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jueves, 27 de agosto de 2015

LA FE ES UN DON DE DIOS



EVANGELIO
Jn 6, 60-69
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?". Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen". En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede". Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?". Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios".



 Desde hace algunos domingos la liturgia propone a nuestra reflexión el capítulo VI del evangelio de san Juan, en el que Jesús se presenta como el "pan de la vida bajado del cielo" y añade: "Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51). A los judíos que discuten ásperamente entre sí preguntándose: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?" (v. 52) —y el mundo sigue discutiendo—, Jesús recalca en todo tiempo:"Si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes" (v. 53); motivo también para que reflexionemos si hemos entendido realmente este mensaje. 

Hoy, XXI domingo del tiempo ordinario, meditamos la parte conclusiva de este capítulo, en el que el cuarto evangelista refiere la reacción de la gente y de los discípulos mismos, escandalizados por las palabras del Señor, hasta el punto de que muchos, después de haberlo seguido hasta entonces, exclaman: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?" (v. 60). Desde ese momento "muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él" (v. 66), y lo mismo sucede continuamente en distintos períodos de la historia. Se podría esperar que Jesús buscara arreglos para hacerse comprender mejor, pero no atenúa sus afirmaciones; es más, se vuelve directamente a los Doce diciendo: "¿También vosotros queréis marcharos?" (v. 67).
Esta provocadora pregunta no se dirige sólo a los interlocutores de entonces, sino que llega a los creyentes y a los hombres de toda época. También hoy no pocos se "escandalizan" ante la paradoja de la fe cristiana. La enseñanza de Jesús parece "dura", demasiado difícil de acoger y poner en práctica. Hay entonces quien la rechaza y abandona a Cristo; hay quien intenta "adaptar" su palabra a las modas de los tiempos desnaturalizando su sentido y valor. "¿También ustedes quieren irse?". Esta inquietante provocación resuena en nuestro corazón y espera de cada uno una respuesta personal; es una pregunta dirigida a cada uno de nosotros. Jesús no se conforma con una pertenencia superficial y formal, no le basta con una primera adhesión entusiasta; al contrario, es necesario tomar parte durante toda la vida "en su pensar y en su querer". Seguirlo llena el corazón de alegría y da pleno sentido a nuestra existencia, pero implica dificultades y renuncias porque con mucha frecuencia se debe ir a contracorriente.

"¿También ustedes quieren irse?". A la pregunta de Jesús, Pedro responde en nombre de los Apóstoles, de los creyentes de todos los siglos: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (vv. 68-69). También nosotros podemos y queremos repetir en este momento la respuesta de Pedro, ciertamente conscientes de nuestra fragilidad humana, de nuestros problemas y dificultades, pero confiando en la fuerza del Espíritu Santo, que se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesús. 
La fe es don de Dios al hombre y es, al mismo tiempo, confianza libre y total del hombre en Dios; la fe es escucha dócil de la palabra del Señor, que es "lámpara" para nuestros pasos y "luz" en nuestro camino (cf. Sal 119, 105). Si abrimos con confianza el corazón a Cristo, si nos dejamos conquistar por él, podemos experimentar también nosotros, como por ejemplo el santo cura de Ars, que "nuestra única felicidad en esta tierra es amar a Dios y saber que él nos ama".

jueves, 20 de agosto de 2015

Entrevistas personales de apoyo y orientación con el P.Bradley

Para la asignación de Entrevistas personales de apoyo y orientación con el P.Bradley, hacerlo exclusivamente por vía telefónica al N° del CEIA :5031-3053 los días :
VIERNES de : 18 a 20 hs;
SÁBADO de : 18 a 20 hs. (Atenciòn telefònica :MYRIAM)

martes, 18 de agosto de 2015

ACTIVIDADES DEL PADRE RAUL BRADLEY s.j. EN BUENOS AIRES -AGOSTO

AGOSTO/2015 – ACTIVIDADES DEL P. BRADLEY SJ
El cronograma de Actividades es el siguiente:

Martes 18/08 - 19/20,30 hs. : 
 REUNIÓN CON EL GRUPO DE DÍAS MARTES    (M. de Vidrio)

Jueves 20/08  - 19/20,30 hs. : 
El demoledor mensaje del Papa Francisco sobre la Ecología: LAUDATO SI”  (Alabado seas)- Exposición y Debate  (M. de Vidrio)

Viernes 21/08 – 19/20,30 hs.:  “LAUDATO SI”    :  Continuación  (Salón)


Lunes 24/08   -    18 hs.   :           MISA (en la Capilla Doméstica)                               

                       -    19/20,30 hs :   REUNIÓN CON EL GRUPO DE DÍAS LUNES (Salón)  
             
 Quien deseare incorporarse a este grupo, deberá consultar 
previamente al P. Bradley.

