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domingo, 31 de agosto de 2014

Discernir la voluntad de Dios



EVANGELIO DEL DOMINGO 31 DE  AGOSTO DEL 2014
En aquel tiempo empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, que iba a ser ejecutado y que resucitaría al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: « ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y le dijo a Pedro: 
«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.» (Mateo 16, 21-27). 
El Evangelio de hoy se sitúa inmediatamente después del relato en el que Simón Pedro reconoce a Jesús como el Mesías. Tratemos de desentrañar el sentido de lo que nos dice Jesús, teniendo en cuenta también las otras lecturas de la liturgia eucarística de este domingo [Jeremías 20, 7-9; Salmo 63 (62); Carta de Pablo a los Romanos 12, 1-2]. 

1.- Empezó a explicarles que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho (…), que iba a ser 
ejecutado y que resucitaría al tercer día En el relato evangélico del domingo pasado, inmediatamente después de la confesión de Pedro, quien inspirado por Dios ha reconocido a su Maestro como el Mesías -el Cristo- Hijo de Dios, Jesús mismo les ordena a sus discípulos que no le digan esto a nadie por el momento, para contrarrestar los malentendidos de un falso mesianismo. En el texto de este domingo, Jesús les anuncia su pasión con el fin de despejar estos malentendidos y mostrarles lo que implica precisamente ser el Ungido por Dios su Padre para realizar la salvación de la humanidad.Y al mismo discípulo a quien poco antes había llamado Pedro (Piedra) para indicar la misión que le encomendaría de ser fundamento de su Iglesia, ahora lo llama Satanás (nombre tomado del hebreo que significa Adversario, Opositor, Enemigo, y es traducido al griego como Diábolos –en español “Diablo”-), mostrando así que su intención de disuadirlo de la pasión era inspirada ya no por Dios, sino por el  espíritu del mal.Jesús no sólo anuncia que va a padecer y ser ejecutado por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas (las autoridades religiosas que lo entregarían al gobernante romano para que ordenara su muerte de cruz), sino también que resucitará al tercer día. De esta forma se refiere a su misterio pascual, que comprende tres momentos: (1) su pasión que culminará en la crucifixión y muerte, (2) la sepultura de su cuerpo en el lugar de los muertos, y (3) su resurrección, que es el paso a la vida nueva de su humanidad glorificada.

2.- “Si alguno quiere ser mi discípulo, olvídese de sí, cargue con su cruz y sígame” 
La primera exigencia de ser discípulo de Jesús es renunciar a toda forma de egoísmo y a todo apego o 
afecto desordenado, para orientar la vida en función del Reino de Dios, al servicio de los más 
necesitados, contribuyendo así a la construcción de la civilización del amor. Esta exigencia conlleva la segunda: cargar con la propia cruz, o sea asumir todo lo que implica esa orientación de servicio en términos de una disposición a dar la vida misma. Y la tercera exigencia es seguirlo a Él: adherirse a su Persona e identificarse con sus enseñanzas hasta las últimas consecuencias.La cruz, que hoy es para nosotros la señal de nuestra identidad como seguidores de Jesús, era hace veinte siglos el patíbulo en el cual el imperio romano hacía morir a quienes se sublevaban contra el poder del emperador. Jesús iba a ser condenado a este patíbulo como consecuencia de haberse puesto al servicio de los oprimidos, los necesitados, los marginados y excluidos, siendo así una persona incómoda para quienes explotaban a los demás en función de sus intereses egoístas.
El profeta Jeremías se nos presenta en la primera lectura como una prefiguración de Jesucristo. Unos seis siglos antes, aquel profeta había tenido que padecer la incomprensión y la persecución por cumplir su misión de proclamar la palabra de Dios, que, como él mismo dice, lo había “seducido”. También nosotros, si queremos ser fieles a esta misma palabra, a la Palabra de Dios hecha carne que es nuestro Señor Jesucristo, tenemos que disponernos a todas las consecuencias que implica la decisión de ser sus discípulos y seguidores. 

3.- “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”
La vida eterna es el ideal supremo que debe orientar todas nuestras decisiones. Jesús nos propone revisar nuestras actitudes, de modo que no perdamos el sentido último de nuestra existencia. Otras traducciones de texto bíblico dicen “si pierde su alma”, o “si se pierde a sí mismo”. Se trata, en definitiva, de aquello que constituye nuestro ser sustancial, en comparación con lo cual todo lo demás es accesorio y secundario. ¡Cuántas personas, dejándose llevar por el afán de las riquezas, del prestigio y de la ambición de dominio sobre los demás, pierden el sentido de su vida, reduciéndola a lo caduco de este mundo, y cerrándose así a la posibilidad de ser eternamente felices!En el texto bíblico correspondiente a la segunda lectura, el apóstol san Pablo les escribe a los primeros cristianos de la comunidad de Roma: “… no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Y el autor del salmo responsorial le dice a Dios: “Tu amor vale más que la vida”(más que la vida material y pasajera de este mundo). Al final del Evangelio Jesús anuncia su venida 
gloriosa: “el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Dispongámonos a estar siempre preparados para este encuentro definitivo con Cristo Resucitado después de nuestra existencia terrena, y pidámosle su gracia para ser sus verdaderos seguidores cumpliendo como Él la voluntad de Dios Padre, de modo que podamos lograr, desde ahora mismo, la felicidad eterna.-

domingo, 24 de agosto de 2014

¿Quién es Jesús para mí?





