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viernes, 18 de octubre de 2013

JUSTICIA DE DIOS,JUSTICIA DE LOS HOMBRES



Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Esperamos en la justicia de Dios
La fe alienta nuestra esperanza. No puede ser de otra manera. Esperamos que Dios haga la justicia que nosotros no hemos sabido hacer. Porque cuando creemos que hacemos justicia a veces liamos más la madeja. Terminamos pensando que hacer una guerra y derrotar y humillar al enemigo es hacer justicia. Confundimos la venganza con la justicia. Saciamos nuestro deseo de revancha pero lo único que hacemos es alimentar la espiral de la violencia. Y nos vemos metidos en un laberinto en el que no sabemos encontrar la salida. Hasta que no nos queda más que pisar para no ser pisados. Lo malo es que el otro tiene exactamente la misma motivación.
No puede ser la nuestra, pues, una esperanza en una justicia que se parezca a la de la primera lectura. No podemos ni pensar en derrotar al enemigo como lo hizo Josué: a filo de espada. Se llame Amalec o con cualquier otro nombre. Porque Jesús nos ha descubierto que todos somos hijos de Dios. En consecuencia, a poco que discurramos, nos daremos cuenta de que toda guerra es siempre una guerra civil, fratricida. La justicia de Dios no puede ser como la nuestra. Será diferente. Tendrá que ser diferente.
    
No sabemos como será exactamente la justicia de Dios. Pero con el Evangelio en la mano podemos decir que ciertamente no estará hecha de venganza ni de odio. Es una justicia que dará a cada uno lo suyo (pero eso “suyo” no se identifica necesariamente con unos títulos de propiedad), lo que necesita para vivir en plenitud, para gozar y disfrutar de este regalo que Dios nos ha dado: la vida, el amor, la libertad, la fraternidad... Es una justicia que estará hecha de perdón y misericordia, de reconciliación. Es una justicia que cura y sana, que nos permite comenzar de nuevo y ver el mundo y a las personas con ojos limpios.


Un nuevo estilo de vivir
       Esperar en esa justicia nos hace comprometernos aquí y ahora. La justicia de Dios que esperamos nos provoca a la fe y nos hace comportarnos de una manera justa, al estilo de Dios, con los hermanos y hermanas, con nuestro mundo, con nuestra tierra. A la pregunta de Jesús al final del evangelio podemos responder que sí, que aquí estamos nosotros creyendo y viviendo la fe en el día a día, en nuestro trabajo, en nuestra familia, con los amigos, a la hora de votar en las elecciones, creando espacios de libertad y diálogo, siendo tolerantes y comprensivos, acompañando al que está sólo y abandonado, compartiendo lo que tenemos...
       La Palabra alienta nuestra fe. Como dice la segunda lectura, es la sabiduría que nos conduce a la salvación. La salvación la esperamos en el futuro. La plenitud de Dios la esperamos en el futuro. Porque Dios es nuestro futuro. Pero ya está incoada en el presente. Y cada vez que tendemos la mano al hermano, que curamos una herida, que perdonamos, que hacemos justicia, la salvación de Dios se va haciendo realidad en nuestro mundo, aquí y ahora. Esta es nuestra fe y nuestra esperanza.

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