Martes 25/08 -   19/20,30 hs. :  
REUNIÓN CON EL GRUPO DE DÍAS MARTES  (M. de Vidrio)
              
Jueves 27/08   -   19/20,30 hs. : 
Curso Intensivo : “TIPOS DE PERSONALIDAD”   (Aula 7°)

 PROFUNDIZAMOS LA COMPULSIÓN COMO FUERZA CAPITAL                                                                          (Tratamiento y Evolución)

NOTA : Para participar de los encuentros no es necesario efectuar inscripción previa.

Colaboración voluntaria: Sugerida $150 por clase. ( Por favor abonar con cambio)


Para la asignación de Entrevistas personales de apoyo y orientación con el P.Bradley, hacerlo por mensaje directo a través del FACEBOOK del P. Raúl (https://www.facebook.com/raul.bradleysj )
o a la dirección de correo electrónico: centroamarservir@gmail.com


_ Para consultas en general dirigirse al N° de teléfono consignado y en los horarios establecidos,  o bien a través de nuestro Correo:       

Cordiales saludos para todos,
Lic. Myriam Ruiz Carmona (Secretaria del P. Bradley sj)


Colegio del Salvador : Av. Callao 542

martes, 11 de agosto de 2015

COMUNIÓN CON DIOS Y CON TODOS



Estando en la sinagoga de Cafarnaúm, los judíos empezaron a criticar a Jesús porque había dicho que él era el pan bajado del cielo, y decían: -¿Éste no es Jesús, el hijo de José? Nosotros sabemos quiénes son su padre y su madre. ¿Cómo dice ahora que bajó del cielo? Jesús les respondió: -No critiquen entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Todos serán instruidos por Dios”. Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Esto no quiere decir que alguien haya visto al Padre fuera del que procede de Dios; sólo él ha visto al Padre. Yo les aseguro: el que cree tiene vida eterna.

Sus antepasados comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron. El pan que baja del cielo es el que no deja morir al que lo come. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente. Y el pan que voy a dar es mi carne, para la vida del mundo (Juan 6, 41-51).



1.- Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió

Este texto del Evangelio de san Juan forma parte del llamado Discurso del pan de vida, pronunciado por Jesús en la Sinagoga de Cafarnaum después de la multiplicación de los panes. El término judíos designa aquí a quienes seguían rigurosamente las tradiciones rituales de la religión judaica y criticaban a Jesús porque no las cumplía. El propio Jesús había sido educado en la religión judaica, pero Él enseñaba que la verdadera unión del ser humano con Dios -que es lo que significa religión- no la producen los ritos externos por sí solos, como pensaban los maestros judíos o doctores de la ley que se oponían a Él, sino que es una relación espiritual que sólo puede darse desde la fe propia de los humildes y sencillos.

Las gentes que seguían a Jesús ávidas de ser instruidas y sanadas por Él, eran en su mayoría personas humildes y sencillas con una disposición abierta a su acción iluminadora y transformadora. En cambio, quienes se creían superiores a los demás -como los doctores de la ley-, con su soberbia se cerraban a sus enseñanzas y a su obra salvadora, y sólo veían en Jesús al hijo de un carpintero y de una campesina de la insignificante aldea de Nazaret. En este sentido podemos decir que el reconocimiento de la necesidad de una salvación que no puede provenir de nosotros mismos, es la única actitud que nos hace posible reconocer la presencia amorosa de Dios, de modo que podamos gustar y ver qué bueno es el Señor, como dice el Salmo 34 (33).

2.- Yo les aseguro: el que cree tiene vida eterna

“Creer”, en el lenguaje de la Biblia, no es el resultado de una experiencia física, ni tampoco la simple aceptación intelectual de una “verdad”. Es la adhesión confiada, con toda la mente y con todo el corazón, al Dios vivo que nos manifiesta su cercanía y nos invita a abrirnos a la revelación de sí mismo en la persona de Jesucristo, para que su Espíritu nos anime y nos llene de la vida que sólo Él nos puede dar.

El profeta Elías, quien vivió en el siglo VIII a.C., en la primera lectura de este domingo (I Reyes 19, 4-8), fue reanimado por el pan que Dios le ofreció para que no desfalleciera en su camino a través del desierto. Este pan venido del cielo, que le da fuerzas para caminar durante 40 días y 40 noches hasta llegar al monte Horeb -también llamado Sinaí-, lugar simbólico de la revelación del Señor, es una prefiguración de la Eucaristía, en la cual quienes creemos en Jesucristo resucitado recibimos su propia vida como alimento espiritual que nos fortalece para recorrer en esta tierra el camino hacia el encuentro con Dios en la eternidad.

3.- Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente

Jesús les recuerda a sus interlocutores cómo sus antepasados, mientras caminaban por el desierto hacia la tierra prometida, habían sido nutridos por Dios con el alimento milagroso llamado maná, que significa ¿esto qué es? -en hebreo man-hu-, porque los israelitas, al ver que en la madrugada había caído del cielo una especie de polvillo parecido a la harina de trigo, se preguntaron de qué se trataba, y Moisés les dijo: “Este es el pan que el Señor les da como alimento” (Éxodo 16, 1-15).

