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domingo, 27 de julio de 2014

EL TESORO ESCONDIDO



DOMINGO 27 DE JULIO DEL 2014
Evangelio según san Mateo (13,44-52):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»






El discurso de las parábolas, que se ha proclamado en el Evangelio de estos últimos domingos, llega hoy al final. Con estas tres parábolas Jesús muestra otros aspectos del Reino a los que se sentían atraídos por su anuncio. Los que seguían a Jesús estaban convencidos de que el Reino iba a llegar de un memento a otro. En esos años, tal vez más que nunca, había gran ansiedad porque estaban pasando por situaciones muy difíciles: los habitantes de Galilea tenían como gobernante un rey judío indigno, y los de Judea estaban dominados por los romanos que les hacían sentir su desprecio y les hacían sufrir la opresión. En las parábolas que se han proclamado en las lecturas evangélicas de los domingos precedentes se han visto diferentes aspectos del Reino que anuncia Jesús. En este domingo se presentan en primer lugar dos parábolas gemelas: el tesoro escondido y la perla de gran valor, que Jesús dice en particular a los doce Apóstoles, una vez que se ha dispersado la multitud. 

DOS PARÁBOLAS SOBRE EL PRECIO
Estas parábolas son muy similares y en el fondo significan lo mismo. Algunos se preguntan por qué en la primera de ellas dice que el Reino se parece a un tesoro, mientras que la segunda comienza diciendo que el Reino se parece a un hombre que busca piedras preciosas. Pero esta variación no debe hacernos confundir. Por los escritos de los maestros judíos de aquel tiempo se sabe que era común expresarse de esta manera, y que lo que se quiere decir en un caso y en el otro es que con la llegada del Reino se produce una situación semejante a la que se da cuando un hombre halla un tesoro o cuando un comerciante encuentra una perla preciosa. Nos damos cuenta inmediatamente de que se refieren al "precio" que hay que pagar para poder entrar en el Reino. Los dos personajes de estas parábolas venden todo lo que tienen para comprar algo de gran valor que han encontrado. Uno encontró un tesoro por casualidad, el otro estuvo buscando piedras preciosas hasta que encontró la perla de valor excepcional. Las situaciones que se describen coinciden en que se ha encontrado algo tan valioso que todo lo demás pasa a ser secundario. En los dos cases se dice que el precio del hallazgo es equivalente a todo lo que se posee. No se trata de invertir todos los ahorros o de hacer un gran gasto, sino de vender todo lo que se tiene. El Reino de Dios es algo tan importante que para poder poseerlo no basta con que nos despojemos de tal o cual cosa, sino que es necesario dar todo sin reservarse nada. Si hay albo que no se vende, por pequeño que sea, ya no alcanza el dinero para comprar el campo o la perla preciosa. Tal vez los discípulos de Jesús pensaban que cuando llegara el Reino ellos seguirían siendo como antes, y que lo que cambiaría sería el país, o los gobernantes, o en todo caso los pecadores. Pero con esta enseñanza, Jesús les dice que si quieren el Reino tienen que empezar por cambiar ellos, y no en aspectos parciales, sino totalmente. Otro escrito del Nuevo Testamento lo expresa de manera muy grafica cuando dice que es necesario desvestirse del hombre para poder llegar a ser un hombre nuevo. Con estas parábolas, Jesús nos dice que el Reino  va a llegar por un simple cambio de estructuras políticas, porque la raíz de todos los males que nos molestan es el pecado que se esconde en nuestros corazones. Hasta que no cambie nuestro corazón no entrara el Reino. Jesús ya ha vencido al pecado y a la muerte, por eso el Reino ya esta presente entre nosotros.  Pero ahora es necesario que el Reino penetre en el mundo, y penetrará a través de nuestros corazones en la medida en que Dios vaya reinando en ellos. Si Dios tiene que reinar en el corazón del hombre, entonces deberá desaparecer todo otro poder, toda otra tiranía, toda otra esclavitud. Es necesario deshacerse de todo, saber renunciar a todo. De lo contrario, no llegará el Reino. Los que esperan que el Reino venga desde afuera, mientras ellos contemplan como espectadores, quedarán desconcertados. Jesús nos dice que en el Reino no hay espectadores. La única posibilidad de participar en el Reino es siendo protagonistas. En otras palabras, en el Reino hay que comprometerse, y solamente los comprometidos lo poseerán. 

LOS QUE DESEAMOS EL REINO
Nosotros también seguimos a Jesús. Venimos detrás de Él en grandes grupos, como los que lo acompañaban aquel día junto al lago. Nosotros también hablamos del Reino y deseamos que venga, ya que todos los días decimos una o varias veces: "... que venga a nosotros tu Reino...". Y, aunque no nos demos cuenta, también estamos deseando el Reino cuando advertimos que las cosas andan muy mal en el mundo y ansiamos que todo cambie y se haga de una vez por todas la voluntad de Dios. Por supuesto que no queremos las injusticias ni la violencia. Nos molesta la mentira y el fraude, deseamos que no haya más lágrimas ni dolor. Sabemos que Dios quiere otra cosa para sus hijos, y esperamos que llegue el día en que se haga la voluntad de Dios. Eso es esperar el Reino.

