predilección por nosotros. Este acontecimiento tiene que hacernos sentir más obligados a responder con amor a este gesto del amor de Dios.
Pero también tiene que hacernos sentir más responsables con respecto a nuestro compromiso bautismal. Si todos somos hijos y tenemos un único Padre, al mismo tiempo que nos sabemos obligados para con Dios, nos debemos sentir obligados para con todos nuestros hermanos, hijos también del mismo Padre.

martes, 29 de mayo de 2012

PENTECOSTÉS




PENTECOSTÉS
Jn 20, 19-23
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
Palabra del Señor.


Pentecostés es el nombre de una antigua fiesta judía. Se celebra cincuenta días después de Pascua, para recordar el día en que los israelitas liberados de la esclavitud del Faraón de Egipto llegaron al monte Sinaí. Allí se manifestó Dios sobre la montaña en medio del fuego y de la nube, con relámpagos y fuertes truenos que llenaban de terror a todos los presentes. Dios habló a Moisés y luego hizo un pacto, una alianza con los israelitas. A partir de ese día Israel comenzaba a ser un pueblo: el pueblo de Dios, y Dios, a su vez era el Dios de Israel. El antiguo pueblo de Dios se formó con los esclavos fugitivos que pertenecían a las doce tribus que venían de la cautividad. En lo alto de la montaña, con gran ruido y manifestación de fuego se realizó la alianza y se entregaron los mandamientos. Este nuevo pueblo, el pueblo de Israel, se distinguiría de los demás pueblos porque tendría una Ley que le había dado el mismo Dios. San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos cuenta que la primera comunidad cristiana formada por los Apóstoles y los discípulos reunidos en torno a María, la Madre de Jesús, estaban celebrando alegremente la fiesta de Pentecostés. Era la primera después de la resurrección del Señor. De pronto se oyó, un fuerte ruido y aparecieron llamas de fuego que se posaron sobre todos los que estaban reunidos. El Espíritu Santo se mostraba de esta forma como derramándose sobre todos aquellos que creían en Jesús, el Hijo de Dios.

EL SOPLO QUE DA LA VIDA
Tratemos de imaginar cómo se encontraban los discípulos de Jesús después de la crucifixión del Señor. El Evangelio de San Juan nos dice que estaban "con las puertas cerradas por temor". Tristeza, miedo, desorientación y duda serían algunas de las características más sobresalientes de ese primer domingo de Pascua. La escena se transforma en un instante cuando aparece Jesús resucitado: El les da la paz y ellos se llenan de alegría. Para que no quede lugar a dudas les muestra las heridas de los claves en sus manos y la abertura que ha dejado la lanza en su costado. La paz la alegría y la seguridad son las primeras consecuencias de la presencia de Jesús. Todo podía haber terminado ahí: una vez recuperada la tranquilidad, quedarse todos juntos como buenos amigos celebrando la resurrección de Jesucristo y gozando de su compañía. Pero Jesús añade unas palabras que abren una nueva perspectiva a la vida de sus discípulos: "Como el Padre me envió así los envió yo a ustedes". Los apóstoles no tienen que quedarse encerrados, sino que tienen que salir al mundo: para eso son enviados como el mismo Jesús fue enviado por el Padre. Como ya se ha dicho en otro momento, la palabra “como” que aparece en la frase de Jesús ("corno el Padre me envió, yo los envío a ustedes"), tiene el sentido de una comparación y al mismo tiempo de una fundamentación: el acto por el que Jesús envía a los discípulos se produce porque el Padre lo ha enviado a El. El Padre ha enviado a Jesús, y la fuerza de ese envío llega a todos los discípulos por medio de Jesús.