A este relato se refiere Jesús cuando evoca el “maná” para explicar por qué Él dice de sí mismo que es el pan bajado del cielo. En el prólogo del mismo Evangelio según san Juan se dice que la Palabra de Dios se hizo carne (1, 14) para iluminar y dar vida eterna a todos los que crean en ella no sólo con sus enseñanzas, sino además con su propia vida que iba ser entregada por todos. Por eso, la frase de Jesús que dice “el pan que voy a dar es mi carne, para la vida del mundo”, equivale a la fórmula de la consagración eucarística tomada de la carta de san Pablo a los Corintios y de los tres primeros Evangelios: Tomen y coman, esto es mi cuerpo entregado por ustedes.

En la 2ª lectura, (Efesios 4, 30; 5, 2), Pablo exhorta a los primeros cristianos de la ciudad de Éfeso a que vivan en el amor, como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros. El sentido pleno de la Eucaristía como sacramento del amor de Dios que nos alimenta con el cuerpo de Jesús, Pan de Vida, implica a su vez para nosotros la identificación con Él, llevando a la práctica su mandamiento del amor, y por lo mismo evitando, como dice el Apóstol, los disgustos, las iras, los arrebatos, las palabras duras y los insultos al igual que toda maldad, y siendo en cambio benignos y compasivos unos con otros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo.


Conclusión

A la luz de los textos bíblicos de hoy, podemos entonces dirigirle a Dios Padre esta oración: Padre nuestro que nos amas infinitamente y nos has mostrado tu amor en tu Hijo Jesucristo: al partir y compartir el Pan de Vida, que es Él mismo, te pedimos que la comunión con Él nos dé la energía espiritual necesaria para el camino hacia la felicidad eterna, partiendo y compartiendo entre nosotros lo que tenemos, respetándonos y siendo compasivos unos con otros, para que así, no sólo en la celebración de la Eucaristía sino en toda nuestra existencia, se realice cada vez más plenamente la presencia del Amor que es la de tu Hijo en la unidad que forma contigo y con el Espíritu Santo. Amén.

lunes, 10 de agosto de 2015

martes, 4 de agosto de 2015

¡BUEN PROVECHO DE VIDA ETERNA!



Evangelio según San Juan 6,24-35.
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo llegaste?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse.
Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello".
Ellos le preguntaron: "¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?".
Jesús les respondió: "La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado".
Y volvieron a preguntarle: "¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo".
Jesús respondió: "Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo".
Ellos le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan".
Jesús les respondió: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.




El texto evangélico de este domingo es la introducción al discurso sobre el pan de vida que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm. Allí lo encontró la gente al día siguiente de la multiplicación de los pa­nes. Jesús pide que se trabaje sobre todo por el alimento que no pere­ce: Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.
Los oyentes de Jesús recuerdan el maná que sus padres comieron en el desierto, detalle que ante el pueblo avaló a Moisés como profeta enviado por Dios. Jesús puntualiza que fue Dios su Padre, y no Moisés,quien dio a Israel ese alimento material y perecedero. Por eso, ahora, les da el pan verdadero y definitivo, prefigurado en el maná: el Pan de Dios que baja del cielo y da vida al mundo. Jesús se autodefine: Yo soy el Pan de vida.
Duro reproche
La gente busca a Jesús. Éste reprocha a la multitud que sólo están interesados en él por los panes que comieron el día anterior.
Quiere abrirle los ojos y sanar su miopía, comieron los panes, pero no vieron en ello el signo trascendental.
Jesús no se quiere dejar engañar. Sabe que lo buscan no porque hayan comprendido que él es el verdadero Pan, sino porque comieron panes y piensan que, teniendo al taumaturgo, solucionan el problema cotidiano de la alimentación.
Alusiones al Antiguo Testamento
Como Jesús está hablando con judíos, sus palabras contienen constantes referencias al Antiguo Testamento. Está estableciendo un contraste entre el ayer y el hoy. Lo que sucedió ayer en el desierto con Moisés, ocurre ahora con Jesús, pero infinitamente superado.
Provocativamente, Jesús afirma que fue Dios y no Moisés quien les dio el pan verdadero y que es él mismo, el enviado del Padre, quien sustituye a Moisés ofreciendo un pan que viene del cielo y da la vida al mundo.
Por otro lado, el maná también simboliza para los israelitas la Ley (Toráh) que recibieron en el Sinaí, puesto que ella constituía su ali­mento cotidiano. Por eso, cuando Jesús habla de alimento, la gente lo interpreta en este sentido y le pregunta sobre lo que deben hacer para actuar como Dios quiere.
Gracias al malentendido
Jesús acaba de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y comienza un largo discurso sobre el pan de vida. A partir del hambre de la gente que acude a escuchar a Jesús, y a partir del pan que ha multiplicado, Jesús hace progresar hacia otra hambre y otro pan.
Usar el malentendido es específico del cuarto evangelio y permite volver continuamente a la misma idea central -la que no se entiende o se malinterpreta- para perfilar con mayor nitidez su significado.
Sus oyentes se resisten no sólo a creer, sino también a entender la hondura de estas palabras. Siguen pensando en el pan material o, a lo sumo, en el alimento de la Toráh de Moisés. En la literatura sapiencia', la sabiduría, que se hace presente y accesible en la Ley, aparece como pan (cf. salmo 11 9).
Jesús es el enviado del Padre para realizar su obra, es el Pan de vida y lo que se pide a la gente es que crea en él.



