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sábado, 19 de mayo de 2012

LA ASCENCIÓN, FIESTA NUESTRA




EVANGELIO DEL DOMINGO 20 DE MAYO DEL 2012

Mc 16, 15-20

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán". Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor.
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El texto escogido para que este año se proclame en el Evangelio de este día es parte de lo que se conoce como "final del Evangelio de Marcos". Es un fragmento que no pertenece a la forma original de ese Evangelio, sino un añadido posterior que proviene de otra mano. Esto se sabe por algunos indicios literarios y porque no figura en muchos de los manuscritos más antiguos. Sin embargo, es un trozo que tiene una venerable antigüedad, y la Iglesia lo reconoce como inspirado y como perteneciente a la Sagrada Escritura. Se lo enuncia como "Evangelio de san Marcos", aunque se sabe que originalmente no pertenecía a ese Evangelio.
COMPARTIMOS SU DIGNIDAD
Cristo se humilló hasta la muerte. Padeció una muerte vergonzosa, indigna hasta de los peores criminales. Y no fue porque lo mereciera, ya que en Él nadie podrá encontrar el más mínimo pecado. Si debió subir a la cruz fue por un acto de obediencia total a su Padre, que para salvar a todos los hombres quiso que su Hijo Único compartiera la vida de los seres humanos y fuera solidario con ellos hasta en sus últimas consecuencias. Pero Jesús. resucitado de entre los muertos, "subió a los cielos y esta sentado a la derecha de Dios Padre". Cuando subió a la cruz, estuvo unido con todos nosotros y asumió misteriosamente todas nuestras culpas para redimirnos. Al estar sentado a la derecha del Padre continúa unido a nosotros y nos comunica algo de lo que Él es y tiene en esta situación gloriosa. Se hizo uno con nosotros para poder cargar con nuestros pecados y continúa siendo uno con nosotros para poder darnos su gloria y su vida. Todos nosotros, los bautizados, formamos un gran cuerpo. Este cuerpo tiene una Cabeza, y esa Cabeza es Cristo. Nosotros estamos todavía en la tierra, pero nuestra Cabeza ya esta en el cielo.. Algunos podrán pensar que unas personas son mas importantes que otras. Es verdad que algunos desempeñan funciones de mayor responsabilidad, pero si tenemos en cuenta que todos formamos este Cuerpo de Cristo, entonces debemos admitir que aun el que parece más pequeño, más insignificante, tiene gran importancia. En el cuerpo humano, aun los órganos más pequeños, los miembros más olvidados, son también parte del cuerpo y reciben su importancia de la persona a la que pertenecen. También los cristianos reciben su importancia de la Cabeza: todo cristiano es miembro del cuerpo de Cristo. Nuestra Cabeza ya está en el cielo, sentado junto al Padre. Hay algo nuestro que ya ha alcanzado el cielo y reina junto a Dios. Esto tiene su repercusión en lo que cada cristiano trabaja o sufre.  Si trabajamos, trabajamos con Cristo; si sufrimos, sufrimos con Cristo; si rezamos, rezamos con Cristo; si hacemos el bien, lo hacemos con Cristo, y san Pablo se atreve a decir que si pecamos, lo estamos manchando a Cristo...
COMPARTIMOS SU MISIÓN
Cuando Jesús resucitó y desapareció de nuestra vista, el Espíritu comenzó a actuar a través de la comunidad cristiana para extender por todo el mundo la obra salvadora realizada por el Señor. El Evangelio que hoy se proclama describe esta tarea por medio de las instrucciones y mandatos que Jesús da a sus discípulos antes de ser llevado al cielo. Ante todo les ordenó salir por todo el mundo a llevar la Buena Noticia a toda la creación. Llevar la Buena Noticia significa llevar el mensaje y también la salvación. La comunidad que Jesús deja en el mundo tiene que continuar a través de todos los tiempos y por todo el mundo la acción que Él vino a realizar: anunciar el mensaje del Padre y reconciliar a los hombres con Dios, debe poner al alcance de todos, los medios que Cristo ha traído para nuestra salvación Los hombres que aceptan este mensaje y esta salvación no son hombres que solamente rezan en el secreto de su corazón, sino que son hombres que viven de una manera distinta, saben usar de otra forma las cosas que Dios ha creado, organizan sus familias y la sociedad humana de una forma diferente. En resumen: los hombres que viven el Evangelio transforman el mundo y la sociedad, y de esta forma el Evangelio llega también hasta las cosas creadas. Cristo no es solamente Cabeza de la humanidad salvada por su sangre, sino que es el punto en el que se apoya toda la creación. Si en un mundo dominado por el pecado las cosas sirven para la injusticia, para el vicio, para el placer deshonesto, en un mundo que es redimido y vive intensamente la Palabra de la Buena Noticia todas estas cosas se orientan hacia Dios y según la voluntad de Dios.

COMPARTIMOS SU PODER
Los discípulos de Cristo, al salir a proclamar la Buena Noticia de la salvación, irán acompañados por algunos prodigios que confirmarán la fuerza del mensaje: expulsarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, no se dañaran con los venenos, curarán milagrosamente a los enfermos... Ahora queda a disposición de los evangelizadores el mismo poder con que actuaba Cristo mientras realizaba su misión entre nosotros. El poder que Él les otorga está en proporción con la obra tan grande y difícil que les confía. Ningún cristiano puede sentirse solo y falto de fuerzas cuando se entrega generosamente a la obra de llevar la salvación a los hermanos porque sabe que Cristo esta con él acompañándolo y dándole fortaleza. El Señor prometió a los discípulos que estos milagros acompañarían la obra de evangelización. Los milagros se entienden solamente cuando están en relación con el anuncio del Evangelio. Cumplen la función de signos de que la buena noticia de la salvación ya esta obrando en el mundo, y sirven para suscitar y fortalecer la fe en la palabra del evangelio. Es algo muy diferente de lo que se lee que sucedía con los antiguos taumaturgos, que realizaban obras portentosas solamente para atraer la atención de la gente sobre su propia persona. Por esa razón se ve que en todo tiempo hay cristianos que han realizado y realizan milagros cuando tratan de llevar la salvación a otros hombres. No son sólo los casos extraordinarios y espectaculares, porque todos somos testigos de otros milagros que se producen diariamente cuando la Iglesia, a través de sus ministros, y sobre todo en la administración de los sacramentos, realiza la reconciliación de los hombres pecadores con Dios, o cura los corazones enfermos y endurecidos por el pecado. En toda la acción de la Iglesia se ve el poder de Cristo que sigue realizando su obra, aun cuando los hombres que actúan en su nombre sean débiles y limitados. Así como ningún cristiano puede pretender que él solo, individualmente, ha recibido el mandato de llevar la Buena Noticia a toda la creación, de la misma forma, ninguno puede arrogarse el poder de realizar todos estos milagros que se mencionan en el texto del Evangelio que estamos comentando. El Señor no mandó realizar milagros, sino que prometió que los milagros acompañarían a los evangelizadores.

LA ASCENSIÓN, FIESTA NUESTRA
La fiesta de la Ascensión del Señor nos llena de alegría porque Cristo, que es nuestro Salvador y nuestro amigo, es elevado a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios y ocupa su lugar a la derecha del Padre. Es una fiesta que nos llena de alegría porque sabemos que Cristo al ascender al ciclo no nos abandona sino que sigue unido con nosotros: todos recibimos algo de su gloria y comenzamos a subir al cielo junto con Él. Debemos felicitarnos a nosotros mismos y también felicitarnos unos a otros porque la fiesta de la Ascensión no es solamente fiesta de Cristo sino también de todos aquellos que formamos un solo Cuerpo con El. Y también es una fiesta que nos recuerda la responsabilidad de la evangelización.

sábado, 12 de mayo de 2012

NO HAY AMOR MÁS GRANDE


EVANGELIO DEL DOMINGO 13 DE MAYO DEL 2012

Jn 15, 9-17
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: "Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros".
Palabra del Señor.


EL MANDAMIENTO DEL PADRE
El domingo pasado oímos la primera parte del discurso de Jesús sobre la vid verdadera, en el que se apelaba a la imagen de una planta para explicar la relación que existe, después de la Pascua, entre Jesús y los creyentes Jesús es la vid de la que nosotros somos los sarmientos. En la segunda parte del discurso que se proclama en la Misa de hoy, se saca una consecuencia referida al amor. 