EL ESPÍRITU SANTO
A estos discípulos débiles y frágiles como el barro, Jesús los transforma soplando sobre ellos la Vida de Dios. El Espíritu Santo que ellos reciben en ese momento es uno solo con el Padre y con el Hijo: es una persona de la Trinidad y representa la Vida, la Fuerza, el Amor de Dios. Así como el Padre nos dio a su Hijo como Redentor,  ahora entrega al Espíritu Santo para que dé vida fuerza y amor a los creyentes. El Espíritu Santo es dado para que actúen. Por eso, de todas las obras que tienen que realizar los discípulos enviados por Jesús en el Evangelio se menciona una sola que parece ser la que de ninguna manera puede ser llevada a cabo por un simple hombre, la de perdonar los pecados. "¿Quién puede perdonar los pecados sino solamente Dios?", dijeron una vez aquellos hombres que oyeron a Jesús perdonando los pecados. Ahora Jesús les concede este poder a los hombres, lo que equivale a decir que les esta otorgando el poder de hacer cosas que solamente pueden ser hechas por Dios. Y si algunos hombres pueden perdonar los pecados es porque han recibido este Espíritu Santo que es el mismo Dios. El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo que da vida al barro, es el único capaz de envolver a un pecador y convertirlo en un Santo. Cuando los hombres perdonamos a nuestros hermanos lo hacemos olvidando las ofensas o los delitos que los otros han cometido. En cambio cuando Dios perdona hace mucho más que olvidar: transforma al delincuente en un hombre justo, es un nuevo acto de creación. Esos discípulos que unos momentos antes estaban encerrados, llenos de miedo, quedaron transformados al recibir el Espíritu Santo. Olvidaron el temor y la tristeza, y con valor y alegría salieron a cambiar el mundo anunciando el Evangelio por todas partes. Ni las amenazas, ni las cárceles ni las torturas y el martirio fueron suficientes para hacerlos callar porque hablaban y actuaban impulsados por el Espíritu Santo que es fuerza, vida y amor de Dios.
ENVIADOS COMO JESUS
El Espíritu Santo provoca en nosotros un nuevo nacimiento haciéndonos nacer como hijos de Dios; se pude decir que recibir el Espíritu Santo es como ser creados de nuevo. El Espíritu Santo nos hace hijos de Dios y al mismo tiempo nos hace tomar conciencia de nuestra condición de hijos. Es el mismo Espíritu el que en nuestro interior nos mueve para que recemos y podamos invocar a Dios como Padre. El Espíritu Santo enriquece nuestra vida nos hace valorar nuestro trabajo, nos hace tomar en consideración la vida de los demás. Al recibir al Espíritu nos comprometemos en la misma misión de Cristo: así como el Padre lo envió a El, ahora somos enviados nosotros. El amor de Dios nos impulsa por medio del Espíritu para que salgamos a transformar el mundo.
 
EL ESPÍRITU Y NUESTRA MISIÓN
La donación del Espíritu Santo no se limita al momento en que lo recibieron los apóstoles en la tarde del primer domingo de resurrección. Jesús sigue entregando el Espíritu a su Iglesia, y este Espíritu hace que los cristianos lleguen a ser testigos. Finalmente, la presencia del Espíritu que une con Cristo y con el Padre es la que mantiene unidos a los cristianos en una sola Iglesia y la que da impulsos a los que están separados para que busquen la unidad. La fiesta de Pentecostés nos llama a reunirnos en torno a Jesús para que le pidamos insistentemente el Espíritu Santo. Pidamos el Espíritu Santo que nos capacite para ser evangelizadores, viviendo la vida de hijos de Dios y acompañando a los demás hombres para que lleguen a ser participantes de esa misma vida. Esto es lo que hizo Jesús y nos dejó corno tarea a los cristianos. "Harán las mismas obras que yo he hecho, y las harán también mayores" dijo el Señor. Pidamos el Espíritu Santo que nos una con Dios y también entre nosotros. Pidamos el Espíritu que haga cesar todas las divisiones entre los hijos de Dios. El Espíritu es el que da la unidad, y tenemos que disponernos para recibirla. Pidamos al Espíritu que reavive cada día más el ímpetu misionero de la Iglesia, para que todos los hombres puedan llegar a ser hijos de Dios. Que el Espíritu Santo descienda abundantemente sobre toda la Iglesia para que no desfallezca en su misión de llevar una nueva vida al mundo entero.

