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domingo, 15 de septiembre de 2013

EVANGELIO DOMINGO 15 DE SEPTIEMBRE 2013



Domingo XXIV del tiempo ordinario - Ciclo C - (15 de septiembre de 2013)
Solían acercarse a Jesús los publicanos o recaudadores de impuestos y los pecadores para escucharlo. Y los fariseos y los escribas doctores de la ley murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come
con ellos.” Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ‘¡Felicítenme!, he encontrado la oveja que se me había perdido’. Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.
“Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta que la encuentra? Y al encontrarla, reúne a las amigas y vecinas para decirles: ‘¡Felicítenme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.’ Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.” También les dijo: “Un hombre tenía dos hijos; el menor dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte que me toca de la herencia.’ El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.’ Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.’ Pero el padre dijo a sus criados: ‘Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.’ Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los empleados le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.’ Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentaba persuadirlo, y él le replicó: ‘Mira: en tantos años que llevo sirviéndote sin desobedecer una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando viene ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.’ El padre le dijo: ‘Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.’ ” (Lucas 15, 1-32).
1. Jesús revela con sus hechos y palabras a un Dios compasivo
La primera de estas narraciones llamadas “parábolas de la misericordia” -la de la oveja perdida y rescatada-, inspiró a los cristianos que se refugiaban en las catacumbas de las afueras de Roma durante las persecuciones desatadas contra ellos. En una de esas catacumbas, la de San Calixto, fue encontrada la imagen figurativa más antigua que se conoce de Jesús: la de un joven pastor que carga una oveja sobre sus hombros. Con esta parábola, como también con la segunda, la de la moneda perdida y hallada, Jesús quiso mostrar la misericordia infinita de Dios que busca al pecador para que se convierta. Y con la tercera, conocida como la parábola del “hijo pródigo” (o derrochador), pero que en su sentido completo debería llamarse más bien la parábola del “padre misericordioso y del hijo arrepentido”, nos muestra el amor infinito de Dios a quien, reconociendo y confesando su pecado, le pide perdón: sin dejarle terminar la confesión que había preparado, el Padre recibe con un abrazo a su hijo que ha vuelto y le celebra una fiesta.

2. Jesús nos invita a ser compasivos como Dios es compasivo
Los fariseos y escribas o doctores de la ley, que se consideraban a sí mismos santos, rechazaban a Jesús porque dejaba que se le acercaran los “publicanos” o recaudadores de impuestos del imperio romano, que eran considerados pecadores por trabajar para los opresores y enriquecerse a costa de los contribuyentes. Y murmuraban contra él porque no sólo acogía a los pecadores, sino incluso comía con ellos. La actitud farisaica, soberbia e incapaz de compasión, que existe también actualmente en no pocas personas que se creen superiores a los demás, corresponde a la del hijo mayor de la tercera parábola. Jesús, en cambio, con su actitud misericordiosa, no sólo nos muestra cómo se comporta el Dios verdadero, totalmente distinto del falso dios rencoroso y vengador en el que creen los fanáticos religiosos, sino que además nos invita a tener nosotros la misma actitud de compasión y la misma disposición a perdonar que Él nos ha enseñado con su propio ejemplo como Dios hecho hombre. En otro pasaje del mismo Evangelio (Lucas 6, 36), Jesús nos dice: “Sean ustedes compasivos, como también su Padre es compasivo”. Esta frase corresponde a la que nos trae el Evangelio según san Mateo (5, 48), dicha también por Jesús en el mismo contexto: “Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto”, lo cual quiere decir que la perfección de Dios consiste precisamente en su compasión.

3. Perdonar como Dios perdona y pedir perdón como el hijo arrepentido
El Dios verdadero, tal como nos lo presenta la primera lectura (Éxodo 32, 7-11.13-14), es un Dios que “se arrepiente” de la amenaza que le había hecho a su pueblo. Así, ya desde el Antiguo Testamento se nos va mostrando una evolución en la forma de reconocer al Dios verdadero, al que Jesús iba a revelar como un padre infinitamente misericordioso. Y ese mismo Dios compasivo es el que nos presenta el apóstol San Pablo en la segunda lectura (I Timoteo 1, 12-17): “Dios tuvo compasión de mí (…)”. “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero (…)”.

jueves, 12 de septiembre de 2013

MENSAJE YO:EXPRESARME DESDE MI ESPACIO SIN HERIR

Mi espacio como persona.
Para crecer,vivir en armonía y ser feliz, la persona necesita asumir su espacio. Al hacerlo, busca realizar lo mejor de si, desarrollar sus potencialidades, su valor personal y mantener un buen relacionamiento con los demás.
Pero asumir su espacio no significa inflar el yo, ni desarrollar un orgullo egocéntrico  sino constituirse en una persona responsable, autónoma y en crecimiento. Cada persona, es dueña de su espacio y tiene derecho a crecer en él. Sin embargo en esta tarea no podemos negar que existen algunos obstáculos  Estos pueden ser de orden subjetivo: timidez, baja autoestima, complejos....y de orden objetivo: sistemas autoritarios, inhibiciones sociales y económicas, presiones, etc.
Es cierto que yo no tengo poder sobre ciertos factores externos a mi persona, pero si sobre mi interior. El espacio es mio, me pertenece y soy el único responsable de asumir la gestión de mi vida.
 Asumo la responsabilidad de mi espacio: me expreso desde mi interior
La persona que asume su espacio aprende a relacionarse con firmeza y con calma. Es capaz de expresar con espontaneidad su opinión, sus sentimientos, sus necesidades y sus valores, respetando el espacio de los demás  Al comunicarse desde su espacio, la persona lo hace desde su interior, desde su personalidad propia, sin herir ni crear hostilidades. Expresarse diciendo: "esto es lo que soy, esto es lo que pienso, lo que siento, lo que necesito, esta es la forma en que lo veo..." es desarrollar un comportamiento afirmativo. Cuando hablo así  yo me considero una persona que tiene derechos y valores y hablo a partir de ellos. Pero también , cuando los siento amenazados, soy capaz de afirmarlos.
En el comportamiento afirmativo también puedo expresar mi desacuerdo y mi ira, pero no lo hago en forma acusadora. Puedo decir:" cuando llegas tarde me siento molesto" " yo decidí no hacer cosas que vayan en contra de mis valores" Este comportamiento es eficaz y liberador. Al comunicarse así  yo tengo mas poder de decisión  mas autonomía en mis relaciones interpersonales, y crezco en responsabilidad. Asumo mis necesidades, me expreso con honestidad, y no me dejo explotar ni psicológica ni socialmente. Elijo yo mismo mis objetivos y puedo lograrlos sin invadir el espacio ajeno. Estoy contento conmigo mismo, experimento un sentimiento de bienestar personal.

domingo, 8 de septiembre de 2013

EVANGELIO DOMINGO 8 DE SEPTIEMBRE DEL 2013

Domingo XXIII del tiempo ordinario - Ciclo C - (8 de septiembre de 2013)
Mucha gente seguía a Jesús; y él se volvió y dijo: -Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun más que a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no toma su propia cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Si alguno de ustedes quiere construir una torre, ¿acaso no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? De otra manera, si pone los cimientos y después no puede terminarla, todos los que lo vean comenzarán a burlarse de él diciendo: 'Este hombre empezó a construir y no pudo terminar.' O si algún rey tiene que ir a la guerra contra otro, ¿no se sienta primero a calcular si con diez mil soldados puede hacer frente a quien va a atacarlo con veinte mil? Y si no puede hacerle frente, cuando el otro esté aún lejos le mandará mensajeros a pedir la paz. Así pues, cualquiera de ustedes que no deje todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo. (Lucas 14, 25-33).

