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sábado, 9 de junio de 2012

CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, INVITADOS A LA CENA DE JESÚS

 
 
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14, 12-16. 22-26
El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»
Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: "¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?" Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.»
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»
Cada año el pueblo judío celebra la fiesta de Pascua, así como está mandado en la Biblia. En la primera noche de esta fiesta las familias se reúnen en una cena en la que antiguamente se comía un cordero que debía haber sido sacrificado esa mis­ma tarde en el Templo de Jerusalén. Como la Biblia prohíbe ofrecer sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, después que éste fue destruido por los romanos en el año 70, ya no se puede contar con el cordero sacrificado para la cena. No obstante, los judíos continúan celebrando la cena pascual en el día correspon­diente, pero ya sin el cordero pascual.

Durante esa cena se revive lo que sucedió cuando los israe­litas fueron liberados por Dios de la esclavitud de Egipto. Antes de partir habían sacrificado un cordero, y con su sangre habían marcado las puertas de sus casas para evitar el castigo que Dios enviaría a los egipcios. Tomando elementos de antiguos ritos de las tribus semíticas nómades, se instituyó entonces esta cena de celebración, en la que anualmente se debía revivir la experiencia de la salvación y de la liberación del pueblo.

Para celebrar esta cena que conmemora este acontecimien­to, toda la familia se recostaba sobre almohadones. Este detalle era importante porque era el signo de la liberación: comían recostados como los señores y no sentados en el suelo como los esclavos. Ubicados de esa manera, en torno a la mesa adornada con velas encendidas, cantaban Salmos, recitaban oraciones, leían los textos de la Biblia y sus explicaciones. El padre de familia tenía un papel muy importante porque presidía, recitaba la ac­ción de gracias sobre el pan y el vino que se iban a consumir, y explicaba los textos bíblicos propios de esta celebración. En la actualidad, la forma de celebrar la cena de Pascua que tienen los judíos ha variado muy poco. Esta cena no es una simple comida familiar, como la de cualquier fiesta, sino que todo está previsto: lo que cada uno debe decir, qué se debe cantar, a quién le corresponde intervenir y en qué orden se deben servir las comidas y las copas de vino.

Al llegar la fiesta de Pascua, los discípulos de Jesús interro­garon al Maestro. Indudablemente Jesús también celebraría la cena como todos los hombres piadosos. Con un relato que tiene gran semejanza con el de la preparación de la entrada en Jeru­salén, el Evangelio describe la forma en que los discípulos llega­ron a la casa donde se debía celebrar la cena de Pascua. Llega­da la hora, Jesús y los Doce se reunieron en la sala preparada con los almohadones sobre los que se recostarían para celebrar la cena, según estaba previsto.

Pero los discípulos no sabían que Jesús, al celebrar la fiesta de Pascua, le daría un nuevo sentido: la liberación de la esclavi­tud de Egipto y el cordero sacrificado pasarían a ser figuras de la realidad que es él mismo Jesús. Él es el que con el derrama­miento de su sangre arranca al hombre de la esclavitud del pe­cado y de la muerte. En la nueva Pascua se experimenta y se gusta la verdadera salvación y la verdadera liberación.

EL CORDERO SACRIFICADO

Ocupando el lugar del padre de familia, Jesús está en medio de sus discípulos y preside la cena de Pascua. Llega el momen­to en que le corresponde pronunciar la acción de gracias por el pan. Según está establecido, toma un pan y recita la oración correspondiente, luego va rompiendo el pan y coloca un trozo en la mano de cada discípulo. Al hacerlo, dice estas novedosas palabras: «Esto es mi Cuerpo».

Un Cordero debió ser sacrificado en la noche de la primera Pascua para marcar con su sangre a los miembros del pueblo de Dios y salvarlos de los castigos que estaban por caer sobre los egipcios. Ahora Jesús se entrega como víctima para salvar a todos los hijos de Dios. Su cuerpo será destrozado de la misma forma que se rompe el pan para poder servir de alimento. Este es el nuevo cordero de la Pascua: sin mancha y sin defecto, como corresponde en una ofenda que se hace a Dios.

Cada vez que los cristianos nos reunimos para la celebración de la Misa, el que preside repite las palabras de Jesús: «Esto es mi Cuerpo», y luego nos da el pan partido. Jesús se hace pre­sente en el pan de la Eucaristía para ser nuestro Cordero, el que nos alimenta y nos libera de la condenación.

