.

.
P.BRADLEY ,EQUIPO ,COLABORADORES Y AMIGOS

EN BS. AS. :COLEGIO DEL SALVADOR -Callao 542 -
Tel. conmutador: (11) 5235 2281
EN MENDOZA: RESIDENCIA DE LA COMPAÑÍA . IGLESIA DEL SAGRADO CORAZÓN
Portería Colón 67 Tel./Fax (261) 429 9437

E-mail : centroamarservir@gmail.com


martes, 18 de diciembre de 2012

NO HACERSE DAÑO A UNO MISMO-CONCLUSIONES



Maduración personal a través de las heridas
Quiero terminar estos pensamientos sobre la autolesión y sobre el camino bíblico y místico de la libertad con la conocida historia del Talmud, que nos cuenta H. Nouwen.
“Rabí Joshua ben Levi se encontró con el profeta Elías, que estaba a la entrada de la cueva de Rabí Simran ben Johais... Y le preguntó a Elías:
- ¿Cuándo vendrá el Mesías?
- Ve y pregúntaselo a él -le respondió Elías.
- ¿Dónde está?
- Está sentado a la puerta de la ciudad.
-¿Cómo podré reconocerlo?
- Está sentado entre los pobres, lleno de heridas por todas partes. Los otros dejan sus heridas al aire libre y vuelven a cubrirlas más tarde. Pero él sólo se quita una venda y se la vuelve a poner enseguida, pues se dice: quizás alguien me necesite, y en ese caso tengo que estar siempre preparado y no me puedo retrasar ni un solo instante».
 

La vida siempre nos herirá, lo queramos o no. El sufrimiento es un elemento esencial de nuestra vida. Así lo dice la segunda Carta de Pedro. La cuestión es cómo afrontar el sufrimiento que nos viene de fuera, si lo ahondamos hiriéndonos a nosotros mismos, o si por el contrario vendamos con esmero las heridas que nos causa la vida, preparándonos así para curar las heridas de los demás. Todos los que están sentados ante la puerta tienen alguna herida. La diferencia entre ellos y el Mesías está en que unos dejan de golpe todas sus heridas al aire, mientras el Mesías sólo se desvenda una para poder levantarse cuando se le necesite. Los primeros se limitan a girar en torno a sus heridas. Las dejan al aire libre para poder vendarlas poco a poco. Lo único que les preocupa son sus heridas. Pero el Mesías se quita sólo la venda de una herida. Y es que sabe que hay muchos hombres heridos que le están esperando. Él puede olvidarse de sus heridas para levantarse y ayudar a los demás. Puede tomar distancia de sus heridas y así puede convertirlas en fuente de salvación para los hombres que le llaman.
La tesis de san Juan Crisóstomo de que nadie puede herirnos si no nos herimos nosotros mismos, no pierde fuerza por esta historia del Talmud. Pues la tesis no dice que la vida no nos hiera. Dice más bien que las heridas no nos pueden dañar si nosotros no nos herimos. De lo que realmente se trata es de cómo nos comportamos con nuestras heridas. Si nos hacemos falsas ideas sobre nuestras heridas, entonces sí que nos herimos a nosotros mismos. Las ideas que hieren pueden ser, por ejemplo: «Las heridas podrían muy bien no existir», «Pero si ya hemos sido heridos, entonces tendremos que curarlas lo antes posible para no sentirlas», «Las heridas me impiden vivir», «Mientras esté herido, sólo podré ocuparme de mí».
Crisóstomo no quiere minimizar el sufrimiento que nos puede traer la vida. Lo único que pretende es invitamos a establecer una relación constructiva con él, convertir nuestras heridas en fuente de salvación. Y nos comportamos creativamente con ellas si nos reconciliamos con ellas, si contamos con que nos acompañarán a lo largo de toda nuestra vida. Si aceptamos nuestras heridas, jamás podrán paralizarnos. No nos quejaremos de estar heridos. Jamás permitiremos que la herida nos impida levantarnos cuando alguien nos llame, cuando alguien requiera nuestra ayuda. La herida nos hará más sensibles para con los hombres que nos rodean. Si siguiendo los pasos del Mesías somos esmerados y cautelosos con nuestras heridas, entonces incluso nos permitirán vendar y curar las heridas de nuestros hermanos los hombres. No nos lamentaremos mutuamente de que la vida sea tan dura. Más aún, cuando se nos necesite, nos levantaremos como hombres heridos. Nos alzaremos a favor de la vida, a favor de los hombres. Nos convertiremos en médicos y pastores de almas de lo que hay dentro del hombre, en médicos y pastores que están heridos. Dejaremos de herirnos y encontraremos en la fe un camino, nuestro camino para que nuestras heridas puedan producir fruto. Como dice Hildegard von Bingen, se convertirán en perlas preciosas. Las llevaremos con nosotros como un preciado tesoro que nos pone en contacto con nuestro verdadero ser, con nuestra naturaleza divina, como dice la segunda Carta de Pedro. Y el conocimiento de nuestra naturaleza divina y del espacio interior que subyace a nuestras heridas en el que nadie puede herirnos, nos liberará de los viejos modelos de la autolesión.
Si nos comportamos así de libres con nuestras heridas, entonces, como dice Crisóstomo, el sufrimiento nos hará más maduros y creíbles. No nos destruirá ni herirá. Nos pertenecerá como algo valioso que nos hace partícipes de los sufrimientos de Cristo, que hace que seamos uno con Jesucristo, en él nuestras heridas se convertirán en fuente de salvación.En el amor de Cristo, nuestras heridas serán la puerta de entrada del amor

salvador y liberador de Dios en este mundo.