En el Evangelio de este domingo Jesús plantea las exigencias que implica la decisión de seguirlo. Tratemos de aplicar este texto del Evangelio a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de la liturgia eucarística de hoy: Sabiduría 9, 13-18; Salmo 90 (89); Carta de san Pablo a Filemón 9b-10. 12-17.


1. La verdadera sabiduría

 En el lenguaje bíblico la sabiduría es entendida como la capacidad de identificar y emplear lo smedios que más y mejor puedan conducirnos a cumplir la voluntad de Dios y así alcanzar la verdadera felicidad, que es el fin último para el cual fuimos creados. Dios quiere que cada persona llegue a ser plenamente feliz, viviendo en armonía con su propia conciencia, con la naturaleza, con todos los seres humanos y con Él, de acuerdo con su plan creador que es un plan de amor. Jesús, con sus enseñanzas y su ejemplo, nos mostró cómo lograr este fin y nos invita a seguirlo, dándole prioridad a la voluntad de Dios por encima de cualquier lazo afectivo, incluso de la propia familia y de los propios intereses. Así lo entendieron y vivieron los primeros cristianos, cuando dentro de sus parientes encontraban oposición para el seguimiento de Jesucristo. La primera lectura (Sabiduría 9, 13-18) dice: ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? El designio de Dios es su voluntad, que se va concretando para cada persona en el transcurso de su vida. Y esta voluntad de Dios para cada cual la descubrimos mediante la oración personal.

2. La importancia de planear para el futuro

Con las alegorías de la construcción de la torre y la preparación de la batalla, Jesús nos indica la importancia de la planeación del futuro. En todas las empresas humanas, en todo proyecto que una persona decida realizar, tiene que programar no sólo los pasos o las etapas requeridas para lograr con éxito su objetivo -que además debe estar muy claro desde el principio-, sino también la utilización de los medios o recursos necesarios.

Jesús les propone a sus discípulos, a toda persona que quiera seguirlo, un proyecto concreto de vida que consiste básicamente en colaborar con Él para que Dios, o sea el Amor, reine en su existencia personal, y mediante esto, conseguir la felicidad eterna. Esta tarea, que no es otra que el establecimiento y el desarrollo de lo que en los Evangelios se llama el Reino de Dios, implica un constante discernimiento, una reflexión que, desde el examen y la oración personal, nos conduzca a identificar cómo quiere el Señor que actuemos para seguirlo en nuestras opciones fundamentales y en las situaciones cotidianas de nuestra vida, con qué medios contamos y en qué forma debemos emplearlos para lograr el fin para el cual Dios nos creó, que es precisamente el de ser felices. Todo esto supone y exige que tengamos en cuenta la finitud de nuestra existencia. En el salmo responsorial -Salmo 90 (89)- encontramos esta petición: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Se trata de adquirir la verdadera sabiduría, de modo que aprovechemos al máximo el poco tiempo que tenemos en nuestra existencia terrena, comparado con la eternidad.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Evangelio del Domingo Explicado 1 de septiembre de 2013



Domingo XXII del tiempo ordinario - Ciclo C - (1 de septiembre de 2013)
Un sábado Jesús fue a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos lo estaban espiando. Y al ver Jesús cómo los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: --Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: 'Dale tu lugar a este otro.' Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: 'Amigo, pásate a un lugar de más honor.' Así recibirás honores delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido. Dijo también al hombre que lo había invitado: --Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos, a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando tú des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos y los ciegos; y serás feliz. Pues ellos no te pueden pagar, pero tú tendrás tu recompensa el día en que los justos resuciten. (Lucas 14, 1.7-14). Según la costumbre en aquel tiempo, al inicio de un banquete el invitado solía decir unas palabras. En esta ocasión Jesús, siendo invitado a una cena, plantea una enseñanza relacionada con tres temas: la humildad, el desapego de los intereses egoístas y la preferencia por los pobres. Al participar hoy en la mesa del Señor, tratemos de aplicar a nuestra vida lo que nos dice el Evangelio, teniendo en cuenta también los demás textos bíblicos: Eclesiástico (o Sirácida) 3, 17-18. 20. 28-29; Salmo 68 (67); Hebreos 12, 18-19. 22-24a. 

 Proceder con humildad
Jesús inicia su intervención indicando una norma de buena educación: no buscar los primeros puestos. Esta norma había sido ya expresada unos 450 años antes en el libro de los Proverbios: “No te des importancia ni tomes el lugar de la gente importante; vale más que te inviten a subir allí, que ser humillado ante los grandes señores” (25, 6-7). Pero el mensaje del Evangelio va mucho más allá de la simple etiqueta (o “pequeña ética”). Lo que Jesús quiere hacernos ver es la importancia de la humildad como una virtud totalmente opuesta a la actitud arrogante de los fariseos que se creían superiores al resto de la gente, de los doctores de la ley que menospreciaban a los demás considerándolos ignorantes y pecadores, y de los que ejercían el poder propio de su estrato social despreciando y excluyendo a los pobres.
“Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad”. Así comienza la primera lectura de este domingo, tomada del libro del Eclesiástico -escrito en el siglo II antes de Cristo y también llamado el Sirácida, por ser su autor un maestro llamado Ben Sirac (hijo de Sirac). En este libro, como en el de los Proverbios y en otros escritos bíblicos del Antiguo Testamento llamados “sapienciales” por su referencia a la sabiduría práctica, se dice que la humildad es la virtud característica del auténtico sabio, que vive con sencillez en vez de hacer alarde de sus conocimientos, de su posición o de sus méritos. Una de las características de la humildad es no hacer ruido. La segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos, contrapone la imagen del Dios terrible de la antigua alianza, que manifestaba su grandeza por medio del fuego, la tormenta y la trompeta, a la del Dios cercano que se revela en la persona de Jesús, el maestro manso y humilde de corazón que actúa como “mediador de una nueva alianza” (Hebreos 12, 18-19. 22-24a).

Obrar desinteresadamente
En la segunda parte del Evangelio de hoy, Jesús nos exhorta a obrar de forma desinteresada, sin cálculos egoístas de recompensa. Todos solemos tener la inclinación natural a obrar por interés, esperando que nos paguen por los favores, como dice el refrán popular: “favor con favor se paga”. En las relaciones humanas, esta actitud egoísta puede llevarnos a buscar siempre y ante todo nuestra propia recompensa, en lugar de aplicar lo que dijo Jesús: “hay mayor felicidad en dar que en recibir” (frase evocada por el apóstol san Pablo en su discurso a los presbíteros de Éfeso -Hechos de los Apóstoles 20, 35 ss.). Pero ¡atención! Al dar, existe el peligro de caer en la tentación de hacer sentir inferior al pobre. La verdadera caridad cristiana no consiste en sentir lástima los de “arriba” por los de “abajo”, permaneciendo y afianzándose los que dan en sus posiciones superiores y quedando los que reciben en su situación de miseria. No. El amor verdadero a los pobres exige la solidaridad para buscar con ellos la realización de condiciones de justicia social que les hagan posible superar su pobreza y vivir de acuerdo con su dignidad humana. 

