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lunes, 5 de junio de 2000

UN HOMBRE EN EL TRONO DE DIOS


DOMINGO 5 DE JUNIO DEL 2011
Evangelio según San Mateo 28,16-20.
Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo". 
Después de su resurrección, Jesús se apareció a las piadosas mujeres que habían ido al sepulcro. Ellas fueron encargadas de llevar un mensaje a los discípulos: "¡El Señor ha resucitado! ¡Vayan a Galilea, que allí lo verán!". La fe de los discípulos era puesta a prueba: tenían que aceptar la palabra de unas mujeres que decían que habían visto vivo al que ellos habían visto muerto. Y además, ahora les exigían que emprendieran un largo viaje para ir a encontrarse con El. Es posible que algunos hayan comenzado el viaje de muy buena gana, con mucha fe y con deseos de ver nuevamente a Jesús. Pero otros deben haber ido de mala gana, con poca iniciativa y más bien llevados por sus compañeros. Efectivamente, al llegar a Galilea fueron al lugar que se les había indicado y ahí estaba Jesús esperándolos. Hubo reacciones diferentes; los que tenían fe aceptaron que aquél a quien estaban viendo era el mismo Jesús, y por eso mismo se arrojaron al suelo postrándose ante Él. Pero los otros, los que no habían creído desde el principio, tampoco ahora creían. Se quedaron un poco más atrás y miraron con desconfianza: ¿Sería efectivamente Jesús este hombre que estaban viendo? Las palabras con las que Jesús se dirige a ellos no han podido ser repetidas jamás por ningún otro hombre. Son la pretensión de todos los ambiciosos y poderosos, son el sueño de todos los tiranos, pero son verdad solamente en los labios de Jesús: "He recibido todo el poder en la tierra y en el cielo"

 LA OBEDIENCIA AL PADRE
En más de una oportunidad Jesús había hablado de su futura muerte expresándose de tal manera que dejaba entender que Él la aceptaba cumpliendo la voluntad del Padre. Durante la última noche antes de la Pasión, cuando estaba rezando lleno de angustia en Getsemaní, le hablaba al Padre diciéndole: "¡que no se haga mi voluntad sino la tuya!" 
En el Evangelio de San Juan, Jesús se refiere a esa voluntad diciendo que es un "mandamiento" que le ha dado su Padre. Y este mandamiento consiste en dar su vida por los hombres. Por la admirable armonía que existe entre el Padre y el Hijo, el Hijo hecho hombre acepta la voluntad del Padre en un acto de amor infinito, y entrega su vida en sacrificio por todos los otros hombres, sus hermanos. San Pablo lo explica con pocas palabras: “Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". Y continúa diciendo: "Por eso Dios lo elevó", Como respuesta a la obediencia, el Padre ha sentado a este hombre Jesús en el trono de Dios. Tal vez esto sea algo difícil de entender, pero conviene hacer un esfuerzo para clarificar las ideas. El Hijo de Dios, que es Dios y que existe desde siempre, en un momento de la historia humana se hizo hombre en el seno de María. Nació como hombre y fue verdadero hombre. Y como verdadero hombre sufrió, sintió hambre, sed, tristeza y debió estar sometido a la tentación. Y aunque era Dios, experimentó nuestras mismas limitaciones. Un autor del Nuevo Testamento dice que "Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado". Y por eso también pudo obedecer; el mismo autor dice que: “aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer, y de este modo alcanzó la perfección Y esto es lo grandioso de la resurrección y la ascensión de Jesús, que así como el Hijo de Dios vino hacia la humanidad y se unió con ella en este hombre-Dios que es Jesús, y permaneció unido con ella hasta en la cruz, ahora la humanidad va hacia el trono de Dios porque este hombre-Dios sigue siendo hombre y Dios para siempre. Ahora podemos contemplar algo que ninguno podía haber imaginado antes: en el trono de Dios está sentado un hombre que siendo débil como nosotros y siendo igual a nosotros en todo menos en el pecado, obedeció a Dios hasta la muerte porque es el Hijo de Dios. 