En primer lugar se habla sobre el amor de Cristo con los discípulos. Como en otras partes del sermón se establece una comparación entre el amor del Padre a Jesús y el amor de Jesús a los discípulos. Y también sobre la obediencia de Cristo al mandamiento que le ha dado el Padre, y la obediencia de los discípulos al mandamiento que les da Cristo. 
Sorprende desde el primer momento que Jesús hable de su amor a los discípulos diciendo que los ama así corno Él es amado por el Padre. No dudamos del amor que nos tiene Cristo, pero quedamos admirados al oír que la intensidad de este amor es como la del amor que le tiene el Padre. Nuestra sorpresa va en aumento si advertimos que estas palabras se encuentran en el contexto de la alegoría de la vid, en la que Jesús se compara con una planta en la que Él es la planta entera y nosotros somos los sarmientos. De esta manera podernos llegar a comprender que el amor del Padre que se vuelca sobre su Hijo Jesucristo tiene que descender necesariamente sobre todos nosotros porque ahora estamos unidos a Jesús como las ramas están en un árbol.
Nosotros entendemos esta palabra "como" con su significado en castellano: una comparación. Pero en la lengua griega, y particularmente como la usa el autor de este evangelio. la palabra que se utiliza para decir "como" tiene además el significado de una fundamentación. Puede traducirse por "porque''. Jesús nos ama, no solamente 'como' es amado por el Padre, sino 'porque' es amado por el Padre.
 Nosotros debemos amarnos solamente 'como' nos ama Cristo, sino 'porque' somos amados por Cristo. La fuerza del amor del Padre a Cristo es la que se derrama en el amor de Cristo hacia nosotros, la fuerza del amor de Cristo hacia nosotros es la que nos capacita para amar a los hermanos. La alegoría de la vid nos ayuda a comprender este texto del amor a los discípulos y nos lleva mucho mas alto todavía porque nos dice que nosotros -las ramas- vivimos porque estarnos unidos a Cristo, y Cristo vive porque siempre permanece unido al Padre. Es una sola vida y es un solo amor que viniendo del Padre se encuentra en Cristo, y de Cristo llega a todos los que nos encontrarnos unidos a Él. 

En segundo lugar Jesús nos dice que para permanecer en esa corriente de vida y amor debemos cumplir su mandamiento, así sorno Él ha cumplido el mandamiento que le ha dado el Padre. ¿Cuál es ese mandamiento? Jesús lo dice en otra parte del mismo evangelio de san Juan que hemos oído en uno de los domingos precedentes. Cuando habla del pastor y las ovejas, Jesús nos dice que Él da su vida por las ovejas para recuperarla en la resurrección. Y añade que ese es el mandamiento que ha recibido de su Padre.
Lo que Jesús llama mandamiento es la fuerza del amor del Padre que se manifiesta como una voluntad de que todos los hombres participen de la vida divina y sean salvados de la muerte eterna. Para realizarlo, Dios entregó a su Hijo único. Jesucristo asumió ese imperativo del amor como un "mandamiento" y lo cumplió entregando su vida en la cruz. Dicho con otras palabras: la fuerza del amor de Dios Salvador, que se encuentra en Jesús y que lo lleva a la cruz por la salvación de todos, es derramada en los discípulos por Cristo resucitado y les permite amar corno Él. No es un mandamiento que nos viene desde afuera y que nos obliga, sino que es una fuerza que desde lo interior nos impulsa a amar y a entregar nuestra vida por los demás.


EL EJEMPLO DEL AMOR
Para decir cómo tiene que ser ese amor de los cristianos, Jesús muestra la medida de su amor a los hombres: ha dado la vida por ellos, y esa es la mayor prueba de amor. Esto se ilustra con una frase famosa de la antigüedad: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a quienes ama. Muchos sabios y filósofos lo habían dicho. Se trata de algo indiscutible. Jesús ha dado esa medida de amor. Ahora comprendemos la dignidad que tenemos ante Dios. Es cierto que siempre somos servidores del Señor, pero por el modo en que nos trata, Él nos pone en la categoría de amigos. Al sentirnos amados de esa manera, y al saber que no se trata solamente de un ejemplo que debemos imitar sino de una fuerza que ya actúa en nosotros y que nos impulsa para que vivamos y muramos como Cristo, tenemos El Señor ha puesto de manifiesto el nivel de su amor para que sus discípulos sepan hasta dónde tienen que amar. 

En la primera carta de san Juan se dice: "En esto hemos conocido el amor: en que El entregó su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos" Prestemos atención a lo que vemos en la alegoría de la vid: si somos ramas no podemos ser diferentes ni dar otros frutos que los que da el árbol. Por nosotros corre la misma savia: una misma vida y un mismo amor que viene desde el Padre. Saquemos la conclusión: no podemos mirar a los demás hombres de otra manera distinta a la forma en que los mira el Padre; no podemos hacer por ellos otra cosa que lo que hizo Jesús, que vivió y murió por todos, también por sus enemigos. Ya no podemos mirar a ningún hombre como a un enemigo, porque si tenernos que dar la vida por ellos, ellos también son nuestros amigos.

LA ORACIÓN
Corno consecuencia de todo lo que se ha dicho sobre el amor con que Dios nos mira, Jesús dice que seremos siempre escuchados cuando pidamos algo al Padre. No puede ser de otra manera. Formamos un solo cuerpo con Cristo, siendo Él la vid y nosotros los sarmientos. De ahí se sigue que hay una sola oración al Padre, hecha por Cristo y todos sus discípulos. San Agustín nos ha enseñado que Cristo reza en nosotros y nosotros rezamos por medio de Él.

El Padre no puede dejar de escuchar las oraciones de su Hijo, y por esa razón tenernos la certeza de que nuestras oraciones son siempre escuchadas. Lamentablemente en algunos lugares se ha difundido la errónea creencia de que las oraciones son como las palabras mágicas de los cuentos infantiles: se pronuncian y automáticamente producen su efecto ("Usted dice tantas veces esta oración, y al cabo de tantos días recibirá..."). Ante todo, la oración debe surgir desde la fe. El que reza, lo hace porque reconoce que todo precede de Dios, y todo se debe esperar de El. 

De allí se sigue que el que pide debe estar en una actitud de humildad, tratando de que su voluntad esté de acuerdo con la de Dios. El modelo del orante es el mismo Jesucristo: "¡Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya!". Y por eso, la oración debe conservar siempre la forma de súplica: Dios es el que sabe lo que conviene, y Él tiene el poder de darlo. Nosotros solamente podemos suplicar. 
El Padre, que nos mira con amor porque somos las ramas de la vid que es su Hijo amado Jesucristo, siempre escucha nuestras oraciones y no concede lo que es conveniente para nosotros.

domingo, 6 de mayo de 2012

EL VIÑADOR, LA VID Y LOS SARMIENTOS


LA VID VERDADERA



EVANGELIO DEL DOMINGO 6 DE MAYO DEL 2012
Jn 15, 1-8
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.
Palabra del Señor.
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EL SERMÓN DE LA CENA
El evangelio de san Juan tiene diferencias muy marcadas con respecto a los otros evangelios. Una de ellas es que el autor no se contenta con reproducir más o menos literalmente las palabras pronunciadas por Jesús y conservadas por la tradición de la comunidad primitiva, sino que a partir de esas palabras y de esas tradiciones ofrece a los lectores largos desarrollos que permiten contemplar las profundidades que se ocultaban en esos dichos.
 El autor del evangelio, guiado e iluminado por el Espíritu Santo, alcanza con su mirada hasta donde ninguno de los otros evangelistas había llegado. Por esa razón, desde muy antiguo, se ha elegido el águila como el signo con el que se representa el evangelio de san Juan, por la altura y la majestuosidad de su vuelo. En este evangelio se narra una cena de Jesús celebrada antes de la fiesta de la Pascua, en la que el Señor se extiende en un largo discurso. Para componer este discurso, el autor del Evangelio ha desarrollado y profundizado expresiones de Jesús que daban a entender de manera velada cual es la relación que hay entre El y el Padre, y entre El y los discípulos.

La comunidad llegó a comprender el sentido de esas expresiones sino después de la venida del Espíritu Santo. Con esta mayor comprensión, el autor del evangelio ha compuesto este discurso. Este hermoso texto que se proclama en la misa de este domingo pertenece a ese largo discurso que sigue a la Última Cena en el evangelio de san Juan. Se trata de una comparación o alegoría, semejante a otras igualmente encabezadas por la expresión "Yo soy" que se encuentran en el mismo evangelio. Y en las que Jesús se presenta como el pan, la luz, la puerta, el pastor, la resurrección y la vida, el camino, verdad y la vida. La vid. Estas metáforas expresan cual es la relación que existe entre Cristo y los hombres redimidos por Él.
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sábado, 7 de abril de 2012

LOS SIGNOS DE LA PASCUA- explicación

PARA ÉSTA PASCUA, DIVIDIMOS LA REFLEXIÓN EN DOS MOMENTOS, EL RELATO DE LA PASIÓN Y EL DE LOS SIGNOS DE LA RESURRECCIÓN. 
EN EL PRIMERO TRATEMOS DE IDENTIFICARNOS CON ALGUNO DE LOS PERSONAJES  DE LA PASIÓN, ESTO NOS AYUDARÁ A HACER UNA COMPOSICIÓN DE LUGAR, NO SOLAMENTE PARA ADENTRARNOS EN LO HISTÓRICO SI NO TAMBIÉN EN LA HISTORIA DE VIDA QUE LLEVA A CADA UNO A SER PARTE EN ESTA CRUCIFIXIÓN. ¿DONDE ESTABAMOS AL MOMENTO DE LA MUERTE DEL SEÑOR?
EN SEGUNDO LUGAR SE TRATA DE VER LOS SIGNOS DE LA RESURRECCIÓN Y DE LA FE QUE NOS HACEN SEGUIR A CRISTO RESUCITADO.
FELIZ PASCUA PARA TODOS LOS AMIGOS, AGRADEZCO A TODOS LOS QUE REZAN Y SE INTERESAN POR MI SALUD, GRACIAS POR ACOMPAÑAR EN ESTE MOMENTO, QUE TENGAMOS TODOS UNA MUY FELIZ PASCUA!
P. RAÚL BRADLEY S.J
PERSONAJES DE LA PASIÓN 
Los relatos de la pasión del Señor que leemos en las celebraciones litúrgicas de estos días nos hacen conocer las actitudes de muchos hombres y mujeres que queriéndolo o no tuvieron que participar en los dramáticos momentos del juicio, condena y ejecución del Salvador. Algunos asumieron el momento y actuaron admirablemente, otros dejaron un recuerdo lamentable a todos los cristianos.
 