Estar en regla con Dios

Los oyentes de Jesús, ya interpelados, preguntan a Jesús: ¿Qué de­bemos hacer para realizar las obras de Dios? Al oír hablar de obras, la multitud pregunta a Jesús por la obra que los haga más gratos en presencia de Dios. Jesús da también a esta pregunta una respuesta inesperada: La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.
Los piadosos judíos conocen los mandamientos y se esfuerzan por cumplirlos con la mayor perfección posible para agradar a Dios. Jesús invita a dar el paso de la fe que significa entra en una relación personal con él, en una adhesión a su persona. Entrar en una relación personal a la cual sólo se llega por la gratuidad, por el amor, y no por el interés en los beneficios que puede reportar.
Pidiendo una señal
En el pasado, Moisés había hecho signos y prodigios que lo acre­ditaron como enviado de Dios para salvar al pueblo. Alimentó con el maná al pueblo hambriento.
Algunos judíos esperaban que el Mesías que estaba por venir hi­ciera los mismos milagros que hizo Moisés. Se decía que en los días del Mesías volvería a llover maná desde el cielo como en el tiempo del éxodo. Por eso la multitud recuerda a jesús un texto del Antiguo Testa­mento que menciona el maná. Si él es el enviado de Dios, que entonces repita el milagro del maná.
¿Qué seguridad pueden tener aquella gente de que Jesús sea el verdadero enviado de Dios y de que Dios exija que crean en él?

¿Quién da a comer pan del cielo?
Les dio como alimento un trigo celestial, leemos en el salmo res­ponsorial de la eucaristía de este domingo.
Jesús corrige de nuevo la perspectiva de la gente. En realidad, el Antiguo Testamento, cuando dice esas palabras, se refiere a que Dios les dio el pan del cielo a los israelitas en el desierto, no fue Moisés el que les dio el pan del cielo.
Jesús explicita que el maná no era en verdad un pan del cielo sino un pan material. El pan del cielo, en cambio, es un pan espiritual, un pan que da vida al mundo.
Jesús corrige el tiempo del verbo, porque el verdadero pan del cielo no es el que comieron en el desierto después de la salida de Egipto, sino un pan que ahora -en tiempo presente- les está dando el mismo Dios
Sin hambre y sin sed
¡Un Pan que puede dar la vida al mundo! Los oyentes hacen una petición: ¡Señor, danos siempre ese Pan! Pareciera que el Señor ha con-



seguido elevar el espíritu de aquella gente hacia la trascendencia del pan material al Pan espiritual que es Jesús mismo.
Y llega la gran autoproclamación: Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. roda vida humana es un peregrinar en el que no faltan los desiertos, y en el desierto el alimento escasea. ¡Cuánto necesitamos a Jesús!
Sólo el que da hospitalidad a Jesús y se alimenta de él, come real­mente el Pan del cielo. En su propia vida deja de tener hambre y sed, porque sus anhelos más profundos se sacian en Jesús.
Dios no quiere que nos contentemos con poco, con cualquier tipo de alimento que el mundo nos ofrece, sino que él mismo quien quiere venir a saciar los anhelos más profundos y verdaderos del ser humano: Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.
La eucaristía es Jesús. Ven a comer todo deleite. 
¡Qué maná-menú eucarístico!
Pues por aquí puedes fácilmente conocer qué es lo que obra en ti este Señor cuando viene a ti. Porque viene a honrarte con su presen­cia, a ungirte con su gracia, a curarte con su misericordia, a lavarte con su sangre, a resucitarte con su muerte, a alumbrarte con su luz, a inflamarte con su amor, a regalarte con su infinita suavidad, a unirse y a desposarse con tu ánima, y hacerte partícipe de su espíritu y de todo cuanto para ti ganó en la cruz con esa misma carne que te da. Y así este divino sacramento perdona los pecados pasados, esfuerza con­tra los venideros, enflaquece las pasiones, disminuye las tentaciones, despierta la devoción, alumbra la fe, enciende la caridad, confirma la esperanza, fortalece nuestra flaqueza, repara nuestra virtud, ale­gra la conciencia, hace al hombre participante de los merecimientos de Cristo, y da prendas de la vida perdurable. Éste es aquel pan que confirma el corazón del hombre, que sustenta los caminantes, levanta los caídos, esfuerza los flacos, arma los fuertes, alegra los tristes, con­suela los atribulados, alumbra los ignorantes, enciende los tibios, des­pierta los perezosos, cura los enfermos, y es común socorro de todos los necesitados. Pues si tales y tan maravillosos son los efectos de este sacramento, y tal la bondad y amor del que nos lo da, ¿quién no será codicioso de tales riquezas? ¿Quién no tendrá hambre de tan excelente manjar? (Fray Luis de Granada).
¡Buen provecho de vida eterna!

