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viernes, 22 de mayo de 2015

Taller DE LA VERGÜENZA A LA AUTOESTIMA, en Mendoza


COMPARTIMOS UNA BREVE INTRODUCCIÓN  ACERCA DE ESTE TEMA, UTILIZANDO EL LIBRO CUYA TAPA VEMOS AQUÍ. EL TALLER FUE PRESENTADO SEMANAS PREVIAS  EN LA CIUDAD DE MENDOZA.
UNA INVITACIÓN A RELACIONARNOS CON LIBERTAD A PARTIR DE ACEPTARNOS.





Es agobiante vivir con permanente sensación de vergüenza y auto-crítica punzante que en momentos difíciles o de estrés no nos permite encontrar tranquilidad, calma, seguridad. Y no son sólo sentimientos sino actitudes, formas de interpretar la experiencia que nos llevan a actuar en consecuencia. La vergüenza disfuncional es un indicador de baja autoestima, porque implica desamor a nosotros mismos: pensamos que somos indignos, que no somos como los demás y tampoco originales. 

Si bien este déficit en la autoestima deriva de mensajes negativos recibidos de nuestros padres y de otras personas significativas, que nos llevan a percibir que nuestros sentimientos, necesidades y nuestro sí mismo auténtico no son aceptables, no se trata únicamente de observar las heridas y seguir culpando, reprochando y reclamando a nuestros padres, a nuestra historia, sino de asumir la responsabilidad de nuestra vida. En este texto nos vamos a abocar a la vergüenza disfuncional, relacionada con los sentimientos de inferioridad y baja autoestima. 

Cuando somos muy críticos con nosotros mismos vivimos amenazados, externamente en relación con el juicio de los otros e interna-mente podas propias creencias. Si descubrimos lo que nos avergüenza, evitamos que se instale en nuestra identidad, porque cuando la vergüenza se internaliza más allá de un sentimiento pasajero, pasa a formar parte del sí mismo. Todos tenemos aspectos de nosotros mismos que valoramos y otros que rechazamos. La cuestión es cómo nos relacionamos con lo que no nos gusta de nosotros, cómo nos tratamos, ¿en forma agresiva o compasiva? ¿Con autocrítica condenatoria o con actitud amorosa? 
La autoestima se regula y fortalece si restablecemos la cohesión interna, si integramos todos nuestros aspectos, aun los que nos avergüenzan. No se trata de erradicar la vergüenza, de combatirla, sino de tomarla como mensajera, reconocer su buena intención descubriendo de qué nos quiere proteger. Si nos conectamos con nuestra verdadera esencia, reforzamos los recursos propios, nos respetamos y aceptamos como somos, al cambiar el concepto que tenemos de nosotros mismos, la transformación de la vergüenza vendrá por añadidura. Lo que pensamos, imaginamos y sentimos influye sobre el organismo y el sistema inmunológico.

Según experimentemos amor y compasión, o miedo, resentimiento y vergüenza, estimulamos sistemas cerebrales relacionados con la calma y el bienestar o con la intranquilidad. Es posible activar zonas cerebrales que contienen redes neurales vinculadas con la empatía, el amor y una mayor conexión entre pensamientos y sentimientos. Si aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos con amabilidad y cuidado y, cuando tenemos dificultades, nos enviamos mensajes de ayuda, en lugar de criticarnos, estimularemos aquellas partes del cerebro que responden con amabilidad. Todos tenemos en nuestra esencia una fuente de energía amorosa. El arte consiste en conectarnos con ella y poder tomarla. 

Está en nuestras manos poner en funcionamiento esta capacidad y acceder a espacios más profundos de nuestro ser, en el cual todos estamos entrelazados, creados, hijos de un mismo Dios y hermanos con toda la humanidad. Nuestra propuesta, a través de una modalidad teórico-práctica, es sanar el autoconcepto de indignidad y pasar de la autocrítica a la autocompasión para adquirir una sana autoestima. 

La buena noticia es que podemos entrenarnos para desarrollar estados mentales positivos y desactivar los negativos. A este fin, y para comprender mejor la estrecha relación que existe entre el cuerpo, la mente y el espíritu, antes de abocarnos a desarrollar el tema de la vergüenza vamos a hacer una descripción de la neurofisiología de las emociones y de los sistemas cerebrales que las regulan. 

domingo, 17 de mayo de 2015

Ascensión del Señor - ¡Un hombre ha entrado en la gloria!


EVANGELIO DEL DOMINGO 17  DE MAYO DEL 2015


Mc 16, 15-20

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán". Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor.
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El texto escogido para que este año se proclame en el Evangelio de este día es parte de lo que se conoce como "final del Evangelio de Marcos". Es un fragmento que no pertenece a la forma original de ese Evangelio, sino un añadido posterior que proviene de otra mano. Esto se sabe por algunos indicios literarios y porque no figura en muchos de los manuscritos más antiguos. Sin embargo, es un trozo que tiene una venerable antigüedad, y la Iglesia lo reconoce como inspirado y como perteneciente a la Sagrada Escritura. Se lo enuncia como "Evangelio de san Marcos", aunque se sabe que originalmente no pertenecía a ese Evangelio.
COMPARTIMOS SU DIGNIDAD
Cristo se humilló hasta la muerte. Padeció una muerte vergonzosa, indigna hasta de los peores criminales. Y no fue porque lo mereciera, ya que en Él nadie podrá encontrar el más mínimo pecado. Si debió subir a la cruz fue por un acto de obediencia total a su Padre, que para salvar a todos los hombres quiso que su Hijo Único compartiera la vida de los seres humanos y fuera solidario con ellos hasta en sus últimas consecuencias. Pero Jesús. resucitado de entre los muertos, "subió a los cielos y esta sentado a la derecha de Dios Padre". Cuando subió a la cruz, estuvo unido con todos nosotros y asumió misteriosamente todas nuestras culpas para redimirnos. Al estar sentado a la derecha del Padre continúa unido a nosotros y nos comunica algo de lo que Él es y tiene en esta situación gloriosa. Se hizo uno con nosotros para poder cargar con nuestros pecados y continúa siendo uno con nosotros para poder darnos su gloria y su vida. Todos nosotros, los bautizados, formamos un gran cuerpo. Este cuerpo tiene una Cabeza, y esa Cabeza es Cristo. Nosotros estamos todavía en la tierra, pero nuestra Cabeza ya esta en el cielo.. Algunos podrán pensar que unas personas son mas importantes que otras. Es verdad que algunos desempeñan funciones de mayor responsabilidad, pero si tenemos en cuenta que todos formamos este Cuerpo de Cristo, entonces debemos admitir que aun el que parece más pequeño, más insignificante, tiene gran importancia. En el cuerpo humano, aun los órganos más pequeños, los miembros más olvidados, son también parte del cuerpo y reciben su importancia de la persona a la que pertenecen. También los cristianos reciben su importancia de la Cabeza: todo cristiano es miembro del cuerpo de Cristo. Nuestra Cabeza ya está en el cielo, sentado junto al Padre. Hay algo nuestro que ya ha alcanzado el cielo y reina junto a Dios. Esto tiene su repercusión en lo que cada cristiano trabaja o sufre.  Si trabajamos, trabajamos con Cristo; si sufrimos, sufrimos con Cristo; si rezamos, rezamos con Cristo; si hacemos el bien, lo hacemos con Cristo, y san Pablo se atreve a decir que si pecamos, lo estamos manchando a Cristo...
COMPARTIMOS SU MISIÓN
Cuando Jesús resucitó y desapareció de nuestra vista, el Espíritu comenzó a actuar a través de la comunidad cristiana para extender por todo el mundo la obra salvadora realizada por el Señor. El Evangelio que hoy se proclama describe esta tarea por medio de las instrucciones y mandatos que Jesús da a sus discípulos antes de ser llevado al cielo. Ante todo les ordenó salir por todo el mundo a llevar la Buena Noticia a toda la creación. Llevar la Buena Noticia significa llevar el mensaje y también la salvación. La comunidad que Jesús deja en el mundo tiene que continuar a través de todos los tiempos y por todo el mundo la acción que Él vino a realizar: anunciar el mensaje del Padre y reconciliar a los hombres con Dios, debe poner al alcance de todos, los medios que Cristo ha traído para nuestra salvación Los hombres que aceptan este mensaje y esta salvación no son hombres que solamente rezan en el secreto de su corazón, sino que son hombres que viven de una manera distinta, saben usar de otra forma las cosas que Dios ha creado, organizan sus familias y la sociedad humana de una forma diferente. En resumen: los hombres que viven el Evangelio transforman el mundo y la sociedad, y de esta forma el Evangelio llega también hasta las cosas creadas. Cristo no es solamente Cabeza de la humanidad salvada por su sangre, sino que es el punto en el que se apoya toda la creación. Si en un mundo dominado por el pecado las cosas sirven para la injusticia, para el vicio, para el placer deshonesto, en un mundo que es redimido y vive intensamente la Palabra de la Buena Noticia todas estas cosas se orientan hacia Dios y según la voluntad de Dios.