 La verdadera sabiduría implica optar preferentemente por los pobres
Y por último, la reflexión final que le propone Jesús a quien lo ha invitado hay que entenderla como una exhortación a cambiar la jerarquía de valores propia de un sistema social que desprecia y excluye a los pobres, a los débiles, a los que considera inútiles. Son éstos justamente los preferidos de Dios, a quienes en primera instancia quiere Él que llegue su invitación al banquete de la vida eterna, prefigurado en la Eucaristía. Un canto litúrgico muy antiguo, llamado en latín Panis angelicus (Pan de los ángeles), dice en uno de sus versos: “¡O res mirabilis! Manducant Dominum pauper, servus et humilis” (“¡Oh realidad admirable! Se alimentan del Señor el pobre, el servidor y el humilde”). Esta realidad se manifiesta también en nuestras celebraciones, sobre todo en las grandes iglesias. Sin embargo, más admirable sería que en nuestra vida cotidiana se mostrara por parte de cada uno de nosotros una disposición abierta al reconocimiento, la aceptación y la acogida generosa del pobre. Se trata de una opción preferencial que es precisamente la opción de Dios. “Tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres”, dice el Salmo responsorial. Esta es la opción de Jesús, tal como nos lo enseñó Él no sólo de palabra, sino con obras concretas: poniéndose siempre de parte de los débiles, de los necesitados, de los excluidos, de los oprimidos. Y si esta es la opción de Jesús, ¡también tiene que ser la nuestra!-

domingo, 25 de agosto de 2013

Domingo XXI del tiempo ordinario - Ciclo C - 25 de agosto de 2013



Domingo XXI del tiempo ordinario - Ciclo C - (25 de agosto de 2013)
Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Alguien le preguntó: “Señor, ¿es
verdad que son pocos los que se salvarán?” Jesús le respondió: “Esfuércense en entrar por la puerta angosta, porque yo les digo que muchos tratarán de entrar y no lo lograrán. Si ustedes se quedan afuera cuando el dueño de casa se levante y cierre la puerta, entonces se pondrán a golpearla y a gritar: -¡Señor, ábrenos! Pero él les contestará: -No sé de dónde son ustedes. Entonces comenzarán a decir: - Nosotros hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él les dirá de nuevo: -No sé de dónde son ustedes. ¡Aléjense de mí todos los malhechores! Habrá llanto y rechinar de dientes cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes, en cambio, sean echados fuera. Gentes del oriente y del poniente, del norte y del sur, vendrán a sentarse a la mesa en el Reino de Dios. ¡Qué sorpresa! Unos que estaban entre los últimos son ahora los primeros, mientras que los
primeros han pasado a ser últimos” (Lucas 13, 22-30).


La respuesta que le da Jesús a quien está interesado en saber si son pocos los que se van a salvar, es muy diferente de los cálculos matemáticos. Jesús aprovecha lo que se le pregunta para invitar a quienes lo escuchan a no quedarse en especulaciones, sino a esforzarse por lograr la salvación. Meditemos en lo que esta invitación significa para nosotros, teniendo en cuenta también lo que nos dicen los textos de Isaías 66, 18-21 (primera lectura) y de la Carta a los Hebreos 12, 5-7. 11-13 (segunda lectura).

1. “Esfuércense en entrar por la puerta angosta”
El Evangelio comienza diciendo que Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Había en sus murallas una puerta muy angosta llamada “El Ojo de la Aguja”, a la cual se refiere Jesús en otro lugar de los evangelios indicando la exigencia de desprenderse de la carga de las riquezas materiales para pasar por ella: Es más fácil para un camello pasar por el ojo de la aguja, que para un rico entrar en el Reino de los Cielos (Mt 19, 24). El texto de Lucas en el Evangelio de hoy parece hacer alusión precisamente a esto, y el paralelo de Mateo nos habla no sólo de la puerta, sino también del camino: ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina; pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el
camino que conduce a la salvación! (Mateo 7, 13-14).
La segunda lectura dice al final: Enderecen los caminos tortuosos por donde han de pasar. Las imágenes de la puerta estrecha y del camino difícil nos indican que para lograr la salvación -para ser verdaderamente felices- debemos tener una conducta opuesta al facilismo. Hoy la publicidad suele invitar al éxito fácil y aparente, sin esfuerzo. Jesús propone todo lo contrario: la auténtica felicidad sólo podemos conseguirla desapegándonos de todo lo que nos estorba, es decir, de los afectos desordenados que nos impiden caminar y pasar por la puerta que nos conduce a la salvación.
2. “No sé de dónde son ustedes. ¡Aléjense de mí todos los malhechores!”
Entre quienes oían a Jesús cuando pasaba predicando por ciudades y pueblos, había escribas o doctores de la ley, fariseos que se preciaban de pertenecer al pueblo escogido (como puede deducirse del versículo 31 del mismo capítulo 13 del Evangelio de Lucas, que sigue inmediatamente al pasaje de este domingo: (“También entonces llegaron algunos fariseos, y le dijeron a Jesús: -Vete de aquí…”). Ellos consideraban que ya tenían asegurada la salvación, simplemente por ser descendientes de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, de quienes provenía la nación de Israel, y por cumplir unos ritos externos a los cuales habían reducido el sentido de la ley de Dios promulgada antiguamente por Moisés. Pero no sólo ellos. También entre los primeros discípulos de Jesús existió la tentación, y persiste todavía entre nosotros, de pensar que por pertenecer a la Iglesia, por haber participado con frecuencia en la Eucaristía (hemos comido y bebido contigo), por haber oído sus enseñanzas (tú has enseñado en nuestras plazas), ya tenemos asegurada la salvación. Nada de eso. No bastan los ritos, ni los rezos, ni haber escuchado la Palabra de Dios. Hay que llevarla a la acción, lo cual muchas veces resulta difícil, sobre todo cuando esa acción implica renunciar a nuestro egoísmo y desprendernos de los apegos que impiden en nuestra vida el reinado de Dios, el cumplimiento de su voluntad.

3. “Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos”
Esta frase, que aparece varias veces dicha por Jesús en los evangelios, puede entenderse mejor si la relacionamos con la primera lectura: “Ahora vengo a reunir a los paganos de todos los pueblos y de todos los idiomas”. Cuando Jesús dice que los últimos serán los primeros, se refiere precisamente a esos paganos, también llamados “gentiles” (en el hebreo bíblico “goyim”), a quienes los fariseos y doctores de la ley que se creían santos rechazaban y despreciaban relegándolos al último plano por no pertenecer racialmente a la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob. Lo que Jesús quiere decir es que aquellos “gentiles” que estuvieran dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica iban a ser los primeros beneficiarios de la acción salvadora de Dios por estar abiertos a Él. En cambio, quienes se preciaban de ser depositarios y beneficiarios únicos de las promesas del Señor y pensaban que éstas se cumplirían en ellos simplemente porque pertenecían al pueblo escogido y realizaban los ritos de una tradición religiosa que consideraban superior a las demás, quedarían en último lugar sin poder entrar en el Reino de Dios. Esta es entonces la lección que nos trae la Palabra del Señor este domingo: tenemos que esforzarnos para lograr la verdadera felicidad, desapegándonos de todo cuanto nos impide caminar por la senda difícil que nos conduce a la salvación y pasar por la puerta estrecha que nos permite el acceso al Reino de Dios. Señor Jesucristo, Maestro y Salvador nuestro, danos la fuerza de tu Espíritu para poner en práctica tus enseñanzas y así poder entrar en el Reino de los cielos, que es el reino de la felicidad eterna al cual tú mismo nos invitas. Amén.-

domingo, 18 de agosto de 2013

Domingo XX del tiempo ordinario - Ciclo C - 18 de agosto de 2013




Domingo XX del tiempo ordinario - Ciclo C - (18 de agosto de 2013)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo he venido a prender fuego en la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera  ardiendo! Tengo que ser sometido a un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo! ¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Porque, de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra” (Lucas (12, 49-53).