domingo, 16 de diciembre de 2012

EVANGELIO DEL DOMINGO 16 DE DICIEMBRE DEL 2012


EVANGELIO DEL DOMINGO EXPLICADO

En aquel tiempo, al acercarse a Juan para recibir su bautismo, la gente le preguntaba: "¿Entonces qué debemos hacer?" Él contestó: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo". Llegaron también a bautizarse unos publicanos -los que cobraban impuestos para Roma- y le preguntaron: "¿Maestro, qué debemos hacer nosotros?" El les contestó: "No exijan más de lo establecido". Unos soldados le preguntaron: "¿Y qué debemos hacer nosotros?" El les contestó: "No hagan extorsión ni se aprovechen de nadie, sino conténtense con su salario". El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y les dijo a todos:
"Yo los bautizo a ustedes con agua; pero viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego; trae su aventador en la mano para limpiar el trigo y separarlo de la paja; guardará el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará". Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba a la gente y anunciaba la Buena Noticia (Lucas 3,10-18).

En el mensaje que al celebrar este tercer domingo de Adviento nos trae la Palabra de Dios (Sofonías 3,14-18; Cántico de Isaías 12, 2-6; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3,10-18), podemos identificar tres notas características de lo que la Sagrada Escritura expresa como la “Buena Noticia” comunicada por Dios a todos los hombres y mujeres que la reciben con una disposición adecuada. Veamos cuáles son.
1. La Buena Noticia consiste en que Dios en persona viene a salvarnos por medio de su Hijo Jesús
El término “eu-angelion”, que significa “buena noticia” o “buena nueva”, es empleado por la primera traducción griega del Antiguo Testamento en un texto del libro de Isaías escrito hacia el siglo VI antes de Cristo. “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz y trae buenas nuevas, que anuncia la salvación y dice a Sión: ‘¡Ya reina tu Dios’! ” (Isaías 52, 7).
Unos seis siglos después de este texto del libro de Isaías, el mismo término es empleado por los escritos del Nuevo Testamento llamados precisamente Evangelios. Así el de Marcos (1,1), al iniciar su relato de la vida pública de Jesús, lo titula Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. El de Mateo (4, 23) lo llama Evangelio del Reino, para indicar así que Jesús, como Dios hecho hombre, vino a salvar a la humanidad haciendo presente en la historia humana el “Reino de Dios”. Y cuando la palabra “evangelio” aparece por primera vez en el de Lucas indicando el contenido de la predicación de Juan Bautista -como acabamos de escucharlo en el pasaje evangélico de este domingo-, lo que nos da a entender es que este contenido es, en definitiva, la persona de Jesús, cuyo nombre significa “Yahvé salva”, y quien constituye en sí mismo el cumplimiento y el contenido de los antiguos anuncios proféticos.
2. La Buena Noticia nos invita a estar siempre “alegres en el Señor”
Lo que más resalta como elemento común en las lecturas bíblicas de este domingo es que la Buena Noticia proveniente de Dios es un motivo de alegría. En el pasaje del libro de Isaías anteriormente mencionado, como también en los otros textos bíblicos correspondientes a la 1ª lectura y al cántico responsorial, la tónica predominante es una invitación al júbilo, al gozo por el acontecimiento de la liberación del destierro en Babilonia: “Regocíjate, grita de júbilo (…), alégrate de todo corazón” (1ª lectura, del profeta Sofonías). “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación…; gritad jubilosos” (Cántico tomado del libro de Isaías).
En el Nuevo Testamento, el motivo del gozo es la presencia salvadora de Jesucristo, a quien sus primeros discípulos reconocieron como “el Señor”: “Estén siempre alegres en el Señor; les repito, estén siempre alegres” (2ª lectura, de la carta a los Filipenses). En esta exhortación del apóstol Pablo hay dos detalles que caracterizan la alegría propia de quienes acogen debidamente la Buena Noticia: por una parte, se trata de una alegría en el Señor, que es la verdadera -no la falsa y aparente de quienes, alejándose de Dios, buscan satisfacer sus impulsos instintivos en los excesos del licor y de las pasiones materiales desenfrenadas -; y por otra es una alegría permanente, no fugaz como los goces mundanos que desconocen los valores espirituales.
3. La Buena Noticia nos invita a la renovación de la gracia recibida en el bautismo
Juan distinguía entre el bautismo realizado por él y el que iba a realizar nuestro Señor Jesucristo. El de Juan era un rito que, como lo decía él mismo al responder a quienes le preguntaban qué debían hacer, implicaba la disposición a compartir lo que se tiene con los desposeídos, a obrar honradamente, a respetar a todas las personas y así estar preparados para recibir al Señor que viene. El bautismo de Jesús sería el sacramento o signo sensible del inicio de su acción salvadora y transformadora en cada persona que acogiera la Buena Noticia presente en Él, en sus enseñanzas y en su misma vida ordenada por entero al cumplimiento de la voluntad de Dios. Y el contenido de la voluntad de Dios es el mismo que indicaba Juan Bautista, pero ya no desde la expectativa del Salvador que vendrá, sino desde la fe en Jesucristo que en el sacramento del Bautismo nos ha comunicado su Espíritu y así nos hace posible compartir nuestros bienes con el pobre, reconocer eficazmente la dignidad y los derechos de todos y colaborar activamente en la construcción de la paz.
En conclusión, acoger la Buena Noticia es acoger al propio Jesucristo en nuestra vida, lo cual exige de nosotros una disposición a dejarnos purificar de nuestro egoísmo y de nuestras inclinaciones desordenadas, dejando que actúe en nosotros la energía santificadora del Espíritu Santo, simbolizado en el fuego que quema la maleza. Dejémonos pues purificar en este tiempo de Adviento, para que, al celebrar las fiestas de Navidad que se avecinan, se renueve en nosotros la gracia de Dios, es decir, la participación en su vida divina, que recibimos cuando fuimos bautizados.