COMPARTIMOS SU PODER
Los discípulos de Cristo, al salir a proclamar la Buena Noticia de la salvación, irán acompañados por algunos prodigios que confirmarán la fuerza del mensaje: expulsarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, no se dañaran con los venenos, curarán milagrosamente a los enfermos... Ahora queda a disposición de los evangelizadores el mismo poder con que actuaba Cristo mientras realizaba su misión entre nosotros. El poder que Él les otorga está en proporción con la obra tan grande y difícil que les confía. Ningún cristiano puede sentirse solo y falto de fuerzas cuando se entrega generosamente a la obra de llevar la salvación a los hermanos porque sabe que Cristo esta con él acompañándolo y dándole fortaleza. El Señor prometió a los discípulos que estos milagros acompañarían la obra de evangelización. Los milagros se entienden solamente cuando están en relación con el anuncio del Evangelio. Cumplen la función de signos de que la buena noticia de la salvación ya esta obrando en el mundo, y sirven para suscitar y fortalecer la fe en la palabra del evangelio. Es algo muy diferente de lo que se lee que sucedía con los antiguos taumaturgos, que realizaban obras portentosas solamente para atraer la atención de la gente sobre su propia persona. Por esa razón se ve que en todo tiempo hay cristianos que han realizado y realizan milagros cuando tratan de llevar la salvación a otros hombres. No son sólo los casos extraordinarios y espectaculares, porque todos somos testigos de otros milagros que se producen diariamente cuando la Iglesia, a través de sus ministros, y sobre todo en la administración de los sacramentos, realiza la reconciliación de los hombres pecadores con Dios, o cura los corazones enfermos y endurecidos por el pecado. En toda la acción de la Iglesia se ve el poder de Cristo que sigue realizando su obra, aun cuando los hombres que actúan en su nombre sean débiles y limitados. Así como ningún cristiano puede pretender que él solo, individualmente, ha recibido el mandato de llevar la Buena Noticia a toda la creación, de la misma forma, ninguno puede arrogarse el poder de realizar todos estos milagros que se mencionan en el texto del Evangelio que estamos comentando. El Señor no mandó realizar milagros, sino que prometió que los milagros acompañarían a los evangelizadores.

LA ASCENSIÓN, FIESTA NUESTRA
La fiesta de la Ascensión del Señor nos llena de alegría porque Cristo, que es nuestro Salvador y nuestro amigo, es elevado a la gloria que le corresponde como Hijo de Dios y ocupa su lugar a la derecha del Padre. Es una fiesta que nos llena de alegría porque sabemos que Cristo al ascender al ciclo no nos abandona sino que sigue unido con nosotros: todos recibimos algo de su gloria y comenzamos a subir al cielo junto con Él. Debemos felicitarnos a nosotros mismos y también felicitarnos unos a otros porque la fiesta de la Ascensión no es solamente fiesta de Cristo sino también de todos aquellos que formamos un solo Cuerpo con El. Y también es una fiesta que nos recuerda la responsabilidad de la evangelización.

sábado, 9 de mayo de 2015

Dios es amor en acción

VI DOMINGO DE PASCUA




Primera lectura: Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48
Todo el que lo teme y practica la justicia es agradable al Señor

Salmo responsorial: Salmo 97
El Señor reveló su victoria a las naciones

Segunda lectura: 1 Juan 4, 7-10
Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios

 Evangelio: Juan 15, 9-17
Ámense los unos a los otros como yo los he amado

Dios es amor en acción

El amor en acción transforma Un día, en el hospital, el monseñor comendador de la orden del Santo Espíritu de Roma mandó llamar a san Camilo de Lelis (1550-1614). El santo que eligió como distintivo la cruz roja estaba sirviendo a un enfermo, muy llagado, con la misma dedicación que una madre para con su único hijo enfermo. A quien le trajo el recado le respondió: Digan a monseñor que estoy ocupado con Jesucristo; en cuanto termine la caridad estaré con su señoría. El mensajero quedó impresionado con aquella escena y respuesta. El que ha visto el amor en acción no lo olvidará jamás. Es capaz de transformar en un instante a una persona. Deja en él una impresión imborrable. ¿No es verdad?

Cristo es el revelador del amor en acción

Nos acercamos hoy al corazón del mensaje de Jesús y a la motivación más profunda de toda su vida. Estamos verdaderamente en el punto más elevado de la revelación del Nuevo Testamento. El amor procede del Padre, pasa a través del corazón de Jesús y por su Espíritu Santo llega hasta nosotros. El amor (que es de Dios) ha sido revelado a este mundo en Jesucristo. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados (2a lectura). En la persona encarnada de Jesús hemos conocido lo que es el amor autentico. Para poder amar verdaderamente además de tomar ejemplo de Jesucristo hay que permanecer en su amor.
En esta primera lectura encontramos la narración de la conversación del pagano Cornelio, que tanto impactó a la Iglesia naciente. En este hecho, Pedro comprendió que Dios tomó la iniciativa de llamar también a los no judíos porque Dios no hace diferencia entre personas y todos constataron que el Espíritu Santo era derramado también sobre los paganos. El amor de Dios no conoce fronteras.
Este texto nos muestra que este amor es universal. En el Antiguo Testamento se podía tener la impresión de que el amor de Dios se limitaba al pueblo elegido. En realidad, Dios había querido que el privilegio del pueblo judío no siguiera siendo exclusivo, sino que se extendiera a todas las naciones. Ya había insinuado desde la llamada a Abrahán: Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Por consiguiente, su proyecto es universal, y se lleva a cabo por medio del misterio pascual de Jesús, por medio del misterio de su muerte y resurrección.
El Señor reveló su victoria a las naciones. El salmo responsorial aclara que Dios es fiel y por eso no puede olvidar su misericordia hacia Israel y hacia todos los pueblos.

El relato evangélico es la continuación del texto del domingo pasado que nos presentaba la primera parte del discurso de Jesús sobre la vid verdadera. Allí se apelaba a la imagen de una planta para explicar la relación que existe, después de la Pascua, entre Jesús y los creyentes. El Señor sigue llamándonos a permanecer en él, como el sarmiento a la vid, en una honda comunión de vida y apostolado.

Amor y obediencia

 El texto evangélico responde a una pregunta: ¿cómo mantenerse unidos a Cristo para dar fruto? La respuesta: permaneciendo en su amor (íntimamente unidos como la vid y el sarmiento) y guardando sus mandamientos, especialmente el del amor fraterno. Lo que les mando es que se amen los unos a los otros.
Jesús insiste en la realidad del amor. En el texto evangélico, cuatro veces se repite el sustantivo amor y cinco veces el verbo amar. Pero tengamos en cuenta que el amor verdadero no está al alcance del hombre abandonado a sus propias fuerzas. Sin la gracia de Dios, la naturaleza humana desvirtúa el amor auténtico. Dos grandes frutos se obtienen de permanecer en el amor de Jesús: el amor mismo y la obediencia, que no se excluyen mutuamente sino que dependen el uno del otro, pues la obediencia a Dios brota del amor a él: y este amor, a su vez, plenifica la obediencia creando la paz y la alegría profundas.

¿Se puede mandar el amor?