LA SANGRE DE LA ALIANZA

Hemos escuchado en la primera lectura del día de hoy que cuando los israelitas salieron de la esclavitud de Egipto, Moisés los llevó hasta el Monte Sinaí. Allí Dios se manifestó e hizo la alianza con los israelitas. Los que hasta ese momento habían sido esclavos, ahora obtenían la libertad y comenzaban a ser un pueblo: el pueblo de Dios. El Señor los gobernaba y les daba su ley. Esto se hizo en forma de Alianza, es decir de un compromi­so entre Dios y los hombres. Dios se comprometía a protegerlos y gobernarlos, y ellos se comprometían a ser el pueblo de Dios y a cumplir sus mandamientos: «Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios».

Moisés mandó sacrificar algunos animales, luego tomó la sangre y derramó una parte sobre el altar, y con la otra parte roció a todo el pueblo diciéndoles: «Esta es la sangre de la Alian­za que Dios ha hecho con ustedes». De esta forma, Moisés unía definitivamente al altar (que representaba a Dios) y al pueblo, rociándolos con la misma sangre. La firmeza del contrato que­daba asegurada porque Dios y los hombres se habían unido con una misma sangre.

Durante la cena de Pascua, Jesús recordó este momento de la historia del pueblo cuando tuvo que pronunciar la acción de gracias sobre la copa con el vino. Pronunció la bendición y luego la entregó a sus discípulos con palabras que eran como un eco de las de Moisés: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alian­za...». Ahora hay una nueva víctima: Jesús se sacrifica y derrama su sangre, y con esta sangre se unen todos los cristianos para formar el nuevo pueblo de Dios. Pero ya no es la sangre de los animales, sino la misma sangre de Cristo, como nos ha enseñado el autor de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura del día de hoy. Esta sangre está presente en la Eucaristía para ase­gurar cada día la unión de Dios con los hombres, y de todos los hombres entre sí.

HASTA QUE ÉL VUELVA

Jesús termina diciendo: «Ya no volveré a beber... hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios». La cena con Jesús ha comenzado, pero todavía queda una copa que se servirá en el último día cuando celebremos la fiesta del Cielo, el Banquete con Dios. No sabemos cómo será el Cielo, no tenemos forma de imaginarlo. En todo caso siempre usamos la palabra "fiesta", o "banquete", u otra que nos dé la idea de una gran alegría. Jesús también nos habla de ese Banquete, pero nos dice que ya ha comenzado. Cada vez que nos reunimos como hermanos para partir el mismo Pan que es Cristo, escuchamos su Palabra y participamos alegremente en la celebración de la Misa, ya esta­mos empezando a vivir las alegrías del cielo. Ya Jesús está cenando con nosotros, y Él mismo se nos da como alimento. La Misa no es una ceremonia lúgubre u oscura, sino que es el ale­gre comienzo del banquete celestial.

EL SACRAMENTO DE NUESTRA FE

En la Misa repetimos lo que Cristo ha ordenado a sus discí­pulos, se revive e1 Sacrificio de Jesús que se entrega como víc­tima y derrama su sangre por nosotros en la Cruz. Se revive el banquete de Pascua en el que Cristo preside la cena y nos ali­menta con la carne y la sangre del cordero que nos salva de la condenación y asegura nuestra Alianza con Dios. Se comienza a festejar la alegría del Cielo sentándonos en la Mesa de Dios.

Pero todo esto está oculto: solamente vemos las apariencias del pan y del vino, mientras que la fe nos asegura todo lo demás. Creemos firmemente en la palabra de Cristo que nos dice que detrás de esas apariencias está su presencia y su sacrificio. Por eso el sacerdote dice: «¡Este es el Sacramento de nuestra fe!»

Hasta hace algunos años comulgábamos de rodillas porque queríamos hacer más visible nuestra adoración ante la presen­cia de Cristo. Actualmente hemos vuelto a una costumbre mu­cho más antigua, que es la que tenían los primeros cristianos y durante varios siglos se mantuvo en la Iglesia: nos ponemos de rodillas en la consagración para expresar nuestra adoración, y comulgamos de pie para expresar nuestra fe. De la misma for­ma que nos ponemos de pie para la proclamación del Evangelio y la recitación del Credo, así también expresamos nuestra fe en la Eucaristía comulgando de pie, y cuando el sacerdote o minis­tro nos dicen: «Esto es el Cuerpo de Cristo», hacemos nuestro acto de fe respondiendo en voz alta: «Amén», que traducido en castellano significa: «¡Así es, efectivamente!»

TOMEN Y COMAN TODOS...