XXI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A – Agosto 24 de 2014


Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus  discípulos: « ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos  contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado  en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él  era el Mesías (Mateo 16, 13-20).

1.- “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Esta pregunta de Jesús también se dirige a cada uno de nosotros. Hoy se dicen muchas cosas acerca de  Jesús de Nazaret: que fue uno de los más grandes personajes de la historia, una “superestrella”, un líder revolucionario, afirman unos; otros replican que fue un simple hombre magnificado por sus discípulos; y no faltan quienes arguyen que nunca existió y que su figura es una invención de quienes iniciaron el cristianismo. De todos modos, la cuestión sobre Jesucristo sigue vigente después de veinte siglos y nos interpela a nosotros, como sucedió con sus primeros discípulos.
¿Quién es Jesús para mí? Cuando recitamos el Credo de los Apóstoles, decimos después del  reconocimiento de Dios Padre como Creador del universo: “Creo en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor…”. ¿Qué significa esta frase para cada uno y cada una de nosotros? San Ignacio de Loyola, en el  texto de sus Ejercicios Espirituales, nos propone hacer una petición al contemplar la vida de Jesús: pedir conocimiento interno del Señor, para más y amarlo y seguirlo. Este conocimiento interno consiste en una vivencia profunda de la persona de Jesús, más allá de cualquier definición conceptual. Se trata de asimilar lo que Él significa para mí, de modo que esta asimilación vaya asemejándome cada día más a Él. 

2.- “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”
La profesión de fe de Simón Pedro, no proveniente de la sola razón sino de la revelación de Dios, constituyó la base del artículo central del Credo cristiano: reconocer en Jesús a Dios hecho hombre, Ungido (que es lo que significa en hebreo “Mesías” y en griego “Cristo”) para realizar la misión de liberar al ser humano de todo cuanto le impide ser verdaderamente feliz y hacer presente en la humanidad el Reino de Dios, un reino universal de justicia, de amor y de paz. Un detalle de especial significación es el adjetivo que sigue al título Hijo de Dios. Es el Dios vivo, a diferencia de los ídolos o falsos dioses, que son inertes. Tal afirmación alcanzaría su plena realización cuando Jesús, después de su muerte en la cruz y su resurrección, fuera reconocido por sus discípulos como el Cristo -el Mesías-, presente en su Iglesia con una vida nueva por la acción del Espíritu Santo. Y esta es precisamente la razón del mandato que les da Jesús a sus discípulos al final del pasaje del Evangelio de hoy: que no le dijeran a nadie que él era el Mesías. Es decir, hasta que pudiera ser entendido y realizado este reconocimiento, por la misma acción del Espíritu, no en el sentido de los mesianismos políticos sino en el de lo que verdaderamente quiso significar Jesús con su proclamación del Reino de Dios. 


3.- “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia
La palabra “Iglesia” -en griego “Ekklesía”-, que aparece 115 veces en el Nuevo Testamento y proviene del verbo “ek-kalein”, que quiere decir convocar, designa a la asamblea de los convocados o llamados a formar la comunidad de los creyentes en Jesucristo. La primera vez que aparece este término en los Evangelios es justamente la que corresponde al texto de Mateo que hoy nos ocupa, y se nos presenta en boca de Jesús: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Precisamente la ciudad llamada Cesarea de Filipo, en donde su ubica la escena de este relato, estaba construida sobre una roca. Jesucristo es reconocido en la reflexión bíblica como la “piedra angular”, imagen tomada inicialmente del Salmo 118 (versículo 22), citado más adelante por Jesús en el mismo Evangelio según san Mateo (21, 42) y también por uno de los discursos de Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles (4, 11). De modo que, si Jesús llama a Simón con el nombre de Pedro (en arameo Cefas, en griego Petros = piedra o roca), lo que le está diciendo es que su misión es la de ser su máximo representante como primer fundamento de la Iglesia. Desde entonces, tanto en los Evangelios como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro es presentado con respecto a éstos como el “primero entre pares”, y tal es precisamente la razón de la estructura jerárquica de la Iglesia católica, en la que el Papa es el sucesor de Pedro.Renovemos hoy nuestra profesión de fe en Jesucristo, el Hijo de Dios que vive y actúa con la energía constructiva de su Espíritu Santo para congregarnos en la comunidad de fe a la que pertenecemos por nuestro bautismo y que Él mismo llamó su Iglesia, y renovemos desde esta misma fe nuestra adhesión al representante o vicario de Cristo en la tierra, actualmente el Papa Francisco, pidiéndole al Señor, como el mismo Papa Francisco nos lo solicitó a todos el día de su proclamación como el nuevo Vicario de Cristo en la tierra, que lo siga iluminando y ayudando con la sabiduría necesaria para continuar la tarea que le encomendó a Pedro, y desde éste a todos los que serían sus sucesores.-

lunes, 18 de agosto de 2014

PARA DIOS NO HAY EXTRANJEROS







Mt 15, 21-28

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.
Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio?. Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos?. Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel?. Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!?. Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros?. Ella respondió: "¡Y, sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!?. Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!?. Y en ese momento su hija quedó sana.