PONCIO PILATO
Es el primer personaje en el que pensamos cuando recordamos la Pasión. El Credo también ha conservado su nombre: "...padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Poncio Pilato pertenecía a la nobleza romana, aunque no era de un rango muy elevado. Gobernaba la provincia de Judea en nombre del Emperador. Tanto los historiadores de la época como el mismo Evangelio (Lc 13,1) nos hablan de las atrocidades cometidas durante su gobierno. Por su sensación de omnipotencia a tantos kilómetros del poder de Roma, y con un gran desprecio por los judíos, no perdía oportunidad de ensañarse con sus gobernados y de burlarse de ellos. Los judíos se quejaron repetidas veces al César, hasta que seis años después de la muerte de Jesús fue depuesto de su cargo. Lo que sucedió después nos es desconocido. La leyenda se ha ocupado de llenar la laguna: algunos hablan de un suicidio, otros de que fue ejecutado, no faltan los que dicen que se hizo cristiano, y hasta alguna Iglesia de Oriente lo cuenta entre los Santos. Durante su gobierno de la provincia de Judea, Poncio Pilato residía en la ciudad de Cesarea. Pero en las grandes fiestas religiosas de los judíos se trasladaba a Jerusalén para poder actuar más rápidamente en caso de cualquier intento de sublevación. Las ansias de libertad del pueblo judío no se adormecían, y las concentraciones religiosas eran una buena oportunidad para mostrar públicamente su descontento por la opresión del gobierno romano. En la Pascua del año 30, Poncio Pilato estaba en Jerusalén. De pronto irrumpen ante él los sacerdotes judíos trayendo a un acusado: Jesús de Nazaret. Decían que alborotaba al pueblo que quería hacerse Rey, que negaba la obediencia al César... Pilato no era ningún tonto. Descubrió rápidamente que detrás de estas acusaciones había otros motivos: eran las discusiones religiosas de los judíos que él no entendía ni tenía interés en comprender. Pero era necesario actuar con urgencia, antes de provocar algún problema que diera lugar a otra sublevación de los judíos. Comenzó por interrogar al detenido, pero se encontró con el más absoluto silencio. Ante un caso así encontró otra solución más cómoda: ¡que juzgue un judío!
Entonces lo envió a Herodes, que era gobernante del territorio vecino de Galilea, pero que por ser fiesta había venido a Jerusalén. Pilato se decepcionó: poco rato después Jesús era traído nuevamente a su Tribunal: Herodes no había encontrado ninguna causa de condena. Era necesario sacarse este problema de encima. La solución más rápida era la de declarar inocente al acusado. Pero podía provocar el descontento de los sacerdotes, quienes irían inmediatamente a llevar las quejas al César. La solución llegó por otro camino. Por ser la fiesta de Pascua entraron al Tribunal de Pilato unos cuantos judíos que venían a pedir la libertad de un sedicioso que estaba en la prisión esperando su ejecución. Pilato encontró la forma fácil de liberarse de Jesús y de los sacerdotes, burlándose de uno y de otros: ¡qué decidan los amigos de Barrabás! Y como era de esperar, el público pidió la libertad de Barrabas, y que Jesús fuera ejecutado en su lugar. Fue otro acto de crueldad de Pilato, que para no poner en peligro su puesto se rió de la justicia y desprecio a sus subordinados.
 
HERODES ANTIPAS
Era uno de los hijos del viejo Rey Herodes, que reinó en la época del nacimiento de Jesús. A la muerte de su padre, le tocó gobernar una parte del antiguo reino: la Galilea. El Emperador Romano no le dio el título de Rey, sino solamente de tetrarca que era una especie de subordinado. No tenía escrúpulos religiosos, y gobernaba con mucha astucia tratando de no crearse enemistades. Con todo, por secundar las protestas de los sacerdotes contra Pilato, se ganó la enemistad de éste. Y más tarde, cuando se unió con la esposa de su hermano, mereció ser reprendido por San Juan Bautista. A instancias de la mujer, silenció la predicación austera de Juan enviándolo a la muerte. Su conciencia no quedó tranquila, porque al enterarse de la predicación de Jesús, se alarmó creyendo que Juan Bautista había resucitado También Herodes Antipas había venido a Jerusalén en la Pascua del año 30. Su sorpresa fue tan grande cuando debió recibir a un grupo de sacerdotes que venían de parte de Pilato trayéndole a un acusado para que lo juzgase. Esta señal de deferencia por parte de Pilato fue el signo de reconciliación después de algunos años de enemistad. Herodes Antipas se alegró, al ver a Jesús. Hacia tiempo que quería verlo. Pero no quería oír mas predicaciones. Reunió a toda la corte y pidió a Jesús que hiciera algunos milagros para entretenerlos. También aquí Jesús permaneció, en silencio sin dar una sola respuesta: Herodes Antipas se había equivocado, la religión no es un espectáculo de circo. Herodes reaccionó, cruelmente: vistió a Jesús de loco y lo envió de nuevo a Pilato.
 
BARRABAS
San Mateo dice que se llamaba Jesús Barrabas, y san Juan explica que era "ladrón". Pero la palabra que se usa para decir "ladrón" es la que en aquellos tiempos se usaba para designar a los sediciosos que cansados de la opresión de los romanos habían elegido el camino de la violencia para liberarse de ellos. Se reunían en los lugares desiertos, formaban pequeños ejércitos, y se lanzaban sobre las poblaciones haciendo actos de vandalismo, asesinando a los romanos o a todos los que colaboraban o simpatizaban con ellos. Querían reconquistar la tierra de Israel derramando sangre, y Jesús les respondió que "solamente los mansos poseerán la tierra". Para estos sediciosos, los romanos habían establecido la pena más terrible: la crucifixión. Y Barrabas esperaba la hora de ser llevado a este suplicio porque también el había sido detenido durante una sublevación y era culpable de la muerte de un hombre. En la mañana de Pascua asomó para el la esperanza de la salvación: sus amigos vinieron a pedir al Gobernador Romano que según la costumbre, Barrabás fuera amnistiado. y Barrabás fue testigo de un espectáculo muy extraño: el Gobernador Romano lo hizo traer, lo colocó junto a Jesús, y luego preguntó a los que estaban allí reunidos: "¿A quién quieren que suelte, a Jesús Barrabás, o a Jesús llamado el Mesías?". Y sus amigos respondieron como era de esperar: "¡A Barrabas!" Y así fue como Barrabás salió en libertad, mientras Jesús – que había predicado contra la violencia - era condenado a la pena de la crucifixión.
 
JUDAS ISCARIOTE
No sabemos cuando lo llamó el Señor para que formara parte del grupo de los Apóstoles. Tampoco han quedado recuerdos de su actuación como discípulo si no es por el triste episodio de la traición. Los eruditos discuten sobre el sentido del titulo "Iscariote"¿Significa que era de la ciudad de Karioth? ¿o que pertenecía a un grupo subversivo? Todo queda en el terreno de lo hipotético. Los Evangelios sólo recuerdan que tenía una sórdida atracci0n por el dinero: se guardaba lo que se ponía en la bolsa común del grupo de Jesús y los apóstoles; protestó cuando se usó dinero para honrar a Jesús; y recibió dinero - tal vez lo pidió ~ por traicionar a Jesús. Nunca sabremos qué sucedi6 en el corazón de Judas. ¿Por qué traicionó al Señor? Quizá él esperaba otra cosa: un Reino en este mundo donde pudiera palpar con sus manes la riqueza y el poder. Pero se sintió decepcionado con la predicación y la actuación de Jesús. Entonces, para qué seguir jugándose al lado de este Maestro que era buscado por las autoridades. Judas habrá pensado sacar el mejor partido: abandonarlo, pero no sin obtener alguna ganancia. La siniestra figura del amigo traidor aparece de relieve en la escena de la entrega: se aprovecha del conocimiento que tiene de las costumbres de Jesús para acercarse de noche seguido por los guardias; se adelanta, y para que no se confundan en la oscuridad y detengan a otro, saluda a Jesús besándolo: es él deténganlo y llévenlo con cuidado!". Ya en tiempos en que se escribieron los Evangelios circulaban diversas versiones sobre su fin, de modo que hoy no podemos decir con certeza qué sucedió con él después de la Pasión: Mateo nos dice que se suicidó, el libro de los Hechos que murió en un accidente en un campo que se compró con el dinero de la traición, un antiguo escritor del siglo II recoge una tradición según la cual murió en medio de horribles dolores producidos por una penosa enfermedad.
 
SIMÓN DE CIRENE
Era el padre de dos cristianos conocidos en la comunidad de Roma: Alejandro y Rufo. De el sabemos muy poco; solamente que volvía del campo cuando acertó a cruzar por donde iban los que llevaban a Jesús a crucificar. Los soldados romanos, viendo el estado de agotamiento de Jesús, llamaron a Simón y lo obligaron a que llevara la cruz detrás de Jesús. Este era uno de los “derechos" que tenían los romanos: podían detener a un judío y obligarlo a hacer cualquier trabajo. Simón se encontró en una situación muy extraña: sin saber de qué se trataba ¡Tener que llevar la cruz de un condenado a muerte! El Señor le retribuyó muy bien: su familia se hizo cristiana. Y los Evangelios, al contar el episodio de Simón, lo hacen usando palabras que a los cristianos les hablan de algo mucho más profundo que de la prepotencia de los soldados romanos: "Simón de Cirene cargó la cruz y la llevó detrás de Jesús". ¿No es esto lo que Jesús pide a todos los cristianos? Por encima de este penoso incidente, se nos da una lección.
 