Cuando decimos en el Credo que "subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre" queremos decir que Jesús no ha dejado de ser hombre después de su resurrección, sino que siendo siempre verdadero Dios y verdadero hombre, ahora comparte el poder con el Padre y con el Espíritu Santo y gobierna sobre los cielos y sobre la tierra. Si ya tenemos un motivo de alegría pensando en la resurrección de nuestro Salvador, ahora nos sentimos orgullosos al ver que siendo de nuestra misma familia humana, el mismo que estuvo acostado en el pesebre y que padeció, el suplicio de la cruz tiene todo el poder sobre la totalidad de las cosas creadas, tanto las del cielo como las de la tierra.

 “HAGAN DISCIPULOS..."
Se trata ahora de ejercer el poder que Jesús ha recibido. Por eso se adelanta y les habla dándoles órdenes muy precisas. La primera de todas es la misión : "¡Vayan!''. Los discípulos no tienen que quedarse mirando. La orden del Señor es urgente, no admite demoras. Hay que comenzar inmediatamente. Él los envía haciendo uso de esa autoridad que ha recibido del Padre. Los once apóstoles tienen que salir para ir a ''hacer discípulos". No basta con que lleven la noticia de la muerte y la resurrección de Jesús. Tienen que hacer que todas las naciones del mundo puedan obtener la dignidad de "discípulos" que hasta ese momento tenían solamente ellos. Todo lo que hicieron antes los apóstoles para conocer a Jesús y convertirse en sus discípulos tiene que repetirse de ahí en adelante en cada uno de los hombres. Jesús dice que tienen que “hacer discípulos a todos los pueblos". 

La mirada de Jesús no conoce límites. Hasta ese momento el Pueblo de Dios estaba formado solamente por los miembros del pueblo judío. A este pueblo se le había anunciado la palabra de Dios y se le habían hecho todas las promesas. Jesús predicó solamente a los miembros de este pueblo, y nunca salió como misionero por otros países. Pero ahora, cuando Jesús ya tiene plenos poderes sobre toda la tierra envía a sus Apóstoles para que amplíen los límites del Pueblo de Dios. Este pueblo ya no tiene fronteras: todos los hombres, de todas las nacionalidades, de todas las razas y de todas las lenguas, están llamados a formar parte de él.

"BAUTIZANDO Y ENSEÑANDO”
 Para que los hombres lleguen a ser "discípulos" se requieren dos actos de los Apóstoles: tienen que bautizar y tienen que enseñar. En el Evangelio, hasta ese momento el Único bautizado con el Espíritu Santo era Jesús. Mientras todos se bautizaban solamente con agua para prepararse a la llegada del Reino de Dios, Jesús salió del agua y el Espíritu Santo descendió sobre él. Al mismo tiempo se oyó la voz de Dios que decía: "Este es mi Hijo, el Amado en el que yo tengo mi complacencia". Ese bautismo de Jesús inauguró una nueva forma de bautizar. Ya no es un símbolo para preparar la venida del Reino, sino que es un símbolo en el cual Dios une realmente a cada hombre con su Hijo Jesucristo, le comunica su Espíritu Santo y pronuncia también sobre él : “Este es mi hijo". Por eso Jesús ordena a los Apóstoles que bauticen: "...en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". 