martes, 28 de julio de 2015

EL PAN QUE SACIA TODO HAMBRE




Evangelio según San Juan 6,1-15. 
Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. 
Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. 
Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. 
Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. 
Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para darles de comer?". 
El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. 
Felipe le respondió: "Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan". 
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: 
"Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?". 
Jesús le respondió: "Háganlos sentar". Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. 
Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. 
Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada". 
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. 
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: "Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo". 
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña. 




Dignos del alimento
El evangelio de este domingo nos presenta el relato de la multiplicación de los panes y peces según el evangelio de Juan. En la primera lectura, en el libro de los Reyes se narra un episodio análogo de multiplicación del alimento. El salmo 144 expresa bellamente: Abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes. En la segunda lectura el apóstol invita: Los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido. Se nos recuerda que no basta con recibir pasivamente el alimento que el Señor nos da tan abundantemente. Nuestra vida ha de condecir dignamente con la vocación cristiana a la que hemos sido llamados y que ese alimento divino nutre cada día.
Observamos que la multiplicación es el único milagro de Jesús narrado por los cuatro evangelistas, hasta el punto que tenemos hasta seis relatos del mismo hecho. En el evangelio de Juan tenemos además el plano teológico del episodio, es decir, su interpretación.

El VI capítulo de san Juan: el Pan de Vida
En los domingos del ciclo B se lee preferentemente el evangelio según san Marcos. Como éste es el más corto de los evangelios, entre los domingos 17° y 21° durante el año se intercala el capítulo 6 del evangelio de san Juan, el capítulo del Pan de Vida.
Juan 6 es uno de los capítulos más significativos del evangelio. Es con mucho el más largo, 71 versículos, y se lee en 31 ocasiones en el año litúrgico de la Iglesia.
El texto concentra una serie de temas esenciales: la persona de Jesús, su identidad, su origen, su misión y su permanencia en la Iglesia como alimento de vida eterna; la fe como manera de llegar a la vida; y el misterio redentor en la encarnación y en la cruz, misterio que se condensa en la eucaristía.
El capítulo 6, al igual que el capítulo 5, es una unidad literaria que consta de signo y de discurso. Se añade una sección sobre el resultado del discurso.
El trozo evangélico que hoy leemos (6, 1-15) tiene cuatro partes:
1 La situación: está cerca la pascua. Jesús se encuentra seguido
por una gran multitud, en las orillas del mar de Galilea (6, 1-4).
2. Diálogo del Señor con Felipe y Andrés que prepara para el banquete que Jesús va a ofrecer a la gente (6, 5-10).
3. Destacan los gestos cuasi litúrgicos de Jesús, el rol de los apóstoles y la abundancia de panes repartidos (6, 11-13).
4. Reacción de las gentes ante el signo realizado por Jesús y su propia reacción ante las intenciones de la multitud (6, 14-15).

Los milagros son signos
El evangelista Juan describe algunos hechos milagrosos obrados por Jesús, que él llama signos; hasta diecisiete veces repite el vocablo signo, y casi siempre para designar los milagros de Jesús como hechos extraordinarios de la fe, como palabra visible y mensaje de lo alto, siendo el propio Jesús el gran signo de Dios Padre.
Los milagros son señales, signos de una realidad profunda y más importante. El signo es algo que pertenece al campo de lo sensible y material que lleva el pensamiento a una realidad de orden superior y espiritual.

El  primero de sus signos es la conversión del agua en vino en las bodas de Caná; el segundo, la curación del hijo de un funcionario real; el tercero, la curación de un enfermo junto a la piscina de Betesda en día sábado . Ahora va a realizar el cuarto signo: la multiplicación de los panes y peces.
Como al evangelista no le interesa tanto el aspecto milagroso de los hechos sino más bien la capacidad de significar que tiene cada uno de ellos, en el contexto de algunos de estos signos intercala algunas reveladoras que orientan al lector sobre el verdadero sentido del milagro. Así, después del milagro de la multiplicación de los panes, viene el discurso de Jesús donde reiterará que él es el Pan de Vida.