martes, 22 de mayo de 2012

NO HACERSE DAÑO A UNO MISMO

 
LA LIBERTAD INTERIOR DEL HOMBRE

El tema de la libertad ocupó un lugar central en la filosofía griega. El concepto griego de la existencia se caracterizaba por su sentido de la libertad humana. Y cuando los escritos del Nuevo Testamento hablan de la libertad para la que Cristo nos ha liberado, responden también al anhelo griego de la libertad.
Al estudiar la filosofía estoica me encontré con la siguiente frase de Epicteto: nadie puede ser herido sino por sí mismo. Que con gran asombro he visto citada repetidas veces por los padres de la Iglesia.
Juan Crisóstomo redactó sobre esto un escrito cuyo título es Nadie puede herir a quien no se hiere a sí mismo. Cuando leí este escrito me maravillé de la forma como trata a la Biblia este padre de la iglesia y qué lugares utiliza para reforzar su tesis, tomada de Epicteto.

EL ESCRITO PROVOCADOR DE JUAN CRISÓSTOMO
Siempre resulta peligroso dar a una frase un valor absoluto. Por lo tanto, no es mi intención demostrar que la provocadora frase de san Juan Crisóstomo haya de tener un valor general.
Cuando se nos hiere de niños, no podemos impedirlo, no hay posibilidad de defendernos y evitar las heridas. Pero, tanto si hurgo una y otra vez en las viejas heridas sin dejar de enconarlas, como si me reconcilio con ellas y las olvido, siempre es asunto mío, yo soy el responsable. Naturalmente, cada hombre tarda más o menos tiempo en desprenderse de sus viejas heridas.
Hoy se tiende a cultivar las heridas, el filosofo Bruckner lo describe en su libro Sufro, luego existo. En él habla de la victimación, de la inclinación a sentirse víctima.
Crisóstomo sostiene la tesis radicalmente opuesta de que ninguna victima es victima de alguien, sino que sufre la suerte que ella misma se impone.
Sentirse victima significa declararse siempre libre de culpa, echarles la culpa a los demás. Un estudio detenido de la tesis estoica de que somos nosotros los que nos herimos, puede poner en tela de juicio la ideología del sufrimiento, según la cual uno tiene que sentirse siempre mal y todo ha de estar siempre mal, y con ello obligarnos a preguntarnos sobre nuestro planteamiento. Esta tesis no puede legar el sufrimiento real o restarle importancia.
En esta tesis es decisivo que el obispo de Constantinopla  y los padres de la Iglesia en general, haya entendido también el camino espiritual como un camino terapéutico , como un camino para afrontar con madurez las heridas y la historia de la propia  vida. La meta del camino espiritual es salvar y liberar al hombre. Cristo es el hombre libre que no depende del mundo, sino que únicamente depende de Dios.

El que lleva la huella de Dios, es el que ha nacido de Dios, ese es el verdaderamente libre. Tal es el mensaje básico de la Biblia. Para mí el camino místico es el camino que conduce a la libertad. Es en este camino donde por primera vez encontramos nuestra verdad y sólo nuestra verdad nos hará libres. En él nos damos cuenta de los modelos de vida a los que nos mantenemos asidos, nuestros ilusorios puntos de vista que nos desfiguran las cosas y con los que nos herimos. Cuanto más cerca de Dios, más claramente vemos nuestra verdad. Y cuanto más uno somos con Dios, más libres somos.
La experiencia de Dios y la experiencia de la libertad interior son sustancialmente lo mismo.

