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lunes, 8 de mayo de 2000

EMAUS: RECONOCER AL RESUCITADO

DOMINGO 8 DE MAYO DEL 201
Evangelio según San Lucas 24,13-35.
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
El les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste,
y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!". "¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron".
Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!
¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?"
Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.
Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?".
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!".
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.



Los relatos de los acontecimientos que tuvieron lugar en el día de la Resurrección del Señor tienen rasgos muy propios que es necesario conocer para que lleguemos a comprender lo que los autores quieren decirnos por medio de ellos. En apariencia son narraciones muy sencillas, pero a cualquier lector que se toma el trabajo de leer con atención estos relates en los cuatro Evangelios le salta inmediatamente a la vista que hay gran dificultad en ponerlos de acuerdo como para tener una crónica ordenada. Los detalles de las narraciones no siempre coinciden, e incluso a veces se oponen. 

Esto sucede porque lo que en apariencia es una narración muy sencilla es en realidad una profunda enseñanza, muy elaborada por el autor, y desarrollada a partir de algún acontecimiento histórico. El autor no ha pretendido darnos con precisión los detalles del hecho tal como sucedió, sino que ha puesto toda su intención en la enseñanza. Por eso en el relato debemos advertir dos cosas: la primera es el hecho narrado. Es lo primero que aparece, pero en realidad el lector no debe detenerse en ese punto sino que debe tratar de penetrar más en lo profundo ya que la narración no es nada más que el punto de partida.

La segunda cosa a advertir es la más importante: es la enseñanza que el autor quiere transmitir. Para eso se debe leer la narración prestando gran atención a los detalles, a los gestos, a las palabras de los personajes, ya que todo esto ha sido colocado cuidadosamente por el autor como yo para que el lector pueda quedar enriquecido con una verdad que se refiere a la fe.

LOS DOS VIAJEROS

Se nos presenta el caso de dos viajeros que van hacia una población cercana a Jerusalén. No pertenecen al grupo de los apóstoles. Llenos de dudas, no comprenden el sentido de la muerte de Jesús. Por el camino se encuentran con otro caminante que resulta ser el mismo Jesús resucitado. Pero a pesar de que lo han visto otras veces y de que lo han oído hablar, no pueden reconocerlo. Una razón misteriosa se lo impide. Durante la caminata, Jesús se comporta como un predicador: les explica las Sagradas Escrituras enseñándoles el sentido de las palabras de los profetas que se refieren a la pasión y muerte del Salvador. Un segundo momento del relato nos lleva a lo que sucedió cuando llegó la hora de cenar. Era la hora de la tarde, están sentados a la mesa, Jesús toma el pan, recita la oración de acción de gracias, parte el pan y lo da a comer a los dos que estaban con él. Todos estos detalles, narrados de esta manera recuerdan lo que sucedió durante la última cena. En ese momento reconocieron a Jesús.

LA PRESENCIA DEL RESUCITADO

El autor nos hace este relato antes de hablar de la aparición del Señor resucitado a los once apóstoles, y con esto nos muestra dos maneras diferentes de encontrarse con Jesús después de su resurrección. En primer lugar está la experiencia que tuvieron  los apóstoles y algunos otros como las mujeres que fueron al sepulcro: se encontraron con Jesús en las apariciones con las que fueron favorecidos y que se concedieron solamente a ellos. 

En segundo lugar está la experiencia de los dos viajeros que también se encuentran con Jesús, pero sin reconocerlo. Ni los ojos ni los oídos les indicaban que estaban en presencia de Jesús, pero esta presencia era verdadera. El autor ha tomado un hecho sucedido a algunos discípulos y lo ha presentado de tal manera que nos hace comprender a nosotros, los que vivimos en otras épocas y en otros lugares, cómo podemos encontrarnos con Jesús. Ha querido corregir el error en el que caeríamos si dijéramos que nosotros no podemos ver a Jesús resucitado como lo vieron los apóstoles. 

San Lucas afirma que ahora podemos ver al Señor con los ojos de la fe. La resurrección no ha sido un salir del sepulcro para seguir viviendo como antes, con las limitaciones propias de nuestra naturaleza encerrada en un tiempo y en un espacio. Al contrario: resucitar es vivir de otra forma, en la eternidad, con una presencia que se extiende a todo tiempo y a todo lugar. Por eso Jesús ahora está presente cuando está la comunidad reunida, cuando hay dos o tres reunidos en su nombre, cuando hay dos que parten el pan, así como está en los hermanos sobre todo los más pobres, y de una manera muy especial cuando se celebran los sacramentos, en particular el de la eucaristía.

RECONOZCAMOS AL RESUCITADO

Como los dos viajeros, podemos encontrarnos también con Jesús. Lo encontraremos en la explicación de las Sagradas Escrituras y en la fracción del pan. Basta con abrir los ojos de la fe: creer que ha resucitado verdaderamente y que ahora es el Señor de la Iglesia. Si lo aceptamos así, entonces él se manifestará a nosotros como se manifestó a los dos viajeros que lo recibieron en su casa y partieron el pan con Él.


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«Precisamente en la Misa dominical es donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa la experiencia que tuvieron los Apóstoles la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se les manifestó estando reunidos (cf. Jn 20,19). En aquel pequeño núcleo de discípulos, primicia de la Iglesia, estaba en cierto modo presente el Pueblo de Dios de todos los tiempos. A través de su testimonio llega a cada generación de los creyentes el saludo de Cristo, lleno del don mesiánico de la paz, comprada con su sangre y ofrecida junto con su Espíritu: «¡Paz a vosotros!» Al volver Cristo entre ellos «ocho días más tarde» (Jn 20,26), se ve prefigurada en su origen la costumbre de la comunidad cristiana de reunirse cada octavo día, en el «día del Señor> o domingo, para profesar la fe en su resurrección y recoger los frutos de la bienaventuranza prometida por él: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20,29). Esta intima relación entre la manifestación del Resucitado y la Eucaristía es sugerida por el Evangelio de Lucas en la narración sobre los dos discípulos de Emaús, a los que acompañó Cristo mismo, guiándolos hacia la comprensión de la Palabra y sentándose después a la mesa con ellos, que lo reconocieron cuando «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (24,30). Los gestos de Jesús en este relate son los mismos que él hizo en la Última Cena, con una clara alusión a la «fracción del pan», como se llamaba a la Eucaristía en la primera generación cristiana». (Juan Pablo II, Encíclica «Dies Domini» III, 32)

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