Estas palabras de Jesús parecen a primera vista contrarias a todo lo que en muchos otros pasajes de los Evangelios se nos dice acerca de su mensaje constructivo de amor y de paz. Por eso hay que tratar de entenderlas en el contexto en el cual nos las presentan los evangelistas: Lucas en el texto de este domingo y Mateo en un pasaje paralelo (10, 34-36). El contexto es el viaje de Jesús con sus discípulos desde Galilea hacia Jerusalén, donde Él va a padecer y a morir en la cruz, precisamente porque su mensaje es rechazado por quienes detentan el poder religioso y político en esta ciudad y en toda la nación judía. Por eso quiere advertir a sus discípulos, para que tengan bien claro que la aceptación de su mensaje implica la exigencia de estar dispuestos a seguir a su Maestro hasta las últimas consecuencias.

1. “Yo he venido a prender fuego en la tierra” 
La imagen del oro que es purificado por el fuego en el crisol, suele ser utilizada en varios textos bíblicos para hacer referencia al proceso de purificación que libera al metal precioso de la escoria, es decir, de lo que no corresponde a su esencia. Jesús emplea en este sentido el símbolo del fuego, para indicar que su misión es liberar a todos los que quieran acoger su mensaje mediante una purificación interior de la escoria del pecado, de todas las formas del egoísmo que le impiden al ser humano vivir en el amor, es decir vivir de acuerdo con el plan creador de Dios y ser verdaderamente feliz. La tierra -o “el mundo”, como dicen otras traducciones de este pasaje de Evangelio- , es el lugar al que Jesús, como enviado de Dios Padre, ha venido para realizar ese proceso de liberación con su pasión, muerte y resurrección y mediante la acción del Espíritu Santo, uno de cuyos símbolos es precisamente el fuego, que además de ser un elemento de purificación es también energía que hace posible la luz y el calor para que se desarrolle y se renueve la vida. La Iglesia en su liturgia expresa una petición muy significativa en este sentido: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Este fuego del amor es el que Jesús ha querido encender, a partir de su pasión, muerte y resurrección.


2. “Tengo que pasar por un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo!” 
El verbo “bautizar”, proveniente del griego, indica originalmente el acto por el cual una persona se sumerge o es sumergida en el agua, con un sentido de purificación y renovación vital. Los símbolos unidos del fuego y el agua son empleados por los textos bíblicos del género llamado “apocalíptico”, es decir, el que se refiere a la revelación definitiva de Dios a la humanidad, para describir el juicio con el que será vencido el reino del pecado para instaurar el Reino de Dios y construir así un mundo nuevo. El Evangelio de hoy corresponde a este simbolismo. Jesús, el justo por excelencia que no necesita ser purificado, sin embargo se somete al juicio de Dios tomando sobre sus hombros la carga del pecado de toda la humanidad para que sea purificada y renovada en el crisol y en el torrente de su sacrificio redentor en la cruz. A esto se refiere concretamente Él cuando les anuncia a sus discípulos que ha venido a ser bautizado, es decir, sumergido en el torrente de su pasión y muerte de cruz, para luego resucitar con una vida nueva, y así darnos a todos nosotros la garantía de que también nuestra existencia tiene un horizonte de eternidad. 


3. “¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” 
Los profetas auténticos del Antiguo Testamento, como por ejemplo Jeremías, de cuyo libro está tomada la primera lectura de este domingo (38, 4-6. 8-10), solían crear en torno a ellos mismos reacciones encontradas, divisiones y contradicciones. En este sentido, ellos fueron prefiguraciones de lo que iba a ser el Mesías prometido en el cumplimiento de su misión profética. En otro pasaje del mismo Evangelio según san Lucas se cuenta que, cuando el niño Jesús fue presentado en el Templo de Jerusalén, un anciano llamado Simeón le dijo a María, su madre: “Mira, éste ha sido puesto para la ruina y la resurrección de muchos en Israel, para ser signo de contradicción” (Lucas 2:34).Esto quiere decir que unos acogerán su mensaje y otros lo rechazarán, produciéndose así una división que, como lo dice el propio Jesús, se daría incluso en el seno de las familias. En efecto, ya desde los inicios de la Iglesia fundada por Jesucristo con la colaboración de sus apóstoles y primeros discípulos, su vida y sus enseñanzas suscitaron enfrentamientos en un ambiente de persecución al que se vieron sometidos los primeros cristianos, tanto por las autoridades  religiosas del judaísmo como por las autoridades políticas de imperio romano. Pero el tema de la división no sólo corresponde a estos hechos iniciales, sino también al  enfrentamiento, a menudo lleno de odio y de violencia, que a lo largo de la historia del cristianismo se ha dado entre las distintas interpretaciones y modalidades de expresión del mensaje de Cristo, tanto en el ámbito de las distintas iglesias, como también incluso dentro del propia Iglesia católica. Ante esta situación, la tarea que le corresponde a la Iglesia católica, como también a todas las otras iglesias, es procurar vivir el mandamiento del amor mediante la tolerancia, la aceptación constructiva de la diversidad y la pluralidad. Y en lugar de pelearnos entre los seres humanos que nos reconocemos hijos de un mismo Creador, orientar más bien nuestras energías en la pelea contra el pecado, de acuerdo con lo que nos dice la segunda lectura de este domingo, tomada de la Carta a los Hebreos 12, 1-4), es decir, contra nuestros propios egoísmos y contra cualquier forma de injusticia.-

domingo, 4 de agosto de 2013

Constelación Familiar y dinámicas integradoras de reconciliación



El P. Raúl Bradley s.j  los invita a participar de una Constelación Familiar, sumada a dinámicas integradoras de reconciliación consigo mismo y con los demás, a realizarse el sábado 10 de Agosto y, como siempre, con la coordinación de la Lic. Gladys Brites.
Es IMPRESCINDIBLE confirmar asistencia a través de este medio o al teléfono de Secretaría abajo consignado.
Asimismo invitamos a quienes asisten por primera vez a una Constelación, concurrir a las 15 hs. para una charla grupal previa con el P. Bradley.

También les pedimos hacer extensiva la presente invitación a toda persona interesada en el tema de referencia.