PEDRO
Es el principal de los Apóstoles. Uno de los primeros que siguieron a Jesús, y el que estaba llamado a ser piedra fundamental de la Iglesia. Era muy vehemente. Pero así también se apagaba en cuanto se encontraba ante una dificultad. Lo demostró, la noche del juicio de Jesús. Poco antes había prometido morir si era necesario, para acompañar al Señor. Pero en cuanto se encontró con una mujer que le preguntó si era uno de los discípulos, lo negó, y hasta juró que no conocía a Jesús. Pero fue capaz de reconocer su error: lloró amargamente cuando Jesús lo miró. Y así como había sumado sus negaciones a las falsas acusaciones de los sacerdotes, sus lágrimas de arrepentimiento acompañaron la condena y la ejecución de Jesús.
 
LOS SACERDOTES JUDÍOS
Entre los partidos políticos/religiosos del tiempo de Jesús, los fariseos se caracterizaban por su oposición al gobierno romano. Los sacerdotes judíos, en cambio, trataban de mantener su situación de privilegio mediante la condescendencia para con las autoridades. Por ese motive Jesús les parecía un elemento peligroso: en los últimos anos habían surgido muchos pretendidos Mesías - es decir "salvadores" - que habían provocado sediciones. Todas ellas habían sido ahogadas en sangre por parte del poder romano, que con su aparato represivo iba reduciendo cada vez más el ámbito de las libertades y privilegios judíos. Si Jesús era otro de estos Mesías, los privilegios sacerdotales estaban en peligro. El juicio de Jesús ante los sacerdotes judíos trató sobre sus pretensiones mesiánicas. Y Jesús no solo se proclamó Mesías, sino que afirmó que Él estaba a la derecha de Dios. Esto era ya demasiado: no sólo Mesías sino por encima de los sacerdotes. Lo llevaron ante Pilato, pero con acusaciones de carácter menos religioso: oposición al César. Hubo que convencer al Gobernador y mover al pueblo para obtener la ejecución de Jesús. Así las autoridades romanas podían estar contentas porque se habían librado de un sedicioso. Y los sacerdotes judíos mantenían sus privilegios felices de no tener que enfrentarse con Jesús que los juzgaba. Por eso expresaron su alegría burlándose de Cristo en la cruz.
 
EL PUEBLO
En la Pascua del año 30 había varios millones de judíos. Muchos de ellos habían ido a Jerusalén, pero esa mañana en la casa de Pilato había solamente unos pocos. Algunos amigos de Jesús que se habían enterado de la detención del Maestro; tal vez apóstoles, o beneficiados por sus milagros, o gente impresionada por su predicación. .. Junto a ellos, algunos judíos nacionalistas simpatizantes de un sedicioso llamado Barrabas, para quien pedían la libertad. Todos asisten en silencio, hasta que Pilato se dirige a ellos para preguntarles: "¿A quién quieren que ponga en libertad?". Los amigos de Barrabás ya tienen la respuesta. Los amigos de Jesús también, pero se sentirían avergonzados y llenos de temor. Además están los sacerdotes judíos, que con su prestigio y su autoridad les indican cuál es la respuesta correcta. Y así todos responden a una sola voz: "¡A Barrabás!" Los amigos de Jesús acompañan el cortejo hasta el lugar de la ejecución. Muchos otros se habrán agregado en el camino. Todos asisten al espantoso espectáculo: ¡La muerte del Señor que ellos han negado delante de Pilato! Pero el Evangelio termina su relato con estas consoladoras palabras: "Y todo el pueblo que se había reunido..., volvió a su casa golpeándose el pecho" (Lc 23, 48). En ese atardecer del primer viernes santo, hay un gesto de penitencia y de perdón para todo ese pueblo que en el momento crítico, por temor o por ignorancia, o por maldad de sus dirigentes, negó al Señor.
 
LAS MUJERES
Se habla de muchas de ellas en los relates de la Pasión. Algunas son individualizadas: María Magdalena, María la hermana de Lázaro, Juana, Salomé, la esposa de Pilato... Otras son recordadas como formando grupos: las que habían venido con Jesús desde Galilea, las que lloraban al ver a Jesús camino del Calvario, las que contemplaban la muerte del Señor... En todos los cases representan la actitud de valentía. Ellas son las únicas que se atreven a confesarse y a manifestarse como discípulas de Jesús cuando los otros discípulos lo callan por temor. En vísperas de la Pasión, cuando Judas está tramando la traición, María -la hermana de Lázaro- rinde homenaje a Jesús rompiendo un frasco de perfume muy caro y derramando su contenido sobre el cuerpo del Señor. Por eso merece los reproches de Judas y de los demás Apóstoles. El Señor en cambio la elogia. Mientras Jesús es llevado a la crucifixi0n, y todos sus enemigos se ensañan con él, un grupo de mujeres piadosas manifiesta su dolor llorando amargamente en la calle. Jesús tiene palabras de consuelo para ellas. Los crueles mementos de la crucifixión, la agonía y la muerte del Señor, tuvieron como mudos testigos a las mujeres que desde lejos "contemplaban" lo que estaba sucediendo. Si ponemos entre comillas el verbo "contemplar" es porque se trata de la palabra elegida por San Lucas para describir la actitud de estas mujeres: una actitud de recogimiento, de oración. No es la simple curiosidad de ver lo que pasa, sino de observar religiosamente, tratando de asimilar en el corazón. Dejamos el último lugar para la esposa de Poncio Pilato. Una sola vez es mencionada en toda la Biblia, pero impacta al lector porque tratándose de una pagana interviene en favor de Jesús fundándose en algún extraño sueno que ha tenido: "No te metas con ese hombre justo, porque anoche he tenido un sueno horrible...". Contrasta su actitud con la de los conciudadanos y amigos de Jesús, que en ese memento lo atacan o lo abandonan.
 
JOSE DE ARIMATEA
Era un hombre rico, del partido de los fariseos. Vivía cerca de Jerusalén y era miembro del Supremo Tribunal de los judíos: el Sanedrín. Como fariseo, era celoso de la Ley y de las tradiciones judías; no toleraba a los romanos que aplastaban al Pueblo Santo, así como tampoco podía permitir ninguna doctrina que fuera en detrimento de la religión de Israel. Cuando le tocó votar en el juicio de Jesús, él no dio su voto para la condena. Conocía a Jesús y simpatizaba con su doctrina,
 
LA FE EN LA RESURRECCIÓN
Evangelio del día de Pacua- SAN JUAN 20, 1-9
 
El evangelio que se lee en este domingo de Pascua no se refiere directamente a Jesús sino a sus discípulos, Y a la impresión que ellos tuvieron cuando descubrieron el sepulcro vacío. En primer lugar aparece María Magdalena. Esta discípula del Señor había estado al pie de la cruz, había sido testigo del descendimiento del cadáver, y también había visto como se realizaba la sepultura de Jesús. Movida por el profundo amor que sentía por el Señor se dirige al lugar del sepulcro antes que ningún otro, y descubrió con sorpresa que la pesada piedra que cubría la entrada de la gruta había sido quitada. Lo único que pudo imaginar en ese momento era que alguien había retirado el cadáver para llevarlo a otro lugar. Así fue como lo relató a Pedro y al discípulo anónimo, a quien el evangelio llama con el nombre de "amado por Jesús" Pedro y el otro discípulo fueron rápidamente al sepulcro. El evangelio dice que corrían. Ellos sabían que ninguno de los apóstoles y de los amigos de Jesús había retirado el cuerpo. ¿Qué habría sucedido? ¿Los ladrones? ¿Los enemigos? Cualquier explicación era posible. Lo único que no entraba en sus cálculos era la posibilidad de la resurrección. Al llegar observaron que en el lugar quedaban las vendas con las que había sido envuelto el cuerpo, como se hacia con las momias. En un lugar aparte estaba el sudario, que era una especie de pañuelo con el que se envolvía la cabeza y se ajustaba con un nudo en el cuello. Pero al contemplar esto, el evangelio dice que el discípulo amado del Señor vio y creyó. Al leer esta afirmación recordamos inmediatamente que en el mismo evangelio, pocos renglones más abajo, se encuentra el relato de Tomas, que exigió ver para creer. No se puede entender un texto sin tener presente al otro.
 