 Este es mí mandamiento: Ámense los unos a los otros como yo los he amado.
Nadie puede obligar a otro que lo ame, o que ame a otra persona. Esto no se lo podemos pedir ni siquiera a una madre para con su hijo. Ni siquiera Dios nos obliga a que lo amemos a él o a las demás personas. El amor nunca puede ser obligado. Ya sabemos que cuando se introduce en él la obligación sólo produce rechazo. Tampoco resulta si el amor es mandado.
La sabiduría de la fe está en navegar en esta corriente de amor que procede del Padre, se nos manifiesta en Jesucristo (el Hijo amado) y se actualiza por el Espíritu Santo. Es una relación en el dinamismo unitivo del amor.
 Comentaba san Francisco de Sales: El corazón lleno de amor ama los mandamientos y cuanto más difíciles son los encuentra más dulces y agradables, porque complacen más al Amado y le dan más honor.

Amor servicial con medida previa

Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes... Ámense los unos a los otros como yo los he amado... Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mí Padre y permanezco en su amor.
 Se establece una comparación entre el amor del Padre a Jesús y el amor de Jesús a los discípulos. Y también sobre la obediencia de Cristo al mandamiento que le ha dado el Padre, y la obediencia de los discípulos al mandamiento que les da Cristo.
 Es gozoso que Jesús hable del amor que tiene a los discípulos afirmando que los ama tal como él es amado por el Padre. Admirémonos gratamente al escuchar que la intensidad de este amor es como la del amor que le tiene el Padre.
Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a quienes ama. Muchos sabios y filósofos lo habían dicho. Se trata de algo indiscutible. Ahora comprendemos la dignidad que tenemos ante Dios. Es cierto que siempre somos servidores del Señor pero, por el modo en que nos trata, él nos pone en la categoría de amigos. Al sentirnos amados de esta manera, y al saber que no se trata solamente de un ejemplo que debemos imitar sino de una fuerza que ya actúa en nuestro interior, nuestro amor se pone en acción.
Y un amor obediente
El Hijo se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 8).
Es lo que Jesús declara y condensa en sus últimas palabras antes de morir en la cruz: Todo se ha cumplido Un 19, 30).
 El mandamiento del amor no nos viene desde afuera y nos obliga, sino que es una fuerza que desde lo interior nos impulsa a amar y a entregar nuestra vida por los demás, en obediencia gozosa, en plena sintonía con la voluntad de Dios.

Y un amor gozoso
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.
Cada vez que oímos estas palabras, podemos llenarnos de pena. ¿Habremos nosotros descubierto el vínculo entre el amor y el gozo? Ama como yo y descubrirás un gozo del que no tienes la menor idea, parece que nos dice nuestro Dios. ¿Estamos convencidos de que es posible sentirse Heno de gozo a fuerza de amar?

Intentemos abrirnos plenamente a esa afirmación de Jesús. El gozo de amar es locamente plenificante, pero su precio también es loco; resulta fácil comprender las vacilaciones.
Pareciera que no abunda la gente feliz de verdad, y que escasean las personas profundamente alegres que contagien humor jovial. Todos ocultamos un fondo de insatisfacción, una añoranza de dicha, quizá una amargura de tristeza. ¿Por qué? Aparte de las razones que apuntan a la radical limitación humana (el vacío interior, la inmadurez personal, la incapacidad de entrega) hay una causa definitiva: la falta de apertura al amor de Dios. El amor de Dios en nuestra vida es fuente de amor y de gozo; es preventivo y terapéutico.
Y un amor amistoso
Uno de los atributos de Moisés como amigo de Dios era poder hablarle con total libertad. Dice el libro del Éxodo que Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo (cf. Éx 33, 11). Aquella expresión marca lo más hondo de las nostalgias de un creyente. Hablar a Dios como a un amigo: he ahí la aspiración más alta de quien se postra ante el Señor de todo.
El término amigos aparece en Filón (filósofo judío, 20 a.0 -50 d.C.) para designar a los sabios que son amigos de Dios en lugar de ser sus esclavos.
 Pero ¿cómo es posible la amistad entre el Absoluto y Eterno con los mortales? Jesús es la respuesta a ese dilema. En él se hace posible la amistad entre Dios y el hombre. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
Jesús es tu mejor amigo. ¿Tienes apertura interior para que él sea tu mejor amigo? ¿Tú eres el mejor amigo de Jesús?


Y un amor adelantado y comprometido
 Los destiné para que vayan y den fruto y ese fruto sea duradero.
 Y en caso que aún quedara en los primeros discípulos -y en nosotros- alguna pretensión de habernos anticipado a Dios o de ponernos nosotros en primer lugar, Jesús nos dice: No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes (Jn 15, 16).
Las ramas no pueden ser diferentes ni dar otros frutos que los que da el árbol. Por nosotros corre la misma savia que viene desde el Padre. Por ello, no podemos tratar a los demás hombres de otra manera distinta de como los mira el Padre. Y es que amor crea amor.

Y un amor orante
Decía Santa Teresa de Jesús que orar es hablar de amistad con quien sabemos que nos ama. Por eso, las palabras de Jesús que hemos meditado en el evangelio de hoy deben conducirnos obligatoriamente a la oración, encuentro de amigo a amigo.
 Formamos un solo cuerpo con Cristo, siendo él la vid y nosotros los sarmientos. De ahí se sigue que hay una sola oración al Padre, hecha por Cristo y todos sus discípulos. San Agustín nos ha enseñado que Cristo reza en nosotros y nosotros rezamos por medio de él. El Padre no puede dejar de escuchar las oraciones de su Hijo, y por esa razón tenemos la certeza de que nuestras oraciones son siempre escuchadas (L. H. Rivas).
Puesto que Jesucristo nos dice que en este dinamismo del amor podemos confiar que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se los concederá (Jn 15, 16), pidamos lo propio del Reino de Dios, que nos enseñe vivir bajo su amor y voluntad, que aprendamos a amar como él ama, que crezcamos como una comunidad de fe que lo sigue en su camino con una vida entregada según su amor.

¿Queremos ser amigos de Jesús?
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les he mandado.
Jesús nos pide permanencia en un amor que no es puramente platónico ni contemplativo o estético sino activo y práctico: Si guardan mis mandamientos permanecerán en mi amor (Jn 5, 1 0).
 Al celebrar la eucaristía estamos conociendo y reconociendo el amor de Jesús. Nuestra eucaristía es acción de gracias para Aquél que nos amó primero Agradezcamos al Padre ser el Dios del amor y su manifestación en Jesucristo que es:
• El amor comprometido, generoso, valiente.
• El amor fiel, abnegado, para siempre.
• El amor bello, verdadero y libre.
 • El amor en acción, que educa y transforma.
• El amor que no excluye el sufrimiento.
• El amor sacrificial que redime.
• El amor que alimenta, eucarístico.
• El amor no escrito en la corteza de un árbol sino en la cruz.
La eucaristía calienta nuestro amor con el Amigo-Jesús y con los

amigos-hombres. 

domingo, 3 de mayo de 2015

LA VID VERDADERA




EVANGELIO DEL DOMINGO 3 DE MAYO DEL 2015
Jn 15, 1-8
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.
Palabra del Señor.
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EL SERMÓN DE LA CENA
El evangelio de san Juan tiene diferencias muy marcadas con respecto a los otros evangelios. Una de ellas es que el autor no se contenta con reproducir más o menos literalmente las palabras pronunciadas por Jesús y conservadas por la tradición de la comunidad primitiva, sino que a partir de esas palabras y de esas tradiciones ofrece a los lectores largos desarrollos que permiten contemplar las profundidades que se ocultaban en esos dichos.
 El autor del evangelio, guiado e iluminado por el Espíritu Santo, alcanza con su mirada hasta donde ninguno de los otros evangelistas había llegado. Por esa razón, desde muy antiguo, se ha elegido el águila como el signo con el que se representa el evangelio de san Juan, por la altura y la majestuosidad de su vuelo. En este evangelio se narra una cena de Jesús celebrada antes de la fiesta de la Pascua, en la que el Señor se extiende en un largo discurso. Para componer este discurso, el autor del Evangelio ha desarrollado y profundizado expresiones de Jesús que daban a entender de manera velada cual es la relación que hay entre El y el Padre, y entre El y los discípulos.