jueves, 13 de diciembre de 2012

NO HACERSE DAÑO A UNO MISMO-AUTOLESIÓN Y RELACIÓN CON DIOS



Autolesión y relación con Dios
¿Tienen las afirmaciones de la segunda Carta de Pedro algo que ver con nuestro tema de la autolesión y de la libertad interior? El que siempre está girando alrededor de sí y de sus problemas, se hiere a sí mismo. Aquel cuya única meta es liberarse de sus miedos, permanecerá siempre anclado en su miedo. El que quiere controlarlo todo, seguro que tendrá una vida descontrolada. El que todo quiere hacerlo bien, comprobará al final que todo lo ha hecho mal.
Son principios básicos de nuestra vida. Pero muchas veces no somos conscientes de ello. Estamos tan compenetrados con nuestros viejos modelos vitales que los seguimos a cierra ojos y por tanto nos continuamos hiriendo a nosotros mismos. Le fijamos una meta muy corta a nuestra vida. Sólo queremos lograr que disminuyan nuestras necesidades, pero no las rebasamos para llegar a Dios como verdadero fundamento de nuestra vida.
De ahí que cuando superamos una necesidad, venga inmediatamente otra. Pues la causa de nuestras necesidades radica en muestra falsa concepción de la vida. Para los budistas, la causa de todo sufrimiento está en ser prisioneros de este mundo. Para la segunda Carta de Pedro es, sin embargo, «la corrupción que las pasiones han introducido en el mundo» (2 Pe 1, 4).
Mientras seguimos dando vueltas, tratando de satisfacer nuestros deseos y de cambiar las situaciones dolorosas, nos seguiremos hiriendo a nosotros mismos. De lo que más bien se trata es de descubrir la causa de nuestras necesidades, de que abandonemos los viejos modelos de vida y de que descubramos en la fe el verdadero camino para vivir.
Para la segunda Carta de Pedro, la vida es el conocimiento de que por Cristo hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina, de que Dios es el fundamento auténtico de nuestro ser, de que todo nuestro ser está penetrado por Dios. Si esto lo tomamos en serio, si permanecemos en este conocimiento y en esta experiencia, entonces seremos verdaderamente libres, entonces dejaremos de herirnos a nosotros mismos, entonces dejaremos de quejarnos como niños pequeños cuando no se cumplen nuestros deseos.
Así pues, la experiencia de lo que Dios ha hecho en nosotros por Jesucristo es la premisa para una vida auténtica, para una vida donde el mecanismo de la autolesión desaparece por completo. Penetrados por la naturaleza divina, viviremos como corresponde a nuestro auténtico ser.
Para este tiempo nuestro, que ha perdido su relación con Dios, ha descrito Pascal Bruckner cómo los hombres le están buscando un sustituto, cómo sustituyen el vacío y la fría racionalidad por un nuevo encantamiento del mundo, mientras éste les presenta una superoferta de cosas que dan la impresión de una infinita plenitud. «El consumo es una religión venida a menos, la fe en la resurrección sin fin de las cosas, cuya iglesia es el supermercado y cuyo evangelio es la publicidad» (Bruckner, 57). La promesa de que se pueden satisfacer todos los deseos sustituye nuestro más profundo anhelo de lo divino. El que participa de la naturaleza divina, no necesita en absoluto de este sustituto de la religión que es el consumo, en el que nos herimos continuamente a nosotros mismos porque nos esforzamos en vano. Otra razón de que nos hiramos a nosotros mismos es que muchas cosas que encontramos en nosotros ya de antemano pensamos que son malas, corruptas, sucias y molestas en nuestro camino. Si interpretamos místicamente la afirmación sobre la naturaleza divina, como hicieron los padres griegos de la Iglesia a excepción de Plotino, entonces todo es fundamentalmente bueno.
El mundo en sí mismo no está corrompido, sólo lo está cuando lo dominan las pasiones, cuando todo lo vemos desde nuestro ego. Pero en principio todo es bueno porque todo viene de Dios y ha fluido de Dios. Todo lo finito participa de Dios. Por tanto no podemos hallar a Dios al margen del mundo, sino sólo a través de él. El maestro Eckhart insiste machaconamente en ello: «El que permanece en la interioridad como debe, ese está bien en todos los lugares y con todas las personas. Pero el que no está bien, no está bien en ningún sitio y con ninguna persona. Ahora bien, está bien interior mente el que tiene realmente a Dios en sí mismo. El que tiene a Dios en la verdad, le tiene también en todos los lugares, le tiene en la calle y en toda la gente tan bien como en la iglesia, o en el desierto o en la celda, y todo lo que hace no lo hace tanto él como Dios que está en él» (Eckhart, 182).
Si hemos sido hechos por Cristo partícipes de la naturaleza divina, todo en nosotros está por completo impregnado de la naturaleza divina. No podemos pues separar algunas esferas, como la sexualidad y la agresividad, y considerarlas malas. Y como muchos cristianos han contrapuesto totalmente Dios y mundo, naturaleza terrena y naturaleza divina, han desencadenado a menudo un ascetismo salvaje contra sí mismos y se han hecho un serio daño.
En mi tarea de acompañamiento veo con frecuencia cómo la gente espiritual es la que más suele herirse, y ello justamente porque demoniza y oprime las dos fuerzas básicas del hombre, la agresividad y la sexualidad. Pero a Dios no se le encuentra almargen de la agresividad y de la sexualidad, sino a través de ellas. Quien secciona la agresividad y la sexualidad, pierde una gran parte de la energía creadora que Dios nos ha dado.
La segunda Carta de Pedro nos dice: «Dios, con su poder (dynamis, fuerza, energía, potencia, fuerza salvadora, fuerza para vivir) y mediante el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y potencia, nos ha dado todo lo necesario para la vida y la religión» (2 Pe 1, 3).
La fuerza divina nos ha dado también la energía (dynamis) de la agresividad y de la sexualidad, como fuerzas buenas (o necesarias, cf. Vögtle, 137) para nuestra vida y nuestra religiosidad. Por lo tanto no es cuestión de cercenarlas sino de tratarlas con humanidad, de integrarlas en la concepción de nuestra vida.