EL DISCÍPULO AMADO Y TOMÁS
El autor del evangelio intenta darnos una catequesis utilizando la figura de estos dos personajes. Uno es el discípulo incrédulo, que quiere ver y tocar para aceptar que Jesús ha resucitado. El otro es el discípulo al que Jesús ama, que cree después de haber visto, pero que no ha visto a Jesús sino otra cosa. Los dos discípulos llegan a la fe después de haber visto, pero ven realidades diferentes. Tomás cree una vez que vio al Señor. Y merece escuchar de Jesús que "son felices los que creen sin haber visto". En cambio el discípulo amado no exigió nada, tampoco vio al Señor resucitado, y sin embargo creyó. Él sólo vio el sepulcro vacío y las vendas caídas. El autor del evangelio se encuentra en la Iglesia con personas como Tomás, que exigen pruebas para creer, o que piensan que los cristianos de la primera generación, que tuvieron la oportunidad de ver al Señor con los ojos de su cuerpo, fueron más felices que nosotros que no lo vemos de esa manera. A ellos les responde que están equivocados: es más perfecto conocer a Jesús como lo conocemos nosotros, por medio de la iluminación que nos da el Espíritu Santo. Por eso el discípulo amado, que es como la figura del cristiano perfecto, no necesita pruebas para creer en el Señor resucitado. Le basta con ver las vendas y la tumba vacía: un signo, una señal que le confirma la palabra de la Sagrada Escritura que anuncia la resurrección.
 
NUESTRA FE EN LA RESURRECCIÓN DE JESÚS
Ante el anuncio feliz de la resurrección del Señor, se nos propone como ejemplo la actitud del discípulo amado. Su repuesta es la del cristiano que actúa según el modelo que enseña el evangelio de san Juan. Nosotros no hemos tenido oportunidad de ver a Jesús resucitado con los ojos de nuestro cuerpo. Solamente nos encontramos con una palabra de la Sagrada Escritura que nos anuncia que Cristo murió por nuestros pecados y que resucitó, para no morir nunca mas; esa palabra nos enseña que por la muerte y la resurrección del Señor hemos quedado liberados del pecado para vivir la vida nueva de los hijos de Dios. Ante estos anuncios debemos responder con la fe, y nuestra fe debe ser un acto libre. Por eso no hay pruebas en el sentido estricto de la palabra. Solamente hay signos, señales: una tumba vacía... En todas partes se muestran las tumbas que contienen los restos de grandes héroes y personajes de la antigüedad. También los fundadores de religiones tienen sus sepulcros. Pero de Jesús solamente ha quedado en Jerusalén una tumba vacía que se encuentra en la basílica del Santo Sepulcro. Aunque no vayamos a Jerusalén para ver esa tumba, también nosotros podemos ver y creer como el discípulo amado. No vemos a Jesús resucitado, pero vemos que la muerte ha sido vencida. Podemos contemplar que la muerte pierde su eficacia porque triunfa la vida. Es verdad que por todas partes hay guerras y dolor, que parece que el mal se hace cada día más evidente, que cada día son más las personas que están en la pobreza y en la miseria... Pero así como el discípulo amado vio las vendas, nosotros podemos ver que hay personas que no se dejan dominar por el pecado. Tenemos ejemplos de pecadores que sin que sepamos explicar las razones, de un día para el otro abandonan su antiguo proceder para comenzar una vida de virtud.
Aquí será un joven que abandona la droga, allá un avaro y egoísta que comienza a compartir sus bienes, en otra parte un rencoroso que se decide a perdonar, y muchos otros ejemplos más. Pero también están los que diariamente se sacrifican cumpliendo por amor a su familia las exigencias del trabajo penoso y rutinario, los que en medio de la pobreza no pierden el ánimo y trabajan hasta extenuarse para alimentar a sus hijos, Los que con heroísmo sobrehumano pasan en medio de todas las tentaciones y atracciones del pecado y sin embargo mantienen su fidelidad a Cristo. Están los que en silencio y con paciencia soportan el dolor. Están también los que sin ninguna obligación y solamente por amor están trabajando voluntariamente para atender a enfermos, huérfanos o desposeídos... o los que siguiendo su vocación sacerdotal o religiosa se dedican a vivir para Dios y para los hermanos. Esta finalmente el signo que es la misma Iglesia, que a pesar de la debilidad y de los defectos de sus miembros, permanece siempre estable, a través de los siglos, para dar testimonio de la palabra del Señor y para llevar a todos los hombres la buena noticia de la salvación. Todos estos signos son como las vendas: no nos muestran a Jesús resucitado, pero nos indican que está vivo, porque de lo contrario estas cosas no podrían suceder. Estos hechos confirman la palabra de la Escritura que dice que Jesucristo salió del sepulcro vencedor de la muerte. Si analizarnos nuestra propia vida encontraremos sin duda muchos signos de la vida que nos da Cristo resucitado. Y viéndoles, también creemos. Como el discípulo amado, junto a Pedro, que representa en este relate a los pastores de la Iglesia, reafirmemos nuestra fe en la resurrección del Señor. De esta manera tendremos un apoyo sólido v un aumento de fortaleza en nuestro camino hacia la vida definitiva. Profesando la fe en Cristo resucitado renovemos nuestro compromiso de luchar cada día para que triunfe la vida sobre la muerte, el amor sobre el odio, la verdad sobre la mentira, la alegría sobre el dolor.

LOS SIGNOS DE LA PASCUA

domingo, 1 de abril de 2012

DOMINGO DE RAMOS 2012

DOMINGO DE RAMOS 2012

 Evangelio según san Marcos 11, 1-10

Cuando Jesús y los suyos se aproximaban a Jerusalén, estando ya al pie del monte de los Olivos, cerca de Betfagé y de Betania, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: "¿Qué están haciendo?", respondan: "El Señor lo necesita y lo va a devolver en seguida". Ellos fueron y encontraron un asno atado cerca de una puerta, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les preguntaron: "¿Qué hacen? ¿Por qué desatan ese asno??. Ellos respondieron como Jesús les había dicho y nadie los molestó. Entonces le llevaron el asno, pusieron sus mantos sobre él y Jesús se montó. Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!".

Las palabras "Bendito el que viene en nombre del Señor”, con las que la gente aclama a Jesús en el trayecto están tomadas de uno de los Salmos que se cantaban durante las peregrinaciones hacia Jerusalén, y son las palabras con las que se recibía y bendecía a los peregrinos que llegaban al templo para las festividades más solemnes. Los que acompañan a Jesús las pronuncian en ese momento, pero no las refieren a cualquier peregrino, sino que las aplican al Reino que llega en la persona de Jesús. Pero es una característica del evangelio de san Marcos que los discípulos y la gente nunca alcanza a comprender lo que Jesús hace y dice. Aquí tenemos un caso doloroso: con sus palabras y sus gestos, la gente aclama a Jesús como Rey, pero lo asocia con Salomón y dice que "llega el Reino de nuestro padre David". Los discípulos han quedado encerrados dentro de los estrechos límites de su nacionalismo y piensan que ha llegado el momento de restaurar el reino terrenal de David. No han reconocido que el Reino que llega es el Reino de Dios.
 
JESÚS ANTE LA PASIÓN
Todos sabemos, como también lo sabían los primeros lectores del Evangelio, que esta festiva entrada de Jesús en Jerusalén marcaba el comienzo de una sucesión de actos sumamente dolorosos que conocemos con el nombre de Pasión del Señor. Algunos podrían pensar que Jesús llegó ingenuamente a Jerusalén, sin saber lo que le esperaba. Por eso el autor del Evangelio pone deliberadamente en el comienzo del relato esa breve escena donde queda bien claro que Jesús sabe todo, también lo oculto y lo futuro. Jesús sabía que lo esperaba la pasión y por eso Él mismo organiza, esta entrada triunfal. Tocamos aquí el punto desconcertante de la escena de la entrada de Jesús en Jerusalén. Jesús entra solemne al lugar de la pasión, con los gestos de quien entra en un temple para realizar una celebración litúrgica. A pesar de que viene rodeado de una multitud bulliciosa, Jesús viene completamente solo, porque la gente sigue esperando el reino terrenal de David y no comprende que con Jesús comienza el Reino de Dios. Lejos de huir ante la vista de sus futuros sufrimientos, o de ser traído a la rastra como quien es condenado a muerte, toma la iniciativa y organiza los pasos de su entrada, porque sabe que después de la sucesión de dolores y muerte viene el triunfo de la resurrección. La verdad en entronización de Jesús como Rey se dará en el momento de su resurrección, pero para poder llegar a la resurrección debe pasar antes por los dolorosos momentos de la pasión y la muerte.
 
EL DOMINGO DE RAMOS
Como introducción solemne a la semana de la pasión y resurrección del Señor, toda la Iglesia - representada por los celebrantes y los fieles - sale alegremente al encuentro de Cristo imitando los gestos y las palabras del Evangelio. Con estas muestras de alegría todos se dirigen hacia el templo donde se celebrará la Misa en la que se proclamará el Evangelio de los sufrimientos, muerte y sepultura del Señor. Los que tomamos parte en esa marcha festiva no vamos como los discípulos y la gente que nos describe el evangelio de san Marcos, porque sabemos, como sabía Jesús, hacia donde nos dirigimos. Ya hemos sido instruidos por la Iglesia sobre la verdadera naturaleza del Reino de Dios, y no lo confundimos con mezquinas perspectivas terrenales. Tampoco vamos como incautos ni somos arrastrados contra nuestra voluntad. Vamos hacia la pasión, es decir a morir y a resucitar con Jesús. Por eso es necesario prestar atención a que lo verdaderamente importante en la procesión no es el ramo de olivo, que eventualmente podremos llevar en nuestras manos, sino en el mismo hecho de la marcha. Y no en la marcha hacia tal o cual Iglesia, sino hacia la Pasión. Caminamos alegremente hacia nuestra muerte y resurrección con Cristo, que vamos a celebrar durante los días de la semana santa y que tendrá su culminación en el domingo de la Pascua. Participar en esta procesión implica un grave compromiso. Caminar alegremente en la procesión es entrar con entusiasmo en ese momento en el que haremos morir nuestro "hombre viejo". El hombre viejo somos nosotros mismos en cuanto somos pecadores, inclinados al mal, adheridos a cualquier cosa que es contraria al querer de Dios. Ese hombre tiene que entregarse a Cristo de tal manera que junto con El pueda recibir la justa condena muriendo en la cruz y junto con El pueda también resucitar como un hombre nuevo en la noche de Pascua. El hombre nuevo es aquel que está unido a Cristo y junto con Él es libre, y vive solamente por amor y para amar a Dios y a los hermanos.
 