La comunidad llegó a comprender el sentido de esas expresiones sino después de la venida del Espíritu Santo. Con esta mayor comprensión, el autor del evangelio ha compuesto este discurso. Este hermoso texto que se proclama en la misa de este domingo pertenece a ese largo discurso que sigue a la Última Cena en el evangelio de san Juan. Se trata de una comparación o alegoría, semejante a otras igualmente encabezadas por la expresión "Yo soy" que se encuentran en el mismo evangelio. Y en las que Jesús se presenta como el pan, la luz, la puerta, el pastor, la resurrección y la vida, el camino, verdad y la vida. La vid. Estas metáforas expresan cual es la relación que existe entre Cristo y los hombres redimidos por Él.
En la lectura del domingo pasado, Jesús se presentaba como un Pastor Y decía que era el bueno, es decir el auténtico: “Yo soy el buen Pastor". En este caso la comparación es con una vid, que es llamada “verdadera". 
En la Misa de este domingo sólo se lee la primera parte de éste texto en el que se describen los distintos rasgos de la vid. En los fragmentos que siguen, la comparación se prolonga por medio de dos desarrollos en los que aplica las conclusiones: en un primer desarrollo - que se leerá el próximo domingo - la comparación con la vid se extiende sobre el aspecto del amor. El segundo desarrollo, que este año se omite, ofrece la contemplación desde el punto de vista del odio. Unido con Cristo por la fe, el creyente forma una sola realidad con El, y por eso recibe en si el amor del Padre (primer desarrollo)y el odio del mundo (segundo desarrollo). 
LA VID VERDADERA 

Jesús se presenta como una vid. Esta imagen, además de ser muy familiar en el ambiente palestinense, tiene un lugar de privilegio en los textos del Antiguo Testamento. Dadas las condiciones del terreno y del clima en Israel, la viña es una plantación que exige mucho cuidado. 
Por esa razón, hablar de una vid o de una viña equivale a mencionar una propiedad por la que el dueño se desvive y cuida de una manera muy especial. De ahí se sigue que la vid y la viña aparecen con frecuencia en la Biblia para representar a Israel, el pueblo de Dios. A veces se muestra el amor de Dios por su pueblo comparándolo con una vid que el Señor trasplantó desde Egipto, plantó cuidadosamente y rodeo de toda clase de cuidados para que se extienda y cubra un extenso territorio.
 Pero otras veces la viña o la vid debía ser reprendida porque no daba los frutos esperados y no respondía al cuidado que se le había prodigado. La viña del Antiguo Testamento es el pueblo de Israel, como lo dice explícitamente el profeta Isaías. Se pertenece a esta viña por el nacimiento, los miembros del pueblo están unidos por vínculos de sangre. y se tiene clara conciencia de que los extranjeros están excluidos de ella. Ahora Jesús habla de la vid, pero añadiendo que Él es la vid "verdadera". Con esta aclaración, la vid del Antiguo Testamento queda como una figura profética de esta realidad nueva que es Cristo. 
De la misma manera el evangelista ha identificado antes a Jesús con la luz verdadera, y en palabras de Jesús, Él mismo es el pan verdadero. El domingo pasado oímos que Jesús es el Buen Pastor, con lo que se quería decir que era el Pastor autentico y no el falso o aparente. En la vid verdadera la pertenencia a la planta no se da por razones de sangre sino por la adhesión de la fe. Todos los creyentes en Cristo -judíos o no judíos - son los sarmientos de esta vid y participan de su vida. La Única condición es permanecer en la vid. Con esta palabra 'permanecer', que el evangelio de san Juan usa con mucha frecuencia, no se indica solamente el mantenerse presente. 
En san Juan este termino incluye, además de la presencia, la unión reciproca, el mutuo conocimiento y amor, a semejanza de la unión entre el Padre y el Hijo, ya que Jesús también dice que el Padre permanece en Él y El permanece en el amor del Padre.

LOS FRUTOS
Así como el amor del Padre está en Cristo y lo lleva a entregar su vida para que todos tengan vida, de la misma manera el discípulo que permanece en Cristo recibe, junto con la vida divina, la fuerza del amor que proviene de Dios. Este amor lo impulsa a poner su vida al servicio de los otros e incluso a entregarla, como Jesús, para que todos puedan tener vida. La pertenencia a La vid produce alegría y gloria en los discípulos. Pero esto no es lo único. Como sucede con las ramas de la vid, lo importante es que den frutos. La vida y el amor que reciben los discípulos deben exteriorizarse en obras salvadoras para beneficio de todos los demás. El discípulo, unido a Cristo ("permaneciendo en El"), también debe dar frutos. 

En otra parte del evangelio se ha hablado de los frutos que produce Jesucristo: en la comparación con el grano de trigo se dice que el grano muere y produce mucho fruto. El fruto que Jesucristo produce es la vida eterna para todos los hombres que creen en El. 
La alegoría de la vid nos muestra que la obra apostólica es en realidad una tarea que realiza Jesucristo por medio de los hombres unidos a el. Nadie puede atribuirse nada, así como las ramas no pueden decir que son ellas las que producen los racimos. Todo el discurso sobre la vid tiende hacia la producción de los frutos. En el libro del profeta Isaías se le reprocha a la viña Israel porque dio frutos agrios. Jesús habla de sus ramas que no dan fruto y de aquellas otras que los dan. Con palabras tomadas del profeta Ezequiel amenaza a las primeras con cortarlas y echarlas al fuego. Pero a las que dan fruto les anuncia una poda para que puedan abundar más. 

La fuerza purificadora de la palabra de Cristo obrara en los discípulos para que produzcan mayores frutos. Para poder llevar a cabo su entrega y obtener frutos, el discípulo debe someterse constantemente a la poda, es decir a la purificación que la palabra del evangelio realiza en él. Se trata de la santificación que permanentemente se debe ir adquiriendo de modo que la unión con el Señor sea cada vez más intensa, y la disponibilidad para servir a los hermanos se realice con mayor libertad y sin trabas de ninguna clase. 
SEPARADOS DE Mí...
Es muy fácil comprender que las ramas no podrían hacer nada sin la planta que hunde sus raíces en la tierra para extraer la humedad y que transmite la savia vital. De la misma manera nosotros, separados de Cristo, no podemos hacer nada en la obra de salvación de los hombres. Es muy grande la tentación de querer hacer "nuestra" obra, como también la de atribuir a nuestra capacidad los resultados positives que puedan encontrarse al final de una tarea. San Pablo, hablando de la evangelización de la comunidad de Corinto dice: "Yo planté y Apolo regó, pero el que ha hecho crecer es Dios. Ni el que planta ni el que riega valen algo, sino Dios, que hace crecer". El evangelio nos dice que el Padre esta en Cristo y realiza las obras. De la misma manera Cristo está realizando diariamente su obra de salvación por medio de los cristianos que actúan en el mundo. Esto nos hace tomar conciencia de la necesidad de nuestra santificación, mediante la búsqueda de una mayor unión con el Señor, para que de esa manera El pueda actuar mejor en nosotros y por medio de nosotros. 



LA GLORIA DE DIOS
La gloria es la manifestación exterior de la presencia de Dios. Cristo, muriendo y resucitando para la salvación de los hombres, en un gesto de total obediencia al Padre, realiza una obra que glorifica a Dios. En ella Dios manifiesta su gloria porque hace aparecer en toda su luminosidad el amor que tiene a todas sus criaturas. Y en ella recibe gloria porque con ese gesto de obediencia Jesús proclama a todos que Dios es amor. Parecería que después de esto, a los hombres ya no les queda posibilidad de glorificar a Dios. Pero el evangelio termina diciendo que podemos asociarnos a ese acto de glorificación siendo discípulos de Jesús. Es evidente que no se trata entonces de una alabanza diferente, distinta de la que realiza Jesús, sino que es la misma. 
Unidos a Él como en una única realidad, así como la vid y sus sarmientos, podemos dar fruto que son glorificación de Dios. Se ha dicho más arriba que los frutos que producimos son de Jesucristo, así como los racimos que producen las ramas son racimos de la vid y no de ellas solas o separadas de la vid. Unidos a Cristo resucitado, Él realiza por medio de nosotros su obra de salvar al mundo, la suprema glorificación del Padre. y de esa manera se puede decir que nuestra condición de discípulos y las obras que realizamos son una verdadera alabanza de Dios. Tal vez nos preguntemos con frecuencia sobre la mejor manera de alabar a Dios. ¿Que alabanza podemos tributarle, que sea digna de El?
 El evangelio nos responde diciendo que renunciemos a la búsqueda de una alabanza nuestra, independiente de la que ofrece Jesús en su misterio pascual. Después que Jesús se ofrendó a si mismo en la cruz, entró a la presencia del Padre con su propia sangre, y resucitó de entre los muertos, ya no queda otra alabanza que pueda ser superior y ni siquiera semejante.
 Pero todos los hombres somos invitados a tomar parte en esa alabanza, uniéndonos a Jesucristo resucitado para producir una única obra de salvación para el mundo. Esta acción única que realiza Jesús para alabanza del Padre es, como se ha dicho, hacer que todos los hombres "tengan Vida, y la tengan abundantemente". 