sábado, 8 de diciembre de 2012

EVANGELIO DEL DOMINGO 9 DE DICIEMBRE DEL 2012



EVANGELIO
Lc 3, 1-6
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: "Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios".



 Dios se comunica en la historia humana
El Evangelio que acabamos de leer sitúa en una época específica de la historia humana el inicio de la predicación de Juan el Bautista, el precursor de Jesús. El relato comienza haciendo referencia a la situación de dependencia política de la provincia de Judea, cuya capital era Jerusalén, sometida al imperio romano, para ubicar la acción de Juan que predicaba en el desierto, a orillas del río Jordán, “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. Recordemos que, en su significado ritual originario, bautizarse era sumergirse en el agua del río, que simboliza el torrente de la vida, para salir de ella vitalmente renovado.
También hoy, en este preciso momento de la historia presente, en este tiempo litúrgico del Adviento, comenzando el último mes del año  y estando próximas las fiestas de Navidad, la palabra de Dios nos invita a reconocer la necesidad de convertirnos, rectificando nuestro comportamiento en todo lo que implica seguir el camino que nos conduce a Él, para que así se renueve en nosotros la vida espiritual que un día recibimos en nuestro bautismo.
“Preparen el camino del Señor”
En nuestro lenguaje contemporáneo solemos emplear el término “voz que clama en el desierto” para referirnos a un mensaje que nadie escucha o que no es tomado en cuenta. Sin embargo, el significado original de esta expresión, que el Evangelio toma del profeta Isaías (40, 3-5) para aplicarla a la predicación de Juan el Bautista en el desierto de Judea, es el de un anuncio que proviene de Dios y llega a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Tanto esta profecía de Isaías como la evocada en la primera lectura (Baruc 5, 1-9), se habían escrito cinco siglos y medio antes de Jesucristo, cuando los judíos se preparaban para emprender el camino de regreso a Jerusalén después de su destierro en Babilonia. La liberación de aquel cautiverio en el que habían permanecido durante cuarenta años, fue precisamente el origen del Salmo 126 [125], que este domingo se propone como salmo responsorial y en el cual se expresa la esperanza en Dios que para quienes sufren y se acogen a Él puede cambiar la tristeza en alegría, el llanto en canciones de gozo.
En el texto del profeta Baruc, es Dios mismo quien “ha ordenado que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro”. En el de Isaías, evocado por el Evangelio, hay una exhortación específica a que los beneficiarios de la acción liberadora de Dios colaboren activamente en la preparación del camino. En efecto, la traducción de este pasaje en la versión titulada “Biblia de Jerusalén” dice así: “Una voz clama: „En el desierto abrid el camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios‟...”.
En todo caso, se trata de una imagen simbólica para indicar que el camino que conduce al reencuentro con Dios es necesario no sólo recorrerlo sino rehacerlo, allanando los senderos y enderezando lo torcido. Hoy diríamos, repitiendo el verso de los “Cantares” del poeta Antonio Machado, que tan bellamente llevó Joan Manuel Serrat a la música moderna: “Caminante, no hay camino; se hace camino al andar”…
“Y todos verán la salvación de Dios”
El texto del Evangelio de hoy termina con esta frase de la cita del profeta Isaías, que constituye una promesa para quienes efectivamente se dispongan a encontrarse con Dios, rectificando lo que hay que rectificar, corrigiendo lo que hay que corregir. “Ver la salvación de Dios” es, en el sentido más profundo de este texto bíblico, experimentar vitalmente su acción liberadora, que Él ha querido realizar por medio de Jesús, Dios hecho hombre, Hijo de Dios e Hijo del hombre -como Jesús mismo solía llamarse-, cuyo nacimiento nos disponemos a celebrar una vez más al terminar este año .
El tiempo litúrgico del Adviento en el cual nos encontramos no sólo se refiere a la primera venida de Jesús hace poco más de 20 siglos, sino que implica también una esperanza activa en su venida gloriosa y definitiva al final de los tiempos, que para cada uno de nosotros será el momento nuestro con Él cunado pasemos a la eternidad. En la segunda lectura de este domingo (Filipenses 1, 4-6.8-11), el apóstol san Pablo les dice a los primeros cristianos de la ciudad de Filipos, ciudad situada en Macedonía, al norte de Grecia, unas palabras que también vienen dirigidas hoy a nosotros y que constituyen una plegaria a la cual podemos unirnos aquí y ahora: “Pido en mi oración que el amor de Cristo Jesús siga creciendo más y más en ustedes (…). Así podrán vivir una vida limpia y avanzar sin tropiezos hasta el día en que Cristo vuelva (…)”.
Preparémonos, pues, para que en las fiestas de Navidad podamos realmente ver la salvación que quiere realizar el Señor en cada uno y cada una de nosotros, si lo dejamos actuar en nuestra vida. Tal salvación sólo es posible para quien quiera de verdad convertirse a Él saliendo del cautiverio del egoísmo, de la violencia y de la injusticia, rectificando lo que hay que corregir para ponerse en camino, con la ayuda de Dios, hacia el encuentro pleno y feliz con Él en una verdadera comunidad de amor.-