UN ENCUENTRO CON UNA EXTRANJERA

El relato del evangelio comienza indicando el lugar donde se encontraba Jesús cuando sucedió este hecho, y para eso nos dice que 'se retiró', es decir “se alejó” del lugar donde Él estaba habitualmente. Jesús ha ido hacia la región de Tiro y Sidón, que queda fuera del territorio de Galilea y actualmente pertenece al Líbano. El texto griego no permite ver claramente si Jesús llegó al país extranjero, o si solamente se dirigía hacia allá. Durante toda su vida pública, el Señor viaja y actúa dentro del territorio perteneciente a los judíos. No es normal que tenga actividad fuera de estos límites. Por eso se puede suponer que la escena tiene lugar en los límites entre Israel y Fenicia. Posiblemente se ha sentido amenazado por las autoridades de Galilea, y ha tomado el camino más prudente de retirarse de las regiones más pobladas para permanecer oculto. El evangelista también nos aclara que la mujer que viene a rogarle es de origen extranjero. San Mateo dice que es 'una mujer cananea'. Este es un nombre arcaico, porque en la época del Nuevo Testamento ya no había más cananeos. Los cananeos habían sido los antiguos habitantes paganos del territorio en la poca en que los israelitas llegaron a la tierra prometida. El autor del evangelio recurre a este nombre antiguo para que el lector comprenda sin lugar a dudas que es una mujer pagana. 



LOS EXTRANJEROS Y LOS JUDÍOS

 Es indudable que cuando leemos este trozo del evangelio nos sentimos todos sorprendidos al ver la actitud que asume Jesús ante esta pobre mujer pagana que viene a solicitarle un favor. En un primer momento Jesús no se digna contestarle, y cuando lo hace es para decirle palabras que a nuestros oídos suenan como un insulto.

Para comenzar a comprender, es necesario que nos preguntemos por la forma en que los judíos de aquel tiempo miraban a los extranjeros. Ante todo hay que recordar que en la forma en que Dios ha ido desarrollando el plan de salvación, el pueblo de Israel ha ocupado un primer lugar. Dios eligió a este pueblo para realizar en él la salvación, y a partir de él extenderla a todas las naciones. Por ese motivo, Israel fue el primer pueblo que experimentó las pruebas del amor de Dios. Se sabia perdonado y purificado una y mil veces por este Dios que no dejaba de protegerlo y conducirlo. Pero como pasa con los chicos, que cuando se sienten mimados por sus padres, pretenden tener la exclusividad y se sienten superiores a sus propios hermanos, así fue sucediendo en algunos momentos con ciertos grupos dentro del pueblo de Israel. A esto contribuyó en gran manera el hecho de que los pueblos extranjeros maltrataron a los judíos aprovechándose de su superioridad numérica y militar. El rencor por las ofensas unido a la conciencia de la propia elección provocaron muchas veces una actitud de desprecio y la convicción de que ellos eran los únicos elegidos y los únicos merecedores del amor de Dios.

Todos los judíos no pensaban así. Los profetas habían anunciado que también los extranjeros vendrían a formar el pueblo de Dios, como lo hemos escuchado en la primera lectura que se ha proclamado en la Misa de este día. Pero esos textos no figuraban entre los que se leían con predilección en tiempos de Jesús. Siempre ha sucedido que nuestros egoísmos nos llevan a hacer una selección en los textos bíblicos, para que leamos unos y olvidemos otros. Los judíos de la época de Jesús evitaban el trato con los extranjeros, a los que consideraban como impuros. No se debía tratar con ellos ni podían ser admitidos a comer en la misma mesa en la que comían los judíos. Todos recordamos la escena del evangelio de san Juan, en la que los que llevan a Jesús para que sea juzgado por Pilato no entran en la casa de este para no contaminarse, porque de haberlo hecho no podrían participar de la cena pascual.