Fecha de realización : sábado 10 de Agosto de 2013
Horario : 16 hs a 19 hs. (se ruega puntualidad)
Lugar : Callao 542 – 2º piso
Colaboración sugerida :   $ 80 . Pedimos colaboración abonando con cambio
Secretaría : Sra. Myriam Ruiz Carmona : Martes, Miércoles, Jueves y Viernes de 18 a  20 hs.                    Tel : 4373.9799

EVANGELIO DEL DOMINGO 4 DE AGOSTO DEL 2013

Domingo XVIII del tiempo ordinario - Ciclo C - (4 de agosto de 2013) 
En aquel tiempo dijo uno del público a Jesús: “Maestro, dile a mi  hermano que reparte conmigo la herencia”. El le contestó: “Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?” Y dijo a la  gente: “Miren: guárdense de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Y les propuso una parábola: “Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: ‘Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida’. 
Pero Dios le dijo: ‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?’. Así será el que amasa riqueza para sí y no es rico ante Dios” (Evangelio según san Lucas 12, 13-21)

1. Guárdense de toda clase de codicia
Jesús no desaprovechaba las ocasiones que se le presentaban para invitar a sus interlocutores a orientar su vida en la onda del Reino de Dios. En esta ocasión, ante la solicitud que le hace “uno del público”pidiéndole que le ordene a su hermano repartir su herencia con él, lo invita no sólo a no tratar a Dios como un juez o un árbitro de quien esperamos fallos favorables a nuestros propios intereses materiales, sino también a descubrir lo que significa la verdadera riqueza. Y es precisamente éste el sentido de la parábola del granjero codicioso y avaro, con la cual, en definitiva, le dio Jesús una respuesta positiva a su interlocutor yendo mucho mas allá de lo que este le pedía.La enseñanza concreta del pasaje evangélico de este domingo nos muestra una interesante consonancia con el texto bíblico de libro del Eclesiastés (en hebreo “Cohelet” -el Predicador-), del cual está tomada la primera lectura (Ecl. 1,2; 2,21-23): Vanidad de vanidades, todo es vanidad... Se trata de una reflexión sobre la codicia, que en definitiva tiene como resultado la avaricia, uno de los llamados “siete pecados capitales”, consistente en el afán desmedido de acumular bienes materiales, que lleva a quien se deja llevar de él a la esclavitud de la ambición de poseer.

2. “Lo que has acumulado, ¿de quién será?”
Las cuentas que comenzó a hacer el hombre rico de la parábola son una muestra de lo que ocurre cuando una persona se deja llevar por la ambición de acumular riquezas materiales. Es significativo cómo en sus cálculos sólo entra él, nadie más. Por ninguna parte aparece en su mente la idea de compartir sus bienes o de hacer algo productivo por los demás, ni siquiera por sus seres queridos, pues parece que ni los tiene. Es un perfecto egoísta que solo piensa en sí mismo: “Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida”. Por eso la pregunta que le hace Dios al final, tiene la finalidad de bajarlo de esa nube: Lo que has acumulado, ¿de quién será? Es una pregunta que lo invita a volver a la realidad y reconocer lo transitorio de la vida y, a partir de este reconocimiento, cambiar su mentalidad.El Salmo 90 (89), escogido para la liturgia eucarística de este domingo, contiene una petición que va también en consonancia con la enseñanza del Evangelio: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. En otras palabras, se trata de una petición de sabiduría parar reconocer que la vida presente es transitoria, y que por tanto lo que verdaderamente importa es aprovecharla, no para acumular riquezas materiales que en definitiva son pasajeras y no podremos llevarnos al más allá, sino para enriquecernos con los bienes espirituales, que sí tienen un valor eterno.

3. “Así será el que amasa riqueza para sí y no es rico ante Dios”
En la segunda lectura de este domingo, tomada de la carta san Pablo a los Colosenses (3, 1-5.9-11), el apóstol les hace una invitación que es también para todos nosotros: “Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra (…) No sigan engañándose unos a otros. Despójense de la vieja condición humana, con sus obras, y revístanse de la nueva condición”. Entre las características de la “vieja condición”, que corresponde a “todo lo terreno” que hay en nosotros, san Pablo enumera precisamente “la codicia y la avaricia”. Pero hay un detalle muy significativo: cuando se refiere a la avaricia, dice que es una idolatría. En  efecto, quien se deja esclavizar por la ambición de poseer se convierte en adorador del falso dios dinero. ¡Qué lamentable es la vida de quienes se postran ante este ídolo, entregándole y sacrificándole todo, dejándose arrastrar hacia la corrupción, la traición a la familia y a los amigos, la explotación de las personas, hasta llegar incluso a la violencia y a los crímenes mas abominables, todo para satisfacer los caprichos de la ambición de poseer y acumular riquezas materiales! Qué despreciable es en definitiva la vida del codicioso, del avaro, del tacaño.
“Así será el que amasa riqueza para sí y no es rico ante Dios”, termina diciendo Jesús al concluir la parábola en el Evangelio de hoy. ¿Y qué es ser rico ante Dios”. Para responder a esta pregunta, conviene tener en cuenta los versículos que siguen en el mismo capítulo 12 del texto de Lucas, en los que Jesús nos invita a no andar afligidos por la búsqueda de lo material como si fuera el fin supremo de la vida, sino a buscar ante todo el Reino de Dios compartiendo la creación con los necesitados. Porque si buscamos primero que todo el Reino de Dios, que es reino de justicia, de amor y de paz, lo demás vendrá por añadidura (Lc 12, 2-34).-

martes, 30 de julio de 2013

LAS CONSECUENCIAS LÓGICAS Y NATURALES PRINCIPIOS BÁSICOS


LAS  CONSECUENCIAS LÓGICAS Y NATURALES
PRINCIPIOS BÁSICOS

 *los castigos y las recompensas restan a las personas la ocasión  de tomar sus propias decisiones y de ser responsables de sus comportamientos.

*Las consecuencias naturales y lógicas exigen que cada uno sea responsable de su propio comportamiento.

* las consecuencias naturales son aquellas que permiten aprender del orden natural del mundo físico. Por ejemplo: que no comer produce hambre; que fumar inevitablemente deteriora los órganos respiratorios.

*Las consecuencias lógicas son aquellas que permiten aprender a partir de la realidad que constituye el orden social. Por ejemplo: el niño que se levanta tarde, llegará al colegio con retraso. Perderá las clases y tendrá mayor trabajo para ponerse al día.

* para ser eficaces , las consecuencias deben ser percibidas por la persona, como una consecuencia lógica de su comportamiento, y no depende de la voluntad del otro.

* la utilización de las consecuencias lógicas y naturales tiene como objetivo motivar a las personas a tomar decisiones responsables, no manipular a otros. Las consecuencias son eficaces solamente si se evita tener fines ocultos como querer ganar o controlar.

* conviene ser amable y firme a la vez. Amable en el momento de presentar las opciones de alternativa. Firme en el momento de mantener la decisión y respetar el espacio de responsabilidad.

*dar mensajes claros. Evitar dar sermones. Hablar poco y actuar más.

* cuando se hacen por un niño o por un adulto las cosas que tendría que hacer él, se le priva del respeto por sí mismo, del desarrollo de su autonomía de la responsabilidad de sus actos.

*evitar luchas de poder. Negociar sobre la base del respeto mutuo. Expresar su punto de vista con claridad y ofrecer una alternativa.