Nuestra adhesión a Cristo y nuestra actividad apostólica y misionera es lo que glorifica a Dios de una manera digna. También en nuestra oración al Padre debemos estar unidos a su Hijo Jesucristo, hasta el punto de que nuestra oración sea una oración que no es individualmente nuestra, sino la oración del Hijo en nosotros al Padre. Por eso mismo el evangelio nos promete que siempre seremos escuchados cuando rezamos. Como nos enseña san Agustín. Jesús reza al Padre en nosotros, por medio de nosotros, y en favor de todos nosotros.

 Que el misterio pascual realice en nosotros esta obra de unirnos cada vez más a Cristo para que podamos tributar la única alabanza digna del Padre

domingo, 26 de abril de 2015

TODOS SOMOS PASTORES



En aquel tiempo dijo Jesús: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; pero el que trabaja solamente por la paga, cuando ve venir al lobo deja las ovejas y huye, porque no es el pastor y porque las ovejas no son suyas. Y el lobo ataca a las ovejas y las dispersa en todas direcciones. Ese hombre huye porque lo único que le importa es la paga, y no las ovejas. Yo soy el buen pastor. Así como mi Padre me conoce a mí y yo conozco a mi Padre, así también yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí. Yo doy mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas que no son de este redil; y también a ellas debo traerlas. Ellas me obedecerán y formarán un solo rebaño con un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para volverla a recibir. Nadie me la quita, yo la doy por mi propia voluntad. Tengo el derecho de darla y de volver a recibirla. Esto es lo que me ordenó mi Padre." (Juan 10, 11-18).

La Iglesia dedica este domingo a la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones Sacerdotales a la luz de la imagen del Buen Pasto. Meditemos en lo que nos dice el Evangelio, teniendo en cuenta también las otras lecturas de este domingo [Hechos de los Apóstoles 4, 8-12; Salmo 118 (117); 1ª Carta de Juan 3, 1-2].

1. “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas”

La imagen del pastor es constante en la Biblia. En el Antiguo Testamento, el libro del Génesis describe los orígenes de Israel hacia el siglo XVIII a.C. a partir de Abraham, Isaac y Jacob, pastores que recorrieron los territorios desérticos del cercano oriente en busca de agua y pasto para sus ganados de ovejas y cabras. Seis siglos después -hacia el XII a.C.- Moisés, tal como nos lo presenta el libro del Éxodo, aprende el oficio de pastor junto al monte Sinaí y es escogido por Dios como instrumento para liberar al pueblo de la esclavitud que padecía en Egipto y conducirlo hacia la tierra prometida. Dos siglos más tarde -hacia el X a.C.-, según se cuenta en el primer libro de Samuel (16, 1-13), es designado rey de Israel un joven pastor que cuidaba el rebaño de su padre Jesé; este joven fue David, quien precisamente compuso los salmos que representan a Dios como el Pastor que conduce, alimenta y protege a su pueblo. Por último, los profetas Jeremías (23, 1-6) y Ezequiel (34, 1-31) -siglos 7º y 6º a.C.-, critican a los jefes políticos y religiosos de su tiempo como malos pastores que han descuidado el rebaño, y anuncian como nuevo y buen pastor a un Mesías descendiente de David.

A estas profecías se refieren en el Nuevo Testamento primeramente los Evangelios de san Mateo y san Lucas, quienes presentan en boca de Jesús la parábola del pastor que encuentra a la oveja perdida y la carga sobre sus hombros, para ilustrar lo que Él mismo hacia al acoger con misericordia a los pecadores, perdonándolos, reincorporándolos a la comunidad y ofreciéndoles la posibilidad de una vida nueva (Mateo 18,12-14; Lc 15,3-7). El Evangelio de Juan, por su parte, destaca una característica esencial del Buen Pastor: dar su vida por las ovejas, en lugar de huir como los asalariados. Esta donación de su propia vida, a la que Jesús hace referencia tres veces en el Evangelio de hoy, es libre y voluntaria, y además conlleva el anuncio de su Resurrección.

2. “Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí”

El capítulo 10 del Evangelio según san Juan se sitúa en el marco de la fiesta de la Dedicación, en la que se conmemoraba la restauración y consagración del Templo de Jerusalén en el año 164 a. C. En el transcurso de esta fiesta tiene lugar entre Jesús y los jefes religiosos, precisamente en los atrios o alrededores de la entrada del Templo, una discusión en la cual les dice que Él es el buen pastor, lo que implica una crítica a sus adversarios como malos pastores. Jesús se aplica la imagen del pastor a quien sí le importa sus ovejas, y a quien éstas identifican como el que se preocupa por cada una y va delante de ellas (Juan 10, 4), abriéndoles y mostrándoles el camino.
Sin embargo, existe el peligro de malentender la imagen del pastor cuando se concibe a la Iglesia como una organización autoritaria en la que los jefes imponen su poder a unos borregos pasivos sin libertad ni iniciativa propia. Por el contrario, lo que Jesús quiere es que formemos una comunidad en la que todos sus integrantes seamos reconocidos como “pueblo de Dios”, tal como lo indicó el Concilio Vaticano II (1962-1965). Por eso, en la labor “pastoral” de la Iglesia todos debemos reconocernos mutuamente como hermanos, con distintos dones o carismas y variados oficios, pero todos iguales en dignidad como “hijos de Dios”, como lo recalca la segunda lectura, tomada de la primera carta de Juan.

Esta frase y las que siguen se refieren a quienes en aquel tiempo no formaban parte del pueblo judío. Para ellos es también la obra redentora de Jesús, más allá de los límites estrechos de un pueblo y de una religión específica con sus ritos tradicionales simbolizados en el Templo de Jerusalén. El mensaje de salvación del Buen Pastor es universal. Y para que sea efectivo, Jesús quiere formar una Iglesia cuya unidad sea un testimonio creíble. Ya desde fines del siglo primero, cuando con base en la predicación del apóstol Juan fue escrito el cuarto Evangelio, se habían comenzado a producir divisiones entre los cristianos y surgían grupos que se enfrentaban a los apóstoles y a sus sucesores. Hoy persiste esta situación, y a pesar de lo que se viene haciendo desde el Concilio Vaticano II (1962-1965), que fue llamado “Ecuménico” por su intención de buscar la unidad respetando la pluralidad, todavía falta mucho para lograr el ideal de ser “un solo rebaño con un solo Pastor”.

Por eso, sea éste un motivo para renovar la petición de Jesús evocada por el mismo evangelista Juan en su relato de la última cena antes de su pasión: “No te ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí al oír el mensaje de ellos. Te pido que todos ellos estén unidos (…), para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Juan 17, 20-21).

Finalmente, al estar ya próximo a comenzar el mes que la Iglesia dedica muy especialmente a la veneración de María Santísima, por la intercesión de ella pidámosle al Señor que suscite muchas vocaciones de jóvenes que tengan y realicen el deseo sincero de entregar sus vidas al servicio de la comunidad en el sacerdocio ministerial, y de manera especial oremos hoy quienes han sido ordenados como diáconos, presbíteros y obispos -y entre éstos por el Papa, supremo representante de Cristo en la tierra-, para que cada cual cumpla su misión pastoral a imagen y semejanza de Jesús, el Buen Pastor.-

domingo, 19 de abril de 2015

“Ustedes deben dar testimonio de estas cosas”




Evangelio según San Lucas 24,35-48. 
Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. 
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, 
pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? 
Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo". 
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. 
Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: "¿Tienen aquí algo para comer?". 
Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos. Después les dijo: "Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos". 
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, 
y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. 
Ustedes son testigos de todo esto."

