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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Sólo hay una desgracia: no ser santo



Evangelio según San Mateo 5,1-12a.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron."




Sólo hay una desgracia: no ser santo

Tela de santo
Domingo Savio era miembro de una humilde familia. Su padre, un herrero; su madre, una modista. Nació en Riva di Chieri, cerca de Turín, en 1842. Celebró la primera comunión a los siete años. A tos doce años llegó a Turín. Don Bosco lo tuvo por alumno en su oratorio por tres años. Estando en tercero de bachillerato tuvo que irse del colegio porque se sentía muy enfermo y débil_ Falleció cuando estaba por cumplir quince años (1857). Murió diciendo: ¡Papá, qué cosas hermosas veo!
Pío XII lo canonizó en 1957. Domingo tenía por lema de vida: Pre¬fiero morir antes que pecar.
Solía exclamar este joven: No puedo hacer grandes cosas. Lo que quiero es hacer bien aún las más pequeñas cosas para la mayor gloria de Dios.
Don Bosco era un gran maestro de sastrería, pues de joven había trabajado en ello.
Don Bosco: - Me parece que tú tienes buena tela para hacer un hermoso vestido y ofrecérselo al Señor.
Domingo: - Yo pongo la tela, y usted el trabajo de sastre. Don Bosco: - Tú tienes más valentía que años.
Domingo: - Si no soy santo, no habré hecho nada bueno en mi vida. Nos dice el Concilio Vaticano II
En la celebración del ciclo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María... Además, la Iglesia introdujo en el ciclo del año las memorias de los mártires y los demás santos que, llevados a la perfección por medio de la multiforme gracia de Dios y habiendo alcanzado ya la salvación eterna, entonan la perfecta alabanza a Dios en los cielos e interceden por nosotros. En la conmemoración de la muerte de los santos proclama la Iglesia el misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con él; propone a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de Cristo al Padre, y por sus méritos implora los beneficios de Dios (SC 102-103).

La fiesta de la santidad
Serán para mí un pueblo de sacerdotes y una nación santa (Éx 19, 5-6).
Sean santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo (Lev 19, 2). Han sido lavados, han sido santificados, han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Cor 6, 11).
La festividad de Todos los Santos reúne en una sola celebración a todos los santos del año. Se recuerda a los santos sin fiesta propia, especialmente a los innumerables santos no canonizados, es decir, a los que la Iglesia no ha puesto en el canon o lista de los bienaventurados.
El sentido de esta gran fiesta queda explicitado en las oraciones eucarísticas. Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad y alaban a una al Hijo de Dios (antífona de entrada).
Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los Santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo (oración colecta).
Porque hoy nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre, donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los Santos, nuestros hermanos. Hacia ella, aunque peregrinos en país extraño, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la alegría de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos ejemplos y ayuda para nuestra debilidad (del Prefacio).
Hoy celebramos la santidad de Dios Padre que resplandece en los miembros de su pueblo, en los mejores hijos de la Iglesia. Hoy celebramos el fruto maduro de la Pascua de Cristo, el Santo de Dios. Hoy celebramos el don por excelencia del Espíritu Santo a su Iglesia. Hoy celebramos el poder de la gracia de Dios y la respuesta fiel del creyente fiel.
Así, pues, nos gozamos de la comunión eclesial con nuestros hermanos, los bienaventurados: la santísima Virgen María, los apóstoles, los mártires y los santos con nombre propio o en lista anónima; los tenemos como modelos de fe, esperanza y amor; y pedimos ante el único Mediador su intercesión.

El origen de una gran fiesta
La historia de la veneración de los santos comienza en la época de los mártires. Policarpo de Esmirna podría haber sido el primer mártir al que su comunidad fe dispensó veneración cultual (+ 23 de febrero, hacia el año 165).
Hacia mediados del siglo II, el testigo de Cristo muerto por su fe viene a ser un mártir en todo el sentido de la palabra. Pronto vendrá a ser objeto de una veneración privilegiada en la comunidad. Los fieles de Esmirna escriben después de la muerte de su obispo Policarpo: Hemos recogido sus restos, más valiosos que el oro y más preciosos que las piedras de gran valor. Los hemos depositado en el lugar que convenía. Concédanos el Señor volvernos a encontrar allí, cuando nos sea posible, con gozo y alegría, para celebrar el día aniversario de su martirio.
En Oriente, ya desde el siglo IV, se honraba a todos los santos mártires en una única solemnidad. Los sirios lo hacían dentro del tiempo pascual. San Juan Crisóstomo (347-407) ya conocía el primer domingo después de Pentecostés, como fiesta de todos los mártires. En Roma, nos encontramos con la dedicación del Panteón romano a Santa María y a todos los mártires. El papa Bonifacio IV (608-61 5) hizo esa dedica¬ción el 13 de mayo del 609/10. El Pontífice hizo trasladar a la iglesia, sobre veintiocho carros, restos mortales de los mártires desde las catacumbas.
A partir de ahí, diversas Iglesias en distintas fechas empezaron a celebrar la fiesta de Todos los Santos. En Inglaterra e Irlanda ya se im¬puso esta fiesta desde mediados del siglo VIII, el día10 de noviembre.