Bautizar significa "sumergir". Jesús ordena a sus apóstoles que “sumerjan" a todos los seres humanos “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Dicho de otra forma, se ordena que todos los hombres sean sumergidos, introducidos dentro del mismo Dios, de tal forma que queden envueltos en el Nombre de las personas de la Trinidad. Desde el momento que Jesucristo tiene todo poder en el cielo y en la tierra, puede disponer que todos los nombres que obtienen la dignidad de "discípulos" queden en cierta forma divinizados. No tenemos que pasar por alto que de este bautismo se siguen muchas consecuencias: hemos dicho que por el bautismo nos hacemos hijos de Dios, que recibimos el Espíritu Santo que nos santifica y nos enriquece con sus dones. Pero al decir que nos unimos con Jesucristo, prestemos atención a lo que veníamos diciendo: este hombre-Dios que nos une con Él para que participemos de su titulo de “Hijo", ya "subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre". Un texto del Nuevo Testamento nos llama la atención sobre esta unión con Cristo que no se rompe, a pesar de que nosotros todavía estamos en la tierra y El ya está en la gloria del Padre: "Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó... nos hizo revivir con Cristo, y con Cristo nos resucitó y nos hizo reinar con Él en el cielo''. Es tan verdadera, tan real esta unión con Jesús que podemos decir que ya hemos empezado a resucitar y a reinar porque él ya ha resucitado y está reinando con el Padre en los cielos. La promesa de nuestra futura resurrección ya ha comenzado a cumplirse desde el momento que Jesús resucitó y subió a los cielos Pero todavía nos queda un camino que recorrer. Por eso es necesario que los Apóstoles "enseñen" a todos los hombres a cumplir todas las cosas que Jesús les ensenó. No podemos pensar que por el solo hecho de haber oído hablar de Jesús y de haber sido bautizados ya estamos salvados y que no nos queda nada por hacer sino ir a recibir el premio en los cielos. Si decimos que estamos unidos a Jesús, debemos vivir como él vivió, nos dice la primera carta de san Juan. 
La unión con Cristo tiene que manifestarse también en nuestra vida, y por eso la Iglesia no puede dejar de enseñar cada día cómo se debe vivir como discípulos de Jesús. Todos los días se presentan nuevas situaciones ante las cuales podemos preguntarnos ¿cómo se aplicará en este momento lo que dijo Jesús? ¿ante tantas opiniones y modos de preceder, qué seguridad tenemos de cuál es la verdadera interpretación de la palabra del Señor? 
Por eso es necesaria la palabra autorizada, que nos diga en nombre de Jesús qué es lo que tenemos que hacer si queremos ser sus discípulos. Los Apóstoles y sus continuadores que son el Papa y los Obispos, nos "enseñan a cumplir todo lo que Jesús nos ha mandado". 


"HASTA EL FIN DEL MUNDO"
 Las palabras de Jesús a los Apóstoles se cierran con una promesa de permanecer para siempre con los discípulos: "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Desde el momento de nuestro bautismo quedamos unidos con Cristo, y esa unión no se rompe ni se disminuye por el hecho de que Él esté reinando en el cielo. Todo lo contrario. Hay una presencia de Jesús en su Iglesia que no terminará nunca. Podrá haber momentos difíciles, podremos pasar por muchas pruebas, pero el Señor siempre estará con nosotros. La Iglesia nos enseña cuáles son las formas en las que Jesús se hace presente: está en la Eucaristía, en la reunión de la comunidad cristiana, en la lectura de la Escritura, en la celebración el culto cristiano, en la predicación de los que tienen el cargo de ser Pastores, en la misma presencia de los cristianos... De muchas maneras Jesús se hace presente para fortalecer, gobernar, y asistir a su Iglesia. Esta promesa, que se sigue cumpliendo todos los días, nos da una gran confianza. Nunca tendremos que temer ningún peligro porque el Señor está siempre junto a nosotros y en nosotros mismos. Pero volvamos a pensar en la presencia de Cristo en nosotros por la unión que se ha establecido en el bautismo: Él está con nosotros y nosotros estamos con Él. 