Las lecturas de este domingo [Hechos de los Apóstoles 3, 13-15.17-19), Salmo 5 (4), 1ª Carta de Juan 2, 1-5ª y Evangelio según san Lucas 24, 35-48] nos invitan a meditar sobre el mensaje central de nuestra fe: Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, Dios hecho hombre, está vivo después de su muerte en la cruz y se hace presente en medio de nosotros por su Espíritu, iluminándonos para que comprendamos su obra salvadora y animándonos a dar testimonio de ella. Meditemos especialmente en el Evangelio y apliquémoslo a nuestra existencia cotidiana, teniendo en cuenta también los otros textos bíblicos.

1. “Contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo lo reconocieron cuando partió
el pan”

Los dos discípulos a quienes Cristo resucitado les había salido al encuentro cuando caminaban hacia la aldea de Emaús, uno llamado Cleofás y el otro seguramente el mismo evangelista Lucas (24, 13-34), no habían hecho parte del grupo inicial de los doce apóstoles pero sí pertenecían al grupo más amplio de sus seguidores. Ellos habían reconocido su presencia precisamente en la acción de partir el pan, el mismo gesto que su Maestro antes de morir había dicho que fuera repetido en memoria suya. Fueron de prisa a contar a los apóstoles y demás discípulos y discípulas que estaban en Jerusalén la experiencia pascual que habían tenido, y se encontraron con que también en esta primera comunidad, en la que se destaca a Simón Pedro, existía ya la certeza de la resurrección de Jesús.

El término bíblico “partir del pan” se refiere a la Eucaristía. Cada vez que se repite en el momento de la consagración del pan y del vino aquello que Jesús dijo a sus primeros discípulos que hicieran en conmemoración suya, no sólo recordamos lo que Él mismo realizó, sino que se actualiza para nosotros su misterio pascual, es decir, su único sacrificio redentor y su paso de la muerte a la vida, una vida nueva que se hace presente en medio de nosotros y que en la comunión nos alimenta espiritualmente para que podamos continuar el camino de nuestra existencia renovados y plenos de esperanza.

2. “Entonces hizo que entendieran las Escrituras”

Aquellos discípulos que se dirigían a Emaús habían sido ilustrados en el camino por el propio Jesús resucitado, para comprender el sentido de las profecías que en el Antiguo Testamento se referían al Mesías prometido. Ahora reciben una ilustración similar todos los miembros de aquella primera comunidad conformada por sus apóstoles y sus demás discípulos y discípulas. ¿En qué radica dicho sentido? En que el Mesías tenía qué padecer y morir para resucitar, como lo indica el Evangelio y lo dice asimismo Pedro en su discurso presentado por la primera lectura de hoy.

Justamente en ello consiste el misterio pascual de Jesucristo: en su paso por la muerte de cruz para resucitar a una vida nueva y gloriosa. No buscando el sufrimiento por sí mismo, sino asumiéndolo como la consecuencia de haberse entregado plenamente al servicio del Reino de Dios Padre, un reino de justicia, de amor y de paz en beneficio de toda la humanidad, empezando por los excluidos, los rechazados, los marginados. Su cruz fue así el testimonio de la solidaridad completa de Dios hecho hombre con todas las víctimas de la injusticia y de la violencia, para abrirnos a todos, si nos identificamos con Él y nos solidarizamos también con ellas, a la esperanza activa en un porvenir de vida gozosa y sin fin.


3. “Ustedes deben dar testimonio de estas cosas”

Cuando Jesús resucitado pronuncia estas palabras, les está dando a sus primeros discípulos la misión de proclamar su resurrección no sólo de palabra, sino también y ante todo con los hechos. “En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros”, les había dicho en la última cena, como nos lo cuenta el Evangelio según san Juan. Y en la 2ª lectura, tomada de la 1ª Carta de Juan, su autor escribe: “para quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él”.
“Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…”, decimos en la Misa después de la consagración del pan y del vino. Este anuncio y esta proclamación del misterio pascual de Cristo tenemos que manifestarlo con el testimonio de nuestra vida, cumpliendo el mandamiento del amor y realizando así lo que celebramos en la Eucaristía.


Pidámosle pues al Señor que nos abra el entendimiento comunicándonos su Espíritu Santo, para que no sólo comprendamos el mensaje que nos transmiten los textos bíblicos, sino que también lo vivamos y lo proclamemos de tal modo que, como dice el verso del Salmo, brille sobre nosotros el resplandor de su rostro y demos así un testimonio claro y luminoso de su resurrección.-

martes, 14 de abril de 2015

La Manipulaciòn-la autoestima como barrera




Sustraerse al sufrimiento
La dificultad que encontramos en las personas que han padecido desde su infancia una influencia y una violencia ocultas es que no saben funcionar de otro modo y dan la impresión de agarrarse a su propio sufrimiento. Los psicoanalistas suelen interpretarlo como masoquismo: «Las cosas ocurren como si el análisis revelara un fondo de sufrimiento y de desamparo al que el paciente se agarra como a su bien más preciado, como si darle la espalda supusiera renunciar a su propia identidad».  El lazo con el sufrimiento se corresponde con unos lazos que se han ido entretejiendo con otros en el sufrimiento y en la pena. Si estos lazos nos han formado como seres humanos, nos parece imposible desprendernos de ellos sin al mismo tiempo separarnos de las personas implicadas en ellos. Por lo tanto, no se ama al sufrimiento en sí mismo, lo cual constituiría masoquismo, sino que se ama a todo el contexto en el que se aprendieron los primeros comportamientos.
La pretensión de sensibilizar demasiado pronto al paciente con su dinámica psíquica es peligrosa, por mucha que sepamos que, a menudo, ha entrado en una situación de dominio porque ahí tenía la ocasión de revivir algún aspecto de su infancia. El perverso, con una gran intuición, agarra a su víctima por sus grietas infantiles. Lo único que podemos hacer es ayudar al paciente a tener en cuenta los lazos que existen entre la situación reciente y las heridas anteriores. Y no debemos hacerlo mientras no estemos seguros de que se ha sustraído al dominio y ha alcanzado la suficiente solidez como para asumir su parte de responsabilidad sin caer en una culpabilidad patológica.
Los recuerdos involuntarios e intrusivos suponen una especie de repetición del trauma. Para evitar la angustia ligada a los recuerdos de la violencia que padecieron, las víctimas intentan controlar sus emociones. Pero, para empezar a vivir de nuevo, tienen que aceptar su propia angustia y saber que no desaparecerá inmediatamente. De hecho, necesitan asumir y soltar su impotencia a través de un verdadero trabajo de duelo. De este modo, podrán aprobar lo que sienten, reconocer su sufrimiento como una parte de sí mismas digna de estima y mirar su herida cara a cara. Sólo esta aceptación permite dejar de lamentarse y termina con la negación de la propia enfermedad.
En un clima de confianza, la víctima puede rememorar tanto la violencia que padeció como sus propias reacciones, puede volver a examinar la situación y puede ver qué actitud adoptó ante la agresión y de qué manera armó ella misma a su agresor. Ya no le hará falta huir de sus propios recuerdos, y encontrará una nueva manera de aceptarlos.
Curarse
Curarse significa volver a unir las partes dispersas y restablecer la circulación entre ellas. Una psicoterapia tiene que permitir que la víctima tome conciencia de que su vida no se reduce a su posición de víctima. Si utiliza su parte sólida, la parte masoquista que la mantenía eventualmente bajo el dominio retrocede. Para Paul Ricoeur, el trabajo de curación empieza en la región de la memoria y prosigue en la del olvido. Para él, tanto puede ocurrir que uno tenga demasiada memoria y que lo atormente el recuerdo de las humillaciones sufridas, como lo inverso, es decir, que uno padezca una falta de memoria y que huya de este modo de su propio pasado. 
El paciente debe reconocer su sufrimiento como una parte de sí mismo que es digna de estima y que le permitirá construir un porvenir. Tiene que encontrar el valor para mirar su herida cara a cara. Sólo entonces podrá dejar de lamentarse o de ocultarse a sí mismo su propia enfermedad.
La evolución de las víctimas que se liberan del dominio demuestra que no estamos ante un problema de masoquismo. Por el contrario, con mucha frecuencia, esta experiencia dolorosa sirve de lección: las víctimas aprenden a proteger su autonomía, a huir de la violencia verbal y a rechazar los ataques contra su autoestima. La víctima no es «globalmente» masoquista, sino que el perverso la ha agarrado por su grieta, que puede ser eventualmente masoquista. Cuando un psicoanalista le dice a una víctima que, con su sufrimiento, se autocompadece, está escamoteando el problema relacional. No somos un psiquismo aislado, sino un sistema de relaciones.
La vivencia de un trauma supone una reestructuración de la personalidad y una relación diferente con el mundo. Deja un rastro que no se borrará jamás, pero sobre el que se puede volver a construir. A menudo, esta experiencia dolorosa brinda una oportunidad de revisión personal. Uno sale de ella reforzado, menos ingenuo. Uno puede decidir que, en lo sucesivo, se hará respetar. El ser humano que ha sido tratado cruelmente puede encontrar en la conciencia de su impotencia nuevas fuerzas para el porvenir. Ferenczi observa que un desamparo extremo puede despertar repentinamente aptitudes latentes. Allí donde el perverso había mantenido un vacío se puede producir una atracción de energía, una especie de aspiración de aire: «El intelecto no nace simplemente de los sufrimientos ordinarios, sino que nace únicamente de los sufrimientos traumáticos. Se constituye como un fenómeno secundario o como un intento de compensar una parálisis psíquica total».  La agresión puede adquirir de este modo un valor de prueba iniciática. La curación podría consistir en integrar el acontecimiento traumático como un episodio que estructura la vida y que facilita el reencuentro con un saber emocional reprimido.