martes, 4 de diciembre de 2012

NO HACERSE DAÑO A UNO MISMO-Partícipes de la naturaleza divina II



Formas de manifestarse la naturaleza divina en nosotros
Para la segunda Carta de Pedro, somos partícipes de la verdadera vida porque hemos sido llamados por Cristo y porque creemos en el mensaje del Apóstol. Quiere también mostrarnos que vale la pena ser cristianos, confiar en el mensaje de la Escritura. Pues sólo entonces viviremos de verdad, conforme a nuestra naturaleza divina.
Esta vida nueva y real requiere sin embargo formas concretas de manifestarse. Por eso el autor enumera una serie de virtudes que todo aquel que ha sido tan agraciado por Dios debiera realizar con el máximo celo, para que la naturaleza divina de los cristianos resplandezca a los ojos del mundo «como una lámpara que brilla en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones» (2 Pe 1, 19).
Se despliega aquí una cadena de ocho eslabones que empieza con la fe y termina con el amor. Estas cadenas de virtudes estaban muy en boga entre los autores helenistas (cf. Vötgtle, 149). Es una tarea extraordinariamente honrosa la que el cristiano debe realizar aquí. El cristiano puede realizar todas las virtudes tan apreciadas en el entorno helenista, porque participa de la naturaleza divina. La cadena de virtudes empieza con la fe. La fe es el cimiento sobre el que el cristiano edifica su vida. De la fe viene la virtud, la eficiencia, la fuerza. El que cree puede vivir de otro modo, más consciente y dotado de una nueva energía. No vive desde sí mismo, sino desde la fuente divina que mana en él y jamás se agota, de la fuerza divina que jamás se debilita. De la virtud y la fuerza viene el conocimiento, la gnosis. Gnosis indica aquí la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo. Y significa ver la realidad correctamente, verla tal como ha sido creada y pensada por Dios.
Gnosis es la visión correcta, que está libre de las falsas ideas (dogmata) a las que se refiere Epicteto. Tanto los hombres de entonces como los de ahora suspiran por la gnosis, el conocimiento y la iluminación. El camino místico es pues un camino hacia el verdadero conocimiento de las cosas. Del conocimiento viene el autodominio (egkrateia). El hombre tiene dominio sobre sí mismo y no es determinado por sus instintos. Vive él y no es vivido por nadie más, ni por otros hombres ni por otras fuerzas. Egkrateia puede significar también
abstinencia. Quien tiene dominio sobre sí mismo puede decidir libremente lo que quiere y lo que no quiere. No ha de tenerlo todo. También puede renunciar. Sobriedad no significa una dura ascesis, sino libertad de decisión. Requiere paciencia (hypomone), perseverancia, estabilidad, solidez. Tiene que defenderse de todas las artes persuasivas de fuera que quieren empujar al hombre hacia algo que en el fondo de su corazón no quiere. Hypomone
significa literalmente resistir, mantenerse abajo, decir sí a lo que es. No situarse por encima de la realidad, sino mantenerse bajo ella, es decir, aceptarla tal cual es, confiar que incluso Dios mismo acepta y confía en esta realidad. 
 De la perseverancia y estabilidad viene el temor de Dios, la piedad, el respeto a los mandamientos de Dios. El hombre piadoso, es decir, el que teme a Dios, tiene su sitio en Dios. Edifica su casa sobre roca y no sobre la arena de las pasiones y deseos que apartan al hombre de su interior. Eusebeia, piedad y temor de Dios «es un saber sobre Dios que hace que el hombre tome en serio a Dios en su voluntad, que le une a Dios y aumenta su confianza en Dios» (Grundmann, 69). Es interesante que los Setenta interpreten la famosa frase de la sabiduría judía «principio de la sabiduría es el temor del Señor» con la también típica frase griega «el respeto a Dios es el principio de la experiencia» (Grundmann, 69). Quien sabe algo de Dios y de su misterio incomprensible y lo trata con respeto, ese experimenta la realidad tal cual es, sienta las bases de una profunda experiencia existencial, puede llegar a una experiencia mística que los místicos de todas las religiones anhelan como meta del camino espiritual. De la piedad viene la fraternidad (philadelphia), el amor al hermano, el amor fraternal. Quien ha encontrado su sitio en el Señor, no gira alrededor de sí mismo, sino que es libre para amar a sus hermanos y hermanas. Se compromete con este mundo. Fomenta una conciencia de responsabilidad social y una sensibilidad ante las necesidades de sus hermanos los hombres. Y de ahí se deriva el amor, el agape, que ahora lo abarca todo, tanto a Dios, como a los hombres, es decir, a toda la creación. El amor es el fruto de la fe. El amor es el último eslabón de los ocho que tiene la cadena. Ocho significa siempre plenitud y totalidad, la eternidad. En el ocho, lo infinito,lo eterno y lo divino ocupan el primer plano. Por eso las pilas bautismales son siempre octogonales. En el bautismo recibimos la vida divina en plenitud. Por eso la cadena de ocho eslabones es una descripción de la naturaleza divina de la que hemos sido hechos partícipes a través de Cristo. Ella describe la vida que ha sido penetrada por la presencia salvadora y liberadora de Dios y que se ha convertido en divina.