JESÚS Y UNA EXTRANJERA
Jesús se ha dirigido hacia una región poblada por paganos, y una mujer ha salido de ese territorio para ir al encuentro del Señor. Es una mujer, que sabe quien es Jesús y viene a pedirle una gracia. Se acerca gritando porque está en una situación desesperante. Quiere que Jesús intervenga liberando a su hija que sufre algún mal misterioso, que ella atribuye al demonio. El autor del evangelio omite decir si la mujer venía acompañada por su hija, o si ella se encontraba enferma en otro lugar. Jesús no responde a los pedidos de la mujer pagana. Los discípulos intervienen pero en una actitud muy mezquina. Si piden al Señor que la atienda no es porque se apiaden, sino simplemente para que ella se vaya. La palabra griega que se utiliza en este caso implica la idea de 'despedir', y así se traduce en algunas Biblias. La razón que ellos exponen para hacer este pedido a Jesús es que ella molesta con sus gritos. Ante el pedido de los discípulos, Jesús explica la razón de su silencio: Él ha sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Los paganos no tienen parte en esta parte del plan de salvación de Dios.
A esta altura del relato el lector se sentirá fuertemente impactado por este contraste inexplicable: por un lado una madre que grita pidiendo piedad porque su hija está gravemente enferma, y por otro lado el silencio de Jesús y la mezquindad de los discípulos. Más aun cuando el mismo Jesús confirma que Dios no lo ha enviado a predicar a los paganos.
LOS HIJOS Y LOS CACHORROS
Cuando la mujer se dirige finalmente a Jesús en una actitud de súplica, postrándose a sus pies, oye que el Señor le dirige la palabra. Por medio de una breve parábola le expone la razón por la que su ruego no es escuchado: no está bien que el pan de los hijos sea arrojado a los cachorros. Para nosotros esta frase puede resultar muy ofensiva, pero para los antiguos orientales no lo era tanto. En primer lugar, porque es un proverbio, un refrán, una parábola. Lo único que indica es que dentro de una casa hay cierta categoría de valores que se debe respetar. Además, no se usa la ofensiva palabra "perro" sino "cachorro", que es más cariñosa y que recuerda más al animal pequeño que está en compañía de los niños, pero que a la hora de la comida debe ocupar su lugar debajo de la mesa y no sentado en ella. En el fondo de la cuestión, la respuesta de Jesús es que hay que esperar a que se sacien los hijos, después será la hora de comer para los cachorros. En el plan de Dios primero hay que ofrecer la salvación a los judíos. Llegará el momento en que esa misma salvación será ofrecida a los paganos. Jesús fue enviado para predicar a las ovejas perdidas de Israel; después de la resurrección del Señor los apóstoles serán enviados a predicar a todas las naciones. Pero la fe de una mujer adelantó esa hora.
LA FUERZA DE LA FE
La mujer pagana, como las mujeres sabias de las páginas de la Biblia, no se da por vencida y replica con otro refrán: mientras comen los hijos, también los cachorros están comiendo porque comen de lo que cae de la mesa. Los cachorros pueden comer sin guitar el pan a los hijos. La humildad de la mujer y su gran confianza, que le permite no darse por vencida, provoca una reacción favorable por parte e Jesús. El Señor alaba en primer lugar la fe de la mujer pagana. Y en segundo lugar le concede lo que ha pedido. El autor del evangelio consigna a continuación que la hija quedó curada desde ese mismo memento del mal que la aquejaba. El evangelista san Mateo, que desarrolla el tema del Reino de los cielos que se hace presente con la actuación de Jesús, coloca esta narración en el bloque que dedica a la formación de los discípulos.

En la época en que predicaba Jesús muchos creían que el Reino de los cielos había sido prometido solamente a Israel. Algunos cristianos de los primeros tiempos participaban de esta misma manera de pensar. El autor del evangelio ha relatado este milagro de Jesús para poner en contraste esa postura con la que se manifiesta a partir de la predicación de Jesús. El relato de la mujer de Tiro y Sidón descubre a los lectores esta gran novedad: la barrera que separaba a los judíos de los paganos, y que impedía a estos últimos participar de los bienes de la salvación, ha quedado destruida por Jesucristo. La fe es la fuerza que introduce a los paganos en el pueblo de Dios, los hace herederos del Reino y les permite gozar de los mismos signos de amor que Dios prodiga incesantemente a su pueblo. 

Mediante la parábola del pan de los hijos y los cachorros, ha quedado claro que Israel sigue siendo el pueblo de Dios al que se le ha otorgado todo lo que antiguamente ha sido prometido. Pero los paganos no han quedado postergados. Mediante la fe en Jesucristo todos pueden integrarse en el pueblo de Dios para tener acceso a esos bienes.


NUESTRAS BARRERAS 
 
Es frecuente que los que viven religiosamente sientan la tentación de mirar con cierto menosprecio a los que no son piadosos. Mucho más si se trata de notorios pecadores. Muchos piensan que delante de Dios también hay castas. Pero Jesús nos enseña que delante de Dios existe una sola clase de hombres: los pecadores perdonados. Para eso vino Jesucristo: para alcanzarnos el perdón que ninguno de nosotros puede conseguir por sus propias fuerzas. Por eso nadie tiene derecho a mirar con desdén a su prójimo, ya que todos somos amados, porque Dios ama en nosotros aquello que Él pone en nosotros. Delante de Cristo tienen que caer todas las barreras que nosotros hemos levantado: las de castas religiosas, las de nacionalismos, partidismos, clases sociales. Para el Señor nada de eso tiene valor; solamente mira la fe, y en donde la encuentra derrama su gracia haciéndonos sentir los efectos de su inmenso amor. En las manes del Señor seamos instrumentos de reconciliación: ayudemos a destruir los muros que vino a derribar Jesús. 

Evangelio Domingo 17 de agosto 2014

domingo, 10 de agosto de 2014

CAMINAR SOBRE EL AGUA



EVANGELIO DEL DOMINGO 10 DE AGOSTO DEL 2014
Mt 14, 22-33

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman". Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua". "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios".