¿QUE VENDEREMOS?
Si hay que vender todo lo que se posee, tenemos que hacer un recuento de todo lo que es valioso para nosotros. No demos la respuesta fácil calculando el dinero que llevamos encima o que tenemos ahorrado. Eso será lo último que se nos pedirá. Tenemos que empezar por nuestra manera de pensar, por nuestra manera de ser, por nuestros hábitos y costumbres... Si de veras queremos que Dios sea el Rey en nuestra sociedad, démosle lugar para que comience a ser Rey en nosotros mismos. Si nos reservamos nuestras maneras de pensar, nuestros criterios para juzgar o nuestros propios principios personales, ya no estará reinando el Señor, sino que reinaremos nosotros mismos. Para que el Señor haga su voluntad tenemos que renunciar a hacer lo que nosotros queremos. Si seguimos reservándonos el derecho de decidir por nuestra propia cuenta lo que está mal o lo que está bien, sin tener en cuenta a Dios, entonces el Señor no será Rey porque no mandará para nada en nosotros. Y si no lo dejamos hacer su voluntad en nosotros ¿cómo podemos quejarnos con sinceridad porque no se hace su voluntad en el mundo? Y también tenemos que pensar en nuestro dinero, en nuestras propiedades, en las cosas grandes y pequeñas que poseemos. Si seguimos considerando todo esto como exclusivamente nuestro, sin compartirlo o ponerlo al servicio de los demás, nos mantenemos en la situación de esclavos y no tenemos la suficiente libertad como para poder entrar en el Reino. Si estamos dominados por las cosas materiales ya no tenemos espacio para que reine el Señor. El Reino es el único valor que interesa. Ante él, todo lo demás es secundario y por eso vale la pena renunciar a todo. Las dos parábolas nos muestran la actitud alegre y decidida de los personajes, que no dudan un memento en dar los pasos necesarios para adquirir aquello tan valioso que han encontrado. Puede ser que alguien haya encontrado el Reino de manera casual. De pronto. sin andar buscando, Dios le ha hecho conocer su presencia y su plan sobre los hombres, le ha hecho ver que hay algo más allá en lo cual conviene comprometerse. Como el hombre que encontró el tesoro por casualidad, la alegría del encuentro lo encaminará para que renuncie a todo y se lance a esta aventura de dejarse transformar por el Reino para poder después emprender la tarea de hacer llegar el Reino a todos los que todavía no lo conocen. Otro puede andar buscando, con ojos de experto, como el comerciante de piedras preciosas. Leerá, preguntará, discutirá y reflexionará. Llegará el día en que de alguna manera Dios le hará ver d0nde está la verdad, y entonces comprenderá que es necesario dejar todo lo anterior para abrazar esta única verdad que supera a todas las sabidurías humanas, y con la alegría del encuentro podrá empeñarse también en hacer participar a otros de este valor incalculable que Dios le ha confiado. El Reino ya está entre nosotros y quiere penetrar en el mundo. Cuando se encuentran personas dispuestas a "vender todo lo que tienen'' para poseerlo, entonces se abre paso y comienza a manifestarse en la sociedad. 

LA RED
La última de las parábolas de este capítulo es la de la red arrojada al mar. Jesús estaba predicando a un público familiarizado con la pesca, y algunos de sus oyentes eran expertos pescadores, como es el caso de Pedro y Andrés, Santiago y Juan. La parábola está dirigida a los que quieren que el Reino se anuncie sólo a una cierta categoría de personas. Entre los que oían a Jesús muchos pensaban que en el Reino estarían solamente los que ellos consideraban buenos, o que estarán solamente los judíos. y quedarían fuera los paganos. A los que pensaban así, Jesús les relata esta breve parábola en la que dice que en el anuncio del Reino sucede lo mismo que en la pesca: nadie puede elegir por anticipado la clase de peces que va a recoger en la red. La red se arroja al mar, y en ella vendrá toda clase de peces, de buena y de mala calidad. Por esa razón esta parábola tiene mucho en común con la del trigo y la cizaña. En las dos se plantea el problema de la presencia del mal y del juicio que se hará al final de los tiempos. El Reino se anuncia a todos, a los buenos y a los males, a judíos y a paganos. No se hace acepción de personas. Solamente en el momento del juicio se dará la separación definitiva. A los discípulos no les corresponde escoger anticipadamente quienes van a ingresar en el Reino y quienes quedarán afuera. El mandato de la misión no conoce límites. En todas estas parábolas ha quedado claro que en el Reino se manifiesta la bondad y la paciencia de Dios, que no apresura el juicio condenatorio, sino que espera y nos enseña a esperar. Con elementos tomados del Antiguo Testamento, Jesús ha mostrado la novedad del Reino. Como "un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo", ha conservado todo lo valioso que había en lo antiguo y ha introducido lo nuevo. 

lunes, 21 de julio de 2014

Evangelio del domingo 20 de julio del 2014

SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR






San Mateo (13,1-23):

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. 

Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»



La palabra, lluvia y semilla
 
La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre por medios llamativos y extraordinarios: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, son también vías sencillas y accesibles a todos las que nos comunican la sabiduría de Dios. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Esa Palabra es palabra de Dios, pero al mismo tiempo es palabra humana, encarnada, cercana y accesible: el mismo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre. 


Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla de la Palabra eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por ciento, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos a nosotros mismos para ver si estamos haciendo la parte que nos corresponde, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra. 