Ecos del Antiguo Testamento
En este evangelio hay muchas alusiones al Antiguo Testamento. Se habla de cruzar el mar, de ir a un lugar desierto, de subir a una montaña .Se precisa que está cerca la fiesta de la Pascua. El diálogo de Jesús con sus discípulos tiene resonancias del libro de los Números donde Moisés expone ante Dios la necesidad de alimento para la multitud de Israel que está en el desierto (Núm 1, 1 3). Cuando Jesús comience su discurso dirá que los judíos murmuraban. Repetidas veces se indica en el Antiguo testamento que, durante la travesía del desierto, los israelitas murmuraban contra Dios y contra Moisés (cf. Núm 11, 1).
El profeta Eliseo multiplicó veinte panes de cebada para alimentar cien personas (cf. 2 Rey 4, 42-44). Jesús multiplica cinco panes de cebada para una multitud inmensa, superando el milagro de Eliseo.
El texto joánico pretende revelar a Jesús como superior a Moisés y a Eliseo. Él es quien sacia el hambre de su pueblo. Él es el mismo Pan de Vida.
Jesús está dando cumplimiento a las esperanzas asociadas a la pascua: la liberación total del hombre, de sus esclavitudes, incluida la de la muerte.




Al ver el signo que Jesús acababa de hacer.

 En  los comentarios al Sal 72, 16: Que abunden las mieses del campo y ondeen en lo alto de los montes, se afirmaba que en tiempo del Mesías, como señal de abundancia, estaría el suelo cubierto de panes de cebada. La tradición popular de Israel comentaba que Dios repetiría en los últimos tiempos el milagro del maná. Con este trasfondo, el evangelista hace notar que lo que realizó Jesús no era sólo un signo profético sino mesiánico. Los judíos esperaban al profeta de los últimos tiempos, que debía venir al mundo a fin de preparar al pueblo para el cumplimiento del proyecto de Dios, que es un proyecto de paz, de alegría y de felicidad.

Los comensales del milagro vieron el signo, pero no captaron su profundo significado. El evangelista está interesado en constatar que algunos confundieron a Jesús con un profeta, mientras que otros quisieron apoderarse de él para hacerlo rey.
¿En qué pensaba aquella gente tras el signo de la multiplicación de los panes y peces? Que sí Jesús repartía alimento gratis, podía solucionar los problemas económicos de cada uno de los presentes. Pero Jesús no venía a dar la vida de un día sino mucho más: la plenitud de la vida, la vida eterna.
Jesús no es el caudillo de una liberación nacional. La verdadera naturaleza de su reinado solamente podrá revelarse en el momento del proceso en su contra.

Jesús se retiró
La reacción de Jesús es sorprendente. No acepta los títulos de profeta y de rey. No quiere ser tentado por la multitud. Se retira solo a la montaña a orar.
El Señor Jesús no quiere dar su consentimiento para ese proyecto. No ha venido al mundo para convertirse en un monarca terrenal. Sólo él tiene el coraje de defraudar a la muchedumbre, después de haberla satisfecho de un modo tan generoso.
Esta actitud de Jesús constituye una apremiante enseñanza para nosotros. El Señor satisface nuestras peticiones, concediéndonos gracias maravillosas, aún mayores que las que pedimos. Otras veces, en cambio, se niega a concedérnoslas. Porque serían un obstáculo para nuestro progreso espiritual, que debe ser siempre un progreso en el amor y, por consiguiente, en el desprendimiento, en la gratuidad.
El evangelio nos está enseñando que para retener a Jesús con todas sus gracias se nos exige la fe, entrar en su proyecto salvífico; el materialismo lo hace alejarse de nosotros, bloquea todo don y gracia divinos.


El maná eucarístico
Al leer con detenimiento el relato evangélico, nos damos cuenta que los gestos realizados aquí por Jesús evocan los gestos de la Última Cena tal como es narrado en los evangelios sinópticos: Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados....
Y es que el pan que el Señor Jesús da para alimento del hambre del mundo es su propio Cuerpo, su propia Carne, y,¡oh maravilla! Esto no lo hizo una sola vez sino que lo sigue haciendo constantemente en el sacrificio eucarístico que es memoria, profecía y actualización del único sacrificio redentor de Cristo en la cruz.
El texto evangélico menciona un dato significativo: sobran doce canastos y Jesús ordena a sus apóstoles guardarlos. Es que tenían que seguir alimentando a su Iglesia por todos los tiempos.

Ya lo sabemos: en la eucaristía se nos da el Cuerpo glorioso de Cristo, el Maná que sacia toda el hambre de todo hombre, el hambre cl todos los hombres. ¡Buen apetito de vida eterna!

miércoles, 22 de julio de 2015

NOVENA A SAN IGNACIO DE LOYOLA



“A la mayor gloria de Dios”, ese era el lema de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, cuya fiesta litúrgica es cada 31 de julio. En preparación a esta gran celebración, aquí una novena especial.
San Ignacio nació en Loyola (España) por el 1491. Su vida se desarrolló primero entre la corte real y la milicia. Al convertirse, estudió teología en París (Francia), donde conoció a aquellos con los que fundaría la Compañía de Jesús.
Su fecundo apostolado, sus escritos y la formación de sus religiosos influenciaron enormemente en la renovación de la Iglesia. Partió a la Casa del Padre en Roma en 1556.
"Enséñanos, buen Señor, a servirte como mereces: a dar sin contar el costo, a luchar sin contar las heridas, a trabajar y a no buscar descanso, a laborar sin pedir recompensa excepto saber que hacemos tu voluntad", decía el gran San Ignacio de Loyola.
NOVENA