EL RELATO DE SAN MARCOS
El lector del relato de la pasión según san Marcos debe prestar cuidadosa atención a los contrastes que va presentando el evangelista. Por una parte nos muestra la grandeza de Jesucristo, que va voluntariamente a la pasión, y lo manifiesta con sus palabras y sus gestos. A su alrededor se mueven los hombres que no entienden (como ya se ha visto en el relato de la entrada en Jerusalén) y los que pretenden llevarlo a la muerte, poniendo en evidencia su propio pecado a través de acciones mezquinas, crueles y perversas. Señalemos los rasgos más sobresalientes: el relato de la Pasión según san Marcos se inicia con la decisión tomada por los sacerdotes de matar a Jesús. Atendamos que esta decisión – la sentencia de muerte - ya esta tomada antes del juicio. En contraste con esta decisión injusta, aparece el gesto valiente de una mujer anónima que derrama un perfume muy caro sobre la cabeza del Señor, y esto en medio de las críticas y protestas de los presentes. En la escena siguiente se vuelve al tono negativo cuando, sin mediar ninguna razón, uno de los doce se presenta a los sumos sacerdotes con el ofrecimiento de entregar a Jesús. Debemos advertir que en esta narración no existe tampoco la motivación del dinero, como es el caso en el evangelio de san Mateo. Según san Marcos, la promesa de dar dinero viene a continuación del ofrecimiento de entregar a Jesús. El relato continúa con la preparación de la cena pascual, en la que de una manera muy semejante a la preparación de la entrada en Jerusalén, el Señor envía a sus dos discípulos a la ciudad con un encargo que sirve para que quede de manifiesto el conocimiento que tiene Jesús de las cosas futuras y la autoridad con la que se dirige al dueño de la casa donde se celebrara la cena de la fiesta de Pascua. En la narración de lo acontecido durante la comida, el evangelista coloca en el centro la institución de la Eucaristía, precedida por el anuncio de la traición de Judas y seguida del anuncio de las negaciones de Pedro. En los hechos del Getsemaní también se alternan los tonos claros y oscuros: Jesús se abate como un verdadero hombre, sufriendo por la pasión que se avecina, ante la indiferencia de los discípulos que duermen. Pero cuando llega el momento de ser tomado preso, él mismo se adelanta y pone en claro que se entrega con libertad ya que antes podían haberlo apresado cuando estaba enseñando en el templo. Es claro el contraste que se presenta en el juicio ante el Sanedrín: los jueces no buscan esclarecer la verdad con respecto a Jesús, sino un argumento para poder condenarlo a muerte. Los falsos testigos no aciertan con su testimonio. Entonces es el mismo Jesús el que hace la declaración que sirve para los fines de ellos, y al mismo tiempo nos revela, por primera vez con claridad en todo el evangelio, quién es Él. Ante la proclamación de que Jesús es el Hijo del hombre que estará sentado a la derecha del Padre y vendrá glorioso sobre las nubes del cielo, los hombres lo escupen y lo golpean, mientras Pedro lo niega frente a los sirvientes. Se encuentra la misma oposición en el juicio ante Pilato: Jesús proclama que es Rey, y entonces lo condenan a muerte dando libertad a un sedicioso asesino. También en esta parte de la narración, ante la proclamación del titulo de Rey, la reacción de los hombres es golpearlo y coronarlo de espinas para burlarse de él. Cuando esta crucificado, recibe las burlas de los que le exigen que baje de la cruz para creer en Él, pero finalmente el centurión, sin necesidad de ningún milagro, confiesa que Jesús es el Hijo de Dios cuando ve que muere dando un fuerte grito.
 
EL HIJO DE DIOS SUFRIENTE
La lectura del evangelio nos coloca ante el Hijo de Dios que se manifiesta como tal en los dolores de su pasión y no en el esplendor de los milagros. Los hombres muestran ante Él todas sus miserias. La figura del centurión, el primer pagano que llega a la fe, es un modelo para todos los cristianos. Según el relato de Marcos, él llegó a la fe cuando vio la forma en que Cristo expiró, mientras que los sacerdotes, que al pie de la cruz exigían ver un milagro para creer, no llegaron a la fe. Jesús proclamó que es el Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre, el Mesías Rey de los judíos. Pero esta proclamación la realizó mostrando al mismo tiempo que es verdadero hombre, como se ve en la oración de Getsemaní y en el grito de la cruz. Él se negó a probarlo con milagros espectaculares: no descendió de la cruz. Para confesarlo como Hijo de Dios, tenemos ante nosotros la fuerza de su palabra, a la que nos debemos someter, y el gesto de su entrega en la cruz, que debe ser nuestro mayor argumento. La meditación atenta de su pasión, propia de estos días de Semana Santa, nos debe llevar a descubrir en su actitud silen
ciosa ante el dolor, que Él es el Hijo de Dios, el Mesías anunciado en las páginas del Antiguo Testamento.

domingo, 25 de marzo de 2012

LA MUERTE DEL GRANO DE TRIGO-explicación del P.Raúl Bradley s.j.

LA MUERTE DEL GRANO DE TRIGO



EVANGELIO DEL DOMINGO 25 DE MARZO DEL 2012

San Juan 12, 20-33

En aquel tiempo, entre los que habían llegado a Jerusalén para dar culto a Dios con ocasión de la fiesta, había algunos griegos. Estos se acercaron a Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe se lo dijo a Andrés, y los dos juntos se lo hicieron saber a Jesús. Jesús contestó: «Ha llegado la hora en que Dios va a glorificar al Hijo del hombre. Yo les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere dará fruto abundante. Quien aprecia su vida terrena, la perderá; en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la conservará para la vida eterna. Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquél que me sirva será honrado por mi Padre. Me encuentro profundamente angustiado; pero, ¿qué es lo que puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. Padre, glorifica tu nombre».Entonces se oyó esta voz venida del cielo: Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo. De los que estaban presentes, unos creyeron que había sido un trueno; otros decían: Le ha hablado un ángel. Jesús explicó: Esta voz se ha dejado oír no por mí, sino por ustedes. Es ahora cuando el mundo va a ser juzgado; es ahora cuando el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacía mí. Con esta afirmación, Jesús quiso dar a entender la forma en que iba a morir.

LA HORA DE LA GLORIA
Jesús comienza diciendo:” ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”
Con el nombre de 'gloria de Dios' se designa en la Biblia el resplandor con el que Dios manifiesta su presencia. Dios se hace presente por sus actos, por la creación y por todo aquello que acompaña sus manifestaciones (la luz, el ruido, la nube...). Dios manifiesta su gloria, al mismo tiempo que se oculta detrás de ella. Los seres humanos no pueden ver a Dios. Sólo perciben su gloria. Cuando Jesús dice que va a ser glorificado por el Padre, está indicando el cambio que se dará en su humanidad. Desde toda la eternidad El tenía la gloria junto al Padre, pero asumió una condición humana semejante a cualquier otro ser humano, hasta el punto de que también pudo padecer y morir.
Pero después de su muerte, también en su cuerpo se manifestará su condición divina. Jesucristo, siendo verdadero hombre, tendrá el resplandor que le corresponde como Hijo de Dios igual al Padre. Jesús había dicho que cuando llegará esta hora, El se convertiría en el centro hacia el que serían atraídos todos los hombres. Por eso en ese momento en que los judíos lo están aclamando como su rey y los griegos se acercan para conocerlo, Jesús tiene la señal dada por el Padre de que ha llegado la hora tan esperada. De una manera simbólica, pero también real, se percibe que Cristo es el centro hacia el cual confluyen todos los hombres. Lo único que falta ahora es dar definitivamente ese paso subiendo a la cruz para resucitar gloriosamente. Ha llegado la hora de la gloria.
 