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras. 
El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos pongamos en movimiento, nos acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes posiblemente son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros. 

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes evangélicas de odio hacia ciertas personas o grupos, de rencor y resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada, o costumbres y formas de vida que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente puede ser el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia y, en consecuencia, fidelidad. En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en nuestra vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. 

Estas pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios, de Jesús, pero no tengan tiempo para hablar con él y escucharlo. La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra que la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalificar o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insistencia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra..., a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en buena tierra. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en buena tierra los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser letras vivas de la misma.

sábado, 19 de julio de 2014

Actividades del P. Bradley s.j. Del 22 de Julio al 1° de Agosto/2014




En el CENTRO AMAR Y SERVIR el P. Raúl proseguirá con sus actividades de la siguiente manera:
‡ Entrevistas: pueden solicitarse al teléfono de Secretaría (4373.9799)
 o al celular del P. Raúl  (15.5651.3157)

‡ Las clases no se interrumpen, pero tendrán un desarrollo, no obligatorio, acerca de: 
“Introducción al  Análisis Transaccional”.
‡ La organización horaria será la siguiente :
Martes 22 y 29/7/14 - 19 hs. Clases
Miércoles 23 y 30/7/14 - 18 hs. Misa y Adoración del Santísimo y
Estudio sobre los “Hechos de los Apóstoles”
Jueves 24/7/14 - 19 hs. Clases
Viernes 25/7 y 1/8/14 - 19 hs. Clases


Sábado 26/07/14
“TALLER DE ENSUEÑO DIRIGIDO”
(Coordina el P. Bradley s.j.)
Juegos, Terapia Simbólica y enseñanza de S. Ignacio de Loyola
No instalarse en el lamento, cambie sus quejas VIEJAS
• Relájese
• Aflójese
• Ensueñe
Técnica de probada eficacia en el CONOCIMIENTO DE SÍ.
Fecha de realización : sábado 26 de julio de 2014
Horario : 15,30 a 19 hs (se ruega puntualidad)
Lugar : Callao 542 – 2º piso
Colaboración sugerida : $ 100
‡ 19,30 hs.: compartiremos comunitariamente la fiesta de nuestro Patrono S. Ignacio. La participación es “a la canasta”.
‡ Oportunidad propicia para anunciarles que la próxima Constelación será el sábado 9/8/14. Oportunamente
recibirán a-mail detallado.

martes, 15 de julio de 2014

domingo, 13 de julio de 2014

EVANGELIO DEL DOMINGO:MIS ACTITUDES FRENTE A LA MANIFESTACIÓN DE DIOS

Evangelio según San Mateo 13,1-23.
Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".
Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?".
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".



La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre por medios llamativos y extraordinarios: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, son también vías sencillas y accesibles a todos las que nos comunican la sabiduría de Dios. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Esa Palabra es palabra de Dios, pero al mismo tiempo es palabra humana, encarnada, cercana y accesible: el mismo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla de la Palabra eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por ciento, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos a nosotros mismos para ver si estamos haciendo la parte que nos corresponde, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.
El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos pongamos en movimiento, nos acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes posiblemente son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio hacia ciertas personas o grupos, de rencor y resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada, o costumbres y formas de vida que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente puede ser el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia y, en consecuencia, fidelidad. En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en nuestra vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante.

Estas pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios, de Jesús, pero no tengan tiempo para hablar con él y escucharlo. La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra que la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalificar o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insistencia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra..., a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en buena tierra. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en buena tierra los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser letras vivas de la misma.

lunes, 30 de junio de 2014

Festividad de San Pedro y San Pablo

La roca y fuego
Tal vez todos nos hemos hecho alguna vez la pregunta de por qué la Iglesia une en una misma fiesta a Pedro y a Pablo, los dos grandes apóstoles y columnas de la Iglesia. ¿Es qué no merecen cada uno por separado una conmemoración propia? ¿No resulta que al celebrar sus figuras el mismo día vienen como a hacerse sombra el uno al otro? De hecho, la Iglesia remedia en cierto modo esta situación dedicándoles a cada uno por separado otras dos fiestas: la conversión de san Pablo (el 25 de enero) y la de la Cátedra de San Pedro (el 22 de febrero). Pero la celebración principal, con el rango de solemnidad, es este 29 de junio, en que los recordamos juntos.
Este hecho, que puede parecernos extraño, responde a una antigua tradición romana, relacionada con el traslado de los restos de Pedro y Pablo en el año 258 a una cripta en la vía Apia (donde se erigió una basílica a los dos apóstoles, en el lugar en que hoy se levanta una iglesia a san Sebastián) para preservarlos durante la persecución de Valeriano. Los testimonios sobre los lugares en que reposaban originariamente los restos de los dos Apóstoles datan de tiempos anteriores. Sólo al llegar la paz de Constantino esos restos fueron llevados a sus emplazamientos iniciales, donde el mismo Constantino levantó dos templos en sus actuales emplazamientos de la colina Vaticana (Basílica de san Pedro) y de la vía Ostiense (Basílica de San Pablo extramuros).