Formamos una unidad tan grande que la Escritura puede hablar de "nuestra" resurrección porque Cristo ha resucitado. Pero también de la misma manera podemos hablar de los trabajos, sufrimientos y dolores de Cristo cada vez que nosotros trabajamos, sufrimos y padecemos. Desde el momento que Cristo ha subido a los cielos, toda la vida de los cristianos comienza a tener otro valor. Ya Dios mira como sufrimientos de su Hijo todo lo que padecen los hombres en la tierra. Dios ya valora como trabajos de su Hijo lo que hacen los hombres cuando trabajan en este mundo, aunque sea pequeño e imperfecto. La fiesta de la Ascensión del Señor nos anima para seguir anunciando el Evangelio a todos los hombres, para que todos los pueblos lleguen a ser discípulos de Jesús; también reafirma nuestra esperanza porque nos insiste una vez más que por nuestra condición de hijos, recibida en el bautismo, ya hemos comenzado a subir al cielo junto con Jesús; y finalmente nos hace ver el sentido de nuestra vida, porque nos dice que Dios mide y pesa todos los actos que realizamos, valorándolos con el precio que corresponde a los actos de un hijo de Dios.

Por todo esto la Iglesia dice en la misa de este día, que Jesús, ascendiendo al cielo "no se ha desentendido de este mundo, sino que ha ido delante de nosotros para que vivamos en la ardiente esperanza de que lo seguiremos en su Reino" 


PENTECOSTÉS
Pentecostés es el nombre de una antigua fiesta judía. Se celebra cincuenta días después de Pascua, para recordar el día en que los israelitas liberados de la esclavitud del Faraón de Egipto llegaron al monte Sinaí. Allí se manifestó Dios sobre la montaña en medio del fuego y de la nube, con relámpagos y fuertes truenos que llenaban de terror a todos los presentes. Dios habló a Moisés y luego hizo un pacto, una alianza con los israelitas. A partir de ese día Israel comenzaba a ser un pueblo: el pueblo de Dios, y Dios, a su vez, era el Dios de Israel. El antiguo pueblo de Dios se formó con los esclavos fugitivos que pertenecían a las doce tribus que venían de la cautividad. En lo alto de la montaña, con gran ruido y manifestación de fuego se realizó la alianza y se entregaron los mandamientos. Este nuevo pueblo, el pueblo de Israel, se distinguiría de los demás pueblos porque tendría una Ley que le había dado el mismo Dios. San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos cuenta que la primera comunidad cristiana formada por los Apóstoles y los discípulos reunidos en tomo a María, la Madre de Jesús, estaban celebrando alegremente la fiesta de Pentecostés. Era la primera después de la resurrección del Señor. De pronto se oyó un fuerte ruido y aparecieron llamas de fuego que se posaron sobre todos los que estaban reunidos. El Espíritu Santo se mostraba de esta forma como derramándose sobre todos aquellos que creían en Jesús, el Hijo de Dios. Así como en los antiguos tiempos Dios se había formado un pueblo con los israelitas liberados de la esclavitud con la sangre de un cordero sacrificado en un día de Pascua, ahora formaba un nuevo pueblo con los hombres de todas las razas y naciones liberados en la nueva y definitiva Pascua, por la sangre de Jesús. Con las mismas palabras del Antiguo Testamento san Lucas describe el comienzo del nuevo pueblo de Dios. 

En un día de Pentecostés, estando en un lugar alto, también hay manifestación de ruido y fuego. Pero ahora no están las doce tribus sino todos los pueblos de la tierra. El relato del libro de los Hechos menciona a los Partos, Medos, Elamitas, los de la Mesopotamia... Y finalmente, lo que unifica a todos estos pueblos no es la Ley sino el Espíritu Santo. Aunque los que hablan son galileos, todos los extranjeros pueden entenderlos porque cada uno lo oye hablar en su propia lengua. El nuevo pueblo se forma porque todos los hombres liberados del pecado reciben un mismo Espíritu, el Espíritu de Dios que Cristo y el Padre derraman sobre los creyentes. Este Espíritu, a la vez que une a los cristianos, los va conduciendo hacia el Padre, santificándolos y perfeccionándolos cada día, haciéndolos cada vez más parecidos a Jesús.

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