LA PARÁBOLA DEL GRANO DE TRIGO
Con tres parábolas muy breves, Jesús va a explicar a los discípulos que lo rodean cuál es el sentido de ese paso por la muerte hacia la gloria. La primera de ellas es la del grano de trigo que muere. Algunos podrían haber pensado que era mucho mejor que Cristo se quedara para siempre entre nosotros sin morir. Todos los discípulos se escandalizaron al ver a Cristo crucificado porque para ellos esto era un fracaso. Por medio de una parábola muy simple Jesús dice a todos que la muerte es un fracaso sólo en apariencia.
Vean lo que sucede cuando se echa un grano de trigo en la tierra. Ese grano muere, se pudre, pero de él surge una planta que crece y luego puede dar muchos granos más.
Al contrario, el fracaso seria que el grano de trigo no muriera. El grano de trigo que no se pudre en la tierra queda solo, no se convierte en planta ni puede dar fruto. Así como es necesario que el grano de trigo muera para poder vivir, de la misma manera es necesario que Cristo pase por la dura y amarga experiencia de la muerte para poder dar vida a todos los que creen en él. La muerte de Jesús en la cruz ha cambiado esa espantosa realidad de la muerte. Lo que hasta entonces no era más que fracaso y pérdida, gracias a la pasión del Señor se ha convertido en el comienzo de la verdadera vida. Al morir, Cristo ha llegado a ser el Señor que da la vida a todos los creyentes. Él entró en la gloria para que la muerte de los cristianos pueda llegar a ser también un paso a la vida eterna. Como decimos en un hermoso texto de la Misa que celebramos en el tiempo de Pascua: Con su muerte venció, la muerte, y resucitando nos dio la vida eterna.
El sepulcro de Cristo, así como la tumba de los cristianos, no es un monumento que encierra una destrucción definitiva. La muerte de Cristo es como la muerte del grano de trigo: de esa muerte nació la vida. Lo mismo tenemos que pensar de la muerte de los creyentes en Cristo: la muerte y la sepultura son signos de la esperanza de una feliz resurrección.

AMAR LA VIDA Y ODIAR LA VIDA
La segunda parábola que pronuncia Jesús es más difícil de entender. Nos dice que quien 'tiene apego a la vida' la perderá, y que el que 'no tiene apego' a su vida la conservará. En la lengua griega, en la que fue escrito el evangelio, se dice con palabras más duras: en griego dice textualmente 'el que ama' o 'el que odia la vida'. Es necesario explicar el sentido que tienen estas expresiones.
En la forma de hablar de los semitas, se dice que amar esta vida es lo mismo que perderla para indicar que quien se aferra más a la vida que a otra cosa, terminará perdiendo la misma vida que quiere defender. En este caso, y en continuidad con lo dicho sobre el grano de trigo, quien se resista a morir no podrá alcanzar la verdadera vida. Igualmente se habla también de 'odiar' esta vida. Por supuesto que no podemos 'odiar' la vida. Esto solamente lo pueden afirmar aquellas personas que por una grave dificultad en su vida se encuentran en un momento de amargura atroz. Cuando los orientales dicen 'odiar', como sucede en este caso, quieren decir "amar menos en comparación con otra cosa". Entonces esto significa que quien busca los verdaderos valores tiene todas las demás cosas, incluso la vida, como secundarias. Ama menos la vida terrenal.
Se presentan entonces dos actitudes ante la vida: algunos no quieren dejar nada de lo que tienen. Aman esta vida terrenal y todo lo que en ella se puede poseer y gozar; y estén apegados de tal manera que no consideran otros valores, prefieren quedarse solos antes que dar fruto. Los que viven así, son los que no pueden ganar la vida eterna. Aman desordenadamente esta vida terrenal y no dejan ningún lugar para la vida eterna.
En cambio hay otros que descubren que la verdadera vida exige morir, y por amor a la verdadera vida no temen arriesgar e incluso perder todo lo que tienen y pueden gozar en este mundo. Como el grano de trigo, como Cristo, saben morir para poder seguir viviendo.


LA PARÁBOLA DEL SERVIDOR
La tercera parábola nos habla de un servidor que tiene que seguir a Cristo para poder estar donde El esta. Servir y seguir son dos palabras que se usan frecuentemente para decir que se es discípulo. Indican aspectos de la vida de un discípulo: se sirve al Señor y se sigue al Señor. Servir quiere decir que se asume una actividad, se realiza algo por encargo del Señor. El que sirve no está de brazos cruzados sino actuando.
Servir significa también rendirle culto: reconocerlo, proclamarlo, amarlo y obedecerlo como Hijo de Dios. El culto se expresa en los actos que celebramos en la Iglesia junto con los demás cristianos, pero también en nuestra oración privada y en la vida diaria, ya que toda nuestra vida tiene que ser un acto de culto al Señor. Cuando decimos que "seguimos a Cristo" queremos decir que nos comportamos ante Él como discípulos ante un maestro: lo escuchamos, aprendemos de Él y tratamos de imitarlo en toda nuestra vida.
Él, con su enseñanza y con su gracia nos va transformando en su propia imagen, para que reflejemos los rasgos de hijo de Dios tanto por lo que somos como por lo que hacemos. Jesús nos dice que sirviéndolo y siguiéndolo llegaremos a estar donde El está. Nos ha hablado de morir como el grano de trigo y de no apegamos a esta vida, y ahora nos dice claramente cuál es el final de este camino de renuncia y muerte. Nos dice que llegaremos a estar donde está Él. Es decir, nos promete participar de su misma gloria junto al Padre. Efectivamente, termina diciendo que sus servidores serán honrados por el mismo Dios, así como El será glorificado por el Padre al llegar a la cruz. Las últimas palabras de este breve discurso de Jesús terminan en el mismo punto donde éste comienza: en la gloria de Jesús. Jesús va a ser glorificado por su Padre porque obedientemente se hace solidario con los hombres hasta las últimas consecuencias: hasta la cruz, pero no va solo hacia la gloria sino que va acompañado por todos aquellos que por ser sus discípulos saben servirlo y seguirlo. Éstos también participarán de la gloria de la resurrección.

MORIR CON CRISTO
La Semana Santa nos llama a morir con Cristo para que podamos resucitar con Él. Él es el verdadero grano de trigo que nos ensena y nos da la posibilidad de ser nosotros también granos de trigo. Para poder morir con Cristo tenemos que apegarnos a la verdadera vida, de tal manera que amemos menos esta vida que ahora estamos viviendo. Valoremos la vida eterna, y no temamos perder todo aquello que puede ser un obstáculo para llegar a estar donde esta Jesús. Algunos se privan de muchas cosas, renuncian a muchos valores y hasta exponen su vida por un premio que dura poco. Lo hacen por obtener un premio deportivo, o un aplauso por una actuación artística. Los mejor intencionados lo hacen por la política o por el bien de la sociedad. Los delincuentes se privan también de muchas cosas y ponen en peligro su vida para obtener ganancias ilícitas. A nosotros Cristo nos llama a morir para obtener la vida que no se acaba. Morir con Cristo significa en primer lugar hacer desaparecer de nosotros todo lo que pertenece al hombre pecador y que ya ha muerto con Cristo en la cruz. A esta muerte la Iglesia la llama 'penitencia', 'conversión', 'cambiar de vida' o 'cambiar de mentalidad'.
Es una muerte dolorosa que se va sufriendo día a día, para que a medida que muere este hombre pecador vaya apareciendo en nosotros el hombre resucitado, la nueva vida que nos da Cristo salido del sepulcro. Morir con Cristo significa también morir a nosotros mismos para vivir para los demás. Así como Cristo en la cruz, y junto con El, nos entregamos totalmente en una actitud de servicio al Padre y a todos nuestros hermanos.
Cuando se trata de servir, pensar siempre primero en los demás, y en último lugar en nuestro interés. Morir con Cristo significa que debemos amar de tal manera la vida, que por alcanzar una vida que no se acaba no tengamos ningún temor en arriesgar y perder todo lo que se acaba.
Morir con Cristo significa amar de tal manera a todos los hermanos, que consideremos preferible perderlo todo, también nuestra propia vida, para dar fruto y no quedarnos solos.
Morir con Cristo significa que tenernos que mirar con serenidad el memento de nuestra propia muerte y la de los seres que nos rodean. Sabemos que a pesar del dolor de la separación la muerte no es destrucción total sino encuentro con el Padre, es una participación de la resurrección de Jesús que alcanzará su plenitud cuando nosotros mismos seamos resucitados por el poder de Cristo.
Morir con Cristo significa que no debemos considerar la muerte como una caída en una oscuridad total y en una perdición definitiva, sino como un entregarse en las manos amorosas del Padre que nos recibe y nos hace entrar en la vida eterna.
En esta Semana Santa, junto a la cruz y al sepulcro de Jesús aprendamos que por Cristo la muerte está siempre unida a una esperanza de vida y resurrección. No temamos morir cada día para que podamos vivir eternamente con El.

domingo, 11 de marzo de 2012

UN NUEVO TEMPLO



Evangelio del domingo 11 de marzo del 2012

San Juan 2, 13-25


Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: "El celo por tu Casa me consume". Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior del hombre.



LA PURIFICACIÓN DEL TEMPLO
El evangelio que la Iglesia ha elegido para este domingo de Cuaresma es el que narra la expulsión de los mercaderes del templo, una escena que san Juan coloca en el comienzo de la vida pública de Jesús. Conociendo el culto que se exigía en tiempos del Antiguo Testamento, no tiene nada de sorprendente que en el recinto del templo tuviera que realizarse el comercio de animales necesarios para los sacrificios y el cambio de monedas para pagar los impuestos al santuario y hacer donaciones. Todos los varones israelitas estaban obligados a concurrir al templo por lo menos tres veces por año, y allí debían ofrecer animales para que fueran sacrificados.