sábado, 1 de diciembre de 2012

ADVIENTO: ESPERANDO AL NIÑO DE BELÉN



EVANGELIO
Lc 21, 25-28. 34-36
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
Jesús dijo a sus discípulos: "Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre".
Palabra del Señor.

 Comienza hoy un nuevo ciclo litúrgico anual con el Adviento, nombre proveniente del vocablo latino Adventus, que significa advenimiento o venida. La petición del Padrenuestro en la que decimos venga a nosotros tu Reino, es especialmente significativa en este tiempo correspondiente a 4 domingos, durante el cual nos preparamos para celebrar en la Navidad la venida de Dios hecho hombre a la tierra.
1. Un tiempo en el que se nos invita a la conversión
El libro del profeta Jeremías nos presenta en la primera lectura (33, 14-16) un anuncio del Mesías prometido, descendiente del rey David, cuya misión es poner en práctica la justicia con todo lo que ella implica: reconocer efectivamente la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, empezando por los más débiles y excluidos.
Para quienes creemos en Jesucristo esta profecía comenzó a cumplirse hace poco más de veinte siglos. Sin embargo, hoy como entonces necesitamos que la acción redentora de Jesús llegue hasta nosotros como resultado de una disposición sincera a convertirnos, dejándonos transformar por su Espíritu. Por eso el tiempo del Adviento es una ocasión muy propicia para revisar nuestra vida y expresar nuestra disposición de convertirnos a Dios mediante el Sacramento de la Reconciliación.
2.- Un tiempo en el que se nos invita a la esperanza
La venida de Dios hecho hombre a la tierra no es sólo un hecho que sucedió hace poco más de 20 siglos con el nacimiento de Jesús. Él sigue llegando a cada persona dispuesta a recibirlo. Cada vez que celebramos la Eucaristía repetimos después de la consagración la misma invocación con que los primeros cristianos expresaban la esperanza en su venida gloriosa y que quedó escrita al final del Nuevo Testamento en el penúltimo versículo del Apocalipsis: ¡Ven, Señor Jesús! (22, 20). De modo similar, en la novena de Navidad que pronto volverá a resonar con sus gozos, decimos: Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto. Así en el Adviento se nos invita a proclamar nuestra esperanza en el Reino de Dios, que ya vino en la persona de Jesús, que sigue llegando a nosotros cuando lo recibimos en la comunión, y que se manifestará plenamente en su venida gloriosa al final de los tiempos.
Para cada uno de nosotros, el final de los tiempos será el momento de nuestro paso de la vida presente a la eternidad. Mientras tanto, tenemos que experimentar los problemas propios de esta vida presente. El lenguaje de la Biblia llamado apocalíptico describe el paso de este mundo al futuro con las imágenes simbólicas de un cataclismo universal, pero no para que nos sumamos en el pesimismo, sino para que, animados por nuestra esperanza, en lugar de agachar nuestras cabezas como esclavos oprimidos, las levantemos para que el Señor nos libere de las cadenas del egoísmo y, como dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, estemos bien preparados para “el día en que venga Jesús, nuestro Señor” (Tesalonicenses 3, 12 - 4,2).
3.- Un tiempo en el que se nos invita a la vigilancia
El tiempo de las fiestas de Navidad, que la publicidad comercial inicia incluso desde antes del Adviento con sus anuncios y decoraciones, suele ser para muchos un tiempo de rumba en el que abunda el licor y se multiplican los afanes materiales, mientras lo que verdaderamente significa la conmemoración del nacimiento y la infancia de Jesús pasa a un segundo plano o simplemente desaparece.
Frente a este olvido del sentido auténtico del Adviento y la Navidad, la palabra de Dios nos invita a no dejarnos encadenar por el libertinaje, la embriaguez o el ajetreo de las preocupaciones materiales, como dice también san Pablo en la segunda lectura. Renovemos, pues, al iniciar el Adviento, nuestra disposición a celebrar las fiestas navideñas de fines de este año y de comienzos del año nuevo, como una oportunidad de renovación en la que tenga prioridad para cada uno de nosotros la dimensión espiritual de nuestra vida.-