* ser paciente. Puede pasar algún tiempo antes de que las consecuencias naturales y lógicas produzcan sus efectos.

Fiesta de San Ignacio de Loyola- 31 de julio del 2013

ACERCANDOSE LA FESTIVIDAD DEL SANTO, ES BUENO LEER QUIÉN ERA Y LOS FUNDAMENTOS DE SU OBRA TAN GRANDE Y PROFUNDA

San Ignacio y Sus Primeros Años

Joven Ignacio en su armadura. Iñigo de Loyola nació en 1491 en Azpeitia, en la provincia vasca de Guipúzcoa en el norte de España. Era el más pequeño de trece hijos. A los 16 años sus padres lo enviaron a servir como paje de Juan Velázquez, el administrador del reino de Castilla. Como miembro de la casa de Velázquez, Iñigo frecuentaba la corte y desarrolló el gusto por los placeres que ésta ofrecía, especialmente las mujeres. Era adicto al juego, le gustaban las batallas y tomaba parte en duelos de vez en cuando. De hecho, en una querella entre los Loyola y otra familia, Ignacio, su hermano, y otros parientes dieron una emboscada a algunos clérigos que eran miembros de la otra familia. Ignacio tuvo que escaparse de la ciudad. Cuando por fin lo llevaron ante la justicia, alegó inmunidad clerical utilizando la excusa de que había sido tonsurado de muchacho, y por lo tanto estaba exento de persecución civil. La defensa había sido engañada porque durante muchos años Ignacio había vestido como guerrero, con escudo y armadura, llevando espada y otras armas — ciertamente no el traje normal de un clérigo. El caso se prolongó por semanas, pero al parecer los Loyola eran poderosos. Probablemente gracias a la influencia de su poder, se abandonó el pleito contra Ignacio.
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domingo, 28 de julio de 2013

EVANGELIO EXPLICADO Domingo 28 de julio 2013



Domingo XVII del tiempo ordinario - Ciclo C - (28 de julio 2013)

Una vez, Jesús estaba orando en un lugar; cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, lo mismo que Juan enseñó a sus discípulos. Jesús les dijo: -Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos han hecho mal. No nos expongas a la tentación.” 
También les dijo Jesús: -Supongamos que uno de ustedes tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa, y no tengo nada que darle.” Sin duda el otro no le contestará desde adentro:“No me molestes; la puerta está cerrada, y mis hijos y yo ya estamos acostados; no puedo levantarme a darte nada.” Les digo que, aunque no se levante a darle algo por ser su amigo, lo hará por su impertinencia, y le dará todo lo que necesita. Así que yo les digo: Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama a la puerta, se le abre. ¿Acaso alguno de ustedes, que sea padre, sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado, o de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan! (Lucas 11, 1-13).

1. Cuando oren, digan: “Padre…”

Varias veces los evangelios nos presentan a Jesús en oración, siendo ésta una de las características que más resaltan de aquél Maestro bueno que se mantenía en constante unión con el Dios cuya cercanía predicaba y al que llamaba Padre. Esta invocación aparece en algunos pasajes con la palabra Abbá, que, en el idioma arameo empleado por Jesús significaba exactamente lo mismo que nosotros expresamos con el término Papá. Por eso, cuando los discípulos de Jesús le piden a su Maestro que les enseñe a orar como Juan el Bautista lo había hecho con los suyos, comienza diciéndoles cómo invocar a Dios Creador: como a un padre bondadoso y compasivo, reconociéndonos por tanto como sus hijos y, por ello mismo, como hermanos entre nosotros. Nadie antes se había dirigido así a Dios, y en eso consiste en gran parte la novedad del mensaje de Jesús. En las dos versiones del “Padre nuestro” que aparecen en los evangelios, la oración se hace en plural: tanto en la de Mateo -que es la más extensa, la empleada por la liturgia y la que nosotros rezamos- y la de Lucas -que corresponde al evangelio de este domingo-. Esta forma en plural quiere decir que, cuando Jesús enseña a sus discípulos a orar, los exhorta a superar el individualismo egoísta y tener en cuenta a toda la humanidad. Por eso el “Padre nuestro” es una oración solidaria, en la que si decimos “danos cada día nuestro pan…”, o si pedimos perdón o imploramos ayuda para no caer en la tentación, no lo estamos haciendo para uno o unos cuantos, sino para todos.

2. El Padre Nuestro es oración de alabanza, ofrecimiento y petición

El “Padre Nuestro” suele ser considerado como una oración de petición, y en verdad lo es. Sin
embargo, lo primero que encontramos en ella es la alabanza, en segundo lugar el ofrecimiento, y por último vienen las peticiones, una de las cuales es la del perdón pero que también implica la disposición a perdonar. Primero está la alabanza, porque al decir santificado sea tu nombre, expresamos nuestra gratitud y nuestro deseo de que el Creador, que se reveló en el monte Sinaí con el nombre de “Yahvé” (Yo soy), sea reconocido y glorificado en su ser como un Padre que nos ama a todos sus hijos e hijas. Luego está el ofrecimiento, porque cuando decimos venga tu reino -o ven a reinar en nosotros-, le estamos ofreciendo nuestra disposición a que su poder, que es el poder del Amor, dirija nuestra vida personal y social para que así podamos ser todos felices, que es lo que Él quiere. La versión del Evangelio según san Lucas, correspondiente a este domingo, omite la frase “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, que sí aparece en el de san Mateo. Pero, en definitiva, esta frase ya está implícita en la anterior (venga tu Reino), pues la realización del Reino de Dios es justamente el cumplimiento de lo que él quiere, que se haga presente cada vez más en nosotros el poder de su Amor. Y después de la alabanza y el ofrecimiento, vienen las peticiones propiamente dichas. Jesús nos invita a pedir que no nos falte el alimento: danos cada día el pan que necesitamos; no se trata solamente del pan material, sino también del espiritual que recibimos con la Palabra de Dios y la comunión en la Eucaristía. Jesús nos invita a pedir perdón, manifestando nosotros nuestra disposición a perdonar: Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos han hecho mal. Y finalmente, Jesús nos invita a pedirle al Creador que no nos exponga a la tentación, lo (aquí concluye la versión de Lucas, mientras que la de Mateo agrega “y líbranos del maligno”). Son tres peticiones que a su vez nos recuerdan las tres necesidades fundamentales de nuestra vida: el alimento diario, la reconciliación con nuestros prójimos como condición para estar en paz con Dios, y la fuerza protectora de su Espíritu para no dejarnos vencer por las tentaciones y el poder del mal.