Caminar sobre el agua
Esta escena del evangelio contiene dos partes. En la primera de ellas está el relato de la nave agitada por las olas y la caminata de Jesús sobre el mar; en la segunda se relata la caminata de Pedro sobre las aguas. La primera parte se encuentra también en otros evangelios, pero la segunda, la referente a Pedro, es exclusiva de san Mateo.
El evangelista ha colocado en esta sección de su obra varios textos referentes a Pedro, que rodean las palabras con las que Jesús declara a Pedro piedra fundamental de la Iglesia y le confiere el primado. Esta narración de Pedro caminando sobre el agua es uno de ellos. El relato de la caminata sobre el agua está unido a la escena de la multiplicación de los panes. Jesús ha alimentado a los cinco mil hombres, y después que se han recogido los doce canastos con las sobras, ordena a los Doce que emprendan viaje hacía la otra orilla mientras él despide a la multitud.


LA BARCA EN EL MAR
Los comentaristas hacen notar que san Mateo, al narrar esta escena de la barca en el mar, lo ha hecho utilizando expresiones que se prestan a una interpretación simbólica de los hechos. Desde los primeros tiempos la barca ha sido vista como una figura de la Iglesia. Así se la encuentra ya en pinturas muy antiguas, realizadas por los primeros cristianos. San Mateo dice que Jesús asciende a la montana para quedarse en compañía de su Padre en larga oración, mientras la barca, con los discípulos en ella, emprende viaje. Es ya de noche, el viento está en contra y las olas golpean la barca. En la lengua en que está escrito el evangelio se dice de una manera más gráfica: "las olas la maltrataban"
 Después de haber pasado toda la noche en esa penosa situación los discípulos se encuentran con Jesús. Pero el reconocimiento no se produce de inmediato. Estando todavía oscuro, porque todavía no eran las seis de la mañana, y por la falta de fe, creen que están viendo un fantasma. Ven a Jesús que camina sobre el mar y asustados se ponen a gritar. Con pocas palabras Jesús los vuelve a la calma. Son palabras que encontramos en otros lugares de la Biblia para tranquilizar a los que son favorecidos con una aparición de Dios. Esta presentación hace pensar inmediatamente en la situación de la Iglesia después de la ascensión del Señor.
La historia de la Iglesia está hecha de escenas semejantes: hay una aparente ausencia del Señor, hay dificultades para avanzar, hay fuerzas que se oponen, hay tinieblas que rodean, hay elementos que maltratan al pueblo de Dios. Y por sobre todo esto, está nuestra falta de fe que nos impide reconocer al Señor cuando se acerca a nosotros. Pero sin embargo él viene, nos devuelve la calma y tranquiliza el viento y las olas. 

LA PROEZA DE PEDRO
Cuando Pedro reconoce al Señor, pide que le ordene caminar sobre el agua. Lo dice con cierto tono de incredulidad: "Si eres Tú...". Y por la orden de Jesús, Pedro camina sobre el mar mientras mantiene la fe en el Señor. Lo que es imposible para los hombres, se convierte en posible cuando lo ordena la palabra del Señor. Esta es una de las escenas que san Mateo coloca como preparación al memento en el que Jesús conferirá el primado de la Iglesia a Pedro. El evangelista nos va descubriendo el cambio que se va a producir en el apóstol. El débil pescador de Galilea se convertirá en Pedro, la piedra, la roca sobre la que se asentará el edificio de la Iglesia que edificará Jesús. Pero la fortaleza de la roca no la tendrá por su naturaleza, ya que es evidente que Pedro es débil y que caerá más de una vez. Esa fuerza la obtendrá de la misma palabra de Jesús, y quedará garantizada por la fe en Él.
Esta página del evangelio nos ilustra en primer lugar sobre el papel del que es ahora el sucesor de Pedro, el que preside a toda la Iglesia en nombre de Jesús. El Papa es un hombre como cualquiera de nosotros, tan débil como otro hombre. Pero hay una palabra de Jesús que lo ha llamado para que asuma este ministerio. Esa palabra lo ha revestido de una autoridad que está por encima de él. Esta autoridad viene del mismo Jesús, y es una participación en el poder que tiene Cristo resucitado. Pero también esta página del evangelio se refiere a todos nosotros.
A cada uno de los cristianos el Señor lo ha llamado para que ocupe un lugar en el cuerpo de la Iglesia. Uno ha sido llamado para ser Papa, como Pedro, pero otros son llamados para ser sacerdotes, o misioneros, o maestros, o profesionales, u obreros, o padres de familia, o tantas otras cosas.
Cada uno debe cumplir bien su misión para que todo el cuerpo viva y crezca. Y también cada uno de nosotros sabe cuántas dificultades se presentan cada día para que podamos vivir como cristianos y para que lleguemos a realizar la vocación que tenemos. Ante tantas dificultades y tan grandes como las que cada uno puede encontrar a cada memento en su camino, sentimos deseos de decir "Esto es más fuerte que yo", "No tengo capacidad", "Yo no sigo más". Y a veces vemos que no es solamente la tentación de decirlo.
También vemos el fracaso de quienes en realidad abandonan el lugar al que una vez se sintieron llamados, porque no se sienten con fuerzas para seguir luchando. Para todos nosotros ha sido escrita esta página del evangelio. Pedro, por sus propias fuerzas, no podía caminar sobre el agua. Tampoco podía mantenerse sobre ella cuando comenzaba a tener miedo porque veía que el viento era muy fuerte y sacudía el mar. Pero por la palabra del Señor y con la fe puesta en El, podía caminar sobre el agua.
Muy a propósito, el evangelista dice que Jesús debía 'mandarle' a Pedro que caminara sobre el agua. Muchas veces sucede que las tareas sobrehumanas que debemos afrontar no han sido elecciones nuestras. A veces, y muchas veces, nos han sido dadas por el Señor sin que nosotros las hayamos buscado. Entonces es el momento de decirle a Jesús: "Me has mandado hacer algo como caminar sobre el agua. Como Pedro, comenzaré a caminar, pero confío en que me sostendrás y me permitirás llegar a donde tú estás