sábado, 19 de mayo de 2012

LA ASCENCIÓN, FIESTA NUESTRA




EVANGELIO DEL DOMINGO 20 DE MAYO DEL 2012

Mc 16, 15-20

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán". Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor.
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El texto escogido para que este año se proclame en el Evangelio de este día es parte de lo que se conoce como "final del Evangelio de Marcos". Es un fragmento que no pertenece a la forma original de ese Evangelio, sino un añadido posterior que proviene de otra mano. Esto se sabe por algunos indicios literarios y porque no figura en muchos de los manuscritos más antiguos. Sin embargo, es un trozo que tiene una venerable antigüedad, y la Iglesia lo reconoce como inspirado y como perteneciente a la Sagrada Escritura. Se lo enuncia como "Evangelio de san Marcos", aunque se sabe que originalmente no pertenecía a ese Evangelio.
COMPARTIMOS SU DIGNIDAD
Cristo se humilló hasta la muerte. Padeció una muerte vergonzosa, indigna hasta de los peores criminales. Y no fue porque lo mereciera, ya que en Él nadie podrá encontrar el más mínimo pecado. Si debió subir a la cruz fue por un acto de obediencia total a su Padre, que para salvar a todos los hombres quiso que su Hijo Único compartiera la vida de los seres humanos y fuera solidario con ellos hasta en sus últimas consecuencias. Pero Jesús. resucitado de entre los muertos, "subió a los cielos y esta sentado a la derecha de Dios Padre". Cuando subió a la cruz, estuvo unido con todos nosotros y asumió misteriosamente todas nuestras culpas para redimirnos. Al estar sentado a la derecha del Padre continúa unido a nosotros y nos comunica algo de lo que Él es y tiene en esta situación gloriosa. Se hizo uno con nosotros para poder cargar con nuestros pecados y continúa siendo uno con nosotros para poder darnos su gloria y su vida. Todos nosotros, los bautizados, formamos un gran cuerpo. Este cuerpo tiene una Cabeza, y esa Cabeza es Cristo. Nosotros estamos todavía en la tierra, pero nuestra Cabeza ya esta en el cielo.. Algunos podrán pensar que unas personas son mas importantes que otras. Es verdad que algunos desempeñan funciones de mayor responsabilidad, pero si tenemos en cuenta que todos formamos este Cuerpo de Cristo, entonces debemos admitir que aun el que parece más pequeño, más insignificante, tiene gran importancia. En el cuerpo humano, aun los órganos más pequeños, los miembros más olvidados, son también parte del cuerpo y reciben su importancia de la persona a la que pertenecen. También los cristianos reciben su importancia de la Cabeza: todo cristiano es miembro del cuerpo de Cristo. Nuestra Cabeza ya está en el cielo, sentado junto al Padre. Hay algo nuestro que ya ha alcanzado el cielo y reina junto a Dios. Esto tiene su repercusión en lo que cada cristiano trabaja o sufre.  Si trabajamos, trabajamos con Cristo; si sufrimos, sufrimos con Cristo; si rezamos, rezamos con Cristo; si hacemos el bien, lo hacemos con Cristo, y san Pablo se atreve a decir que si pecamos, lo estamos manchando a Cristo...
COMPARTIMOS SU MISIÓN
Cuando Jesús resucitó y desapareció de nuestra vista, el Espíritu comenzó a actuar a través de la comunidad cristiana para extender por todo el mundo la obra salvadora realizada por el Señor. El Evangelio que hoy se proclama describe esta tarea por medio de las instrucciones y mandatos que Jesús da a sus discípulos antes de ser llevado al cielo. Ante todo les ordenó salir por todo el mundo a llevar la Buena Noticia a toda la creación. Llevar la Buena Noticia significa llevar el mensaje y también la salvación. La comunidad que Jesús deja en el mundo tiene que continuar a través de todos los tiempos y por todo el mundo la acción que Él vino a realizar: anunciar el mensaje del Padre y reconciliar a los hombres con Dios, debe poner al alcance de todos, los medios que Cristo ha traído para nuestra salvación Los hombres que aceptan este mensaje y esta salvación no son hombres que solamente rezan en el secreto de su corazón, sino que son hombres que viven de una manera distinta, saben usar de otra forma las cosas que Dios ha creado, organizan sus familias y la sociedad humana de una forma diferente. En resumen: los hombres que viven el Evangelio transforman el mundo y la sociedad, y de esta forma el Evangelio llega también hasta las cosas creadas. Cristo no es solamente Cabeza de la humanidad salvada por su sangre, sino que es el punto en el que se apoya toda la creación. Si en un mundo dominado por el pecado las cosas sirven para la injusticia, para el vicio, para el placer deshonesto, en un mundo que es redimido y vive intensamente la Palabra de la Buena Noticia todas estas cosas se orientan hacia Dios y según la voluntad de Dios.