Por la señal…
Señor mío Jesucristo…
Oración para todos los días. Gloriosísimo Padre y Patriarca San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús y Padre amantísimo: si es para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma que yo consiga la gracia que os pido en esta novena, alcanzadla del Señor; y si no, ordenad mi petición con todos mis pensamientos, palabras y obras a lo que fue siempre el blasón de vuestras heroicas empresas: a mayor gloria de Dios.
DÍA PRIMERO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que nos revelaste los misterios sagrados de vuestra fe, y por vuestra predicación deseasteis plantarla en los corazones humanos como raíz de todas las buenas obras y de la eterna salvación; os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su iluminada fe, con la cual creería cuantos misterios están escritos en las santas Escrituras, aunque se perdiesen todos los libros sagrados, y de la cual animado la defendió contra los herejes, la dilató entre los gentiles y la avivó entre los católicos. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me deis una fe vivísima de vuestros divinos misterios que me ilustre para creerlos y estimarlos como verdadero hijo de la santa Iglesia con fervorosas obras de perfecto cristiano y me concedáis la gracia que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.
DÍA SEGUNDO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que prometisteis a vuestros siervos tendrían en vuestra esperanza todos los tesoros del mundo y nada les faltaría de cuanto esperasen confiados en vuestra liberalidad tan amorosa como infinita: os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquella firmísima esperanza que le sirvió de tesoro inagotable en su pobreza, de áncora segura en las tormentas de tantas persecuciones, y de una gloria anticipada entre los riesgos de esta miserable vida. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una esperanza segura de salvarme, afianzada en las buenas obras hechas con vuestra gracia y revestidas de vuestros méritos y promesas; y también de conseguir los bienes de esta vida conducentes a mi eterna salvación y proporcionados a mi estado, y la gracia que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.
DÍA TERCERO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que tanto deseasteis el amor de vuestras criaturas que nos intimasteis como máximo y principal precepto amar a nuestro Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas: os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquel inflamadísimo amor con el cual, abrasado en un serafín humano, respiraba sólo llamas de amor divino, refiriendo todas sus palabras y pensamientos a la mayor gloria de Dios y deseando por premio de su amor más y más amor, posponiendo la certeza de su eterna felicidad a la gloria de servir a Dios. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una centella de ese fuego sagrado de mi seráfico Padre San Ignacio, y la gracia que os pido en esta novena a mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.
DÍA CUARTO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que nos recomendasteis la caridad y el amor a los prójimos como el distintivo y señal de vuestra escuela, diciendo que en esto se habían de conocer vuestros discípulos: os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente aquella ardentísima caridad con que deseaba encender en el fuego del divino amor a todos los hombres del mundo, y con que hizo y padeció tanto por su eterna salvación y por asistirlos en todos sus trabajos. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una caridad inflamada, con la cual, a imitación de mi Padre San Ignacio, trabaje continuamente en el bien y salvación de mis prójimos con mis palabras y ejemplos, y con cuanto necesitaren de mi caritativa asistencia, y la gracia que os pido en esta novena a mayor gloria de Dios, honor del Santo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales
DÍA QUINTO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que nos encomendasteis la paciencia en los trabajos de esta vida como la senda de la perfección y el camino real de la gloria: os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de aquella paciencia invicta con que sufrió desprecios, calumnias, cárceles y cadenas con un espíritu tan constante y alegre en los trabajos, que decía no tener el mundo tantos grillos y cadenas como deseaba padecer por Jesús. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, fortalezcáis la fragilidad de mi espíritu, para que con invencible paciencia resista los trabajos, penas y angustias de esta miserable vida, pobreza, dolores y afrentas, fabricando de ellas escala para subir a la gloria, y la gracia que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.
DÍA SEXTO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que con el ejemplo y las palabras nos enseñasteis el continuo ejercicio de la oración y a vivir con el cuerpo en la tierra y en el cielo con el espíritu: os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de aquella continua y perfectísima oración con que vivió entre los ángeles mientras moraba entre los hombres, para conducirlos con sus trabajos y fatigas a la patria bienaventurada. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis el don de la oración perfecta en aquel grado que me conviene para mi salvación y para llevar a otros muchos a la gloria, y la gracia que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, honor del Santo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.
DÍA SÉPTIMO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que con las austeridades de vuestra sacratísima vida, pasión y muerte procurasteis inspirarnos una vida austera, rígida, penitente y mortificada: os ofrezco los merecimientos de mi Padre San Ignacio, y singularmente los de su espantosa penitencia, con la cual convirtió la gruta de Manresa en un abreviado mapa de los rigores de Egipto, Tebaida y Nitria, y venció todas sus pasiones hasta reducirlas a ser instrumentos de la divina gracia. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una mortificación interior y exterior tan perfecta que sujete todas mis pasiones y apetitos a la gracia, y con austeridades y penitencias de la carne, mi cuerpo obedezca a las leyes de una castidad evangélica; y la gracia que os pido en esta novena a mayor gloria de Dios, honor del Santo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.
DÍA OCTAVO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que desde el instante de vuestra encarnación en el seno purísimo de vuestra madre Virgen, obedecisteis hasta morir obediente en la cruz: os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los de su heroica obediencia con que obedeció a todos sus superiores, especialmente al Sumo Pontífice de Roma, Vicario de Cristo en la tierra, consagrado con toda su religión, la Compañía de Jesús, con particular voto a la obediencia de la Santa Sede. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una perfectísima obediencia a todos mis superiores, continuada todos los instantes de mi vida, y perfecta en los tres grados de obedecer en cuanto a la ejecución, en cuanto a la voluntad y en cuanto al entendimiento, y la gracia que os pido en esta novena a mayor gloria de Dios, honor del Santo y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.
DÍA NOVENO
Comenzar con la oración de todos los días.
Jesús mío dulcísimo, que al morir nos mostrasteis el amor y deseo ardiente que teníais de que los hombres todos amasen, reverenciasen y sirviesen a vuestra Santísima Madre, encomendándola al Discípulo Amado: os ofrezco los merecimientos de mi glorioso Padre San Ignacio, y singularmente los que atesoró con la cordialísima devoción que profesaba a María Santísima, a quien escogió por Madre desde su conversión; y después esta Señora hizo oficio de madre amorosa en todas las empresas que para mayor gloria vuestra emprendió el Santo, iluminándole para que escribiese el libro admirable de los Ejercicios y el de las Constituciones y Reglas de la Compañía. Os suplico, Padre amantísimo de mi alma, me concedáis una sólida y cordial devoción para con María Santísima, vuestra Madre, aquella devoción que es señal cierta de predestinados; que yo sirva a esta Señora con los obsequios del más fiel y obediente hijo, y la gracia que os pido en esta novena a mayor gloria de Dios, honor del Santo y provecho de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros y Avemarías. Terminar con las oraciones finales.

