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domingo, 18 de agosto de 2013

Domingo XX del tiempo ordinario - Ciclo C - 18 de agosto de 2013




Domingo XX del tiempo ordinario - Ciclo C - (18 de agosto de 2013)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo he venido a prender fuego en la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera  ardiendo! Tengo que ser sometido a un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo! ¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Porque, de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra” (Lucas (12, 49-53).



Estas palabras de Jesús parecen a primera vista contrarias a todo lo que en muchos otros pasajes de los Evangelios se nos dice acerca de su mensaje constructivo de amor y de paz. Por eso hay que tratar de entenderlas en el contexto en el cual nos las presentan los evangelistas: Lucas en el texto de este domingo y Mateo en un pasaje paralelo (10, 34-36). El contexto es el viaje de Jesús con sus discípulos desde Galilea hacia Jerusalén, donde Él va a padecer y a morir en la cruz, precisamente porque su mensaje es rechazado por quienes detentan el poder religioso y político en esta ciudad y en toda la nación judía. Por eso quiere advertir a sus discípulos, para que tengan bien claro que la aceptación de su mensaje implica la exigencia de estar dispuestos a seguir a su Maestro hasta las últimas consecuencias.

1. “Yo he venido a prender fuego en la tierra” 
La imagen del oro que es purificado por el fuego en el crisol, suele ser utilizada en varios textos bíblicos para hacer referencia al proceso de purificación que libera al metal precioso de la escoria, es decir, de lo que no corresponde a su esencia. Jesús emplea en este sentido el símbolo del fuego, para indicar que su misión es liberar a todos los que quieran acoger su mensaje mediante una purificación interior de la escoria del pecado, de todas las formas del egoísmo que le impiden al ser humano vivir en el amor, es decir vivir de acuerdo con el plan creador de Dios y ser verdaderamente feliz. La tierra -o “el mundo”, como dicen otras traducciones de este pasaje de Evangelio- , es el lugar al que Jesús, como enviado de Dios Padre, ha venido para realizar ese proceso de liberación con su pasión, muerte y resurrección y mediante la acción del Espíritu Santo, uno de cuyos símbolos es precisamente el fuego, que además de ser un elemento de purificación es también energía que hace posible la luz y el calor para que se desarrolle y se renueve la vida. La Iglesia en su liturgia expresa una petición muy significativa en este sentido: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Este fuego del amor es el que Jesús ha querido encender, a partir de su pasión, muerte y resurrección.


2. “Tengo que pasar por un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo!” 
El verbo “bautizar”, proveniente del griego, indica originalmente el acto por el cual una persona se sumerge o es sumergida en el agua, con un sentido de purificación y renovación vital. Los símbolos unidos del fuego y el agua son empleados por los textos bíblicos del género llamado “apocalíptico”, es decir, el que se refiere a la revelación definitiva de Dios a la humanidad, para describir el juicio con el que será vencido el reino del pecado para instaurar el Reino de Dios y construir así un mundo nuevo. El Evangelio de hoy corresponde a este simbolismo. Jesús, el justo por excelencia que no necesita ser purificado, sin embargo se somete al juicio de Dios tomando sobre sus hombros la carga del pecado de toda la humanidad para que sea purificada y renovada en el crisol y en el torrente de su sacrificio redentor en la cruz. A esto se refiere concretamente Él cuando les anuncia a sus discípulos que ha venido a ser bautizado, es decir, sumergido en el torrente de su pasión y muerte de cruz, para luego resucitar con una vida nueva, y así darnos a todos nosotros la garantía de que también nuestra existencia tiene un horizonte de eternidad. 


3. “¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” 
Los profetas auténticos del Antiguo Testamento, como por ejemplo Jeremías, de cuyo libro está tomada la primera lectura de este domingo (38, 4-6. 8-10), solían crear en torno a ellos mismos reacciones encontradas, divisiones y contradicciones. En este sentido, ellos fueron prefiguraciones de lo que iba a ser el Mesías prometido en el cumplimiento de su misión profética. En otro pasaje del mismo Evangelio según san Lucas se cuenta que, cuando el niño Jesús fue presentado en el Templo de Jerusalén, un anciano llamado Simeón le dijo a María, su madre: “Mira, éste ha sido puesto para la ruina y la resurrección de muchos en Israel, para ser signo de contradicción” (Lucas 2:34).Esto quiere decir que unos acogerán su mensaje y otros lo rechazarán, produciéndose así una división que, como lo dice el propio Jesús, se daría incluso en el seno de las familias. En efecto, ya desde los inicios de la Iglesia fundada por Jesucristo con la colaboración de sus apóstoles y primeros discípulos, su vida y sus enseñanzas suscitaron enfrentamientos en un ambiente de persecución al que se vieron sometidos los primeros cristianos, tanto por las autoridades  religiosas del judaísmo como por las autoridades políticas de imperio romano. Pero el tema de la división no sólo corresponde a estos hechos iniciales, sino también al  enfrentamiento, a menudo lleno de odio y de violencia, que a lo largo de la historia del cristianismo se ha dado entre las distintas interpretaciones y modalidades de expresión del mensaje de Cristo, tanto en el ámbito de las distintas iglesias, como también incluso dentro del propia Iglesia católica. Ante esta situación, la tarea que le corresponde a la Iglesia católica, como también a todas las otras iglesias, es procurar vivir el mandamiento del amor mediante la tolerancia, la aceptación constructiva de la diversidad y la pluralidad. Y en lugar de pelearnos entre los seres humanos que nos reconocemos hijos de un mismo Creador, orientar más bien nuestras energías en la pelea contra el pecado, de acuerdo con lo que nos dice la segunda lectura de este domingo, tomada de la Carta a los Hebreos 12, 1-4), es decir, contra nuestros propios egoísmos y contra cualquier forma de injusticia.-

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