COMPARTIMOS SU PODER
Los discípulos de Cristo, al salir a proclamar la Buena Noticia de la salvación, irán acompañados por algunos prodigios que confirmarán la fuerza del mensaje: expulsarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, no se dañaran con los venenos, curarán milagrosamente a los enfermos... Ahora queda a disposición de los evangelizadores el mismo poder con que actuaba Cristo mientras realizaba su misión entre nosotros. El poder que Él les otorga está en proporción con la obra tan grande y difícil que les confía. Ningún cristiano puede sentirse solo y falto de fuerzas cuando se entrega generosamente a la obra de llevar la salvación a los hermanos porque sabe que Cristo esta con él acompañándolo y dándole fortaleza. El Señor prometió a los discípulos que estos milagros acompañarían la obra de evangelización. Los milagros se entienden solamente cuando están en relación con el anuncio del Evangelio. Cumplen la función de signos de que la buena noticia de la salvación ya esta obrando en el mundo, y sirven para suscitar y fortalecer la fe en la palabra del evangelio. Es algo muy diferente de lo que se lee que sucedía con los antiguos taumaturgos, que realizaban obras portentosas solamente para atraer la atención de la gente sobre su propia persona. Por esa razón se ve que en todo tiempo hay cristianos que han realizado y realizan milagros cuando tratan de llevar la salvación a otros hombres. No son sólo los casos extraordinarios y espectaculares, porque todos somos testigos de otros milagros que se producen diariamente cuando la Iglesia, a través de sus ministros, y sobre todo en la administración de los sacramentos, realiza la reconciliación de los hombres pecadores con Dios, o cura los corazones enfermos y endurecidos por el pecado. En toda la acción de la Iglesia se ve el poder de Cristo que sigue realizando su obra, aun cuando los hombres que actúan en su nombre sean débiles y limitados. Así como ningún cristiano puede pretender que él solo, individualmente, ha recibido el mandato de llevar la Buena Noticia a toda la creación, de la misma forma, ninguno puede arrogarse el poder de realizar todos estos milagros que se mencionan en el texto del Evangelio que estamos comentando. El Señor no mandó realizar milagros, sino que prometió que los milagros acompañarían a los evangelizadores.

LA ASCENSIÓN, FIESTA NUESTRA
La fiesta de la Ascensión del Señor nos llena de alegría porque Cristo, que es nuestro Salvador y nuestro amigo, es elevado a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios y ocupa su lugar a la derecha del Padre. Es una fiesta que nos llena de alegría porque sabemos que Cristo al ascender al ciclo no nos abandona sino que sigue unido con nosotros: todos recibimos algo de su gloria y comenzamos a subir al cielo junto con Él. Debemos felicitarnos a nosotros mismos y también felicitarnos unos a otros porque la fiesta de la Ascensión no es solamente fiesta de Cristo sino también de todos aquellos que formamos un solo Cuerpo con El. Y también es una fiesta que nos recuerda la responsabilidad de la evangelización.

sábado, 12 de mayo de 2012

NO HAY AMOR MÁS GRANDE


EVANGELIO DEL DOMINGO 13 DE MAYO DEL 2012

Jn 15, 9-17
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: "Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros".
Palabra del Señor.


EL MANDAMIENTO DEL PADRE
El domingo pasado oímos la primera parte del discurso de Jesús sobre la vid verdadera, en el que se apelaba a la imagen de una planta para explicar la relación que existe, después de la Pascua, entre Jesús y los creyentes Jesús es la vid de la que nosotros somos los sarmientos. En la segunda parte del discurso que se proclama en la Misa de hoy, se saca una consecuencia referida al amor. 