domingo, 27 de julio de 2014

EL TESORO ESCONDIDO



DOMINGO 27 DE JULIO DEL 2014
Evangelio según san Mateo (13,44-52):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»






El discurso de las parábolas, que se ha proclamado en el Evangelio de estos últimos domingos, llega hoy al final. Con estas tres parábolas Jesús muestra otros aspectos del Reino a los que se sentían atraídos por su anuncio. Los que seguían a Jesús estaban convencidos de que el Reino iba a llegar de un memento a otro. En esos años, tal vez más que nunca, había gran ansiedad porque estaban pasando por situaciones muy difíciles: los habitantes de Galilea tenían como gobernante un rey judío indigno, y los de Judea estaban dominados por los romanos que les hacían sentir su desprecio y les hacían sufrir la opresión. En las parábolas que se han proclamado en las lecturas evangélicas de los domingos precedentes se han visto diferentes aspectos del Reino que anuncia Jesús. En este domingo se presentan en primer lugar dos parábolas gemelas: el tesoro escondido y la perla de gran valor, que Jesús dice en particular a los doce Apóstoles, una vez que se ha dispersado la multitud. 

DOS PARÁBOLAS SOBRE EL PRECIO
Estas parábolas son muy similares y en el fondo significan lo mismo. Algunos se preguntan por qué en la primera de ellas dice que el Reino se parece a un tesoro, mientras que la segunda comienza diciendo que el Reino se parece a un hombre que busca piedras preciosas. Pero esta variación no debe hacernos confundir. Por los escritos de los maestros judíos de aquel tiempo se sabe que era común expresarse de esta manera, y que lo que se quiere decir en un caso y en el otro es que con la llegada del Reino se produce una situación semejante a la que se da cuando un hombre halla un tesoro o cuando un comerciante encuentra una perla preciosa. Nos damos cuenta inmediatamente de que se refieren al "precio" que hay que pagar para poder entrar en el Reino. Los dos personajes de estas parábolas venden todo lo que tienen para comprar algo de gran valor que han encontrado. Uno encontró un tesoro por casualidad, el otro estuvo buscando piedras preciosas hasta que encontró la perla de valor excepcional. Las situaciones que se describen coinciden en que se ha encontrado algo tan valioso que todo lo demás pasa a ser secundario. En los dos cases se dice que el precio del hallazgo es equivalente a todo lo que se posee. No se trata de invertir todos los ahorros o de hacer un gran gasto, sino de vender todo lo que se tiene. El Reino de Dios es algo tan importante que para poder poseerlo no basta con que nos despojemos de tal o cual cosa, sino que es necesario dar todo sin reservarse nada. Si hay albo que no se vende, por pequeño que sea, ya no alcanza el dinero para comprar el campo o la perla preciosa. Tal vez los discípulos de Jesús pensaban que cuando llegara el Reino ellos seguirían siendo como antes, y que lo que cambiaría sería el país, o los gobernantes, o en todo caso los pecadores. Pero con esta enseñanza, Jesús les dice que si quieren el Reino tienen que empezar por cambiar ellos, y no en aspectos parciales, sino totalmente. Otro escrito del Nuevo Testamento lo expresa de manera muy grafica cuando dice que es necesario desvestirse del hombre para poder llegar a ser un hombre nuevo. Con estas parábolas, Jesús nos dice que el Reino  va a llegar por un simple cambio de estructuras políticas, porque la raíz de todos los males que nos molestan es el pecado que se esconde en nuestros corazones. Hasta que no cambie nuestro corazón no entrara el Reino. Jesús ya ha vencido al pecado y a la muerte, por eso el Reino ya esta presente entre nosotros.  Pero ahora es necesario que el Reino penetre en el mundo, y penetrará a través de nuestros corazones en la medida en que Dios vaya reinando en ellos. Si Dios tiene que reinar en el corazón del hombre, entonces deberá desaparecer todo otro poder, toda otra tiranía, toda otra esclavitud. Es necesario deshacerse de todo, saber renunciar a todo. De lo contrario, no llegará el Reino. Los que esperan que el Reino venga desde afuera, mientras ellos contemplan como espectadores, quedarán desconcertados. Jesús nos dice que en el Reino no hay espectadores. La única posibilidad de participar en el Reino es siendo protagonistas. En otras palabras, en el Reino hay que comprometerse, y solamente los comprometidos lo poseerán. 