En cada Misa oímos que se repite esta invitación de Jesús. El se ofreció al Padre por todos, y quiere que todos participen de este acto salvador, por eso entrega todos los días su Cuerpo y su Sangre en todos los altares del mundo. Algunos cristianos pasan mucho tiempo sin acercarse a comulgar. Tal vez lo hagan por­que no están suficientemente preparados, o porque hace mucho que no van a confesar sus pecados para recibir el sacramento de la reconciliación. A los cristianos que obran así podríamos preguntarles: ¿No vale la pena hacer un esfuerzo y acercarse a un confesor? La invitación de Jesús, ¿tiene tan poca importancia que la podemos dejar pasar? ¿Cómo juzgaríamos nosotros la actitud de una persona a la que invitamos a comer a nuestra casa, si se pusiera a mirar cómo comemos y no quisiera servirse nada de lo que le ofrecemos?

Tal vez lo hacen porque consideran que no son lo suficiente­mente puros o santos como para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. Esto es verdad, no hay ninguna persona humana que sea digna de la comunión si Dios no la purifica antes. Pero re­cordemos que Cristo ha querido quedarse entre nosotros bajo la apariencia del pan para que lo busquemos cuando nos sentimos débiles, cuando necesitamos alimento. Antes de la comunión decimos: «Señor, yo no soy digno...». Si ponemos de nuestra parte lo que nos exige la Iglesia (por ejemplo, nos confesamos si nos hace falta), Dios hará todo lo demás: «... ¡una palabra tuya bastará para salvarme!». San Ambrosio instruía a los fieles de Milán sobre la frecuencia con que debían recibir este sacramento, y les decía: "¿Qué te dice el Apóstol cada vez que lo recibes? Cada vez que lo recibimos "anunciamos la muerte del Señor" (1Cor 11, 26). Si anunciamos su muerte, anunciamos el perdón de los pecados. Si la sangre siempre se derrama para perdón de los pecados, debo recibirla siempre, para que siempre se me perdonen los pecados. Yo, que peco siempre, debo tener siempre la medicina".

Cuando estamos en la Casa de Dios, no seamos hijos rebel­des que se niegan a comer lo que les ofrece el Padre.

UNA COMIDA QUE NOS COMPROMETE

San Pablo nos enseña que por recibir la Eucaristía formamos todos un solo Cuerpo con Cristo: «Todos nosotros formamos un solo cuerpo, porque participarnos de ese único pan». El Cuerpo y la Sangre del Señor nos unen para que formemos este nuevo Pueblo de Dios, nos unimos con Cristo pero también con todos los demás cristianos. Somos todos como una sola persona. Cada comunión que recibimos nos tiene que hacer sentir más unidos a nuestros hermanos, nos tiene que hacer más sensibles a las ale­grías y a las tristezas, a las necesidades y a los problemas de los demás. La Eucaristía hace que Cristo y los demás ya no sean "otros", sino "nosotros mismos". Debemos reavivar el sentido de la palabra «comunión». La Eucaristía no es una comida que nos aísla, sino por el contrario, nos introduce en una «común unión», una unión con todos los demás.

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«Pablo dijo ‘La comunión del Cuerpo’ (1Cor 10, 16), pero como lo que es comunicado es diferente de aquél que recibe esta co­municación, él quitó esta diferencia que parece pequeña. Cuando dijo ‘La comunión del Cuerpo’ (1Cor 10, 16) quiso indicar una proximidad mayor, por eso añadió: ‘Porque siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo’. ¿Por qué digo comunión? Dice: Porque somos ese mismo Cuerpo ¿Qué es el pan'? El cuerpo de Cristo. ¿En qué se convierten los que lo reciben? En cuerpo de Cristo. No son muchos cuerpos, sino un solo cuerpo, como el pan, que está hecho de muchos granos de trigo, pero unidos de tal modo que de ninguna manera se percibe la multitud de los granos. Ellos están, pero la diferencia entre ellos desaparece por la unión. De la misma manera nos unimos entre nosotros y con Cristo. Porque tú no te alimentas de un cuerpo mientras aquél se alimenta de otro, sino que todos nos alimentamos del mismo cuer­po. Por eso añade Pablo: ‘Todos participamos del mismo pan’ (1Cor 10, 17).

Si todos participamos del mismo pan y todos nos convertimos en lo mismo ¿por qué no manifestamos el mismo amor y de esta forma nos convertimos en la misma cosa? Esto sucedía antigua­mente, en tiempos de nuestros antepasados, porque ‘la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma’ (Hch 4, 32). Pero ahora no es así, sino todo lo contrario, porque hay muchas y diferentes guerras de unos contra otros, y contra los miembros del propio cuerpo somos más crueles que las fieras.

Pero a ti, que estabas alejado, Cristo te unió a Él mismo. Y tú, que has gozado de este amor y de esta vida del Señor, no te dignas poner el debido cuidado de unirte a tu hermano, sino que por el contrario, te alejas de él».
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre 1Cor, 24, 2).

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