En primer lugar se habla sobre el amor de Cristo con los discípulos. Como en otras partes del sermón se establece una comparación entre el amor del Padre a Jesús y el amor de Jesús a los discípulos. Y también sobre la obediencia de Cristo al mandamiento que le ha dado el Padre, y la obediencia de los discípulos al mandamiento que les da Cristo. 
Sorprende desde el primer momento que Jesús hable de su amor a los discípulos diciendo que los ama así corno Él es amado por el Padre. No dudamos del amor que nos tiene Cristo, pero quedamos admirados al oír que la intensidad de este amor es como la del amor que le tiene el Padre. Nuestra sorpresa va en aumento si advertimos que estas palabras se encuentran en el contexto de la alegoría de la vid, en la que Jesús se compara con una planta en la que Él es la planta entera y nosotros somos los sarmientos. De esta manera podernos llegar a comprender que el amor del Padre que se vuelca sobre su Hijo Jesucristo tiene que descender necesariamente sobre todos nosotros porque ahora estamos unidos a Jesús como las ramas están en un árbol.
Nosotros entendemos esta palabra "como" con su significado en castellano: una comparación. Pero en la lengua griega, y particularmente como la usa el autor de este evangelio. la palabra que se utiliza para decir "como" tiene además el significado de una fundamentación. Puede traducirse por "porque''. Jesús nos ama, no solamente 'como' es amado por el Padre, sino 'porque' es amado por el Padre.
 Nosotros debemos amarnos solamente 'como' nos ama Cristo, sino 'porque' somos amados por Cristo. La fuerza del amor del Padre a Cristo es la que se derrama en el amor de Cristo hacia nosotros, la fuerza del amor de Cristo hacia nosotros es la que nos capacita para amar a los hermanos. La alegoría de la vid nos ayuda a comprender este texto del amor a los discípulos y nos lleva mucho mas alto todavía porque nos dice que nosotros -las ramas- vivimos porque estarnos unidos a Cristo, y Cristo vive porque siempre permanece unido al Padre. Es una sola vida y es un solo amor que viniendo del Padre se encuentra en Cristo, y de Cristo llega a todos los que nos encontrarnos unidos a Él. 

En segundo lugar Jesús nos dice que para permanecer en esa corriente de vida y amor debemos cumplir su mandamiento, así sorno Él ha cumplido el mandamiento que le ha dado el Padre. ¿Cuál es ese mandamiento? Jesús lo dice en otra parte del mismo evangelio de san Juan que hemos oído en uno de los domingos precedentes. Cuando habla del pastor y las ovejas, Jesús nos dice que Él da su vida por las ovejas para recuperarla en la resurrección. Y añade que ese es el mandamiento que ha recibido de su Padre.
Lo que Jesús llama mandamiento es la fuerza del amor del Padre que se manifiesta como una voluntad de que todos los hombres participen de la vida divina y sean salvados de la muerte eterna. Para realizarlo, Dios entregó a su Hijo único. Jesucristo asumió ese imperativo del amor como un "mandamiento" y lo cumplió entregando su vida en la cruz. Dicho con otras palabras: la fuerza del amor de Dios Salvador, que se encuentra en Jesús y que lo lleva a la cruz por la salvación de todos, es derramada en los discípulos por Cristo resucitado y les permite amar corno Él. No es un mandamiento que nos viene desde afuera y que nos obliga, sino que es una fuerza que desde lo interior nos impulsa a amar y a entregar nuestra vida por los demás.


EL EJEMPLO DEL AMOR
Para decir cómo tiene que ser ese amor de los cristianos, Jesús muestra la medida de su amor a los hombres: ha dado la vida por ellos, y esa es la mayor prueba de amor. Esto se ilustra con una frase famosa de la antigüedad: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a quienes ama. Muchos sabios y filósofos lo habían dicho. Se trata de algo indiscutible. Jesús ha dado esa medida de amor. Ahora comprendemos la dignidad que tenemos ante Dios. Es cierto que siempre somos servidores del Señor, pero por el modo en que nos trata, Él nos pone en la categoría de amigos. Al sentirnos amados de esa manera, y al saber que no se trata solamente de un ejemplo que debemos imitar sino de una fuerza que ya actúa en nosotros y que nos impulsa para que vivamos y muramos como Cristo, tenemos El Señor ha puesto de manifiesto el nivel de su amor para que sus discípulos sepan hasta dónde tienen que amar. 