Pero aquí, como tantas veces, la anécdota se eleva a categoría, y lo que puede parecer una mera coincidencia histórica revela un significado profundo, incluso providencial. Porque Pedro y Pablo, además de ser dos personalidades formidables y fundamentales en la historia de la primera Iglesia, representan dos principios esenciales e inseparables de la Iglesia universal, de la misma fe que Cristo encargó preservar y difundir a los apóstoles y, con ellos, a toda la Iglesia. El aparente antagonismo entre ellos que cree descubrir una mirada superficial esconde una profunda unidad y complementariedad.
Pedro representa la confesión firme, la roca de la fe, la seguridad en el contenido de la misma. La fe es un acto personal de adhesión; pero no es un acto meramente subjetivo, en el que poco importa lo que se crea, con tal de que se crea firmemente. Hoy somos especialmente proclives a esa forma de subjetivismo. Pero, como vemos en el evangelio de hoy, Jesús, al preguntar a los apóstoles sobre lo que las gentes piensan de Él, y sobre lo que piensan ellos mismos, está dando a entender que no cualquier opinión tiene el mismo valor, incluso si esas opiniones son favorables y positivas. En su tiempo se le tenía por profeta, por uno de los grandes profetas antiguos (como Elías) o recientes (como Juan el Bautista). Después se le ha visto, casi siempre de manera positiva, como un maestro de moral, un renovador o un revolucionario social, un adalid de la fraternidad universal, y así un largo etcétera. Pero ninguna de esas opiniones es suficiente. Pedro no emite una opinión, sino que realiza una verdadera confesión de fe, fruto de una experiencia personal que es, además, una revelación de lo alto: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y justo porque confiesa la verdadera identidad de Jesús recibe una bendición, una nueva identidad y una misión: ser piedra y fundamento, garante de la fe.
Pablo representa el viento, el riesgo y el arrojo de la evangelización: el anuncio abierto universalmente de aquella fe confesada. Porque la fe en Cristo tiene que ser primero confesada, esto es, aceptada y asimilada hasta conformar de un modo nuevo la propia identidad. Pero no es posible quedarse ahí: como no puede esconderse la luz (cf. Mt 5, 14), la fe no puede no ser proclamada, anunciada y comunicada. Pues creer que Cristo es el Hijo de Dios y el salvador del mundo, muerto y resucitado para reunir a todos los seres humanos en la única familia de los hijos de Dios, significa que el creyente no puede guardarse esa fe para sí solo, sino que tiene que darla a conocer a todos, pues todos son llamados a ingresar en esa familia, a gozar de la misma bendición. Y Pablo, que no había conocido al Jesús histórico, pero conoció tan bien al Cristo al que había perseguido, reclama con fuerza el título de verdadero apóstol, apóstol de los gentiles, porque sabe que la fe en Cristo atraviesa épocas y también traspasa fronteras. Pablo comprendió como nadie la universalidad del Evangelio, que debe abrirse sin condiciones, ni culturales, ni raciales, ni religiosas.
De hecho, que el principio petrino (el cimiento firme y seguro) y el paulino (la evangelización abierta y sin límites) no están reñidos se echa de ver con claridad si consideramos que Pedro ya dio el primer paso hacia la apertura a los gentiles (cf. Hch 10), y que toda la actividad evangelizadora de Pablo no tiene otro centro que la confesión apasionada del Señor Jesucristo (cf., por ejemplo Flp 3, 8; 1 Cor 2, 2). Y aunque en alguna ocasión pudieran discutir o tener un enfrentamiento (cf. Gal 2, 14), esto no elimina en modo alguno la profunda amistad de los principios que representan, que, separados el uno del otro, se debilitan y mueren. Si nos quedamos sólo con la roca, resulta una identidad cerrada sobre sí misma y estéril. Pero si afirmamos sólo una apertura universal sin contenidos concretos, nos disipamos en una formalidad vacía que nada ofrece en concreto, que se disuelve en meras poses de aceptación de todo, hasta comulgar con ruedas de molino.
Encontramos, pues, en esta celebración conjunta de Pedro y Pablo, una sabia pedagogía divina, que la Iglesia ya en sus primeros siglos comprendió con clarividencia, vinculando para siempre a estos dos grandes apóstoles, a los dos principios que representan al servicio de la única fe en Jesucristo. Y la prueba principal de la unión indisoluble y necesaria de estas dos columnas de la fe se encuentra en el testimonio martirial que los hermana. Los dos por igual, en la misma persecución y en la misma ciudad, aunque de modos distintos, entregaron su vida por la fe que confesaron y difundieron, culminando de esta manera una vida de entrega sufrida y total al único Señor y Salvador. Las dos primeras lecturas dan fe de esa entrega. En la primera lectura, tras el martirio de Santiago, Pedro se encuentra también en situación de extremo peligro. La orden que recibe del ángel: “levántate, ponte el cinturón, sígueme” nos recuerdan esas otras palabras que le dirige Jesús en el evangelio de Juan: “Cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará a dónde no quieres. Tú sígueme” (Jn 21, 18. 19). Se ve que Pedro ha alcanzado ya la madurez del discípulo dispuesto a seguir al Maestro a donde quiera que vaya. De modo similar, el texto de la carta a Timoteo ofrece una especie de resumen final de la vida de Pablo, en el que expresa una confianza total en Aquel por el que ha combatido su combate y ha corrido hasta la meta, sabiendo que, tras librarle de toda clase de peligros, le liberará del mal radical, como rezamos en el Padre nuestro, una liberación que atraviesa también el muro de la muerte, destruido por Cristo en el altar de la Cruz.
Para nosotros hoy, como para los cristianos de todos los tiempos, conmemorar juntos a Pedro y a Pablo tiene especial significación. Mirándolos a los dos podemos vencer la tentación (digámoslo así, cediendo a los clichés en circulación) “conservadora” de una fe numantina, a la defensiva, encerrada sobre sí misma que mira al mundo sólo con temor y desconfianza; y también la otra tentación “progresista” de un aperturismo sin criterio, que acepta todo lo que va apareciendo como nuevo, sin pasarlo por el crisol de la fe confesada y personalizada. Es necesario unir en la vivencia de nuestra fe los dos principios, la inspiración de los dos Apóstoles, apoyándonos por igual en las dos columnas: confesar a Cristo sin fisuras, y, desde esa fe, abrirnos a todos sin temor: capaces de acoger con amor a todos, pero también de anunciar con convicción y sin complejos que “no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch 4, 12), que sólo Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, que “Dios salva al hombre no por cumplir la ley sino por la fe en Jesucristo” (Gal 2, 15). Confesión y apertura, la roca y el fuego, que se ponen a prueba y se autentifican, como en Pedro y en Pablo, en la disposición a dar la vida por Aquel en el que hemos creído y del que nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1, 12).