3. Lo que ante todo debemos pedir en la oración

Un detalle muy importante en el Evangelio de hoy es la conclusión que saca Jesús de su parábola del amigo insistente, con la que concluye su enseñanza sobre la oración: “Pues si
ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!”. Con esta reflexión Jesús no sólo nos invita a pedir con constancia, sino además a pedir lo que de verdad y ante todo necesitamos. Muchas veces podemos experimentar la tentación de desanimarnos y desistir de la oración porque sentimos que Dios no atiende a nuestras peticiones. Pero lo que puede estar ocurriendo en estos casos es que el Señor no nos concede lo que no nos conviene para nuestra verdadera felicidad, que en definitiva es la felicidad eterna. Por eso lo primero que debemos pedirle es justamente la disposición que necesitamos para recibir lo que sólo Él sabe que es más conveniente para nuestra vida. Esta disposición sólo podemos tenerla si actúa en nosotros el Espíritu Santo, y éste es precisamente el sentido de la frase venga tu Reino: dejar que actúe en nosotros el poder de Dios, que es el poder del Amor.

martes, 23 de julio de 2013

EL ESPACIO CONTAMINADO SALVADOR-VICTIMA-PERSEGUIDOR


EL ESPACIO CONTAMINADO
SALVADOR-VICTIMA-PERSEGUIDOR

Para desarrollar nuestra competencia y utilizar las consecuencias lógicas con fines educativos, , es conveniente conocer ciertas posturas  psicológicas o tendencias de la conducta humana. Al relacionarse entre sí, las personas suelen tomar posiciones y representar roles. Se adoptan posturas, generalmente inconscientes, de salvado, de Víctima, o de Perseguidor.
Cuando estas tendencias se exageran  y se utilizan como máscaras, la persona se vuelve manipuladora. Busca atraer la atención y lograr sus objetivos. Estas exageraciones se llaman juegos e impiden vivir relaciones profundas y gratificantes. Se juega en lugar de vivir. Podemos identificar nuestra tendencia y moderarla, buscando el equilibrio a partir del triángulo de Karpan 

SALVADOR: es alguien que con el pretexto de ayudar, sobreproteje y mantiene a los demás dependientes de él. Invita a que le tengan lástima.

VÍCTIMA: es alguien que se relaciona con los demás a partir de su impotencia, de su debilidad. Crea culpabilidad. Invita a que lo abandonen.
PERSEGUIDOR: es alguien que fija límites, corrige y pone reglas innecesariamente estrictas. Desacredita y disminuye. Invita a la venganza.

Al crear relacionamientos falsos, comunicación superficial y dependencias inaceptables, estas tendencias contaminan el espacio y hacen que el otro detenga su crecimiento.

Muchas veces, cuando decidimos aplicar las consecuencias lógicas, descubrimos que la situación  se creó porque hemos invadido el espacio del otro jugando uno de estos roles.

domingo, 21 de julio de 2013

Domingo 21 de julio 2013:Dos formas distintas de atención al Señor



Domingo XVI del tiempo ordinario - Ciclo C - (21 de julio 2013)
Cuando iban de camino hacia Jerusalén, llegó el Señor a un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María. María se sentó a los pies del Señor a escuchar su enseñanza. Marta, en cambio, andaba ocupada en el trajín del servicio, hasta que se acercó a Jesús y le dijo: “Señor, fíjate que mi hermana me dejó sirviendo sola. Dile que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, tú te afanas y preocupas por demasiadas cosas, cuando una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”. (Lucas 10, 38-42).

1. Dos formas distintas de atención al Señor
Por los datos que encontramos en los otros tres evangelios, pero especialmente en el de Juan, el pueblo cercano a Jerusalén al que se refiere Lucas se llama Betania, donde vivían Lázaro, Marta y María, tres hermanos de una familia que tenía una especial amistad con Jesús. El Evangelio de Lucas dice que Marta lo recibió en su casa, lo cual parece indicar, por una parte, que ella era quien manejaba los asuntos domésticos, y, por otra, que el huésped principal era Jesús, aunque seguramente no el único, pues el evangelista menciona además a los doce apóstoles. De Lázaro no se nos dice nada en esta ocasión. Cada una de las dos hermanas atiende a los invitados de distinto modo. Marta preparándoles algo de comer y beber, y María dedicada únicamente a escuchar a Jesús. Son dos formas de ejercer la hospitalidad, pues así como hay que ofrecerles algo a los visitantes, también es preciso estar con ellos y escucharlos. Sin embargo, según el Evangelio, una de estas formas de atención es la “única necesaria”. ¿Qué nos quiere decir con esto la Palabra de Dios? Se suele interpretar este pasaje del Evangelio en el sentido de una contraposición entre la vida contemplativa -representada en María- y la vida activa -representada en Marta-, para concluir que la primera es más valiosa que la segunda. Sin embargo, en lugar de oponerlas, podemos más bien considerarlas como complementarias. En la Iglesia existen distintas formas de servir al Señor, unas caracterizadas por la dedicación intensiva a la oración (que son las propias por ejemplo de las comunidades llamadas “contemplativas”), otras dedicadas al trabajo externo en distintos frentes de la acción pastoral, educativa o social, sea en diferentes comunidades religiosas o en variadas modalidades del apostolado laical, incluso en el ejercicio de una profesión o un oficio a través del cual se presta un servicio constructivo a los demás. Todas estas formas de servir a Dios son valiosas, pero, eso sí, en todas es necesario escuchar con atención la Palabra del Señor como condición indispensable de un servicio cualificado.

2. No desperdiciar la presencia del Señor
La primera lectura bíblica de este domingo, tomada del Génesis (18, 1-10a), nos cuenta cómo Abraham recibió a tres visitantes y se puso a atenderlos con la colaboración de su esposa Sara. Dios mismo les manifestó a Abraham y a Sara su presencia a través de aquellos visitantes, para anunciarles que tendrían un hijo. Abraham hubiera podido dejar pasar de largo a los tres caminantes, pero no desperdició la presencia de Dios, como tampoco la desperdiciaron Marta y María en Betania al recibir y atender a Jesús. Él está en el sagrario, pues en la Eucaristía ha querido dejarnos su presencia real. Pero también se nos hace presente de muchas otras formas, por ejemplo en nuestros prójimos, especialmente en los más necesitados de atención. ¿Qué hacer para no desperdiciar su presencia? Como les sucedió en Mambré a Abraham y Sara, y en Betania a Marta y María, el Señor se hace presente en la vida cotidiana de cada uno y cada una de nosotros de muchas formas. Por ello es necesaria una disposición constante a no dejarlo pasar de largo, a aprovechar al máximo su cercanía y su presencia.

3. “Sólo una cosa es necesaria…”
Muchas veces el ajetreo de las preocupaciones materiales nos impide atender a nuestras necesidades espirituales y prestar la atención debida a lo que nos quiere decir el Señor. De tal manera podemos dejarnos envolver por el activismo, que no encontremos tiempo para escuchar la Palabra de Dios. El atafago cotidiano, sobre todo cuando nos dejamos llevar de la adicción al trabajo sin descanso, nos puede llevar a situaciones en las cuales no tenemos espacios de silencio interior para disfrutar de una buena lectura -y ante todo de la lectura de la Palabra de Dios-, para meditar sobre el sentido de lo que hacemos, o para prestar atención a lo que el Señor quiere decirnos a través de quienes conviven con nosotros bajo el mismo techo o laboran en nuestros mismos lugares de trabajo, o para detenernos a contemplar las maravillas de su creación, o para reflexionar sobre los acontecimientos mismos de nuestra vida cotidiana en los cuales puede estar presente un llamado especial de Dios. Pensemos por ejemplo en la familia: esposos y esposas enfrascados en sus ocupaciones, que no buscan espacios para escucharse mutuamente; padres y madres que trabajan para darles bienestar material a sus hijos, pero no ponen atención a sus necesidades afectivas e incluso se pierden de lo que podrían aprender de ellos y de las oportunidades que tendrían de ayudarles si dedicaran por lo menos algo de su tiempo a escucharlos. O pensemos también en empresas u organizaciones en las que lo único importante es trabajar, trabajar y trabajar para producir, producir y producir, sin que haya espacios para la atención a las necesidades emocionales y espirituales de las personas, para propiciar el diálogo y la recreación (así, separado, para expresar que se trata de una renovación del espíritu, de una nueva creación). Por eso, a la luz de la Palabra de Dios, revisemos cómo estamos procediendo y dispongámonos a poner en práctica los correctivos requeridos para actuar en función de la verdadera prioridad, que en definitiva es lo “único necesario”: abrir espacios en nuestra vida para escuchar a Dios en el silencio interior de la oración personal y en lo que pueden o necesitan decirnos las personas con quienes convivimos y trabajamos. Todo lo demás vendrá por añadidura.- 