LOS QUE DESEAMOS EL REINO
Nosotros también seguimos a Jesús. Venimos detrás de Él en grandes grupos, como los que lo acompañaban aquel día junto al lago. Nosotros también hablamos del Reino y deseamos que venga, ya que todos los días decimos una o varias veces: "... que venga a nosotros tu Reino...". Y, aunque no nos demos cuenta, también estamos deseando el Reino cuando advertimos que las cosas andan muy mal en el mundo y ansiamos que todo cambie y se haga de una vez por todas la voluntad de Dios. Por supuesto que no queremos las injusticias ni la violencia. Nos molesta la mentira y el fraude, deseamos que no haya más lágrimas ni dolor. Sabemos que Dios quiere otra cosa para sus hijos, y esperamos que llegue el día en que se haga la voluntad de Dios. Eso es esperar el Reino.

¿QUE VENDEREMOS?
Si hay que vender todo lo que se posee, tenemos que hacer un recuento de todo lo que es valioso para nosotros. No demos la respuesta fácil calculando el dinero que llevamos encima o que tenemos ahorrado. Eso será lo último que se nos pedirá. Tenemos que empezar por nuestra manera de pensar, por nuestra manera de ser, por nuestros hábitos y costumbres... Si de veras queremos que Dios sea el Rey en nuestra sociedad, démosle lugar para que comience a ser Rey en nosotros mismos. Si nos reservamos nuestras maneras de pensar, nuestros criterios para juzgar o nuestros propios principios personales, ya no estará reinando el Señor, sino que reinaremos nosotros mismos. Para que el Señor haga su voluntad tenemos que renunciar a hacer lo que nosotros queremos. Si seguimos reservándonos el derecho de decidir por nuestra propia cuenta lo que está mal o lo que está bien, sin tener en cuenta a Dios, entonces el Señor no será Rey porque no mandará para nada en nosotros. Y si no lo dejamos hacer su voluntad en nosotros ¿cómo podemos quejarnos con sinceridad porque no se hace su voluntad en el mundo? Y también tenemos que pensar en nuestro dinero, en nuestras propiedades, en las cosas grandes y pequeñas que poseemos. Si seguimos considerando todo esto como exclusivamente nuestro, sin compartirlo o ponerlo al servicio de los demás, nos mantenemos en la situación de esclavos y no tenemos la suficiente libertad como para poder entrar en el Reino. Si estamos dominados por las cosas materiales ya no tenemos espacio para que reine el Señor. El Reino es el único valor que interesa. Ante él, todo lo demás es secundario y por eso vale la pena renunciar a todo. Las dos parábolas nos muestran la actitud alegre y decidida de los personajes, que no dudan un memento en dar los pasos necesarios para adquirir aquello tan valioso que han encontrado. Puede ser que alguien haya encontrado el Reino de manera casual. De pronto. sin andar buscando, Dios le ha hecho conocer su presencia y su plan sobre los hombres, le ha hecho ver que hay algo más allá en lo cual conviene comprometerse. Como el hombre que encontró el tesoro por casualidad, la alegría del encuentro lo encaminará para que renuncie a todo y se lance a esta aventura de dejarse transformar por el Reino para poder después emprender la tarea de hacer llegar el Reino a todos los que todavía no lo conocen. Otro puede andar buscando, con ojos de experto, como el comerciante de piedras preciosas. Leerá, preguntará, discutirá y reflexionará. Llegará el día en que de alguna manera Dios le hará ver d0nde está la verdad, y entonces comprenderá que es necesario dejar todo lo anterior para abrazar esta única verdad que supera a todas las sabidurías humanas, y con la alegría del encuentro podrá empeñarse también en hacer participar a otros de este valor incalculable que Dios le ha confiado. El Reino ya está entre nosotros y quiere penetrar en el mundo. Cuando se encuentran personas dispuestas a "vender todo lo que tienen'' para poseerlo, entonces se abre paso y comienza a manifestarse en la sociedad. 