ORACIONES FINALES
ORACIÓN I
Santísimo Padre y Patriarca San Ignacio, a quién Jesús escogió para capitán de su sagrada Compañía, y adornó con todas las virtudes que pedía este supremo cargo: ángel en la pureza de cuerpo y mente; arcángel encargado de tantos negocios de la mayor gloria de Dios y bien de las almas; principado excelentísimo en la dirección de tantos millares de espíritus felices; potestad poderosísima para echar a los demonios de los cuerpos y de las almas; virtud prodigiosa en tantos y tan estupendos milagros; dominación suprema de la Compañía que formó tan dignos ministros evangélicos y ahora continúa en formarlos desde el cielo; trono elevadísimo, en quien descansó la mayor gloria de Dios corriendo en vuestra fogosa alma por todas las partes del mundo; sapientísimo querubín, cuya mente ilustrada por el Espíritu Santo, dictó sabiduría celestial a su pluma; serafín fogosísimo que aspiró en su vida y aspira continuamente desde el cielo a encender todo el mundo en llamas del divino amor; abreviado paraíso de todas las virtudes y gracias, que a competencia formaron la heroicidad nunca bastantemente alabada de vuestra grande alma: yo, Padre mío amantísimo, me gozo de veros tan superior a cuantos elogios puede daros mi balbuciente lengua, y concebir mi tardo entendimiento, aunque inspirado de una voluntad ansiosa de amaros y de que os amen todos los hombres. Confiado en vuestras piedades, imploro vuestra benignísima caridad para que me alcancéis que viva yo una vida verdaderamente cristiana, conforme a las obligaciones de mi estado, observando perfectamente la ley santa de Dios y los consejos evangélicos que me pertenecen, y que no buscando en todas mis acciones otra cosa que la mayor gloria de Dios, consiga una muerte dichosa en los brazos de Jesús, en el amparo de María santísima y en vuestra presencia. Espero, Padre mío dulcísimo y suavísimo, me alcancéis estas gracias tan importantes para mi eterna salvación, y el favor que os pido en esta novena, si es para mayor gloria de Dios, honor vuestro y provecho de mi alma. Amén.
Mencione aquí su petición
ORACIÓN II
¡Oh Dios, infinitamente bueno y misericordioso! Pues he recibido de vuestra Majestad todos los dones naturales y sobrenaturales que tengo, deseoso de ser en alguna manera agradecido a vuestras misericordias, os vuelvo cuanto me habéis dado con esta oferta familiar en el corazón y en los labios de mi glorioso Padre San Ignacio:
"Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro; disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta."
ORACIÓN III
Oh Dios, que para propagar la mayor gloria de tu nombre, has fortalecido por medio de San Ignacio a la Iglesia militante con un nuevo auxilio: alcánzanos que con su ayuda y a imitación suya peleemos en la tierra hasta conseguir ser coronados con él en el cielo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

Todo lo que San Ignacio de Loyola ha enseñado al Papa Francisco