lunes, 13 de abril de 2015

El maltrato psicológico en la vida cotidiana



TEXTO DE MARIE FRANCE HIRIGOYEN

A lo largo de la vida, mantenemos relaciones estimulantes que nos incitan a dar lo mejor de nosotros mismos, pero también mantenemos relaciones que nos desgastan y que pueden terminar por destrozarnos. Mediante un proceso de acoso moral, o de maltrato psicológico, un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico. Todos hemos sido testigos de ataques perversos en uno u otro nivel, ya sea en la pareja, en la familia, en la empresa, o en la vida política y social. Sin embargo, parece como si nuestra sociedad no percibiera esa forma de violencia indirecta. Con el pretexto de la tolerancia, nos volvemos indulgentes.
Los perjuicios de la perversión moral constituyen excelentes temas de filmes (Las diabólicas, de Henri-Georges Clouzot, 1954), o de novelas negras. En estos casos, la mente del público tiene claro que se trata de manipulaciones perversas. Sin embargo, en la vida cotidiana, no nos atrevemos a hablar de perversidad.
En el filme Tatie Danièle, de Étienne Chatiliez (1990), nos divierten las torturas morales que una anciana inflige a su círculo de allegados. Empieza por martirizar a su vieja asistenta, hasta el punto que la hace morir «accidentalmente». El espectador piensa: «Le está bien empleado; era demasiado sumisa». Luego, vierte su maldad sobre la familia de su sobrino, que la ha acogido en su casa. El sobrino y su esposa hacen todo lo que pueden para satisfacerla, pero cuanto más le dan, más vengativa se vuelve.
Para ello, utiliza un cierto número de técnicas de desestabilización que son habituales entre los perversos: las insinuaciones, las alusiones malintencionadas, la mentira y las humillaciones. Uno se sorprende cuando ve que sus víctimas no se dan cuenta de esa manipulación malévola. Intentan comprender y se sienten responsables: «¿Qué hemos hecho para que nos deteste tanto?». Tía Danièle no se pica irritadamente. Es únicamente fría y malvada; pero no de una forma ostensible que pudiera acarrearle la enemistad de alguien, sino, simplemente, cuando hace uso de pequeños toques desestabilizadores que son difíciles de identificar. Tía Danièle es muy fuerte: le da la vuelta a la situación, pues se sitúa como víctima al tiempo que coloca a los miembros de su familia en una posición de perseguidores, amparándose en el hecho de que han dejado sola a una mujer anciana de ochenta y dos años, encerrada en un piso, con el único alimento de la comida para perros.
En este ejemplo cinematográfico cargado de humor, las víctimas no reaccionan con una acción violenta como podría ocurrir en la vida corriente; creen que su amabilidad terminará por encontrar un eco y que la agresora se volverá más dulce. Siempre se produce todo lo contrario, pues un exceso de amabilidad es como una provocación insoportable. Finalmente, la única persona que goza del favor de tía Danièle es una recién llegada que la «mete en cintura». Por fin ha encontrado una compañera que está a su altura, y así empieza una relación casi amorosa.
Si esta anciana nos divierte y nos conmueve tanto, es porque sentimos claramente que tanta maldad sólo puede provenir de un gran sufrimiento. La compadecemos igual que la compadece su familia y, por eso mismo, nos manipula como manipula a su familia. Nosotros, los espectadores, no sentimos ninguna piedad por las pobres víctimas, que parecen bien tontas. Cuanto más mala es tía Danièle, más amables se vuelven sus parientes y, por lo tanto, más insoportables le resultan a tía Danièle, pero también a nosotros mismos.
No por ello sus ataques dejan de ser perversos. Estas agresiones se derivan de un proceso inconsciente de destrucción psicológica, formado por acciones hostiles evidentes u ocultas, de uno o de varios individuos, hacia un individuo determinado, cabeza de turco en el sentido propio del término. Efectivamente, por medio de palabras aparentemente anodinas, de alusiones, de insinuaciones o de cosas que no se dicen, es posible desestabilizar a alguien, o incluso destruirlo, sin que su círculo de allegados llegue a intervenir. El o los agresores pueden así engrandecerse a costa de rebajar a los demás, y evitar cualquier conflicto interior o cualquier estado de ánimo al descargar sobre el otro la responsabilidad de lo que no funciona: «¡No soy yo, sino el otro, el responsable del problema!». Si no hay culpa, no hay sufrimiento. Aquí se trata de perversidad en el sentido de perversión moral.
Cada uno de nosotros puede utilizar puntualmente un proceso perverso. Éste sólo se vuelve destructor con la frecuencia y la repetición a lo largo del tiempo. Todo individuo «normalmente neurótico» presenta comportamientos perversos en determinados momentos —por ejemplo, en un momento de rabia—, pero también es capaz de pasar a otros registros de comportamiento (histérico, fóbico, obsesivo...), y sus movimientos perversos dan lugar a un cuestionamiento posterior. Un individuo perverso, en cambio, es permanentemente perverso; se encuentra fijado a ese modo de relación con el otro y no se pone a sí mismo en tela de juicio en ningún momento. Aun cuando su perversidad pase desapercibida durante un tiempo, se expresará en cada situación en la que tenga que comprometerse y reconocer su parte de responsabilidad, pues le resulta imposible cuestionarse a sí mismo. Estos individuos sólo pueden existir si «desmontan» a alguien: necesitan rebajar a los otros para adquirir una buena autoestima y, mediante ésta, adquirir el poder, pues están ávidos de admiración y de aprobación. No tienen ni compasión ni respeto por los demás, puesto que su relación con ellos no les afecta. Respetar al otro supondría considerarlo en tanto que ser humano y reconocer el sufrimiento que se le inflige.
La perversión fascina, seduce y da miedo. A veces, envidiamos a los individuos perversos, pues imaginamos que son portadores de una fuerza superior que les permite ser siempre ganadores. Efectivamente, saben manipular de un modo natural, lo cual parece una buena baza en el mundo de los negocios o de la política. También los tememos, pues sabemos instintivamente que es mejor estar con ellos que contra ellos. Es la ley del más fuerte. El más admirado es aquel que sabe disfrutar más y sufrir menos. En cualquier caso, prestamos poca atención a sus víctimas, que pasan por ser débiles o poco listas, y, con el pretexto de respetar la libertad del otro, podemos vernos conducidos a no percibir ciertas situaciones graves. En efecto, una manera actual de entender la tolerancia consiste en abstenerse de intervenir en las acciones y en las opiniones de otras personas aun cuando estas opiniones o acciones nos parezcan desagradables o incluso moralmente reprensibles. Manifestamos asimismo una indulgencia inaudita en relación con las mentiras y las manipulaciones que llevan a cabo los hombres poderosos. El fin justifica los medios. Pero, ¿hasta qué punto es esto aceptable? ¿No corremos con ello el riesgo de erigirnos en cómplices, por indiferencia, y de perder nuestros límites o nuestros principios? La tolerancia pasa necesariamente por la instauración de unos límites claramente definidos. Ahora bien, este tipo de agresión consiste precisamente en una intrusión en el territorio psíquico del otro. El contexto sociocultural actual permite que la perversión se desarrolle porque la tolera. Nuestra época rechaza el establecimiento de normas. Nombrar la manipulación perversa supone establecer un límite, lo que se identifica con una intención de censura. Hemos perdido los límites morales o religiosos que constituían una especie de código de civismo y que podían hacernos decir: «¡Eso no se hace!». Sólo nos volvemos a encontrar con nuestra capacidad de indignarnos cuando los hechos aparecen en la escena pública, presentados y amplificados por los medios de comunicación. El poder no establece un marco de acción y elude sus responsabilidades al respecto de las gentes a las que supuestamente dirige o ayuda.
Los mismos psiquiatras se muestran dubitativos a la hora de nombrar la perversión, y sólo lo hacen para expresar su incapacidad de intervenir, o bien para mostrar su curiosidad ante la habilidad del manipulador. Algunos de ellos discuten la misma definición de perversión moral y prefieren hablar de psicopatía, un vasto desván en el que tienden a acumular todo lo que no saben curar. La perversidad no proviene de un trastorno psiquiátrico, sino de una fría racionalidad que se combina con la incapacidad de considerar a los demás como a seres humanos. Algunos de estos perversos cometen actos delictivos, por los que se los juzga, pero la mayoría de ellos usa su encanto y sus facultades de adaptación para abrirse camino en la sociedad dejando tras de sí personas heridas y vidas devastadas. Psiquiatras, jueces y educadores hemos caído en la trampa de perversos que se hacían pasar por víctimas. Nos dejaron ver lo que ya esperábamos de ellos para seducirnos mejor, y les atribuimos sentimientos neuróticos. Luego, cuando se mostraron como lo que eran realmente al declarar sus objetivos de poder, nos sentimos engañados, ridiculizados y a veces incluso humillados. Esto explica la prudencia de los profesionales a la hora de desenmascararlos. Los psiquiatras se previenen unos a otros —«¡Cuidado, es un perverso!»—, con lo que dan a entender que «Es peligroso», o que «Nada podemos hacer». Se renuncia así a ayudar a las víctimas. Por supuesto, nombrar la perversión es grave. La mayoría de las veces, este término se reserva para actos de una gran crueldad, inimaginables incluso para los psiquiatras, como es el caso de los daños que ocasionan los asesinos en serie. Sin embargo, tanto si evocamos las agresiones sutiles de las que voy a hablar en este libro, como si hablamos de los asesinos en serie, se trata de «depredación», es decir, de un acto que consiste en apropiarse de la vida. La palabra perverso choca, molesta. Corresponde a un juicio de valor, y los psicoanalistas se niegan a emitir juicios de valor. Pero, ¿es ésta una razón para aceptar cualquier cosa? Dejar de nombrar la perversión es un acto todavía más grave, pues supone tolerar que la víctima permanezca indefensa, que sea agredida y que se la pueda agredir a voluntad.
En mi práctica clínica como terapeuta, me he visto obligada a comprender el sufrimiento de las víctimas y su incapacidad de defenderse. En este libro, mostraré que el primer acto del depredador consiste en paralizar a su víctima para que no se pueda defender. De este modo, por mucho que la víctima intente comprender qué ocurre, no tiene las herramientas para hacerlo. Al analizar la comunicación perversa, también intentaré desmontar el proceso que une al agresor y al agredido, con el fin de ayudar a las víctimas, o a las posibles víctimas, a salir de las redes de su agresor. Quizá no se ha escuchado a las víctimas cuando solicitaban ayuda. Con frecuencia, los analistas aconsejan a las víctimas de un ataque perverso que se pregunten en qué medida son responsables de la agresión que padecen, y en qué medida la han deseado, tal vez incluso inconscientemente. En efecto, el psicoanálisis sólo considera lo intrapsíquico, es decir, lo que sucede en la cabeza de un individuo, y no tiene en cuenta su círculo de relaciones: por lo tanto, ignora el problema de la víctima y la considera como una cómplice masoquista. Cuando los terapeutas, no obstante, han intentado ayudar a las víctimas, su reticencia a nombrar a un agresor y a un agredido puede haber reforzado la culpabilidad de la víctima y agravado su proceso de destrucción. Creo que los métodos terapéuticos clásicos no son suficientes para ayudar a este tipo de víctimas. Propondré, por tanto, herramientas más adaptadas, que tienen en cuenta la especificidad de la agresión perversa.