martes, 27 de noviembre de 2012

NO HACERSE DAÑO A UNO MISMO-Partícipes de la naturaleza divina



Partícipes de la naturaleza divina
 
Todavía se aproxima más a lo que la psicología transpersonal llama consciencia, la afirmación de la segunda Carta de Pedro, en la que tropiezan muchos exegetas y a la que consideran no cristiana y exclusivamente helenista. Pero no es sino el intento de llevar el mensaje cristiano a círculos imbuidos por la filosofía griega y la cultura helenista. «Dios, con su poder y mediante el conocimiento de aquel que nos llamó con su propia gloria y potencia, nos ha otorgado todo lo necesario para la vida y la religión. Y también nos ha otorgado valiosas y sublimes promesas, para que, evitando la corrupción que las pasiones han introducido en el mundo, os hagáis partícipes de la naturaleza divina. Por eso mismo, poned todo vuestro empeño en unir a vuestra fe una vida honrada; a la vida honrada, el conocimiento; al conocimiento, el dominio de sí mismo; al dominio de sí mismo, la paciencia; a la paciencia, la religiosidad sincera; a la religiosidad sincera, el aprecio fraterno; y al aprecio fraterno, el amor. Pues si poseéis en abundancia todas estas cosas, no quedaréis inactivos ni estériles en orden al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (2 Pe 1, 3-8). La salvación por Jesucristo se describe aquí con el lenguaje del culto de los misterios y de la gnosis como un regalo de Dios, que en Jesucristo nos hace partícipes de la naturaleza divina. La idea del parentesco divino del hombre era familiar para los griegos. 

Aquí nos dice el autor de la segunda Carta de Pedro que justamente por el don de Cristo participamos del modo de ser y de la naturaleza de Dios (cf. Grundmann, 7U). Los padres griegos insisten una y otra vez que por la encarnación de Cristo hemos sido deificados. La deificación del hombre por Cristo nos hace bien. Nos da vida verdadera (zoe) y piedad (eusebeia), el lugar correcto ante Dios y ante el mundo, el respeto ante el misterio de Dios que atraviesa toda la creación. Junto con la naturaleza divina se nos dio también parte en la gloria y fuerza de Jesucristo. Y esta fuerza nos libra de la corrupción que la concupiscencia ha traído al mundo. Muchos interpretan este texto desde una perspectiva moral.
 El encuentro con la psicología transpersonal me ha enseñado a entender estas afirmaciones como camino hacia la libertad. El que vive conscientemente, el que está en contacto con su patria interior, con ese sitio donde Dios habita en él, el que vive sabiendo que tiene una naturaleza divina, ese se ve libre de la corrupción (phthora), de la ausencia de horizontes, de la falta de éxito, del vacío y del sinsentido, de la falsificación y de la profanación de la vida verdadera. Ese ya no será movido por la concupiscencia, no tendrá por qué tener todo lo que ve. No tendrá por qué conseguir, todo lo que se puede conseguir. Puede embarcarse en la vida que Dios le da. No tiene por qué estar siempre pendiente de lo que tienen los demás. Vive consciente de su naturaleza divina. Así vive de verdad. Y al vivir totalmente presente, plenamente en el ahora, con «los ojos bien abiertos», vive a fondo y no necesita nada más. La libertad frente al poder de las propias pasiones no es el resultado de una dura ascesis, sino de una nueva experiencia de la vida divina. Así lo ve también la psicología transpersonal: «Los hábitos perjudiciales y las necesidades aparentemente irrenunciables palidecen poco a poco, cuando se ve que las experiencias transpersonales proporcionan una mayor satisfacción» (Fadiman, 194). 

El maestro Eckhart confirma las afirmaciones de la segunda Carta de Pedro sobre la libertad frente a las pasiones: «El alma no descansa hasta que rompe con todo lo que no es Dios y llega a la libertad divina. Es libre quien de nada depende y al que nada le prende. Es totalmente libre el alma que se eleva por encima de todo lo que no es Dios, mientras que con su concupiscencia no se agarra ni a las criaturas ni a sí misma» (Eckhart, 158).
Hablar de la naturaleza divina, de la que somos partícipes por Cristo, no es una defección del mensaje cristiano de la salvación ni, como piensa Käsemann, una «recaída del cristianismo en el dualismo helenista» (Grundmann, 77), sino un camino para traducir el mensaje cristiano al lenguaje místico del culto de los misterios y de la gnosis.
La segunda Carta de Pedro es el escrito más tardío del Nuevo Testamento, que se escribió probablemente entre los años 120-125. Aventura un prudente equilibrio entre un paso hacia la helenización del mensaje cristiano y una fuerte protesta en nombre de la escatología apocalíptica contra una excesiva helenización, que diluiría la sustancia cristiana» (Vötgle, 128).
Su teología de la deificación del hombre fue asumida sobre todo por los padres griegos, empezando por Clemente de Alejandría y pasando por Orígenes hasta Atanasio. La auténtica salvación y liberación del hombre está para los padres griegos en la participación en la naturaleza divina y en la fuerza divina de Cristo. En ella se nos libra del carácter efímero y perecedero de nuestra naturaleza mortal. En ella participamos en la verdadera vida que no puede ser destruida ni siquiera por la muerte. En ella somos liberados del miedo a la muerte, que corroe y corrompe (phthora) la vida humana.

sábado, 24 de noviembre de 2012

DOMINGO 25 DE NOVIEMBRE-SOLEMNIDAD DE CRISTO REY




EVANGELIO
Jn 18, 33b-37
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Pilato llamó a Jesús y le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Jesús le respondió: "¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?". Pilato replicó: "¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?". Jesús respondió: "Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí". Pilato le dijo: "¿Entonces tú eres rey?". Jesús respondió: "Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz".
Palabra del Señor.


La fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, instituida en 1925 por el Papa Pío XI y que se celebra el último domingo del tiempo ordinario del año litúrgico, proclama la soberanía de Jesús sobre todos los poderes de la tierra. Veamos qué significa esta celebración para nuestra vida, a la luz del Evangelio -que corresponde al relato de la Pasión de Jesús según San Juan- y de las demás lecturas bíblicas de hoy [Daniel 7, 13-14; Sal. (93) 92, 1-5; Apocalipsis 1, 5-8].
1. "¿Dices eso por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí?"
Muchas veces hemos rezado el himno del “Gloria”, en el que llamamos a Jesús “Señor Dios, Rey celestial…” y el Credo en el que proclamamos que “su Reino no tendrá fin”. Es más, siempre que lo llamamos Señor estamos diciendo que es Rey, porque ese es el significado del término griego Kyrios (Señor), con el cual los primeros discípulos comenzaron a referirse y dirigirse a Él después de su resurrección. Lo mismo sucede cuando lo llamamos Cristo; este título proviene también del griego y corresponde al término Mesías, procedente del hebreo, que significa “Ungido” y era aplicado desde el Antiguo Testamento a quien era consagrado por Dios para ser rey.
Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas nos cuentan que poco antes de comparecer ante Pilato, en el juicio que le había montado a Jesús el sanedrín judío, cuando el sumo sacerdote le preguntó si era el Mesías, el Hijo de Dios (otro título que en la tradición hebrea se aplicaba únicamente al Rey), Él había respondido: “Tú lo has dicho, y (…) verán ustedes al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26, 64 y paralelos en Marcos y Lucas). Este otro apelativo con el que Jesús se llamaba frecuentemente a sí mismo, evoca la profecía de Daniel que nos trae hoy la primera lectura y que también se relaciona con la soberanía del Mesías prometido: “Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de Hombre. Se dirigió hacia el anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, su reino no será destruido jamás”.
Ahora bien, cuando nosotros empleamos los títulos bíblicos que se refieren a la soberanía de Jesús, ¿somos realmente conscientes de lo que decimos? ¿Estamos de veras convencidos del señorío de Jesús sobre el universo, y más concretamente sobre nuestra propia vida?. Si nuestra respuesta es que sí lo estamos, toda nuestra existencia debe ser una entrega completa y constante al cumplimiento de su voluntad.
2. "Mi Reino no es de este mundo…"
Jesús había proclamado con hechos y palabras que el Reino de Dios estaba cerca. Cuando Él hablaba de “Dios” se refería a quien llamaba “mi Padre”, el mismo a quien había enseñado a sus discípulos a invocar como “Padre nuestro”, diciéndole “venga a nosotros tu reino” y “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
Ahora, dirigiéndose al representante del emperador romano en Judea, Jesús le dice “Mi Reino no es de este mundo”, manifestando así que participa plenamente de la soberanía universal de Dios Padre, la cual difiere de los imperios terrenales. En el lenguaje del evangelista Juan, el mundo significa específicamente todo cuanto se opone al proyecto salvador de Dios. Por eso la frase mi Reino no es de este mundo, en lugar de ser entendida como si se tratara de un reinado etéreo sin nada que ver con las realidades concretas de la historia humana, tiene que ser comprendida en su auténtico sentido.
Jesús había predicado que el Reino de Dios o de los Cielos les pertenece a quienes tienen hambre y sed de justicia y se esfuerzan por construir la paz, es decir, a quienes se esfuerzan por contribuir a que podamos todos convivir sin que nadie pretenda dominar, oprimir o explotar a los demás, como suelen hacerlo los poderosos de este mundo. Él había procurando evitar que se confundiera su soberanía con los poderes del mundo, no dejándose proclamar Rey después de la multiplicación de los panes (Juan 6, 15), y les dijo claramente a sus discípulos que Él, siendo el Maestro y el Señor, no había venido a ser servido, sino a servir. En otras palabras, el Reino de Cristo no es un poder dominador y opresor, sino la soberanía del Amor en su significado más completo.
3. "Para esto he nacido y venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”
Es significativo que la respuesta de Jesús a Pilato termine con una frase que se refiere a “la verdad”. Esto concuerda con lo que dice el libro del Apocalipsis en la segunda lectura, al llamar a Jesucristo “el Testigo fiel”: aquél que da un testimonio veraz, transparente, del proyecto creador y salvador de Dios sobre la humanidad. Además, Jesús le estaba diciendo a Pilato que la pretendida soberanía universal del emperador romano, que exigía ser adorado como un dios, era una mentira soberana.
También nosotros podemos aplicar esta afirmación de Jesús a nuestra realidad actual. En el prefacio de la Misa de este domingo proclamamos el señorío universal de Jesucristo como “reino de la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz”. Dispongámonos todos por tanto a poner en práctica nuestro reconocimiento de su soberanía, para que sea Él quien reine verdaderamente en nuestra vida