domingo, 22 de junio de 2014

Celebración de Corpus Christi 2014

ALIMENTO PARA LA ETERNIDAD







Evangelio del domingo 22 de junio del 2014

San Juan (6,51-58):
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»



EL MANÁ DEL DESIERTO

El texto del Evangelio que se proclama en esta solemnidad está tomado del largo capítulo de san Juan en el que se relata la multiplicación de los panes y se reproduce el discurso que pronunció Jesús al día siguiente en la sinagoga de Cafarnaúm. Después de la multiplicación de los panes la multitud cruzó el lago de Galilea y se reunió en la Sinagoga, donde los judíos se juntan para leer y explicar las Escrituras y para rezar. Por lo que sigue a continuación en el Evangelio, se supone que allí han leído una parte de la Biblia donde se relata cómo Dios alimentó milagrosamente a los israelitas durante el tiempo en que estuvieron en el desierto. Se dice en el libro del Éxodo que cuando estuvieron con hambre, el Señor les envió una comida que caía del cielo, llamada el maná. La primera lectura proclamada en la Misa de hoy, tomada de otro libro de la Biblia, alude al mismo alimento milagroso. Los judíos preguntaron a Jesús sobre un Salmo de la Escritura donde se refiere este hecho diciendo: "Les dio a comer el Pan del cielo".

Tomando este texto como punto de partida, Jesús los instruyó explicándoles que aquél pan que habían recibido en el desierto no era verdadero pan del cielo, ya que es un hecho conocido por todos que los que estuvieron con Moisés en el desierto murieron después de algún tiempo, así como también murió Moisés. Si el maná hubiera sido verdadero pan del cielo, les habría comunicado la vida eterna. Con estas explicaciones Jesús provocó un interrogante: ¿Entonces cuál es el verdadero Pan del cielo del que hablan las Escrituras? El Evangelio proclamado en esta Misa contiene la última parte de la respuesta de Jesús. Son palabras que sorprenden y escandalizan a los oyentes: Quien distribuye el verdadero pan del cielo no es Moisés sino Dios, y el pan no es el maná sino el mismo Jesús: "Yo soy el Pan verdadero que ha bajado del cielo". Y si estas palabras inesperadas resultaban inaceptables para muchos, Jesús añadió: "El Pan... es mi carne".

EL PAN VERDADERO 

Si por una parte los oyentes no podían aceptar que este Jesús que ellos creían conocer se proclamara como Pan bajado del cielo, por otra parte les parecía totalmente fuera de lugar que Él dijera que había que comer su carne. ¿A quién no le produce repugnancia y horror el pensar en comer carne humana? Esto se agrava cuando Jesús añade que se debe beber su sangre. A los semitas en general, la idea de beber sangre les produce repugnancia. Mucho más si se trata de beber sangre humana. El Antiguo Testamento castigaba con la pena de muerte a quienes comieran la carne con su sangre o simplemente bebieran sangre. Hasta el día de hoy los judíos comen la carne desangrada. De las enseñanzas de Jesús surgen las respuestas a estas cuestiones que plantean los judíos. En primer lugar que Él es el Pan verdadero. Esto significa que todo otro pan, también el milagroso que comieron los israelitas en el desierto, es una figura. El pan que comemos diariamente para saciar nuestra hambre y evitar la muerte es una figura de ese otro alimento que nos envía Dios para que saciemos el hambre de vida eterna y podamos vencer a la Muerte para siempre.
Pero advirtamos que cuando utilizamos la palabra “Pan” no nos estamos refiriendo sólo a esta sustancia alimenticia elaborada con harina, sino que es un término común con el que se indica todo lo que el ser humano necesita para vivir. Si tenemos esto en cuenta, las palabras de Jesús resultan mucho más sorprendentes todavía. Jesús viene desde el Padre y se ofrece a los hombres para que lo reciban por medio de la fe. Aquellos que se abren a Él y lo aceptan, creyendo en su Palabra y dejándose redimir, se alimentan de Jesús porque reciben de Él la vida que proviene del Padre, y que es la vida eterna, la que no tiene mezcla de mal ni puede conocer el límite de la muerte. Por esa razón Él es pan, y es verdadero pan porque comunica una vida que dura para siempre.
Cuando decimos vida eterna tenemos que recordar que no se trata de seguir viviendo largos y numerosos años como una continuación de la vida que ahora llevamos. La vida eterna es la vida total, es el poder alcanzar la totalidad de todos los bienes que ahora poseemos en pequeña medida: vida, alegría, amor, sabiduría. Y todo esto sin mezcla de ningún mal, sin envejecimiento ni enfermedades, y sobre todo, sin el sombrío límite que impone la muerte. Por eso el pan de nuestra comida diaria es una figura: nos asegura la vida terrenal, nos concede un poco más de tiempo en este mundo, pero no nos puede dar de ninguna manera la vida eterna, es decir la vida total.