A esto se sumaban los sacrificios que podían realizarse por otros motivos cualquier otro día del año. "No te presentarás delante del Señor tu Dios con las manos vacías", decía la antigua Ley. La Ley exigía que los animales para el sacrificio reunieran una cantidad de condiciones: edad, carencia de defectos, pureza, etc. Además, no todos los israelitas disponían de animales para llevar al templo, y los que venían desde lejos no podían hacer tan largos recorridos llevando los animales para ofrecer, y con el peligro de que en el recorrido sufrieran una herida o una quebradura que los invalidara para los sacrificios. Era necesario que alguien los proveyera en el templo, con la garantía de que reunían todas las condiciones para ser sacrificados: El impuesto al templo debía ser pagado por todos los israelitas mayores de 20 años, y el pago se debía efectuar con monedas especiales que en ese tiempo ya no se acuñaban.
Las monedas que circulaban en esa época eran las acuñadas por los romanos, que tenían la efigie del Emperador. Este dinero no estaba permitido en el templo porque violaba el mandamiento del Decálogo que prohíbe las imágenes. Era necesario entonces que el mismo templo pusiera las monedas permitidas al alcance de todos. Para facilitar el cumplimiento de estas leyes acerca de los sacrificios y del pago de los impuestos y limosnas, en los atrios más exteriores del temple se ubicaban los vendedores de animales y los que cambiaban las monedas, en un lugar que no se consideraba propiamente sagrado y al cual tenían acceso también los paganos. Con su actividad prestaban un servicio a todos los que concurrían al templo, sobre todo a los que venían de más lejos.



El evangelio nos dice que Jesús encontró este negocio en el templo, y que reaccionó expulsándolos a todos, y puntualiza que sacó los animales del templo. El evangelista relata este hecho nombrando dos veces las distintas clases de animales que se vendían en el templo, y que son aquellos que se requerían para los sacrificios. Cuidémonos para no confundir esta escena con la que leemos en los otros evangelios, donde el mismo asunto es tratado desde otra perspectiva, la de "la cueva de ladrones", que no es mencionada en el evangelio de san Juan. En el evangelio de san Juan se muestra a Jesús sacando los animales que servían para los antiguos sacrificios y las monedas que se utilizaban para los impuestos del templo y para las ofrendas y donaciones. Los que leen el Evangelio de san Juan desde el principio, saben que Jesús fue presentado por Juan Bautista como "EI Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", y que en Caná cambió el agua de las purificaciones de los judíos en el vino de la nueva alianza. La actitud de Jesús, al llegar al templo de Jerusalén, se inscribe dentro de la renovación que introduce Jesús: se cambian las antiguas instituciones por el nuevo orden de cosas que comienza con la venida de Jesús.
Estando presente "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", dejan de tener sentido todos los animales para los sacrificios. Ahora hay una nueva víctima, y como se dirá en lo que sigue, se anuncia la construcción de un nuevo templo. Se ha dicho más arriba que el comercio de animales y el cambio de monedas se realizaba en un lugar al que también tenían acceso los paganos. Esto indica que ese espacio no era considerado propiamente sagrado. Sin embargo Jesús expulsa los animales y a los cambistas de ese lugar diciendo que no se convierta "la casa de su Padre" en una casa de comercio. Con estas palabras insinúa que también considera lugar sagrado el que estaba abierto a los paganos. En esta renovación de las instituciones ya no cabe ningún particularismo y no hay excluidos, ya no hay más división entre judíos y paganos. Todos los hombres están llamados a vivir en la familiaridad con Dios.
LA SEÑAL DADA POR JESÚS
Ante este comportamiento de Jesús, que anuncia una nueva forma de relacionarse con Dios, es natural que los responsables del templo vengan a exigirle sus credenciales. ¿Quién es Él para cambiar algo tan sagrado como es el culto establecido por el mismo Dios en el Antiguo Testamento? ¿Podía hacer algún milagro que sirviera de señal de que en realidad venia como enviado de Dios? Por eso le preguntan qué signo realiza para obrar de esa manera. Jesús responde yendo más allá de lo que ellos quieren saber. El signo consistirá en la construcción de un nuevo templo en el breve plazo de tres días. No solamente habla de cambiar el culto sino también el templo. Les dice que lo destruyan, y que Él lo levantará en tres días. Los interlocutores del Señor no entienden sus palabras.

Ellos piensan que El habla de destruir y reconstruir el templo material que están viendo y que ha llevado tanto tiempo para su construcción. El autor del evangelio nos aclara que el verdadero sentido de las palabras de Jesús se comprende a partir de su resurrección. El templo que ellos destruirán y que Jesús levantara en tres días es el cuerpo de Jesús. El autor del evangelio dice que los discípulos de Jesús asociaron este hecho de Jesús con las palabras de un Salmo del Antiguo Testamento. En ese texto, un hombre justo se lamenta porque por su fidelidad al culto los malvados le han levantado Calumnias y lo han hecho encerrar en la prisión. El autor del salmo, considerando la condición en la que ha caído por ser fiel al templo, dijo: "El celo por tu casa me ha consumido". Pero el autor del evangelio escribe este mismo texto de otra manera: "El celo por tu casa me consume", porque lee ese lamento como una profecía Y la aplica a Jesús: El es el verdadero justo que por su celo por la casa del Padre será calumniado y llevado a la muerte. Efectivamente, durante el juicio de Jesús sus adversarios recordaron las palabras sobre la destrucción y reconstrucción del templo y las presentaron como testimonio para que el Señor fuera condenado a muerte.



El templo fue arrasado en el año 70, durante la guerra contra los romanos. Después de eso ya nunca más fue reedificado. El templo que Jesús ha levantado no es semejante a ese, sino uno diferente. El templo construido en tres días es el cuerpo resucitado del Señor. La humanidad gloriosa de Cristo es el verdadero punto de encuentro entre la divinidad y lo humano.
Jesucristo es la verdadera y única víctima de este sacrificio que hizo innecesarios a todos los demás.

EL TEMPLO
Los hombres siempre han edificado templos para sus dioses. En las religiones paganas imaginaban que los dioses debían tener sus palacios como los reyes, y por eso les daban forma semejante a las residencias de los monarcas. Pero en Israel se sabía que Dios no puede habitar en casas hechas por mano de los hombres. Los profetas dijeron que Dios no podía quedar encerrado dentro de una casa, por grande que esta fuera, porque ni los mismos cielos pueden contener al Señor. Para Israel el templo era el lugar especial donde Dios ponía su nombre y sus oídos. Allí los hombres rezaban y ofrecían sacrificios. Otros profetas anunciaron que llegaría el día en que tampoco seria necesario el temple, porque Dios estaría presente en el pueblo y en cada hombre. Esto se realizó en Jesús. Él es nuestro nuevo templo, en él nos encontramos con Dios. El Espíritu Santo, al unirnos con Jesús, forma con todos nosotros un gran templo, como lo enseña la carta de los Efesios. Entonces ¿para qué sirven los templos? ¿por qué los consagrarnos solemnemente? ¿por qué celebramos la fiesta de sus aniversarios? Porque los templos son los lugares en los cuales nos reunimos como Iglesia, porque en ellos se ve de una forma mas clara que formamos el pueblo de Dios, porque en ellos se expresa visiblemente la unión entre todos nosotros y nuestra unión con Jesucristo.



El verdadero templo somos nosotros, los que estamos reunidos, pero ese templo que nos contiene, esas paredes con ese techo y esos adornos, nos están representando. Los templos son como imágenes de nosotros mismos, son las figuras visibles de lo que es la Iglesia. Por eso, aunque sean humildes, tratamos de que sean hermosos, limpios y ordenados, que produzcan sensación de piedad y de alegría al mismo tiempo, que sean luminosos e inviten a la oración.
Los templos son figura de la Iglesia porque en ellos se nos da la Palabra de Dios y en ellos se celebran los sacramentos. Son figura del cielo porque en ellos ya se da comienzo al banquete celestial cada vez que celebramos la Eucaristía, y todos juntos cantamos las alabanzas del Señor. Pero todo esto se da porque nosotros estamos unidos en Cristo, que es el templo nuevo, Único y verdadero, donde Dios se encuentra con la humanidad.

domingo, 4 de marzo de 2012

POR LA CRUZ HACIA LA GLORIA


EVANGELIO DEL DOMINGO 4 DE  MARZO DEL 2012
San Marcos 9, 2-10

POR LA CRUZ HACIA LA GLORIA 
Cada año, en el segundo domingo del tiempo de cuaresma, se proclama el relato de la transfiguración del Señor. Después de haber contemplado en el domingo precedente la figura de Cristo padeciendo la tentación como verdadero hombre, la palabra de Dios nos muestra hoy al Hijo de Dios con gloria igual al Padre.

EL CAMINO HACIA LA PASIÓN
Este relato está ubicado en el evangelio en estrecha relación con el primer anuncio de la pasión, y se comprende a partir de el. 
Si tomamos el libro de los evangelios, podremos observar que, inmediatamente antes de esta escena de la transfiguración, se encuentra el texto en el que Jesús anuncia por primera vez que debe padecer, morir y resucitar, reprende a Pedro que no quiere oír hablar de los sufrimientos del Señor, y luego se dirige a los discípulos y a la gente, para decirles que quien quiera seguirlo deberá cargar con la cruz y venir detrás de él. 
El autor del evangelio introduce luego este relato de la transfiguración, del que estamos tratando, y lo enlaza con todo lo anterior indicando que seis días después de haber dicho estas palabras Jesús llevó con él a tres de sus discípulos a una montaña muy elevada. 

Al terminar el relato, vuelve nuevamente la mirada hacia el anuncio de la pasión, cuando indica que Jesús les ordenó guardar secreto hasta que se produzca la resurrección, e insiste en el mismo tema cuando dice que los discípulas no entendían qué quería decir "resucitar de entre los muertos"