En la primera carta de san Juan se dice: "En esto hemos conocido el amor: en que El entregó su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos" Prestemos atención a lo que vemos en la alegoría de la vid: si somos ramas no podemos ser diferentes ni dar otros frutos que los que da el árbol. Por nosotros corre la misma savia: una misma vida y un mismo amor que viene desde el Padre. Saquemos la conclusión: no podemos mirar a los demás hombres de otra manera distinta a la forma en que los mira el Padre; no podemos hacer por ellos otra cosa que lo que hizo Jesús, que vivió y murió por todos, también por sus enemigos. Ya no podemos mirar a ningún hombre como a un enemigo, porque si tenernos que dar la vida por ellos, ellos también son nuestros amigos.

LA ORACIÓN
Corno consecuencia de todo lo que se ha dicho sobre el amor con que Dios nos mira, Jesús dice que seremos siempre escuchados cuando pidamos algo al Padre. No puede ser de otra manera. Formamos un solo cuerpo con Cristo, siendo Él la vid y nosotros los sarmientos. De ahí se sigue que hay una sola oración al Padre, hecha por Cristo y todos sus discípulos. San Agustín nos ha enseñado que Cristo reza en nosotros y nosotros rezamos por medio de Él.

El Padre no puede dejar de escuchar las oraciones de su Hijo, y por esa razón tenernos la certeza de que nuestras oraciones son siempre escuchadas. Lamentablemente en algunos lugares se ha difundido la errónea creencia de que las oraciones son como las palabras mágicas de los cuentos infantiles: se pronuncian y automáticamente producen su efecto ("Usted dice tantas veces esta oración, y al cabo de tantos días recibirá..."). Ante todo, la oración debe surgir desde la fe. El que reza, lo hace porque reconoce que todo precede de Dios, y todo se debe esperar de El. 

De allí se sigue que el que pide debe estar en una actitud de humildad, tratando de que su voluntad esté de acuerdo con la de Dios. El modelo del orante es el mismo Jesucristo: "¡Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya!". Y por eso, la oración debe conservar siempre la forma de súplica: Dios es el que sabe lo que conviene, y Él tiene el poder de darlo. Nosotros solamente podemos suplicar. 
El Padre, que nos mira con amor porque somos las ramas de la vid que es su Hijo amado Jesucristo, siempre escucha nuestras oraciones y no concede lo que es conveniente para nosotros.

domingo, 6 de mayo de 2012

EL VIÑADOR, LA VID Y LOS SARMIENTOS


LA VID VERDADERA



EVANGELIO DEL DOMINGO 6 DE MAYO DEL 2012
Jn 15, 1-8
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.
Palabra del Señor.
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EL SERMÓN DE LA CENA
El evangelio de san Juan tiene diferencias muy marcadas con respecto a los otros evangelios. Una de ellas es que el autor no se contenta con reproducir más o menos literalmente las palabras pronunciadas por Jesús y conservadas por la tradición de la comunidad primitiva, sino que a partir de esas palabras y de esas tradiciones ofrece a los lectores largos desarrollos que permiten contemplar las profundidades que se ocultaban en esos dichos.
 El autor del evangelio, guiado e iluminado por el Espíritu Santo, alcanza con su mirada hasta donde ninguno de los otros evangelistas había llegado. Por esa razón, desde muy antiguo, se ha elegido el águila como el signo con el que se representa el evangelio de san Juan, por la altura y la majestuosidad de su vuelo. En este evangelio se narra una cena de Jesús celebrada antes de la fiesta de la Pascua, en la que el Señor se extiende en un largo discurso. Para componer este discurso, el autor del Evangelio ha desarrollado y profundizado expresiones de Jesús que daban a entender de manera velada cual es la relación que hay entre El y el Padre, y entre El y los discípulos.

La comunidad llegó a comprender el sentido de esas expresiones sino después de la venida del Espíritu Santo. Con esta mayor comprensión, el autor del evangelio ha compuesto este discurso. Este hermoso texto que se proclama en la misa de este domingo pertenece a ese largo discurso que sigue a la Última Cena en el evangelio de san Juan. Se trata de una comparación o alegoría, semejante a otras igualmente encabezadas por la expresión "Yo soy" que se encuentran en el mismo evangelio. Y en las que Jesús se presenta como el pan, la luz, la puerta, el pastor, la resurrección y la vida, el camino, verdad y la vida. La vid. Estas metáforas expresan cual es la relación que existe entre Cristo y los hombres redimidos por Él.
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