EL PAN QUE ES SU CARNE

Para los oyentes de Jesús resultaba inaceptable que Él se presentara como un pan que alimenta con la vida eterna a quienes lo reciben por la fe. Jesús les explicó que Él también es pan de otra forma, porque tanto su carne como su sangre deben ser recibidas para poder tener la vida eterna. Los oyentes reciben estas palabras con horror. Ellos piensan que tienen que comer la carne de un cadáver y por eso no lo pueden admitir. Jesús les dice entonces que la carne y la sangre que Él ofrece como comida y bebida es la carne y la sangre del "Hijo del Hombre".
"El Hijo del hombre" es el nombre con el que Jesús se designa a sí mismo cuando se refiere a su glorificación. Cuando dice que hay que comer la carne del "Hijo del hombre" quiere decir que se trata de recibirlo a Él en su condición glorificada. No es un cadáver, sino un cuerpo glorioso, que ya no puede padecer ni se puede corromper. Su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida. Toda otra comida y toda otra bebida es una figura. La comida y la bebida que Jesús ofrece son su carne y su sangre como carne y sangre de un viviente que vive porque recibe a vida eterna que es propia del Padre, y todo aquel que se alimente de la carne y de la sangre de Cristo se asegura esta vida eterna. Quien no los reciba no tendrá esta vida.


LA EUCARISTÍA

Estas palabras solamente se entienden cuando se tiene conocimiento y experiencia de lo que es recibir la Eucaristía. Al participar de este sacramento recibimos un pan que es verdaderamente carne y sangre de Cristo viviente. Entre tantas cosas sorprendentes que tiene esta enseñanza de Jesús, nos llama la atención que diga que los que reciben su carne y su sangre tienen ya ahora la vida eterna. La vida eterna no es solamente promesa para el futuro. Y ya se ha dicho que vida eterna es participar de la vida que es propia de Dios.
A los que comulgan se les ofrece ya desde ahora esa vida que viniendo del Padre está en Cristo, y por lo tanto es un comienzo de la felicidad plena que se da en el cielo. El Pan de la Eucaristía comunica el amor de Dios, para que los creyentes que lo reciben sean capaces de dar la vida por los hermanos, como lo hizo el mismo Jesús. Todos los que comulgamos nos unimos en un solo cuerpo con Jesús para poder vivir y amar como Él vive y ama.
Lejos de encerrarnos en nosotros mismos, la comunión tiene que abrirnos para amar la vida y amar cada vez más a Dios y a nuestros hermanos. Amar de esa manera, hasta el heroísmo, puede parecer algo tan imposible como vivir ya en la felicidad del cielo a pesar de todas las tristezas y dolores que nos rodean. 

Pero toda esta incapacidad humana queda superada cuando oímos que Jesús no nos ofrece alimentos de este mundo, ni siquiera un pan milagroso como el maná, sino el Pan verdadero que es su mismo cuerpo viviente, pleno de la vida de Dios.
La vida de los santos, el ejemplo de los mártires, e incluso nuestra propia experiencia cuando nos alimentamos frecuentemente con la Sagrada Comunión, nos hacen ver cómo la débil creatura humana puede llegar a superarse a sí misma hasta realizar lo que para los hombres es imposible: vencer el pecado para vivir en la santidad, destruir el egoísmo para entregarse generosamente a practicar el amor a los demás, vivir intensamente la alegría de la unión con Dios hasta el punto de no perder esta alegría ni siquiera en medio de los tormentos más crueles.
Y si esta es la fuerza que nos comunica en este mundo el Pan verdadero, podemos estar seguros de que con ese Pan también estamos recibiendo la vida que dura para siempre. 

domingo, 15 de junio de 2014

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Dios :Padre, Hijo y Espíritu Santo


Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-18):
Domingo 15de junio del 2014

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.


Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad de amor.
Hoy celebramos la solemnidad de la santísima trinidad. Cuando confesamos que Dios es Uno y Trino no podemos renunciar al deseo que entender qué es lo que esto significa, y por eso a lo largo de la historia del cristianismo muchos han intentado explicar esta afirmación desde distintos conceptos y teorías. Algunas de ellas nos pueden parecer más sugerentes que otras, pero lo que sí que es común a todas ellas y a la experiencia de quienes se adentraron en este esfuerzo intelectual es que al final la realidad de Dios no puede encerrarse en nuestros parámetros y conceptos. Por eso decimos que Dios es un misterio, Alguien que se insinúa, que se sugiere, pero que no se deja encerrar en definiciones intelectuales ni se agota en nuestra experiencia por profunda y dilatada que ésta sea.
Por eso entender el misterio de Dios es adentrase en el misterio de la Trinidad, y eso ha de hacerse no únicamente por la vía del pensamiento, sino también y sobre todo por la vía de experiencia. Dios nos muestra su ser a través de su acción en la historia. En ella llegamos a la convicción que nuestro Dios es comunidad, que Dios no es un ser solitario, soltero, encerrado en sí mismo; al contrario, la comunicación de amor y de vida están inscritas en su mismo ser.  
Este es un buen criterio que discernimiento para ver la autenticidad de nuestra experiencia de Dios y de nuestra práctica como cristianos. La fe en el Dios que anuncia Jesucristo hace referencia directa a la comunidad, nace en el seno de una comunidad que es la que me transmite la Buena Noticia. En ella la fe crece y se purifica. Y desde ella somos enviamos para en el mundo vivir comprometidos en la construcción del Reino de Dios. Tan importante es esto para nosotros que podemos decir que no se puede vivir en cristiano independientemente de la pertenencia más o menos intensa a una comunidad. Por eso sin la comunidad, la fe se convierte en ideología, se hace subjetiva y fácilmente manipulable, se convierte en hábito o superstición… La comunidad garantiza la autenticidad de nuestra experiencia de fe y nos lanza al compromiso. La comunidad es el aire que necesitamos como cristianos para permanecer vivos. 
Celebrar la fiesta de la Trinidad es celebrar el Amor de Dios Padre creador, del Hijo que nos muestra el rostro de Dios Padre y del Espíritu que vivificando a la Iglesia y lanzándola al mundo para crear esa gran comunidad a la que la creación entera está llamada, la gran familia de los hijos de Dios. 

domingo, 8 de junio de 2014

FIESTA DE PENTECOSTES 2014



Jn 20, 19-23
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
Palabra del Señor.

Un misterio llamado Iglesia
La fiesta de Pentecostés cierra el ciclo pascual. En este día, la comunidad de los  primeros creyentes, apóstoles, discípulos, las mujeres que acompañaban a Jesús (entre ellas, María, la madre del Señor), recibieron al Espíritu Santo. Desde entonces, Dios mismo vino a habitar entre nosotros. El Señor les dio el poder de perdonar los pecados. Para ellos fue como comenzar de nuevo, como criaturas diferentes, recién creadas por Dios. Así comenzó la historia con Adán y Eva. Así comenzó nuestra Iglesia: toda pura. La fuerza del Espíritu no nos convierte automáticamente en santos y perfectos. Continuamos con nuestras debilidades y tentaciones, pero con la posibilidad de perdonar y ser perdonados. Esa es la fuerza que hace que la Iglesia, la comunidad de los creyentes, sea siempre joven, dinámica y que supere crisis, escándalos, dificultades y problemas que parecen invencibles. Es así desde hace más de 2000 años. Cuando escuchamos la palabra “iglesia”, inmediatamente pensamos en edificios muy lindos, grandes o chicos. 

Pero no hay en el mundo templo más hermoso que la persona humana, de cualquier raza y condición, porque en cada uno habita el Espíritu Santo. Este es el gran misterio y el gozo de Pentecostés: el envío del Espíritu a las personas, que todas unidas formamos la Iglesia, el pueblo creyente. En estos tiempos de crisis, de dura lucha para vivir, se busca, a menudo, un momento de paz en las iglesias de Material. Y, en cierta medida, se lo encuentra. Pero mucho más profunda es la paz que puede dar el Espíritu que habita en nosotros. 