LA RED
La última de las parábolas de este capítulo es la de la red arrojada al mar. Jesús estaba predicando a un público familiarizado con la pesca, y algunos de sus oyentes eran expertos pescadores, como es el caso de Pedro y Andrés, Santiago y Juan. La parábola está dirigida a los que quieren que el Reino se anuncie sólo a una cierta categoría de personas. Entre los que oían a Jesús muchos pensaban que en el Reino estarían solamente los que ellos consideraban buenos, o que estarán solamente los judíos. y quedarían fuera los paganos. A los que pensaban así, Jesús les relata esta breve parábola en la que dice que en el anuncio del Reino sucede lo mismo que en la pesca: nadie puede elegir por anticipado la clase de peces que va a recoger en la red. La red se arroja al mar, y en ella vendrá toda clase de peces, de buena y de mala calidad. Por esa razón esta parábola tiene mucho en común con la del trigo y la cizaña. En las dos se plantea el problema de la presencia del mal y del juicio que se hará al final de los tiempos. El Reino se anuncia a todos, a los buenos y a los males, a judíos y a paganos. No se hace acepción de personas. Solamente en el momento del juicio se dará la separación definitiva. A los discípulos no les corresponde escoger anticipadamente quienes van a ingresar en el Reino y quienes quedarán afuera. El mandato de la misión no conoce límites. En todas estas parábolas ha quedado claro que en el Reino se manifiesta la bondad y la paciencia de Dios, que no apresura el juicio condenatorio, sino que espera y nos enseña a esperar. Con elementos tomados del Antiguo Testamento, Jesús ha mostrado la novedad del Reino. Como "un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo", ha conservado todo lo valioso que había en lo antiguo y ha introducido lo nuevo. 

lunes, 21 de julio de 2014

Evangelio del domingo 20 de julio del 2014

SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR






San Mateo (13,1-23):

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. 

Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»



La palabra, lluvia y semilla
 
La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre por medios llamativos y extraordinarios: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, son también vías sencillas y accesibles a todos las que nos comunican la sabiduría de Dios. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Esa Palabra es palabra de Dios, pero al mismo tiempo es palabra humana, encarnada, cercana y accesible: el mismo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre. 


Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla de la Palabra eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por ciento, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos a nosotros mismos para ver si estamos haciendo la parte que nos corresponde, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra. 

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras. 
El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos pongamos en movimiento, nos acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes posiblemente son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros. 

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes evangélicas de odio hacia ciertas personas o grupos, de rencor y resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada, o costumbres y formas de vida que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente puede ser el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia y, en consecuencia, fidelidad. En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en nuestra vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. 

Estas pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios, de Jesús, pero no tengan tiempo para hablar con él y escucharlo. La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra que la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalificar o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insistencia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra..., a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en buena tierra. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en buena tierra los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser letras vivas de la misma.

sábado, 19 de julio de 2014

Actividades del P. Bradley s.j. Del 22 de Julio al 1° de Agosto/2014




En el CENTRO AMAR Y SERVIR el P. Raúl proseguirá con sus actividades de la siguiente manera:
‡ Entrevistas: pueden solicitarse al teléfono de Secretaría (4373.9799)
 o al celular del P. Raúl  (15.5651.3157)

‡ Las clases no se interrumpen, pero tendrán un desarrollo, no obligatorio, acerca de: 
“Introducción al  Análisis Transaccional”.
‡ La organización horaria será la siguiente :
Martes 22 y 29/7/14 - 19 hs. Clases
Miércoles 23 y 30/7/14 - 18 hs. Misa y Adoración del Santísimo y
Estudio sobre los “Hechos de los Apóstoles”
Jueves 24/7/14 - 19 hs. Clases
Viernes 25/7 y 1/8/14 - 19 hs. Clases


Sábado 26/07/14
“TALLER DE ENSUEÑO DIRIGIDO”
(Coordina el P. Bradley s.j.)
Juegos, Terapia Simbólica y enseñanza de S. Ignacio de Loyola
No instalarse en el lamento, cambie sus quejas VIEJAS
• Relájese
• Aflójese
• Ensueñe
Técnica de probada eficacia en el CONOCIMIENTO DE SÍ.
Fecha de realización : sábado 26 de julio de 2014
Horario : 15,30 a 19 hs (se ruega puntualidad)
Lugar : Callao 542 – 2º piso
Colaboración sugerida : $ 100
‡ 19,30 hs.: compartiremos comunitariamente la fiesta de nuestro Patrono S. Ignacio. La participación es “a la canasta”.
‡ Oportunidad propicia para anunciarles que la próxima Constelación será el sábado 9/8/14. Oportunamente
recibirán a-mail detallado.

martes, 15 de julio de 2014

domingo, 13 de julio de 2014

EVANGELIO DEL DOMINGO:MIS ACTITUDES FRENTE A LA MANIFESTACIÓN DE DIOS

Evangelio según San Mateo 13,1-23.
Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".
Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?".
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".



La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre por medios llamativos y extraordinarios: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, son también vías sencillas y accesibles a todos las que nos comunican la sabiduría de Dios. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Esa Palabra es palabra de Dios, pero al mismo tiempo es palabra humana, encarnada, cercana y accesible: el mismo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla de la Palabra eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por ciento, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos a nosotros mismos para ver si estamos haciendo la parte que nos corresponde, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.
El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos pongamos en movimiento, nos acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes posiblemente son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio hacia ciertas personas o grupos, de rencor y resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada, o costumbres y formas de vida que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente puede ser el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia y, en consecuencia, fidelidad. En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en nuestra vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante.

Estas pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios, de Jesús, pero no tengan tiempo para hablar con él y escucharlo. La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra que la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalificar o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insistencia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra..., a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en buena tierra. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en buena tierra los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser letras vivas de la misma.