sábado, 13 de julio de 2013

EVANGELIO DEL DOMINGO 14 DE JULIO DEL 2013




En cierta ocasión, un maestro de la ley fue a hablar con Jesús, y para ponerlo a prueba le preguntó: -Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?Jesús le contestó: -¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué es lo que lees? El maestro de la Ley contestó: -'Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente';y 'ama a tu prójimo como a ti mismo.' Jesús le dijo: -Has contestado bien. Si haces eso, tendrás la vida.Pero el maestro de la Ley, queriendo justificar su pregunta, dijo a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo?Jesús entonces le contestó:  -Un hombre iba por el camino de Jerusalén a Jericó, y unos bandidos lo asaltaron y le quitaron hasta la ropa; lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote pasaba por el mismo camino; pero al verlo, dio un rodeo y siguió adelante. También un levita llegó a aquel lugar, y cuando lo vio, dio un rodeo y siguió adelante. Pero un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, al verlo, sintió compasión. Se acercó a él, le curó las heridas con aceite y vino, y le puso vendas. Luego lo subió en su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, el samaritano sacó el equivalente al salario de dos días, se lo dio al dueño del alojamiento y le dijo: 'Cuide a este hombre, y si gasta usted algo más, yo se lo pagaré cuando vuelva.' Pues bien, ¿cuál de esos tres te parece que se hizo prójimo del hombre asaltado por los bandidos? El maestro de la Ley contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Pues ve y haz tú lo mismo.(Lucas 10, 25-37).


1. “Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”
Cuando Jesús contesta a esta pregunta del maestro de la Ley con otra que lo remite a la Sagrada Escritura (cuyos cinco primeros libros componen lo que en hebreo se llama la “Torá”,es decir, la Ley), lo invita a que este mismo, que se precia de conocerla al pie de la letra, se confronte ante lo que en ella se dice. La primera lectura de este domingo, tomada de uno de los 5 libros de la Torá, el Deuteronomio (30, 10-14), nos invita a escuchar la voz de Dios y guardar sus mandamientos, que son conocidos y están al alcance de todos.  Y en el Evangelio, el maestro de la Leyal responderle a Jesús cita en primer lugar otro pasaje del mismo Deuteronomio (escrito hacia el siglo VII a. C. y que en griego significa “la segunda formulación de la ley”): Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor: Ama al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todas tus fuerzas y todo tu espíritu (6, 4- 5). Este es el primero de los diez mandamientos, descritos anteriormente en el Éxodo (20, 1- 17) -otro libro de la Torá cuyo nombre significa “salida” y que narra la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto-, y nuevamente formulados en el Deuteronomio (5, 1-21).  Pero para explicitar con mayor claridad la esencia de la Ley de Dios, es preciso citar además -y es lo que hace el mismo maestro de la Ley- otro precepto que se encuentra también en la Torá, en el libro llamado Levítico, correspondiente a la tradición sacerdotal judía según la cual los levitas o descendientes de la tribu de Leví -uno de los 12 hijos de Jacob- se ocupaban desde el siglo V a. C. de la administración del culto en el Templo de Jerusalén. En este libro, después de una nueva evocación de los diez mandamientos y de otros preceptos referentes a las relaciones humanas (19, 3-18a), se concluye diciendo: Ama a tu prójimo como a ti mismo (19,18b).


2.“¿Y quién es mi prójimo?”
Toda la Ley de Dios se resume en una sola palabra: hesed en hebreo, ágape en griego. Estos términos bíblicos equivalen en castellano a nuestro término amor (o caridad) en su sentido más completo: el amor benevolente, que supera la autosatisfacción del “ego” para querer por encima de todo el bien del otro. Su grado máximo es la compasión, es decir, la disposición efectiva a compartir el sentimiento y aliviar la situación de quien padece cualquier tipo de dolor o necesidad. Por eso la “parábola del buen samaritano” puede llamarse también parábola de la compasión y parábola del prójimo. Los judíos solían considerar prójimos -próximos o cercanos- a los de su misma raza, cultura, nación o religión. Jesús, en cambio, muestra como prójimo nada menos que a un extranjero, perteneciente a un pueblo de distinta procedencia étnica y de distinto credo, y además enemigo de los judíos. Esta forma de pensar de Jesús era inconcebible para sus contemporáneos y sigue siéndolo hoy para quienes no son capaces de reconocer la dignidad de cualquier ser humano. Por eso la parábola del buen samaritano constituye una enseñanza no sólo en el sentido de la compasión como grado máximo del amor, sino aún más: nos enseña también que el prójimo es cualquier persona, sin importar las diferencias, y especialmente toda persona necesitada; y además que Jesús mismo, representado en el samaritano, es nuestro “prójimo”, el Dios próximo, el Dios cercano, el Dios-con-nosotros, el Dios compasivo y misericordioso que se hizo hombre para salvarnos, hasta dar su vida por toda la humanidad con su sangre derramada en la cruz -como escribe san Pablo en su carta a los Colosenses, de la cual está tomada la segunda lectura-, y por eso podemos dirigirnos a él con las palabras del Salmo 69 (68), que se encuentra entre las lecturas de este domingo: Señor, con la bondad de tu gracia, por tu gran compasión vuélvete hacia mí … Yo soy un pobre malherido, Dios mío, tu salvación me levante.

3- Jesús le dijo: -Pues ve y haz tú lo mismo.
Es muy común la expresión “yo no le hago mal a nadie”, por parte de quienes dicen que no tienen nada de qué arrepentirse. No obrar el mal ya es algo en un mundo o un país plagado de violencia. Pero no es suficiente. Además del pecado de acción, existe el de omisión, que es el más frecuente y nos hace cómplices de la injusticia social, la primera de todas las violencias, cuando pasamos de largo y nos desentendemos del pobre, del necesitado, del oprimido, del marginado, del excluido, del que sufre. Tal es en la parábola de Jesús la actitud del sacerdote y del levita (o funcionario del culto), que consideraban más importante llegar temprano al templo que atender a aquél pobre hombre que yacía en el camino malherido y medio muerto.  Al rezar el Yo confieso, reconocemos ante Dios y la comunidad que hemos pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Y una de las modalidades más frecuentes del pecado de omisión es dejar de hacer el bien a las personas necesitadas. Que nuestra reflexión sobre la parábola del buen samaritano, de la compasión o del prójimo, nos confronte y nos impulse a no pasar de largo ante tantos hombres y mujeres que sufren los efectos de la injusticia social y de todas las demás formas de la violencia.