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas como llamaradas que se repartían,
posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en la propia lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Pont o y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oye hablar de las maravillas de Dios en la propia lengua” (Hechos 2, 1-11).
El término Pentecostés, que en griego significa Quincuagésimo Día o día número 50, proviene de una antigua fiesta anual con motivo de la cosecha del trigo y la cebada. Era llamada fiesta de la Semana de Semanas o de las 7 Semanas, y tenía lugar 50 días después de la ofrenda de los primeros frutos. Los judíos le dieron un significado histórico al conmemorar en ella la promulgación de la Ley de Dios en el monte Sinaí, 50 días después del acontecimiento de la Pascua con el que habían sido liberados los israelitas de la esclavitud en Egipto. Para quienes creemos en Jesucristo, Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que, 50 días después de la Resurrección del Señor, once de los discípulos a quienes Él había llamado sus “apóstoles” o enviados, y el duodécimo que había sido designado para ocupar el puesto que había dejado vacío Judas Iscariote el traidor, reunidos en oración junto con María, la madre de Jesús, recibieron el Espíritu Santo prometido para realizar la misión de proclamar la Buena Noticia de una nueva Ley -la ley del amor universal-, ya no
sólo para un pueblo particular, sino para toda la humanidad. En la fiesta de Pentecostés se utilizan ornamentos de color rojo, que simboliza el fuego del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el aliento vital y vivificador de Dios
Los relatos bíblicos de la creación dicen que “el Espíritu (en hebreo la Ruah) de Dios aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1, 2) y que el Señor “formó al hombre de la tierra, sopló en su nariz y le dio vida” (Génesis 2, 7). La palabra ruah -en hebreo de género femenino- significa viento, aliento, soplo. En los Hechos de los Apóstoles se habla de un viento fuerte, en el Salmo 104 del aliento de Dios dador de vida, y en el pasaje del Evangelio según Juan 20, 19-23 escogido para este Domingo, del soplo de Jesús sobre sus discípulos para decirles: “reciban el Espíritu Santo”.
Hay otros signos que también emplea el lenguaje bíblico para referirse al Espíritu Santo:
- El fuego simboliza la energía divina que transforma, dinamiza, da luz y calor.
- El agua, signo de vida, expresa el nuevo nacimiento realizado en el Bautismo.
- El óleo o aceite de oliva, que significa fortaleza , se emplea en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, el Orden y la Unción de los Enfermos.
- La paloma (Génesis 8, 11), en el Bautismo de Jesús (Juan 1, 32) evoca al Espíritu que “aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1, 2).
- Con la imposición de las manos, abiertas y unidas por los pulgares representando a un ave con las alas desplegadas, se expresa la comunicación del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo produce el nacimiento de la Iglesia e impulsa su desarrollo
Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo compuesto por muchos y distintos miembros -todas las personas bautizadas-, animado por el Espíritu Santo, del que provienen, como dice san Pablo (1 Corintios 12, 3b-7. 12-13), los dones o carismas para realizar los servicios o ministerios que el Señor asigna según la vocación de cada cual. Estos dones son siete:
1. Sabiduría para conocer la voluntad de Dios y tomar las decisiones correctas.
2. Entendimiento para saber interpretar y comprender el sentido de la Palabra de Dios
3. Ciencia para saber descubrir a Dios en su creación y desarrollarla.
4. Consejo para orientar a otros cuando lo solicitan o necesitan ayuda.
5. Fortaleza para luchar sin desanimarnos a pesar de los problemas y las dificultades.
6. Piedad para reconocernos como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros.
7. Respeto a Dios (llamado también temor de Dios, pero con un sentido diferente del miedo), para evitar las ocasiones de pecado y cumplir a cabalidad sus mandamientos.
San Pablo dice (Romanos 8, 8-7) que el espíritu que recibimos en nuestro bautismo no es el de la esclavitud que nos llena de miedo, sino el de la libertad de los hijos de Dios, en virtud del cual podemos llamarlo papá, que es lo que significa abba, el término familiar con el que Jesús se dirigía a Dios Padre. Jesús mismo les había prometido a sus discípulos que Dios Padre enviaría en su nombre al Espíritu Santo, al que también llama “defensor” (Juan 14, 15-16.23b 26), el que está junto al creyente para darle fuerza. Esto fue lo que experimentaron los primeros cristianos en medio de las persecuciones que tuvieron que sufrir por causa de su fe. Y es también lo que nosotros podemos experimentar cuando, en las situaciones difíciles, reconocemos la presencia actuante del amor de Dios, que es justamente a lo que llamamos “Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo hace posible la comunicación gracias al lenguaje del amor
Toda la historia de la acción creadora, salvadora y renovadora de Dios es un paso de la incomunicación de Babel a la comunicación de Pentecostés. Cuando la intención es de dominación opresora, la consecuencia es una confusión total que impide el entendimiento entre las personas (Génesis 1-9); pero cuando la intención es compartir, construir una auténtica comunidad participativa en el amor, saliendo cada cual del egoísmo individualista, por obra del Espíritu de Dios se produce la verdadera comunicación (Hechos 2, 1-12).
Al celebrar la fiesta de Pentecostés, unidos en oración como los primeros discípulos lo estaban con María, la madre de Jesús, invoquemos la intercesión de nuestra Señora en este mes de junio, y repitamos en nuestro interior la petición que antecede en la liturgia eucarística al Evangelio de este día: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.-

domingo, 1 de junio de 2014

INTRODUCCIÓN AL ÚLTIMO ESTUDIO SOBRE LOS “HECHOS DE LOS APÓSTOLES”


Primera Parte: durante Junio y Julio

1.      El “kerigma” (anuncio) apostólico: la fé en Cristo

a)      formas literarias frecuentes en Hechos
b)      expansión espiritual del Cristianismo

Segunda Parte: durante Agosto y Septiembre
2.      San Pablo (su vida/ teología/ escritos).

a)      esbozos de su vida
b)      Pablo y el encuentro con Jesús
c)      Pablo entre la conversión y el Concilio de Jerusalén
d)      Pablo y su Evangelio (pautas teológicas)

Tercera Parte : durante Octubre, Noviembre y Primera quincena de Diciembre
3.      San Pablo : Los viajes misionales (I°, II° y III°)

a)      Las Epístolas de San Pablo.
b)      Las cartas pastorales.
c)      Su testamento espiritual.

Fecha de Inicio : 4 de Junio/2014      Día asignado : Miércoles de 18,45 a 20 hs.
Lugar : Av. Callao 542 – 2º piso
Colaboración sugerida  :  $ 80 por clase. Por favor abonar con cambio
Secretaría :Lic. Myriam Ruiz Carmona:Martes, Miércoles, Jueves y Viernes de 18,30 a 20hs.
                                               Tel: 4373.9799

* Los invitamos a conocer nuestro blog: www.centroamarservir.blogspot.com