Los ciento cuarenta y cuatro mil y...
Y oí el número de los que así fueron señalados: ciento cuarenta y cuatro mil, pertenecientes a todas las tribus de Israel (Apoc 7, 4).
¿Y cuántos son éstos? Utilizando el viejo recurso del Antiguo Testamento, Juan lo dice con un nuevo número simbólico: ciento cuarenta y cuatro mil. Esta cifra es producto de: 12 X 12 X 1000. ¿Qué significado encierra?
En la Biblia el número doce, aplicado a las personas, significa siempre los elegidos. Así, se habla de las doce tribus elegidas de Israel, de los doce apóstoles elegidos, de las doce puertas de la nueva Jerusalén por donde entrarán los elegidos (Cf. Apoc 21, 1 2).
Por tanto, afirmar que se salvarán ciento cuarenta y cuatro mil equivale a decir que se salvarán los elegidos del Antiguo Testamento (doce), y los elegidos del Nuevo Testamento (por doce), en una gran cantidad (por mil). Pero Juan, para evitar un malentendido con esta cifra, agrega a continuación: Luego miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos (Apoc 7, 9). Por lo tanto, los salvados no son sólo esos ciento cuarenta y cuatro mil, sino también esa inmensa muchedumbre imposible de contar ni de encerrar en una cifra, y proveniente de los lugares más diversos.

Santidad para todos: derecho y deber
A la Iglesia de Dios, que esta en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, Ilamados a ser santos (1Cor 1, 2).
Hojeando el santoral, se diría que la mayor parte de los santos canonizados fueron papas, obispos, sacerdotes, monjes, religiosos y religiosas. Parece haber muchos menos laicos; aunque de hecho la mayoría de los mártires fueron laicos. Sin embargo, la santidad no es elitista, no es privativa del estado clerical, del hábito o del claustro.
Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que, redimidos por Cristo, son guiados por el Espíritu de Dios; y, obedientes a la voz del Padre, lo adoran en espíritu y en verdad, siguiendo a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz.
La santidad es un derecho y deber de todo bautizado, en toda edad, estado de vida y profesión. Por tanto, todos los fieles cristianos, en to-das las edades, ocupaciones, circunstancias y estado de su vida deben tener como meta la santidad de vida.
El perfil de los santos
Los santos anhelaron recorrer el itinerario que señalan las bienaventuranzas: carta magna de los cristianos, manual de santidad. Los santos hicieron realidad en su vida el programa del Reino de Dios que las bienaventuranzas contienen para todos.
Abiertos a la gracia, los santos hicieron todo para honrar a Dios Padre, el Santo. Vivieron como cristificados el evangelio del Crucificado y Resucitado. Todos, bajo el sello pascual, tomaron a Jesús por inspirador y ejemplo para realizar en sí mismos su propia obra. Bajo el Espíritu Santo, se obsesionaron por conocer la voluntad del Padre. Fueron marianos, eucarísticos, devoradores de la Palabra divina, plenamente reconciliados, buenos samaritanos.
Los santos y santas de Dios son los mejores ciudadanos de este mundo y los mejores hijos de la Iglesia; la prueba de que es posible vivir el proyecto de Dios; el icono más bello de la dignidad humana; las arras de la esperanza; el anticipo de la gloria que nos ha sido prometida.
Los santos no fueron ni son personas apocadas, tristes o evadidas de la realidad. No hay santo posible sin valores humanos y sin gran madurez personal, porque no puede haber santo sin amor a Dios y a los hermanos. Y el amor no es pasivo, sino activo, plenificante, altruista, inconformista y revolucionario a su manera.

Creo en la comunión de los santos
En uno de los graffiti de la triclia de la catacumba de san Sebastián en Roma, que lleva la fecha del 9 de agosto del año 260 podemos leer: Pablo y Pedro, rueguen por Nativo en la eternidad.
Los arriaré desde el cielo como los he amado en la tierra (de las últimas palabras de santa Mónica, (c. 331-387), Confesiones, libro IX, Cap. XI).
La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales (LG 49).
Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por me¬dio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad (LG 49).
Cuando decimos que creemos en la comunión de los santos estamos proclamando esta solidaridad intereclesial de la fe de unos con otros en el camino hacia la felicidad según Dios: el bien de cada uno aprovecha para todos. Es la comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra.
Mientras esperamos llegar también nosotros al final de nuestro viaje sintámonos unidos a estos santos. Busquemos su cariño. Procuremos seguir su ejemplo. Imitemos sus virtudes. Y con todo nuestro anhelo tratemos de hacer germinar las semillas de santidad que poseemos, contando con su intercesión.

No lloren, les seré más útil después de mi muerte y los ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos).

Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresita del Niño Jesús).

Animémonos: los santos no nacen, se hacen, con la gracia de Dios. Nacieron de nuestra misma pasta o peor...

No olvidemos: sólo hay una desgracia: no ser santos (León Bloy).

Santos y santas de Dios intercedan ante el Trono Celestial para que nosotros, peregrinos de la fe, seamos santos.

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