Aquí no se trata de procesar a los perversos —además, ya se defienden bien solos—, sino de tener en cuenta su nocividad y su peligrosidad con el fin de que las víctimas o futuras víctimas puedan defenderse mejor. Aun cuando consideremos, muy exactamente, que la perversión es un arreglo defensivo (contra la psicosis, o contra la depresión) del perverso, esto no lo excusa en absoluto. Existen manipulaciones anodinas que dejan un rastro de amargura o de vergüenza por el hecho de haber sido engañado, pero también existen manipulaciones mucho más graves que afectan a la misma identidad de la víctima y que son cuestión de vida o muerte. Hay que saber que los perversos son directamente peligrosos para sus víctimas, pero también indirectamente peligrosos para su círculo de relaciones, pues conducen a la gente a perder sus puntos de referencia y a creer que es posible acceder a un modo de pensamiento más libre a costa de los demás.
En este libro, no entraré en las discusiones teóricas sobre la naturaleza de la perversión y me situaré deliberadamente, en tanto que victimóloga, del lado de la persona agredida. La victimología es una disciplina reciente que nació en los Estados Unidos y que al principio no era más que una rama de la criminología. Se dedica a analizar las razones que conducen a un individuo a convertirse en víctima, los procesos de victimización, las consecuencias para la víctima, y los derechos a los que ésta puede aspirar. En Francia existe desde 1994 un curso de formación en victimología que conduce a un diploma universitario. El curso se dirige a los médicos de urgencia, a los psiquiatras y terapeutas, a los juristas y a toda persona que tenga la responsabilidad profesional de ayudar a las víctimas. Una persona que ha padecido una agresión psíquica como el acoso moral es realmente una víctima, puesto que su psiquismo se ha visto alterado de un modo más o menos duradero. Por mucho que su manera de reaccionar a la agresión moral pueda contribuir a establecer una relación con el agresor que se nutre de sí misma y a dar la impresión de ser «simétrica», no hay que olvidar que esta persona padece una situación de la que no es responsable. Cuando las víctimas de esta violencia insidiosa recurren a una psicoterapia individual, lo hacen más bien por inhibición intelectual, por falta de confianza en sí mismas, por dificultades de autoafirmación, por un estado de depresión permanente resistente a los antidepresivos, o incluso por un estado depresivo más claro que podría conducir al suicidio. Las víctimas se pueden quejar a veces de sus compañeros o de sus círculos de relaciones, pero no suelen tener conciencia de la existencia de esta temible violencia subterránea, y no se atreven a quejarse de ella. La confusión psíquica que se instaura previamente puede hacer olvidar, incluso al terapeuta, que se trata de una situación de violencia objetiva. El punto en común de todas estas situaciones es que son indecibles: la víctima, aunque reconozca su sufrimiento, no se atreve realmente a imaginar que ha habido violencia y agresión. A veces, duda: «¿No seré yo quien inventa todo esto, como algunos me lo sugieren?». Cuando se atreve a quejarse de lo que ocurre, tiene la sensación de describirlo mal y, por lo tanto, de que no la comprenden.
He elegido utilizar los términos agresor y agredido a propósito, pues se trata de una violencia probada, aunque se mantenga oculta, que tiende a atacar la identidad del otro y a privarlo de toda individualidad. Estamos ante un proceso real de destrucción moral que puede conducir a la enfermedad mental o al suicidio. Conservaré igualmente la denominación de «perverso» porque remite claramente a la noción de abuso, que está presente en todos los perversos. Las cosas empiezan con un abuso de poder, siguen con un abuso narcisista, en el sentido de que el otro pierde toda su autoestima, y pueden terminar a veces con un abuso sexual.